Cerrar los ojos

Rasgar el día, romper la noche. Rasgarlo como si fuera una hoja plagada de palabras equivocadas.

Romperla como si fuera loza de otro tiempo.

Soltar trozos del día en las manos del aire, barrer añicos de la noche, que los pies no sangren.

Cerrar los ojos, tratar, intentar, tratar…

Años

Construir vida, desarmarla, reinventarla. Llorarla y celebrarla. Agradecer cada nudo y cada gasa, cada luz y toda la sombra.

Aprender y desaprender.

Algo así va esto de contar años. 53.

Lo siento

Solo dispongo de mi sentimiento para aterrizar ciertas conclusiones.

No puedo explicártelas desde la razón, lo lamento.

Lo que siento es una combinación visceral de emoción y experiencia. ¿Cómo desmadejarlas para alguien que sin taladrar alma adentro permanece en el plano racional?

Estas certezas están construidas a partir de la memoria, del llanto o de la sonrisa, de las respuestas que el cuerpo ofrece para manifestar lo que padece. Los dolores, los nudos, el deseo, el vértigo, los escalofríos, el orgasmo, la taquicardia, incluso la falta de aire o las ganas de morir.

Desde la ansiedad hasta el éxtasis recorremos la ruta de las cicatrices. A veces con plena conciencia, la mayoría del tiempo en ciega negación.

Imposible explicártelo. Lo siento.

Desde el deseo o desde el dolor

La niña regresa a casa, pronto oscurecerá. Su madre la ha ido a recoger. Tiene cinco años y ha pasado la tarde donde su amiga Anisabel. En el auto quiere contar la gloria que trae dentro, la fogata que se expande en su pequeña mente. El recorrido es tan breve que aún no empieza. No sabe qué palabras utilizar. La niña y su madre entran a casa, aún no encuentra las palabras.

Esa tarde, la madre de su amiga, Carola se llama, les enseñó a leer. Dictó la primera gran lección. La pequeña se siente fascinada con las formas de las letras y los libros de colores con los cuentos que cuentan y el talento de Carola para instruirlas en el uso del abecedario. La niña necesita continuar.

Escribir. Escribir. Escribir. Seguir escribiendo pequeñas sílabas. Escribir hasta el amanecer.

Quiere usar las vocales y las tres consonantes que ha aprendido esta tarde. Desea hermanarse con ellas para escribir las historias que necesita.

La niña no sabe que este es el primer día del resto de su vida.

Los motivos irán creciendo con ella. Evolucionarán y envejecerán. Sufrirán el retorcimiento del desencanto. No, la niña aún no puede imaginarse.

Casi cincuenta años después, escribe con el mismo frenesí, escribe para crearse un mundo menos hostil, para encontrar sus coordenadas en el universo. Como lo hacía de pequeña, se hermana con las palabras para escribirse la historia que necesita.

Aquel día lo llevo puesto como si fuera ayer. En la escuela aún no nos enseñaban ni a leer ni a escribir. Carola me enseñó simultáneamente. Cuando llegó la escritura en preparatoria, ya era loca lectora y escribía oraciones completas. Inventaba cuentos telegrama. Como ahora, sabía muy poco de casi nada. Mis únicas certezas eran los lápices, la hoja en blanco y el placer que sentía al escribir. La escritura era un viaje a mundos alternos, el lugar seguro. Aún lo es.

Escribo para atizar aquella gloria de niña que me languidece adentro. Escribo para que mis muertos no terminen de morir, para interpretar los días y las noches, para desarmarlos y reconstruirlos. Escribo para evitar los abismos. Escribo para desafiar al mal silencio.

La vida ha sucedido con desencuentros tan violentos que he quedado atónita, sin poder hablar. Escribo para llorar lo que no puedo decir. Desmadejo los sucesos, procuro darles sentido, encontrar las razones que desencadenan violencias. Escribo para buscar por qué o para desentrañar el por qué no. Es como si al escribir encontrara otra manera de respirar, otra salida. Una manera de colocarme de nuevo las alas que dejé perdidas.

También han sucedido los acontecimientos deslumbrantes. Presencias o momentos han expandido la experiencia y han dado a luz historias que merecen el resguardo de la escritura. Escribo para no olvidar lo que he sentido cuando mi felicidad ha rozado la locura, para avivar las llamas del cuerpo y la luz del entendimiento. Escribo para decirme que no ha sido en vano.

Leer y escribir han sido los caminos más certeros para conocerme alma adentro. Las palabras son aliadas poderosas, dueñas de innegociable lealtad. Como hadas inmortales que se multiplican en misterios nocturnos, caminan cuadernos, libretas, tarjetas. Habitan en la memoria de mi ordenador, artilugio que a su vez resguarda la memoria de mi vientre.

Escribo para interpretar el entorno, para conocer a sus protagonistas y, si voy con suerte, para tender puentes.

El camino de la escritura me ha llevado a espacios emocionales insospechados. He aprendido a ser la voz de quienes no son escuchados. Las historias de otros han reconstruido mis paisajes interiores, me han entrenado en el arte del cuestionamiento. Me han hecho calzar los otros zapatos con tanta vehemencia que, sin proponérmelo, reescribo mi propia mirada, derribo los muros. Escribo para ellos y al hacerlo escribo para mí.

