De mil maneras

Extraños inviernos llenan el frío de la mañana. Esta semana se abre camino con un lunes de grises humedades. Y de prisas, tantas prisas. Y de malas pasadas de la cotidianidad. La jovialidad de Diciembre no se deja ver.

Titiritando, observo cómo se afana el hombre en su oficio. Con vigor descalza mi carro, interviene a una llanta moribunda, le devuelve el cuerpo, le devuelve la vida. A mi espalda, la calle enloquece con el tráfico de la mañana. Apenas son las siete pero el caos y el estruendo inundan completos aire y asfalto. El hombre es ajeno al bullicio.

Muy serio, silencioso en lo suyo, con fuerza y pericia, sin perder tiempo, se sumerge en la tarea. Contemplo la dignidad del trabajo bien hecho en el gesto, en las manos, en su forma educada de entenderse con el mundo. Un maestro de la madrugada urbana.

En pocos minutos, con la cadencia de quien sabe bien lo que hace, concluye el trabajo. Con la misma habilidad y el mismo silencio coloca de nuevo la llanta en su sitio. Aprieta aquí y aprieta allá. Analiza la llanta. Le da palmaditas como si fuera la espalda del amigo en una despedida.

Rasgando apenas el silencio concluimos nuestro negocio. Quisiera hacerle preguntas, conversar. Quisiera que me contara su historia. Pero un cliente nuevo lo necesita y la mañana me empuja a retomarla. Otro día será. Concluido su trabajo puedo abordar de nuevo los afanes de un día salvaje para entregarme al mío.

El señor del pinchazo no lo sabe. De mil maneras endereza mi día.

Hubo un jardín

Desde la soledad de un balcón, mujer busca con la mirada abatida al amado que sin remedio se marcha. Pequeños fantasmas habitan un hotel de fuego. Un invernadero cobija muerte y deseo secretos. Cartas impostoras inventan el amor.

Hubo un jardín es un joyero de magníficas historias. Cortan el aliento. Con exquisita capacidad narrativa, desarrollada sin remilgos, la autora teje relatos a prueba de caída.

Sin duda, la imaginación a todo vapor que caracteriza la obra de Valeria es responsable de que, al terminar de leer cada uno de los relatos, sintamos que realmente estuvimos ahí. Dentro de una cámara frigorífica, en un bar frecuentado por boxeadores anónimos, en sombrías galerías donde los vivos se confunden con los muertos, en un insólito parque que incita a suicidios animales y en otros sitios físicos, temporales o emocionales, cada relato es un espacio en donde lo imposible es posible.

Quizás la magia de estas piezas radica en el hecho de que el realismo y lo sobrenatural conviven sin contradecirse. Lejos de eso, se complementan, se necesitan para que la historia se eleve, se deslice y crezca en los misterios de su tiempo. Lo mismo sucede con las capacidades del corazón, ternura y horror, amor y maldad, deseo y melancolía, y tantos otros elementos se amalgaman para construir un andamiaje tan sólido que seduce la curiosidad del lector, provoca angustia o invita a la compasión.

Los personajes no pueden quedar en el tintero. Un muchacho atormentado, militante de una violencia ansiosa de escapar de su espalda curtida a palizas, la madre soltera que recorre ciudades en el cruento mercado inmobiliario, un anciano enfermo que camina los últimos días de su vida escribiendo historias para embellecer la vida de otros y tantos más, todos los personajes llegan para quedarse.

Valeria camina hábilmente un espectro amplísimo de la condición humana, creando historias que sacuden, asustan, conmueven, incitan.

Hubo un jardín es un espectáculo literario narrado en siete actos. Un imperdible.

Porque no se puede dejar sin respuesta a una mujer apasionada.”

Amorosas manos colocaron en las mías esta obra tan deseada. Buscada y encontrada en confines madrileños, viajó para convertirse en un inolvidable regalo. La fui leyendo a sorbitos, no quería terminar. Llegó en tiempos convulsos, extraños, ahogados en silencio, agobio y acontecimientos inesperados, asperezas que fueron suavizadas por la lectura.

