Como Sherezade

Hubo un tiempo en el que quise jugar a Sherezade. Después de leer y leer y tejer tantas historias, mi impulso era contárselas al hombre, dejarlo curioso para que quisiera escuchar mi narración la noche siguiente.

Justo antes de dormir celebraba el ritual. Lo hacía con múltiples recursos, hijos de mi imaginación.

Ilusa que es una en la habitación de la juventud. Muy pronto descubrí que a los pocos minutos, el hombre dormitaba plácidamente. Si no lo pillaba dormido, notaba cómo su mente vagaba por misteriosas lejanías. Después de todo, la mirada también es libro.

Aquel fue un breve experimento sucedido en un puñado esmirriado de noches.

De ese fracaso, mi Sherezade interior aprendió que el papel también puede ser su rey. Y en lugar de contar historias a quien no quiso escuchar, optó por escribirlas en su cuaderno personal.

Sí. Mi princesa cuentacuentos y yo descubrimos el gozo noctámbulo y solitario de la escritura. Un hallazgo trotavidas y trotatiempos y trotamundos.

El ritual nocturno aún sucede. Con los libros tomados de la mano, clausuro la jornada, también con dispositivos o cuadernos. Son mis nuevos reyes. Amuletos para escribir historias que la lectura teje en mi interior o para inventar nuevas o para reescribir viejas.

Mientras tanto, a mi lado los ronquidos. Tal vez sueña otras historias el que no quizo escuchar. Tal vez con otra Sherezade.

Secretos de cocina

Si mi batidora hablara, daría cuenta detallada de mis dilemas sentimentales. Es en la cocina donde los dejo rodar. En ese ruedo en el que practico el hábito de la soledad culinaria, acompañada siempre de música, puedo dar rienda suelta y tendida al ánimo.

Desahogo lo bueno y lo malo, hilvano sueños nuevos y desato sueños rotos. A veces lloro, otras bailo como chiflada. Casi siempre hablo con myself. Al fin y al cabo, nadie me ve.

Nadie excepto la batidora y compañía. La estufa, el micro, el abrelatas, todos ven. Pero ella que está en el centro de casi todas mis recetas es el muelle a quien me aferro. Es leal y sólida y discreta, por fortuna.

Y una es tan cándida que otorga personalidad a simples objetos. Ha de ser por necesidad de conexión o por tonto y excesivo encariñamiento.

Soberana y deliciosa estupidez.

Lugar mágico

Hubo un lugar mágico, un sitio de sal y sol en donde  los días se tendían plácidos, 
como mantas sobre el césped tropical. En aquel sitio paraíso nos tumbábamos 
juntas, las horas y yo,  para leer leyendas en el cielo.

Su canción de olas, las caricias de espuma despertando la piel. Las tardes horizontales, 
los pies descalzos de mi gente  inventando rutas en la arena, la mente perfumada 
por brisas marinas, mi cuerpo bañado de luz, cubierto de gotas. El cabello salvaje y salado.

Noches de música con luna, niños y mujeres bailando, también las estrellas. 
Era tanto y era todo. Un todo inmenso, hoy historia.

Quedan recuerdos sólidos guardados en imágenes  y  sonidos, viven las memorias 
en tardes moribundas, tardes mandarina, hermosas y ligeras. 

Mi madre en el centro de todo, como bengala y como cascada.

Alguien ha de estar ahí, este día libre, en el sitio paraíso que fue nuestro, 
dentro de un verano que ha asomado envuelto en esplendor inusual. 

Otros niños bailan otras canciones en aquel rancho. Otras mujeres. 
Otras palabras sobre la brisa de nuevos atardeceres.
Que sean felices en aquel mi lugar favorito, que sean tan felices como lo fuimos nosotros.

Tal vez la cama

Quizás volver a una cama pequeña sea la respuesta. 
Encontrar  formas de desandar los años 
de salir de la cama ancha que colocó continentes 
en medio de los cuerpos. 

Sí.

Quizás un lecho pequeño encienda de nuevo la llama
uno diminuto, como el que compartían cuando se iniciaron en el amor. 

Tal vez recuerden. 

Tal vez ardan de nuevo en aquella fogata en la que fueron tan felices. 
Tal vez la sientan. 
Tal vez les sorprenda el milagro del placer. 
Tal vez el calor. 
Tal vez  el gozo joven de los pies encontrándose sin buscarse. 

Puede ser, sí.

Una cama pequeña para recuperar la gran fogata. 
No, quizás no se ha perdido todo.

Sí, amiga.

Tal vez la cama, tal vez probás...



Contundencia

Te soñaba. Habitabas sueños frecuentes, vívidos, multicolor. Rozaban esas noches cierta felicidad. Pero no eras tú. Soñaba con una versión tuya que el inconsciente tejió. Eras un invento onírico para recrear la historia. Una osadía.

Sin embargo, a paso de noches largas y de fantasías tejidas con el humo de una esperanza desvanecida, la caverna del cerebro que fabrica los sueños perdió el brío. Claudicó. Abrió los ojos. Con aplomo, se hizo dueña de la verdad.

