Metáfora de la desavenencia

El silencio, la más constante de sus rúbricas, su mirada de granizo, el brío sordo de su desaprobación.

Torso y extremidades de la metáfora que los define.

Él que se hace ausente dentro del mismo cascarón, dinamita los puentes de la raquítica convivencia.

Ella que construye la puerta imaginaria con desprecios que él suelta, la cierra de golpe para protegerse.

Y viaja de nuevo, como siempre, a la tierra de los otros sueños.

Desde afuera

Contemplar la vida propia a distancia, tropezar con su ritmo desbocado, ver las alcobas interiores, habitadas unas, abandonadas otras.

Observar dinámicas, paralelos inevitables, reconocer sus abismos.

Oír los silencios apilados en los muros del tiempo, sentir su paliza.

Verte completa desde afuera, frenética golpeando la ventana, sin poder romperla.

Canción de despedida

Patricia, cuando muera, tenés la misión de poner esta pieza en mi funeral.

No importa qué digan. Le pido algo así a ella porque es la indicada, sé que comprende. Que la ponga, que escuchen. Tal vez alguna de mis partículas aun flote en el aire, tal vez también yo logre oírla una última vez.

Charlábamos por whatsapp a deshoras nocturnas, durante los abismos más oscuros de la Pandemia. Los trinos de la obra musical cruzaron el ciberespacio para anidar en su noche. La tecnología posee en momentos lúgubres un encanto casi poético.

Nicté, yo quiero que pongas esta el día de mi muerte.

Como respuesta recibí la suya, su último deseo musical, una pieza de dulzura avasalladora.

Algunas más volaron de ida y vuelta en un invisible nocturno. Violines y pianos y chelos.

Después de compartir cada una su pequeño abanico de deseos instrumentales, melodías que por ser parte de la historia personal se han tatuado en la fibra, celebramos el pacto.

La noche, extrañamente larga, y la distancia, impuesta por mandato superior de la naturaleza, fueron cómplices.

He tomado nota, dije.

Yo también. Espero no tener que cumplir la misión pero te lo prometo, respondió.

Ya verás. Serás tú quien haga de DJ mortuorio cuando me vaya. Nadie mejor. Te quiero y, en caso sea al revés, también lo prometo.

Escribí esto como si fuera dueña de semejante certeza.

Nos estamos pidiendo algo muy difícil. Eso solo se pide a las verdaderas amigas. Gracias por confiar.

Con estas últimas frases, Patricia se despidió aquella noche.

Al día siguiente intercambiamos mensajes sobre la práctica cotidianidad. Un gramero, abono orgánico y minucias que solemos compartir, a veces para no sentirnos tan solas, cada una en su microcosmos, otras por pura complicidad.

Luego le conté que estaba escribiendo un cuento sobre nuestro presunto último adiós. Y lo escribí.

Pero este día de lluvia plomo, como si abriera un baúl, he rescatado una vieja verdad. No hay ficción que supere a la vida cuando dos amigas se prometen música para su funeral, cuando saben que pueden escribirle a la otra Estoy mal sin importar la hora.

Cuando pueden llamarse para llorar sin decir mucho o sin decir nada.

Hoy llamé a Patricia. La llamé para escucharla llorar, para sostener una ínfima parte de un duelo que, sé muy bien, le horada el alma en lo más profundo. Ha muerto un amigo suyo, un amigo, como ella dice, no negociable.

Y además de escucharla, con el lenguaje universal de la música, he compartido desde la distancia un trozo melódico que le procure compañía.

Hoy que hay plomo, hoy que hay lluvia, hoy que hay duelo, Patricia, mi amiga no negociable, sufre.

Desde mi espacio, como si fueran pañuelo, comparto un chelo y un piano, en un intento de dar consuelo.

https://youtu.be/jtnhkq40lbA

Pelear por algo

Se rompe la línea de la tarde con el ladrar de los perros. Su estruendo ronco ahuyenta la calidez mandarina del crepúsculo, asusta a orugas y pajaritos.

Pronto será la noche y ese juguete que los bate a duelo se hará invisible. Algún motivo encontrarán para seguir la lid, una luciérnaga o una sombra movediza sobre el césped.

El asunto es pelear por algo, como si fueran humanos.

Deshonesta

Imperaba, en aquellos 80´s adolescentes, un dogma entre mujeres cuyo origen jamás he podido dilucidar. Era una tradición de recato rígido, una ordenanza casi perversa que acotaba la forma de vestir y de actuar. Éramos malteada, niñas y mujeres al mismo tiempo, apenas cruzábamos el puente de lo uno a lo otro, empujadas por un desvarío hormonal que no se entendía del todo con las imposiciones.

