Cercanía Pizarnik

Alejandra Pizarnik me queda siempre cerca. Desde que llegó a esta vida que consumo en busca de poemas, sus versos confusos se aproximan a mis interrogantes, las tocan y transforman. A veces las responden.

Un libro en la mesa de noche, otros en la repisa de la cabecera o en el tren de poetas que circula sobre la mesa de mi caótico refugio.

Alejandra y los otros y de nuevo Alejandra. Su tristeza, su fragilidad, el presagio de la muerte siempre presente, la palabra eternamente bella.

Sin poetas la crueldad de la noche se hace inmensa.

“No puedo hablar con mi voz sino con mis voces.

Sus ojos eran la entrada del templo, para mí, que soy errante, que amo y muero. Y hubiese cantado hasta hacerme una con la noche, hasta deshacerme desnuda en la entrada de un tiempo.

Un canto que atravieso como un túnel.”

(Piedra fundamental, fragmento página 69. De La extracción de la piedra de locura. Otros poemas)

Somos las madres

En nuestro vientre se han gestado universos completos. Hemos parido la historia de la humanidad. La que se cuenta de hombre en hombre, de mujer en mujer, la que se teje siglo tras siglo tras siglo.

Somos la sangre y el llanto y el líquido mágico que sostiene la vida mientras se completan las formas.

En nuestro cuerpo la concepción, el alumbramiento, el enigma mayor de la vida.

En nuestro cuerpo también el alimento.

Somos tierra y océano, somos aire y somos fuego.

Somos las madres.

Dos mujeres

Dos mujeres. Dos mojitos y una tarde, dosis precisas de hojitas verdes danzan dentro de cristal etílico. Las Flans colocan Mil y Una Noches en el aire que nos sostiene. Es cálido y liviano, como si supiera.

Apenas estamos acompañadas. Poco a poco, los demás se fueron del pequeño bar-bistró que nos acoge. Se fueron como suele suceder.

Las voces de las cantantes apagan durante algunos minutos las nuestras. Su canción y su fama se remontan a un tiempo en el que nuestro mundo era una cadencia de puras posibilidades, una secuencia de puertas por abrir. Las posibles puertas están cerradas para siempre. Lo sabemos aunque no lo repetimos, esa puerta también quedó cerrada.

La mejor amiga escucha penas y verdades con cuarenta años de cariño intacto, con pactos tácitos en la mirada. La libertad de llorar y reír y soñar asoma a nuestra mesa. Así se desata una tarde de dicha.

La pena encuentra alivio, las verdades, eco. La menta con sus travesuras de alcohol resbala con magia. La música templa la emoción. La complicidad aligera todo, el te quiero mucho de siempre sella la despedida.

Ya a solas, una lágrima marcha rostro abajo, es de reconocimiento. Una lágrima mojito.

La dicha de tenernos, la sororidad como ancla y como asidero. Dos mujeres.

Escribir acerca de mi mamá

Este año ha sido una locura, un cambio tras otro ha caído desde todo tipo de alturas y mil tareas han sido multiplicadas. El tiempo es un bien cada día más escaso.

Pero si un medio en el que he colaborado y de paso, dicho sea, disfrutado mucho de la experiencia , me invita a escribir sobre mi madre, no lo pienso dos veces. Al final del día, acerca de ella he escrito bajo todo tipo de miradas, una y otra vez. Mi madre ha vivido una historia compleja. Ha tenido una dosis fuerte de tragedias y otra de gozo. La suya es una vida digna de contarse.

Aquí comparto la colaboración en Ladrona de frases, para que quede recuento del homenaje que quise rendirle.

Manual de procedimientos familiar o de cómo aprendí a trabajar

La celebración del Día del Trabajo tiene un origen triste. Muchos de los que participaron en la huelga del 1 de mayo de 1886 en Chicago fueron condenados, algunos a muerte. Es escandalosamente incomprensible.

Pero más allá del origen del asueto, el trabajo se celebra y se agradece. Mi primer empleo fue cuando tenía 13 años, en un parqueo del Centro Cívico. Nada heroico, una mañana mi mamá simplemente me avisó que trabajaría ahí durante las vacaciones.

—Tenés que aprender a trabajar— dijo, su sentencia resultó ser uno de los mejores regalos que me ha dado.

