Estado

Para pensar en morir

Casi 48 horas de arder en el infierno, veo formas con alas distorsionadas, a veces tienen rostro y cola, otras son solo pares de ojos que agreden desde mis neuronas,
miradas acusatorias que provocan dolor de alambre espigado.

Nace en un núcleo latente, un cráter de lava que arde en el hemisferio derecho de mi cerebro.

Ríos de sufrimiento negro, denso como petróleo
salen de ese centro hacia la trastienda de mis ojos, hacia mi nuca, se derrama por el brazo derecho, aniquila todos mis equilibrios.

Migraña le llaman, maleficio, titán, monstruo que invita al suicido.

Niña de mis mil historias




No te desvanezcas niña,
no te asustes por los años
densos
que la vida coloca
uno a uno
sobre nuestro cuerpo.

Son joyas y son piedras
los años

Solo es uno más
niña
el que en esta noche de silencio
te ha cubierto con escamas de tiempo

Un año más que trazó
líneas nuevas sobre la piel,
dentro del centro secreto
en medio de los recuerdos

Pero no desvanece los tuyos
ni borra la imagen sepia de tu cuerpo pequeño
ni debilita las flores de tu imaginación

Tampoco cubre
con desencantos o con niebla
niña de sonrisa eterna
tus deseos multicolor

No te des por vencida
pequeña
tú que custodias mi historia primera
niña de ímpetu y salvaje ingenio
niña de los mil planes
no te dejes apagar
por el hierro de los cambios

Niña que soñabas con alas gigantes
no dejes de hacerlo
no abandones
jamás
tu fantasía salvadora
en las garras del olvido

Niña que sobreviviste un naufragio de mar
dos naufragios en el cuerpo
tantos otros en las cavernas del silencio
niña sobreviviente

No olvides cómo vivir
a buen resguardo
dentro de mi cuerpo
en el corazón craquelado
de mis inagotables pensamientos
no te pierdas en el laberinto
de las largas décadas que soy

No dejes que tu infancia
de mil historias
deambule
resignada
hacia el témpano de la muerte

Niña que volabas por las noches
niña que bailabas sobre espuma
niña que sabías encontrar
magia y música
en el placer de jugar

No mueras bajo el peso de la vida
no te evapores en el sinsentido
inútil
del desencuentro
no fallezcas
en la sombre de la indiferencia

No los veas
no los sientas
se por siempre,
para siempre 
la niña alegre
de mis mil historias

Jamás volví

Nunca volví al sitio en donde te vi por última vez,                                             joven y vivo,                                                                                               enseñándome a cazar cangrejos.

No he regresado a sentir la sal que condimenta su brisa,                                         ni a escuchar la arrogancia del mar.

No he vuelto a caminar por esa espuma que                                                           en cámara lenta                                                                                                         moja la arena.

Cuarenta años no son suficientes para levantar un andamiaje de templanza que ordene mi entendimiento con argumentos pragmáticos.

A pesar de la distancia que ha tendido el tiempo,                                                 no soy capaz de empequeñecer la cobardía                                                          que nace en el cenote de mi tristeza.

Temo al choque de galaxias que sucede cuando la belleza se confunde con la fatalidad.

Siento pánico de la memoria y su peor fantasma,                                                 temo recordar aquel olor marino que inundó tus pulmones,                            que cambió nuestras vidas.

No.                                                                                                                                 No volví a pedir cuentas a ese océano que,                                                  aquella noche de mayo                                                                                                                                                                          tal vez sin saberlo                                                                                                   detuvo tu corazón.

Hijo que ya eres hombre o apuntes sobre la mujer que buscas

Para ti hijo,

hombre joven de este siglo niño

escribo estas palabras.

Esperanzada las siembro

en el umbral de tu entendimiento.

Si buscas mujer dúctil

de palabra quebrada

de asustadizo silencio

Si quieres mujer de tranquilidad

reposada

que sin argumento ni pregunta se ubique uno

dos o treinta peldaños abajo de tu sitio

dispuesta y disponible a los dictados de tu tiempo

a las formas de tu voluntad

en exclusividad absoluta

Si pretendes editarla a la curva de tu mundo

a las verdades que rigen tu personal entendimiento

al fondo de tu universo individual

y a nada más

Piénsalo mejor

Si lo que exiges es pareja liviana

capaz de ocultar con escoba de obediencia

sin asomo de batalla

sus certezas debajo de la alfombra que sostiene las tuyas

resignada a borrarlas de su geografía

a olvidarlas

recortada al molde de tu tranquilidad

Pregúntate dos veces por qué

Si prefieres que sea

casi  hija

pequeña a la vista

cubierta por tu silueta  

oculta bajo la densidad aceitosa de tu proyección

Si eres hombre que gradas arriba

necesita de mujer ajustada al tamaño de tu confort

inamovible en tu territorio

figurilla de cristal quieta en los silencios

invisible al mundo extendido

moldeada

editada

guardada y doblada

no tienes idea alguna de los muchos tesoros que pierdes

fulgores

humedales

vuelos

complicidad

Si a tu lado deseas a una pareja títere

jamás conocerás la gracia y la lumbre y la fuerza

que una mujer oceánica guarda en su centro para dar

a quien reconozca la luz de su libertad

 