Y ahí estábamos con los cuerpos a punto de salir del cocimiento, con prohibiciones hoy día obsoletas. El largo de la falda, la forma del escote, la holgura de la blusa y, en algunos casos, hasta la altura de los tacones. Todo tenía un límite agudo, severo, ineludible para evitar etiquetas peligrosas. Para no caer en la casta de las deshonestas. Las largas, en otra jerga. Un concepto distinto, también cuestionable.

Los hombros no se mostraban, la línea del escote en el pecho menos. La minifalda, en el pasado sesentero todo un grito de rebeldía, no encontraba sitio en la decencia. La blusa demasiado ajustada provocaba rumores, los jeans eran unos bolsones de otro planeta. Lo más divertido de aquellos mandamientos era que los jueces empezaban y terminaban en el género femenino. Ignoro si los chicos reparaban tanto en eso, como lo hacían en el camino que lograban recorrer con alguna joven.

«No seas deshonesta», decían las unas a las otras, si se deslizaba algún atrevimiento en la forma de vestir.

El término, a todas luces, estaba mal empleado.

La honestidad tiene nada que ver con la forma de llevar la ropa y todo que ver con la manera de convivir, de dar y aceptar. Lo escribo treinta y tantos años después aunque el significado en el diccionario desde entonces era el mismo. El uso que le damos, en todo caso, se ha ajustado.

Conocí en aquella época barroca, a una joven que tenía el inconveniente de habitar un hermoso cuerpo y cometía el pecado de asumirlo sin remilgos. Libre de culpa, fuera de la convención, vestía diferente. Nada escandaloso para esta época, pero su estampa entonces era agravio, un bellísimo agravio.

«¡Es una deshonesta!», decían. «Mírale la blusa sin hombros, se la pone para mostrar mejor las teresas. ¡Exhibicionista!» Yo veía, esa particular noche de viernes, una blusa negra ajustada, de buen gusto, de hombros caídos, el escote debajo de una clavícula perfecta. De las teresas ni asomo, solamente se adivinaban bajo la tela. Y las tenía en su punto, la pobrecita. La cintura la ceñía con un cincho grueso y cometió la afrenta mayor de llevar pantalones pegaditos, satinados, Sandy en Grease al final de la película, y un par de tacones que lo único que provocaban era envidia.

Era una confusión todo aquello. No ver nada malo, escuchar que era lo peor, entender por qué lo decían, no estar de acuerdo pero no hacer nada al respecto. De locos. La adolescencia es una trampa mortal.  

Las honestas recatadas la excluyeron del círculo como si tuviera lepra. Y lo que tenía, además de un sentido del humor exquisito, era el cuerpo con todos sus aditamentos puestos donde debían estar, tal vez desde muy joven, y la seguridad para llevarlo como le placía.

Además y sobre todo, Deshonesta era dueña de un corazón cinco estrellas, amorosa con quien le abría la celosa puerta de la amistad, rescatista en tormentas púberes si encontraba alguna víctima. Simpática a morir. Ocurrente.

El grupo de las jueces, que movidas por el miedo o la envidia o ambos la desterró aquel viernes de fiesta, la bautizó para siempre con el sobrenombre de La Deshonesta. De su destierro ni se enteró, creo. Muchas leyendas se tejieron en torno a ella. Su reputación era tema favorito, los enamorados, reales e inventados, ni se diga. Lo cierto es que nunca la vi hacer algo que no hicieran las demás. Si lo hacía, bien por ella.

Lo mejor es que, en apariencia, le tenía sin cuidado lo que dijeran. Conocía su apodo, pero jamás enfrentó a la sacerdotisa que la bautizó. Creo que hasta le causaba gracia. Toda una rareza, era un año mayor que nosotras, todavía ishtas medio mocosas.

En silencio, dos o tres amigas, observábamos con fascinación su proceder. La halagábamos en privado y moríamos por imitarla, aunque no lo admitiéramos. Por otro lado, no éramos aguerridas para iniciar una cruzada en nombre de su causa. Le bajaban el cuero y, nosotras, cobardes, guardábamos silencio. O nos apartábamos. Un colegio de mujeres puede ser una jungla, sin duda.      

La vida se llenó de años y la adorable deshonesta se convirtió en lo que sospechábamos desde entonces. Una buena mujer. Una hermosa mujer, una mujer completa. Con sus escotes y mini faldas, con sus blusas de abdomen al aire, ya lo era. Solo faltaba que alcanzara su cima.  Como aquella blusa o cierto vestido ceñido que le valió novios imaginarios en simultaneo, la honestidad la lleva bien puesta.

Fue honesta con ella misma desde que vistió su cuerpo como le dio la gana. Aunque tuviera dieciséis años, esa edad macabra en la que no entendemos del todo quién somos, se permitió ser.   

Hace unos años coincidí con la sacerdotisa, líder de aquel cónclave. Y vieja que ya es una, abrí una conversación con el nombre y en el nombre de Deshonesta.