Todos los días, mi madre me colocaba en la caseta-oficinita a las 7 de la mañana. La encargada de la caja se llamaba Lesbia, ella sería mi mentora. En aquella época, la mente y el tiempo eran las máquinas. Debía aprender a usar el reloj marcador, a dar y recibir los tickets, a troquelarlos y a calcular tarifas. A cobrar y dar vuelto. Aún no existía la automatización servil de las computadoras.

Me gustaba mi trabajo.

Tuvo gracia colateral. Aunque no fuera parte del perfil de mi puesto, también aprendí a encender, mover y estacionar carros. Resignado ante mi insistencia, Tomás, el encargado, no tuvo más remedio que enseñarme. Manejar carros ajenos a esa edad fue aventura.

A pesar de lo poco común, mi primer empleo como vacacionista es inolvidable. Ejercité de ida y de vuelta el cálculo mental, entendí lo que se gestaba en la Torre de Finanzas, lo que sudan los imparables procuradores y entre chismes de barrio, me enteré de algunas oscuridades que sucedían en Torre de Tribunales. Pregunté y pregunté y pregunté. Conocí gente diferente de todas las edades.

Aprendí, ante todo, a encontrar gozo en el trabajo. Mi mamá me dio la oportunidad, el ejemplo, mejor aún, colocó el hábito en nuestros genes.

Sí. La mística que subyace en el trabajo la grabó mi madre con contundencia en el manual de procedimientos familiar.

Desde estas décadas observo aquella vida de niña que dejaba de serlo. La experiencia en la caseta del parqueo me hizo sentir parte de otra dinámica, útil, hasta importante. Marcó un antes y un después. Definió que el rito del trabajo diario sería siempre mi camino.

Después vinieron los trabajos de vacaciones tradicionales: empaqué regalos, di clases a pequeñitos en cursos de vacaciones, fui asistente de una tutora de niños terremoto, vendí galletas. Pero mi trabajo en el parqueo será siempre favorito. Un recuerdo que hace bien.

De todos los sitios, los libros

De todos los sitios que he visitado en el vicio de los libros, los que más me han asombrado son los parajes de mi interior. La lectura me ha enfrentado al miedo, a las ilusiones, a las imperfectas facetas de mi naturaleza, a apetitos primitivos, a necesidades emocionales.

A mi pequeñez.

Los libros alimentan y al mismo tiempo estimulan indomables curiosidades. Leyendo he construido un tratado de cuestionamientos en evolución perpetua, he encontrado respuestas, lágrimas y nuevas dudas. Leer es una manera constante de acercarnos a la humanidad. De participar en la historia.

Las páginas son puertas. Al abrirlas, encuentro a mi versión más vulnerable, un regalo inexplicable que recibo a diario.

Más allá del feliz placer de leer, la cualidad espejo que posee la literatura es un misterio que nos ata a ella. Sería genial que cada persona del planeta lo sintiera en total esplendor.

La humanidad sería distinta.

“Por eso estamos aquí” en honor a Orlando Falla

Leí la noticia y sin poder —ni querer— evitarlo, me abrí en un llanto manso pleno de significados. La muerte de Orlando Falla, en estos tiempos de pérdida, sacude generaciones. Más que un proveedor de conocimiento el Profesor fue una institución, un transformador de vidas.

Con el Profesor Falla aprendimos distintas maneras de ser fuertes. Las matemáticas fueron metáfora, un acercamiento a la certeza de que la dificultad es constante y cotidiana. La noción de que dominarlas no es opcional fue quizás su lección suprema.

También nos enseñó a trabajar bajo presión, su cómplice era una alarma Cassio que parecía extensión de su mano. Utilizó la voz de su reloj para la otra lección. El tiempo es finito, en los exámenes, en los proyectos, en la vida misma. Sacar de nuestras horas el mejor provecho fue parte del aprendizaje.

La piscina fue el instrumento que utilizó para educarnos en las bondades de la competencia, sobre todo la que libramos contra nosotras mismas. En las clases de natación, visto en retrospectiva, nos enseñó lo trascendental que resulta dominar el movimiento, del cuerpo, de la mente y de los propósitos.

