Hoy más que nunca

Por supuesto, son tiempos recios para el arte.

Ante la fragilidad del momento, cobra nueva relevancia.

En cualquiera de sus manifestaciones, el arte concede profundidad a la experiencia humana, sin pretender explicarla, le otorga significado.

Corren días en los que necesitamos, más que nunca, la conexión sublime que nace de la creación.

El arte es filamento conductor, con la voz del genio creativo, narra a los siglos la historia de las civilizaciones.

Lo ha hecho desde los inicios del inicio.

Esta era de vulnerabilidad universal, marcará un antes y un después.

Con el lenguaje de su talento, serán los artistas quienes mejor lo cuenten a las generaciones venideras.

Desde el fruto de sus lidias personales, darán cuenta de cómo estuvimos de rodillas,de cuánto cambió la forma de hilar la vida, de cómo aprendimos a recomenzar.

Cada artista

de cada rincón

de cada país de este planeta

lacerado

es indispensable para el buen resguardo de la condición humana.

Hoy más que nunca.

No hay deseos

Bajo la sombra de tantos días lúgubres, mi cubeta de los deseos terminó de desvanecerse.

Ya venía débil, mi quimera. Entró cojeando al nuevo año y su desenlace llegó con la distopía, en lenta estocada.

Se hizo invisible mi colección de arrebatos potenciales, su sitio en mis sueños más sólidos quedó vacío.

Es curioso, después de acariciar pequeños anhelos y también grandes proyectos, después de conocer cada curva de cada trazo, ni siquiera recuerdo qué anoté en mi extraña lista.

La libertad, el eje de los deseos más fervientes, hoy es un concepto fragmentado.

Dentro de los muros inmensos del confinamiento queda maniatado cualquier intento por rozar la divina locura del experimento, por saltar a un lugar de ensueño o llevar a cabo, al fin, aquel reencuentro.

Tras de una mascarilla impersonal quedó adormecido el ejercicio imprescindible de la ilusión.

De la danza

Nada, pues hoy es el Día Internacional de la Danza, pero este andar por rutas de pandemia ha apagado el tintineo que canta cuerpo adentro.

En honor a la fecha, practico un zapateadito. Al menos durante un rato, cierro los ojos a la incertidumbre.

Reencuentro

La pandemia ha traído una dulce ruptura, me estoy divorciando de la reinvención diaria del rostro.

Ni rímel ni polvos ni trazos disparejos con delineador.

Después de más de un mes de no ponerle nada, nos hemos reencontrado mi cara, los años y yo.

Como cuando éramos niños.

La conciencia de que la fragilidad es colectiva no evita la tiradera de palabras o palabrotas, de platos y sartenes, de rudos silencios.

Aunque el mundo continúe de rodillas, estamos condenados al eterno desencuentro. #somossapiens

Monte de la soledad

Hay un monte solitario donde me pierdo cada tarde. Solo los perros de nadie conocen mis escondites, puede ser que los árboles también.

Espacio verde y salvaje, se convierte en refugio, una guarida, el escape desesperado a esta condición de desencuentro y desencanto.

La pandemia mundial nos tiene desbordados, en casa se ha erigido la torre de Babel. Bajo su sombra de múltiples incertidumbres languidezco.

Nadie comprende a nadie. En el aire flotan cuchillos invisibles.

En mi monte encuentro oxígeno, luz, mariposas ignorantes de las penas.

Árboles de muda sabiduría, flores que se abren a una única primavera.

Dentro soy visible en la medida en la que soy necesaria. Afuera soy visible e invisible al mismo tiempo. La mejor forma de existir.

Los perros sin dueño asoman desde extraños escondites, les temo suficiente para no acercarme demasiado. Como si adivinaran, ellos hacen lo mismo. Sin embargo, siempre salen a mi encuentro.

Son libres, los perros de nadie.

Espejo

Pillo a mi abuela viéndome desde mi propia imagen. Algo así como en las pelis raras.

Era un mujerón, mi abuela. Le tocó duro y fue inmensamente fuerte para reinventarse con lo que vivió. Heredé su estatura, lo zurdo, el gusto por la cocina y la pasión por los boleros. Murió después de cumplir 90 con cada pensamiento colocado en su justo sitio.

Mi abuela vive en mi sangre, la llevo en la memoria y en el amor a los hijos. Guardo en mis resquicios mentales, un baúl de recuerdos con su nombre tallado. Pintó tanto en mi vida, mi abuela Yelle. Continúa pintando. El día que se fue se llevó para siempre el hilo narrador de la historia de mi padre, su hijo, muerto tan joven. Me queda su mirada y un remolino indómito en el cabello, me queda el timbre de su voz cuando cantaba Sombras nada más y los Arbolitos gemelos. Me quedan las vacaciones de felicidad infantil en su jardín, los chocobananos que ella misma preparaba, el EggNog en vasito tequilero.

Me queda ella, completa, cuando me veo al espejo.