He admirado el quehacer de Valeria Correa Fiz desde el día que tuve la fortuna de conocerla, leerla y, si esto fuero poco, aprender de ella en un inolvidable taller. Leerla es viajar a aquellos días, un regalo inusual.

Páginas de Espuma

Enamóralo de los libros

Para que tu hijo se forme ajeno a oscuridades machistas, coloca en su mundo el gusto por la lectura. Entusiasma su hábito lector, enamóralo de los libros.

Leyendo sabrá que la diversidad es natural, que existen distintas maneras de construir la vida, aprenderá a tender puentes, conocerá las profundidades de la naturaleza humana. Se sentirá a gusto sintiendo.

Descubrirá en geografías literarias que las ínfulas de supremacía son máscaras para ocultar los miedos o argucias para controlar. Leyendo desatará los nudos de la Historia.

Que lea mucho, que lea de todo, que lea siempre. Desde “La cabaña del Tío Tom” hasta “La patria del criollo”, desde “La ciudad de los perros” hasta “We all should be feminists”.

La literatura dará rienda suelta a su curiosidad, nutrirá su imaginación, le mostrará el lado florido de la humanidad, también el sombrío.

Leer lo hermanará con las minorías y con el pasado, con la importancia de profundizar en el drama ajeno para comprender que no existe una única verdad. En compañía de los libros desarrollará el sano hábito de cuestionar.

De libro en libro tu niño se formará como un hombre reflexivo, inquisitivo, militante de la libertad.

Ojalá el espejo


Ojalá guardara las versiones antiguas,
lo que fuimos,
la mirada plena de curiosidad,
esperanzas en multiplicación constante,
el terso hábito de soñar.

Ojalá del pasado,
el espejo reflejara el fundamento,
aquello que otorgaba a nuestro rostro
genuina juventud,
el conjuro de las bellezas profundas.

Ojalá hubiera rescatado la lozanía del rostro acostumbrado a sonreír,
el relieve de los labios húmedos
por el hábito del beso.

Ojalá resguardara un conglomerado de facciones felices por siempre creer.

En la vida,
en la alegría,
en el grande amor.

Ojalá el espejo,
en su calidad de lumbre y reflejo,
comprendiera lo que la vida fue grabando en el líquido de su superficie.

Ojalá, como quien posee la sabiduría del tiempo y su insondable misterio, colocara lo mejor de lo pretérito en la incertidumbre del presente.

Ojalá el regalo del recuerdo aguardara imperturbable en la serenidad del espejo.

Siempre cómplices


Después de la algarabía y de la indomable búsqueda, después de la adrenalina y del voraz descubrimiento,

sobre la huella de los tan cargados años
de pruebas y regalos,
de aprendizaje y tormentos, de amor y despedidas,

cuando amainaron las inquietudes y presencias fundamentales se retiraron, cuando cambió el sentido de los días,

después de los después
y de los antes impensables cuandos,
los libros permanecen.

Cercanos, íntimos, de pie,
en la curiosidad de la retina,
en la tibieza de las manos,
en el constante pensamiento,

al anochecer, al amanecer,
en el embrión de la despoblada madrugada.

Sólidos, contundentes, magnánimos,
rotundamente sabios.
Llenos de vida.

Siempre cómplices los libros,
en el complicado afán de cumplirle a la vida.

Mirala largo

Hacete un favor, poné los ojos en el rostro de la luna. Mirala largo.

Si tu día ha sido duro o triste o demasiado solitario, si hoy la vida te ha abatido, la de esta noche parece farol, dejá que te procure respiro, el día rudo esta luna te lo alivia.

Si fue lindo y feliz, si llegaste al derrotero cotidiano con el alma en sonrisa, que sea broche de oro de la buena jornada.

Mirala largo, mirala tendido.

Hoy llegó divina.


			

Del feroz amor

Cuando creemos que de mal de amores ya hemos sentido todo, el corazón nos sorprende con formas inéditas de fracturarse.

El poder del dolor es infinito, el amor, por fortuna, también tiene su garra.

Con su peculiar sabiduría, en materia de afectos la vida es una academia a perpetuidad.

Y es que no hay edad para la pena cuando se padece la incurable dolencia del feroz amor.

Ritual libro

Tomarlo con ambas manos, estrecharlo contra el pecho. Tocarlo con reverencia, olerlo con amor.