Desde el centro mismo de todos los sentimientos, a partir del deseo, a partir del dolor o a partir del amor, escribo para perder los grandes miedos. A veces lo logro.

Escritura y compromiso

Aunque la escritura sea una manifestación artística, un ejercicio que reta a la creatividad y a la imaginación, también encarna compromisos.

Escribir ficción, por ejemplo, perfila sin reservas los infinitos relieves de la condición humana. Explora, desnuda, inquieta. Muestra, no explica. Despoja del miedo a lo distinto, tiende puentes.

La literatura coloca llanto ahí en donde más se necesita, da voz a quienes han sido silenciados. Estimula el ejercicio de la compasión. Habla mirando a los ojos. Crea belleza a partir de casi nada. Con suerte, cambia la historia de cada lector.

La poesía se gesta en el centro mismo del sentimiento. Surge pura. Es el más feroz intento por preservar la hondura en la emoción.

El teatro es el cosmos de todos los espejos.

El ensayo, una inspección continua de la fragilidad o de la evolución. Una manera de utilizar el lenguaje para colocar dedos sobre todas las llagas. El perpetuo cuestionamiento de lo que sí es y lo que no debiera ser.

Toda expresión artística es un acto de resistencia, un camino construido con recursos estéticos que conduce a nuevos lugares en la conciencia colectiva.

Cada rama en el espacio de la creación guarda un compromiso supremo, el compromiso con el arte mismo.

Sin punto final

Nunca sabré si heredé tus dolores o temores o tus más salvajes anhelos. Nos faltó coincidir en la fase adulta donde padre e hija desmadejan lo íntimo. Nos hizo falta tiempo, tanto, que veo en otra dirección para no imaginar relojes ni almanaques.

Sé que heredé tu pasión desaforada por los libros, la locura por la música, tus ganas de bailar, lo zurdo y sus inconvenientes.

Conozco tan poco de tu esencia. ¿Qué te inquietaba, padre? ¿Qué te conmovía? Me cuentan que eras el encargado oficial de poner el árbol de Navidad de tu madre. Te recuerdo adornando el nuestro. Navidad jamás volvió a ser la misma. Ignoro si eras tan sentimental como lo soy yo. Ignoro tanto.

Quedan dudas perpetuas, asuntos a los que nunca podré poner punto final porque no conoceré respuesta alguna.

A mi madre padre

Rindo homenaje a la madre, después de todo también ha sido padre. La celebro con amor y gratitud. Hizo lo suyo y se encargó de lo de él porque la vida de mi padre fue un soplo tan breve que dejó sus manos llenas de pendientes.

Mi mamá se hizo cargo de que jamás nos faltara nada, construyó un lugar seguro, tejió el sentido de pertenencia que define nuestra identidad de tribu.

Gracias a su tenacidad somos una manada femenina que aprendió de supervivencia. Reinventó para sus hijas una vida completa. No sé donde guardaba el dolor o el temor, quizás bajo el orden y la disciplina que rigieron sus afanes desde el primer día después de la muerte. Quizás los soltaba de noche cuando las niñas dormíamos.

Celebrar con ella es un gozo, sentir que disfruta cuando compartimos es el regalo que ella devuelve. No te vayas todavía, me dice y no, no sabe cómo me baila el amor al escucharla.

¡Feliz día del Padre, Madre mía!

Cuestionar

Aprender las reglas a lo profundo, hasta los cimientos ¿Cómo no? Conocer cada uno de sus resquicios, reconocer sus trampas.

Aprenderlas para romperlas con gracia, para saber cuándo, cómo, dónde. Por supuesto.

Transgredirlas en la cocina, en la narrativa, en el arte, en lo cotidiano, en lo existencial. Cuestionar. ¿Por qué? ¿Para qué?

Desarmarlas y transformarlas hasta que, como nuevos destellos , asomen por las ventanas de la experiencia sorprendentes novedades.

La gran libertad

Los temas escogen al autor, lo persiguen, lo poseen. Se acomodan en el alma de la inspiración y la robustecen.

El escritor es instrumento vital de una intención superior.

Esta pieza pequeña de conocimiento es el umbral de la gran libertad.

Sutil

Existe una traición muy sutil en la buena memoria. Te empuja a lo mejor de lo vivido, a sus lugares, al color y su música, a tu versión en éxtasis.

O, sin más ni menos, te coloca en el centro de los pasados infierno. Despiertan también los lagrimales. Una vez más, arde tu furia, también tus rodillas.

El detonante aguarda en los sentidos. Un aroma, un sabor, sonidos o silencios. Una fecha en el calendario. Imágenes talladas en el interior de los párpados.

Sus modos son aleatorios, poderosos, de tal misterio, que jamás encontramos el timón.

Puede ser consecuencia de su sabiduría, una manera ancestral de ejercer desde el subconsciente, la supervivencia.

Sin embargo, por esto o por aquello, aunque sutil, es traición.