Hoy no te quiero saber muerto

Hoy no te quiero saber muerto. En este umbral del mes de mis cuarenta y diez, en este momento de pozas que contienen lo que no es pero debió ser, invento que aquí estás, que me leés, que me escuchás. Desgrano, como si la vida fuera una mazorca de perlas, momentos en los que tu ausencia fue un grito al vacío. Los acaricio. Los sostengo dentro de la mano de la memoria sin hacer diferencia. Lo bueno y lo malo. Lo imposible y lo angustiante. Los puntos de no retorno. Lo inolvidable.

Vuelvo al día de mi primera comunión, ese rito que celebrarías conmigo porque tú nunca la hiciste. Esa mañana de sábado es hoy una postal agridulce en mi baúl. Verás, ya no comulgo.

Llego a aquella tarde cuando menstrué por vez primera. Me veo sentada en el inodoro de mi mamá, muerta del susto a pesar de saber perfectamente qué sucedía. Una inexplicable sensación de pérdida se regó sobre toda mi piel, mi infancia se iba como te fuiste tú. En esa habitación plácida de la niñez aún vivías, acababas de estar, de salir por mi puerta pequeña.

Aquel mi joven corazón, roto por primera vez, bramaba por tu compañía. Pero no estabas. No hubo hombre que me explicara los caminos sesgados de tu género a la hora del amor.  

Mi graduación está marcada por el terrible berrinche que hice porque me permití sentir tristeza. Porque debiste estar ahí, escuchándome cuando daba las palabras de despedida a los padres que sí estaban, acompañándome en mi asombro porque sí, en contra de mi vaticinio, me otorgaron La Estrella, esa medalla que le dan a la niña que honra la palabra escrita.

¿Lo ves? Desde entonces.

El huracán que sentí cuando un catedrático me comparó con una cheerleader de los Cowboys no supe desmadejarlo, no te tuve a ti o a ningún otro hombre para ayudarme a aplacar la ira, para exorcizar juntos la injusticia. No estabas. 

Sucedió sin tus manos la llegada de tus nietos. Esos naufragios de cuerpo, esas tormentas líquidas que me partieron en dos y me trajeron los motivos más grandes para sobrevivir. Los únicos. El caminito maravilloso de su niñez, los colores y sabores que trajeron. Sus vidas tan grandes, sus voces y rumbos, todo tiene el sello de tu ausencia.

Y hoy. Hoy que me pierdo en una soledad llena de ruido, hoy que quiero aprender tanto, tanto más y los años se resbalan recordándome que cada vez será menor mi tiempo, hoy que comprendo lo que medio siglo imprime en un alma que no deja de buscar. Hoy que veo cómo cincuenta años transforman el cuerpo de una mujer, hoy, hoy te quiero aquí.

Te añoro como si existiera la posibilidad de tu resurrección, como si fuera cotidiano ver muertos convertidos a la vida. Quiero sentirte con voz y risa, con abrazo y palabras. 

No reconozco la fatalidad de tu condición de difunto. Hoy no quiero aceptarlo.

 No. Hoy no te quiero saber muerto.   

POZAS…

De niñas sé mucho

Pregunta mi amigo por qué abogo tanto por las niñas, por qué escribo sobre ellas, por qué lloro su condición invisible, por qué me angustia su vulnerabilidad. “Si no tenés hijas” remata esta persona querida.

Fui niña. Crecí con el privilegio de saber que mi educación era primordial. Me enseñaron a cultivar capacidades, creyeron en mí, tanto, que desde muy pequeña tuve responsabilidades, conocí la alegría de la gratificación y la sensación del fracaso.

Siempre tuve a mi alcance lo necesario para crecer sin carencias. Desde techo y alimento hasta libros y experiencias formadoras. Fui alimentada, arropada, educada, escuchada y muy amada.

Crecí entre niñas, en una casa en donde solo vivíamos mujeres. De mi madre aprendí que el trabajo es un compromiso sagrado. Que si necesito algo tengo herramientas suficientes para alcanzarlo. Lo que a ella le tocó vivir me enseñó cuán frágil puede ser la experiencia humana. La manera en la que afrontó la adversidad ha sido la lección más grande de vida que he tenido. Ninguna la supera. No tenía que decirme que las mujeres podemos, lo ha mostrado cada día de su vida. Lo he visto desde que era niña.

Nacimos, mis hermanas y yo, con suficiente curiosidad y capacidad de discernir. Ver cómo en este siglo XXI aún hay tantas niñas invisibles y atropelladas por la indiferencia, la violencia y la falta de justicia, nos pone a temblar.

Es cierto. No tengo hijas. Ser madre de hombres me ha formado en otros aspectos. Ser ciega ante lo evidente, ante lo triste, no es uno de ellos.

Desde este sitio de observación constante, con la experiencia de mi medio siglo y el lenguaje y las ideas por armas, estaré siempre aportando lo poco que puedo para que las niñas en condición vulnerable tengan voz. Lo mismo sucede con otras minorías.

Pero hoy me hablas de niñas, y de niñas sé mucho. Fui una de ellas. 

Girls change colors, por Agnes Cecile

Ondulante

 

Tiene la vida
formas ondulantes
de colocarnos de frente con la adversidad
somos espejos que se observan
sosteniendo la respiración
sus ojos sobre los míos,
los tuyos, los ojos todos.
 
Llega
la adversidad,
disfrazada
dentro de sobres de papel blanco
letra negrilla Times New Roman
un alfabeto incompleto
escarchado.
 
Llega
oculta
en llamadas de fibra óptica que se cortan por una señal débil
todo es débil.
 
Llega
sentada
como juez
en un mensaje impersonal
de texto
de humo
de letras mudas.
 
Aparece
criminal
envuelta en el silencio de quien no supo comprender
adivinar, presentir.
 
Formas ondulantes
marcan rutas de sombras
la vida las dibuja
para que en ellas viajen a sus anchas
la pena
el miedo
un dolor inmenso
acaso dos
incertidumbres que se multiplican
como casas en ruina
después de una guerra.
 
Anidan todos
los hijos del infortunio
en el centro de nuestro mundo
y nos rompen en mil pedazos
como papel rasgado
suelto en el viento.
 
 
 

Fantasmas de humo

  El hombre de enfrente fuma 
despacio
como si buscara vida
en su ritual de boca y aire.
 
Su ceño
fruncido
cuestiona a los fantasmas de humo
que salen por sus labios.
 
Él fuma,
yo leo,
desde la otra orilla.
Mi ceño
fruncido
también cuestiona fantasmas.
 
Cada mañana,
el hombre de enfrente,
solitario,
en silencio con sus fantasmas. 
 
Cada mañana,
la mujer del otro lado,
solitaria,
en silencio con sus fantasmas.