Cansado silencio

Arrastré la silla, la mirada, los pies. Arrastré el bolso y el abrigo. Todo lo hice con gran esfuerzo. Un cansancio titánico gobernaba  los motores del cuerpo, la producción de la mente. Eran las cinco y cuarenta y cinco de la tarde y el reloj vital se sentía en una mala media noche. Daba por concluida la jornada de trabajo, con apenas combustible para desplazarme desde mi escritorio al auto. Y es curioso, porque amanecí llena de ganas y llena de planes. Muy pronto, sin embargo, el trabajo y sus contradicciones engulleron la música de las venas, la lanzadera vigorosa de ideas y, por supuesto, los depósitos de buen talante que aún suelen asomar con fuerza. 

Con abatimiento, analizaba qué fue aquello que succionó la fuerza. ¿Cuáles demonios hacían de las suyas? Sin encontrar una causa concreta, además de atribuirlo a una suma de pendientes comunes y muy conocidos que requieren de engorrosas soluciones, caí en cuenta.  Sí. Una idea tomó forma y después de darle vueltas, estoy convencida de su contundencia.

No sostuve una conversación cálida. Ni una sola en todo día. Es como si el aislamiento drenara toda forma de energía. A penas intercambié frases con otras personas para resolver o decidir. Monosílabos: Sí. No. Aprobado. Postergado. Tal vez mañana, fue la frase más larga en ese intercambio. 

Es una real ironía. Paso ocho o diez horas en una oficina en donde hay más de treinta personas. Sin embargo, la dinámica es bizarra. Cada quien habita una cápsula imaginaria en donde libra su propia batalla contra el tiempo con un dispositivo en la mano como si fuera una prolongación del cuerpo.

Eso sí, en esa prolongación del cuerpo, el chat no deja de guerrear. Lanza mensajes como misiles, intentos del otro tipo de comunicación.

Una comunicación artificial, distante, esmaltados algunos intercambios con una toxicidad de complicada definición. Son mensajes sin la calidez de una conversación, sin la vivacidad de una mirada, sin la armonía de una voz.  

El colmo, o la gota derramadora de este día fueron los mensajes recibidos de personas que se encontraban a dos metros de distancia, en el mismo piso, en el mismo espacio, respirando el mismo aire. Presos, sin duda, de la misma contradicción. No pude responderles. Un abatimiento áspero me sobrecogió.

Con una extraña sensación de pérdida, recuerdo las tardes de trabajo del siglo XX, antes de la invasión digital, cuando asomaba el correo electrónico como un portento, sustituto implacable del fax. El correo electrónico era en sus principios una excentricidad de poco fiar, lo que los otros utilizaban.  Las conversaciones telefónicas aún era primordiales. 

Desde ese pozo de memoria vuelven las risas, las pequeñas charlas en torno a una película (porque también éramos felices y frecuentes yendo al cine), en torno a un bebé que pronto nacería, vuelven las suaves breves conversaciones sin meta profunda pero tejidas con alegría. Sucedían casi siempre alrededor de la cafetera, en breves pero exquisitas pausas. ¿Cómo olvidar aquella cercanía visceral?

Cansancio, abatimiento y desconcierto se exacerban con la nostalgia. La soledad, debe decirse, es agotadora. 

4 comentarios sobre “Cansado silencio

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