Distancia de domingo

Muere una tarde dominical, despacio,
envuelta en lienzos de humano silencio.

Bajo un techo común
en la misma tarde larga
habitan tres universos diferentes, 
casi dispares. 

Un joven, 
desparramado sobre el tedio de la tarde,
mira el juego eterno de unos Patriotas extranjeros. 

Un hombre, 
perdido en el escándalo de otra pantalla, 
ve sangre y escucha balazos que nunca terminan. 

La mujer, 
desde la esquina invisible que la acoge bajo un ventanal, 
se pierde en las cavernas de un libro. 

Un cuaderno pequeño la acompaña. 

Hoy escribe apenas tres o cuatro ideas, 
pequeños pensamientos. 

De vez en cuando 
descansa la vista, distraída,
sobre la planicie de nubes grises que asoma por la ventana. 

El domingo llegó así, sombrío, 
sus tonos son oscuros, 
casi turbios. 

Vuelve a la historia que el libro le cuenta, la mujer. 

Y mide las distancias de los tres universos,
inmensas, 
insalvables. 

Un paso atrás

Llega el momento que sabías
de pronto y un día cualquiera
sin poder evitarlo 
llegaría.

Entra en una noche confusa en donde te ves
claramente opaca 
en medio de otras mujeres vestidas de juventud.

El cuerpo ya no es el mismo sobre las tablas
ya no se enciende como antes
no se convierte en ánfora ondulante
ni clama 
sobre el lamento del cante
con el fuego de aquellas caderas.

Después de tantos años
no puede más 
hacerse uno con la guitarra. 

Las manos 
antaño aves revoltosas
ya no se funden con el canto de las castañuelas.

Los zapateados 
otrora fiesta 
son terreno escabroso 
para los años que habitan cansados 
en la historia de los pies. 

Y la mente
la prodigiosa mente
la lúcida mente que antes vencía 
dueña de todo 
a los temores que habitaban el escenario 

ya no vende la ilusión de que 
quizás sí 
un poco
aún sabes bailar. 

Ya no posees pericia de duende
ni inventas arranques de gracia
has perdido tu capacidad 
mágica
para improvisar.

Aunque el corazón en llanto
un poco destrozado ante la crueldad 
irremediable
que llega con el tiempo
desbordado por una batalla de sentimientos 
se rebele


cuerpo y mente lo saben

ha llegado el momento

de dar un paso atrás.


No te enfermes, mujer

Qué peligroso resulta ser mujer si vivís solo con hombres y te enfermás un día de feriado.

Primero te tenés que excusar porque no podés atender sus comidas. Prepararlas y servirlas, claro está.

Pero eso no es lo peligroso. Como te dejan sola para que descansés y ellos necesitan el estruendo de la televisión porque si no se les rompe algo dentro para siempre, se van a la habitación más lejana. O se van lejos porque tu irritable ánimo les resulta insoportable, porque no están para ver tu rostro desencajado.

Podés marearte, desmayarte, vomitar, etc. etc. sin pretender que te ayuden. De alguna manera, en solitaria soledad, sobrevivís.

El peligro está en la tristeza que subyace. Pasan las horas y a ninguno de los señores que cohabitan contigo, a los hombres de tu familia, se les ocurre que a lo mejor te vendría bien un vaso de agua o que de vez en cuando tú también comés. Que estás enferma, sí, pero algo hay que poner en el estómago.

Nadie hará nada para resolverlo, solo tú. Y lo resolvés. Si se les ocurre no hacen nada al respecto. En su subconsciente una vocecita dice que no les corresponde, que no lo hagan. Prefiero pensar que no se les ocurre.

El peligro es darte cuenta de que el machismo es integral, porque si te quejás por no sentirte atendida, te dejan hablando sola. Porque no. Porque no es su culpa que estés enferma y no es justo que reclamés, porque no quieren pelear, porque así son las cosas y nada puede cambiar.

Es un peligro fatal, una mano que te arranca la venda de los ojos, una vez más, para que lo veás. Nadie te cuida, nadie te va a cuidar.

La rabia y tristeza se enfrentan y encienden, aun más, el dolor de cabeza.

Y lo peor es reconocer que si así son las cosas, es por culpa tuya.