Pero fue en un inverosímil espacio en donde Orlando Falla marcó mi vida. Guardo de esa experiencia imágenes y sonidos que, por poderosos, me han acompañado durante todos estos años. De aquellos sábados recuerdo el calor, la cantidad multiplicada de madres con niños y ancianos, las galeras. Recuerdo el tono amarillento del Mezquital, su condición de constante enfermedad. Recuerdo, hoy con especial sentimiento, al profesor Falla luciendo su uniforme de bombero.

El colegio organizaba jornadas oftalmológicas en aquel lugar de pura carencia, aulas fuera del aula para enseñarnos a servir y a encontrarnos frente a frente con la realidad del país. El profesor era figura medular en aquellas jornadas. Su liderazgo y dotes logísticas resultaban indispensables.

En una de las jornadas, una mujer me pidió que cuidara a su pequeño de 2 o 3 años mientras ella recogía a otra de sus hijas. Accedí con agrado, nos reuniríamos en el corredor principal donde se hacía cola para la consulta. Lo tomé en brazos y desanduve el paso hacia el corredor. El Profesor Falla se me acercó. Preguntó quién era el niño. Le expliqué. Con gran alarma, casi con regaño, dijo –No, Nicté, no podemos hacer eso. ¿No ves la pobreza? Estas mujeres no pueden mantener a sus hijos. Por desesperación se ven obligadas a abandonarlos así…— y señaló mis brazos.—Vamos a buscarla ahora mismo.

Tomó al niño en sus brazos y juntos caminamos durante varios minutos. Al cabo de un rato vi a la madre, caminaba con otra niña tomada de la mano. Con amabilidad, el Profesor le entregó a su hijo. Luego, más tranquilos ambos, siguió hilvanando su explicación. De todos sus argumentos, recuerdo claramente:

Es por necesidad, hay mucha pobreza. ¿La ves? Por eso estamos aquí.

¿Cómo olvidarlo?

El tiempo abre caminos en todas direcciones, pero de los lugares y personas que llevamos en las certezas fundamentales, nunca terminamos de irnos. Orlando Falla fue una de esas personas.

Cuando la vida tuvo a bien hacernos coincidir, nos saludábamos con cariño, él preguntaba siempre por la salud de mi hermana —enferma desde hace años—, incluso en redes preguntaba por ella. De la anécdota del Mezquital tuvimos oportunidad de conversar, un regalo que guardaré toda la vida.

Con admiración y gratitud lo recordaremos siempre, con inmenso cariño y pena inesperada hoy decimos adiós. Después de educar a tantos alumnos, de dar por cumplidas incontables misiones formadoras, ha emprendido el viaje hacia el lugar mejor.

Descanse en paz, querido Profesor Falla, se le extrañará inmensamente. Para su familia mi más profunda condolencia.

Nicté Serra

Bach 87

Como Sherezade

Hubo un tiempo en el que quise jugar a Sherezade. Después de leer y leer y tejer tantas historias, mi impulso era contárselas al hombre, dejarlo curioso para que quisiera escuchar mi narración la noche siguiente.

Justo antes de dormir celebraba el ritual. Lo hacía con múltiples recursos, hijos de mi imaginación.

Ilusa que es una en la habitación de la juventud. Muy pronto descubrí que a los pocos minutos, el hombre dormitaba plácidamente. Si no lo pillaba dormido, notaba cómo su mente vagaba por misteriosas lejanías. Después de todo, la mirada también es libro.

Aquel fue un breve experimento sucedido en un puñado esmirriado de noches.

De ese fracaso, mi Sherezade interior aprendió que el papel también puede ser su rey. Y en lugar de contar historias a quien no quiso escuchar, optó por escribirlas en su cuaderno personal.

Sí. Mi princesa cuentacuentos y yo descubrimos el gozo noctámbulo y solitario de la escritura. Un hallazgo trotavidas y trotatiempos y trotamundos.

El ritual nocturno aún sucede. Con los libros tomados de la mano, clausuro la jornada, también con dispositivos o cuadernos. Son mis nuevos reyes. Amuletos para escribir historias que la lectura teje en mi interior o para inventar nuevas o para reescribir viejas.

Mientras tanto, a mi lado los ronquidos. Tal vez sueña otras historias el que no quizo escuchar. Tal vez con otra Sherezade.