Aceptó que no hay ilusión superior a la contundencia de la realidad y, con sutileza, nos enseñó de una vez por todas a despertar.

Le llaman poesía

Se succiona, se besa
se devora

o se bebe a sorbitos.

Se llora, se raya
se margina.

Recorre tu mundo
lo rompe y te rompe
transfigura el paisaje.

Llega
permanece.

Ocupa el abstracto
donde arden los fuegos
la región íntima
donde convergen sustancia
y razón.

Poesía.

#díamundialdelapoesía

Galaxias de historias

Tundras, humedales o desiertos, océanos o cordilleras, paisajes variopintos, nunca repetidos.

Sí, el cuerpo humano es un mapamundi fascinante.

Ahh… pero la mente alberga el enigma, la grandeza. La mente es una caterva de galaxias, estrellas y electricidad, fuerzas magnéticas. Energía en permanente transformación. Historias.

El entendimiento es belleza sólida, dichoso aquel que rendido cae en los brazos de su embrujo.

Formas de perder

2012 – 2019

Me temo que la Pandemia ha cerrado este capítulo de mi vida. Y como si huyera de una sombra movediza, esquivo en mis caminitos mentales la noción de semejante pérdida.

Porque regresar a su cadencia fue una especie de salvación, un retorno a la algarabía de la infancia, a los despertares que agitaban la juventud. Volver a bailar fue atizar la llama dormida.

Queda en el aire una guitarra que solloza quedito y en el cuerpo historias cerradas.

Permanecerá por siempre en la memoria, como regalo secreto, un soniquete desenfrenado sujetado a mi cintura.

Pero no me llamo a engaño. Es una pérdida. No sé darle otro nombre.

De suave soledad

 Abre los ojos. 
Todavía reina la noche, simple y larga 
como tantas otras noches. 
Y se sabe ahí, de nuevo, solitaria en un inmenso continente 
envuelta en listones de suave soledad.

Siente cada portal de su cuerpo abierto, como madrugada. 
Ella, que desolada se perdía en la tundra de sus sábanas 
aprendió, después de tanto y después de todo,  a bien sobrevivir. 
Y a encontrar sus puertas.
 
Un silencio amable cae lento desde el otro cielo. 
Y es terso y es nuevo, este silencio 
dulce, como canción.
 
En lenta cadencia, como si bailara, sale del agua tibia de su cama. 
Va desnuda. Su piel es un manto de minúsculos luceros. 

 Ella, que apenas ayer de frío aún lloraba 
ha encontrado llamas danzando dentro de su cuerpo 
una hoguera constante le gobierna el vientre. 

Más allá de las sombras descubre a su silueta 
reflejo de vapor, esperando en el otro lado de la noche. 
Se observan a través de la ventana. 

Sabe que no. No está sola. Ya no. 
Es una certeza rotunda, regalo del sereno 
una verdad que libera y la posee toda.

Sus ojos ráfaga sonríen desde el cristal. 
Su alma habla desde el otro lado del tiempo.
 
La noche inmensa, la noche hermosa 
es espejo y ella, su mejor compañía.  

¿Qué vida es esta?

La entrada del diario se repite, se anuncia, pregona. Llega feroz cruzando los misterios cibernéticos, rasga los velos del tiempo.

Antes era más manso el registro de la vida. Los recuentos del día y de la noche sucedían sobre la tersura del papel. Los diarios eran mansiones miniatura llenas de palabras, llenas de semanas descritas con dulce caligrafía. La puerta era un pasta hermosa, de color sobrio, con acabados finos, como pared de catedral.

Los días con sus historias dormían plácidos, no importaba si daban cuenta de pura contrariedad, ahí quedaban, discretos. Su pena o su gloria hacía ruido únicamente si se acudía a ellos.

Los diarios digitales son otra historia. Tienen la particularidad —supuestamente aleatoria— de brincar en tu pantalla sin invitación, de reconocer tu mapa facial y abrirse descarados, como quitándose la ropa. Saltan y, aunque imaginario, escuchas un grito perforador. Es como si te dijera,

mirá, lee lo que te pasó hace un año, lo que sentiste. Recordá, mujer, si tu memoria suele ser vasta. Y mírate hoy, seguís en las mismas. Escuchá cómo llorabas, pedazo de desmemoriada.

Eso en un día grosero. A veces, las menos, salta como si bailara, como si cantara, riendo te dice algo como

ahhh…. a que ya habías olvidado este trozo de alegría, si la pasamos de lo lindo ¿Te acordás? Estabas feliz, de tanto gozo brillabas casi. Que no se te olvide. Todavía puedes inventarte una buena tajada de pura felicidad.

Y no sé si me gusta mucho este fenómeno en el que mi diario me hostiga con viñetas de pasado. Tristeza o jolgorio de algo me acusa, poderoso, me hace sentir inadecuada.

Descarrila sin remedio el presente, muy a menudo me parte el corazón.

Y al caminar sus habitaciones construidas con historias largas o frases o silencios, me pregunto ¿Qué vida es esta?