«Nos moríamos de envidia ¿verdad?» me dijo, riendo de buena gana. Admití que sí.

La mía era envidia complicada, profunda. Le envidiaba la libertad con la que rompía la etiqueta, la serenidad con la que observaba el rechazo sistemático, la habilidad para ignorar. Sus certezas invisibles.

Debo añadir que mi admiración superaba a los celos.  Yo odiaba con todas las vísceras las blusas de vuelitos, pero se ajustaban al canon y las usé con franca hipocresía.

 La sacerdotisa dijo sin empacho, «yo le envidiaba todo, desde el cuerpo y la ropa hasta a la mamá, fíjate.»

«¿Por eso le inventabas historias?» no pude resistir la tentación de preguntar.

«Por supuesto.» respondió con toda la desfachatez de sus cincuenta años.   

Un nombre

Leías tanto, padre
de ti heredé el vicio.

Fue en tus lecturas
de juventud
donde me encontraste.

Agonizaba dentro de un párrafo
la dueña de mi nombre
en la vorágine petenera.

Y tú, prendado
con fantasías amorosas
que solo encienden a los dieciséis
rescataste a la Nicté lacandona
en alguna página de Guayacán.

Rodriguez Macal, tu cómplice
desde entonces.

La acunaste con esmero,
como si no fuera ficción de escritor.

Durante años la guardaste
para cuando te llegara hija.

A tu corazón se arrimó mi madre
y les nací niña, años después
de tu encuentro de novela.

Y cumpliste tu deseo.

Con un beso en mi frente
de vientre aún húmeda
me nombraste.

—Aquí está tu Nicté—
dijo ella, oponerse
a tu férreo deseo
no tenía caso, porque

desde alguna tarde de lectura
en la inquietud de tu mocedad
con mimo me cuidaste el nombre
seguro de que no habría otro.

Nicté...

Si te contara los entresijos
locos, en los que me ha colocado.

Pero me lo regalaste tú, padre.

Para mí, celoso
lo guardaste.

Esa amorosa noción
basta y sobra
para llevarlo bien puesto.

Decir mi nombre es una manera más
de conservar tu memoria viva
cercana, grande
por siempre a mi lado.

Cada vez que lo firmo o lo digo
cada vez que me llaman
asoma el fantasma de tu sonrisa
joven te veo, libro en mano

explorando historia y jungla
cuna del encuentro que me nombra
y me nombrará, hasta el último día.

El chico del bulevar

Gatea sobre el asfalto, palpa, busca, 
el chico del bulevar.
Su recipiente está vacío. 
Es transparente, como pecera,
una bola de cristal con la que pide limosna.

Los carros transitan despacio 
en esa parte del bulevar,
se trata de un lento retorno en U.

Y lo vemos, sí,
quienes buscamos retorno, lo vemos.

Verlo a gatas desbarata, acongoja.
Pero no podemos detener la marcha,
bajar del carro, ayudarlo.

Porque el tráfico continúa,
porque la vida corre, 
porque la inercia urbana no da tregua.

Una bocina aúlla, otra, y otra, más lejana.

--¿Se te cayó, mijo?-- pregunto.
--Mis fichas, seño --responde.

Algo le doy, menos de lo que quisiera.
Coloco, en su burbuja vacía
lo que la bocina y la prisa de otros permiten.

Ellos, quizás 
no lo vieron gatear
sobre tinieblas de asfalto
en busca de monedas perdidas.

En la U que rompe el sentido del bulevar,
frontera vial de las Vista Hermosas,
un chico pide limosna 
con música de tambor.

Algunos centavos caen, como llovizna
desde las ventanillas de los autos.

Cada tarde en el mismo sitio,
a cambio de monedas,
toca tonaditas sobre un tambor gastado

el chico ciego del bulevar.

Y no dejo de pensar, 
al escuchar la tristeza de su tambor 
al sentir su mirada, perdida en sombras
que en esta jungla de asfalto
todos estamos ciegos.

No y no

No y no. Pornografía y erotismo no son lo mismo. Si insistís, esta conversación será cadáver antes de nacer.

El erotismo tiene alma. Es sensorial, un acto de conexión con corazón presente. Es construcción estética, un andamiaje de significados múltiples. Es también, un experimento que celebra la condición humana, la pureza de su naturaleza. En sus diversas manifestaciones siempre hay movimiento, musicalidad y relieve.

Más allá de celebrar cuerpos que se encuentran o se aman o se abandonan o se contemplan, el erotismo cuenta historias.

Está presente en el arte, en su búsqueda de belleza y armonía, en el silencio.

Incluso hay erotismo en la soledad.

La pornografía, en cambio, es plana, estática. Apenas imagen, escenas corpóreas de brevísima vida. Primitiva, casi bestial.

La pornografía, una caja vacía, sin estética ni significado.

No y no. Jamás serán lo mismo.