Si buscas labios habituados a permanecer cerrados

nunca probarás el sabor de mieles alucinógenas

viajeras en besos arrebatados

larga pena prescindir

en esta vida corta

de tan dulce placer

Ni conocerás la paz con la que sus palabras

piezas indescifrables

pueden calmar tormentos huracanados

o aliviar angustias amorfas

antesalas ambas del insomnio-infierno

Tampoco flotarás en silencios de valiente solidaridad cuando

guiada por el susurro de su intuición

descubra que tu necesidad

en ese preciso momento

es encontrarte dentro de ti mismo

 

Si así la quieres

no sentirás sobre tu piel el bálsamo transformador de la ternura

ni la salvación que ofrece una mujer dispuesta a arremangar la blusa

para trabajar a tu lado

de sol a sol

 

Si insistes

no conocerás el prodigio de una hembra

resuelta a tomar tus toros por los cuernos

a decidir cómo ayudarte cuando la vida te abata

a arrullarte sin tregua entre sus brazos

 

Si te guían medievales tradiciones

no disfrutarás el mimo tibio de un cuerpo curvilíneo

luminoso

capaz de volar a los paraísos húmedos de tu intimidad

porque cree en tu palabra cuando dices que la amas

porque se sabe visible en todos tus espacios

imprescindible en los suyos

porque reconoce en tu pecho un sitio justo para soñar

 

Si solicitas esa quietud irrompible

nunca sonreirás conmovido al verla

remolino incansable

en su afán de componer el mundo que juntos habitan

ni tendrás oportunidad de sostenerla cuando se desmorone

y, casi rota

aúlle ante las injusticias que la quiebran

y que no logra transformar

 

Si la prefieres estática

no abrazarás su cintura cuando en la noche de buena estrella

te alborote la luciérnaga del deseo

candente y cadenciosa

al ver su falda de vapor mientras ella baila por pura felicidad

 

Si buscas una muñeca de frágil porcelana

un ser a quien dictarle qué sí y qué no

te perderás la gloria de andar la vida

tomado de la mano

de una verdadera compañera

Y esa pérdida, querido

es una lástima universal

casi una tragedia

 

Si acaso encuentras a esa mujer de papel maché

habrás de guardarla en jaula de cristal

Tarde o temprano llegará un sol

incandescente

que con rayos de fuego

la sacará de su letargo artificial

 

Y ella

sin poder evitarlo

romperá el cristal de la jaula

atravesará puertas

muros

tejados y ciudades

sin que puedas retenerla

Corazón en mano

rasgará los días y los años y las noches

hasta que sangren

sacudirá tu alfombra para que las certidumbres que guardó debajo

emerjan alborotando su aire

como estribillos de una vieja canción

 

Volará lejos

lo más lejos posible

llevando su canción en el pecho y en los labios

 

Volará con arrojo

por instinto primitivo para sobrevivir

Y si no alza vuelo porque sus alas se estropearon

cual inevitable cuenta gotas

lentamente

morirá cada día un poco dentro de su cuerpo aún en movimiento

 

Es posible que en tu cruzada

por miedo o estupor

no comprendas el porqué de su extraño fallecer

ni te enteres del tuyo

ese te pillará en el diluvio de algún llanto oculto al sol

en austera soledad

Con el tiempo

enredada en algún árbol de sabiduría oculta

encontrarás la verdad irrefutable  

Tarde o temprano aprenderás que

aquí

allá

hoy o ayer

no existe en el mundo asunto más triste que un ser humano

tan derrotado

que se abandona al triste destino de morir en vida

Si vuela lejos o si en vida muere

puede que llores

                                                                                                     o puede que no

 

Déjala

Pueden —mundo y vida— paralizar mucho de ella.
Su camino.
Los sueños.

Pueden dejarla atónita,
desconcertada,
buscando calor en su propio abrazo.

Pero la parte del cuerpo que aprendió a mover desde que era niña
cuando la armonía aún se enredaba entre sus dedos,
esa no cede.

No sabe cómo.
Es más que un arrebato cadencioso,
más que una felicidad fugaz,
es un rito visceral para sobrevivir.


“Déjala que baile con faldas de vuelo, con los pies descalzos, dibujando un mundo nuevo.”

Aquella atmósfera

Vivíamos enMixco, el jardín inmenso de mi temprana infancia. El recorrido de regreso en bus, desde el colegio en la lejana ciudad hasta aquella parada verde, ocupaba dos días en la cronometría de mi mente niña. Mi mamá tenía que subir cada tarde de cada semana a recoger el bulto dormido en que me convertía durante todos mis trayectos.

Un hilito de saliva dulce resbalaba por la comisura de mis labios. Mi rostro de cuatro o cinco o seis años, mostraba un archipiélago rojo, distinto cada tarde. Obra maestra de la cuerina tibia que cubría el colchón de mi sillón cama. Era tan grande el sillón, tan pequeña yo, tan bultito, tan soñante.  Con la certeza que guardan los niños al saberse protegidos, pensaba que dormir en el bus no era asunto de peligro. Jamás despertaría de vuelta en el colegio a causa de un olvido. Porque mi mamá era el elemento más sólido de esa atmósfera en donde no cabían angustias innecesarias.   

Soñar en un bus,  soñar durante el recreo o soñar mientras mi mamá conducía, era uno de los tantos placeres posibles cuando los sueños aún eran cotidianos. 

Fue muy simple dormir en cualquier sitio mientras los años eran pocos, mientras el mundo estuvo colocado en su justo sitio.