Leer el libro con todas las sustancias del cuerpo, con la mente en expansión devoradora, con fervorosa atención.

Leerlo como aquella a quien le va la vida en ello.

El ritual.

De creación literaria, personajes y libertad

Si piensas que he vivido las glorias o he padecido los dolores que habitan mis relatos, si me juzgas por lo que hacen -o no- sus personajes, si crees que los textos celebrantes de la libertad -en el amor o en la vida o en la cama o en las guerras- son autobiográficos, no has comprendido aún de qué va la literatura. No soy tan valiente, ni tan intrépida ni tan completa ni tan grande. Los personajes pertenecen a otra dimensión.

Escribir ficción es un complejo acto de creación que pretende dar sentido a la realidad a partir de la fantasía. No es un simple recuento de vivencias, es más, mucho más. Hitchcock no era Norman Bates, Stephen King no es It. El Gabo no era Aureliano Buendía, Mastretta no es Emilia Sauri. Más allá de los personajes inventados, la creación literaria es un ritual sagrado de búsqueda personal. Comprender la libertad es uno de sus más profundos propósitos.

La verdadera libertad, el sueño inmenso, encuentra en la escritura un acercamiento bastante preciso. Como toda expresión artística, la escritura necesita de agudas herramientas. El ejercicio de la profunda observación, por ejemplo, también de la indagación. No olvidemos que toda disciplina artística requiere de un vehemente sentido de curiosidad.

Consciente de que nunca se deja de ser aprendiz en este arte-oficio, con esmero cuido y cultivo la imaginación, me otorgo amplias licencias para fantasear. Invento, busco, invento de nuevo. Continúo buscando. Las palabras son el fiel instrumento. Procuro pues, hilvanarlas con gracia, escribir con un amor difícil de perfilar, un profundo amor por el arte y por el lenguaje. En momentos afortunados lo logro.

Observo con detenimiento a las personas. Con suerte, por breves intensos momentos, calzo sus zapatos. Encuentro los cimientos que sostienen su experiencia, su mirada se convierte en generoso umbral.

Intento, despojada de juicios castrantes, comprender su drama. Con mucha atención y absoluto respeto observo, abierta siempre a conocer cualquier historia personal para dar sentido a la universal. Pellizco apenas.

Del ser que configuro nace un personaje. La historia que le invento no es la que vive, esa no me pertenece. La historia que le invento es una extensa exploración. Porque al final del día, la literatura celebra la condición humana, es arte y es búsqueda, anhela articular respuestas que de pronto aún no existen.

Comprenderás pues que soy pequeñita, simple y común comparada con los personajes.

Sin embargo, hay una verdad irrefutable en la creación literaria, la historia que el autor teje guarda parte de su intimidad. Nace de sus interrogantes, inquietudes, carencias y anhelos, trasciende su experiencia.

No somos los personajes, ellos son sacro instrumento de búsqueda. En diferentes planos, habitamos la misma historia.

Palabras para un mundo desarmado

Este mundo desarmado necesita poesía para denunciar lo inaudito, para nombrar al veneno, para formular remedios.

El laberinto inhabitable en el que se ha convertido nuestro amado mundo, un mundo desarmado, clama al poeta desde todas sus entrañas. Le pide, lo reta, muestra las heridas.

Armado de palabras, de ideas iluminadoras o miradas desafiantes, con entendimiento incendiario y feroz esperanza, el poeta escribirá las rutas alternas. Preso de sentimiento trazará mapas.

Será su dominio del lenguaje el que nombre las nuevas verdades, puertas a la libertad. Su arrojo a prueba de repudio encontrará la llave que las abre.

La poesía, pregona el que cree, ha encontrado en episodios del pasado horizontes perdidos.

Sostenida por la pluma viva de los autores muertos, la historia lo afirma.

El poeta inconforme da a luz a la nueva conciencia. No conoce otra forma de ser. Su misión vital es transformar sintiendo con papel y tinta. De verso en verso, ama y padece.

Aunque en medio del caos que estremece a la experiencia humana olvidemos la redención que habita la palabra, este mundo desarmado precisa de poesía para reanudar la marcha.