Un fleco

Pequeña le dice a mamá que a casi todas sus amigas les gustó su fleco. Menos a Pili. Pili dice que me veo horrible, le cuenta. 

Estamos en una sala de esperas estrecha. Sentada frente a niña, desprendo mi atención del libro y la muevo al centro de su conversación. 

Tú no te ves horrible nunca, responde madre. 

Ya lo sé, afirma niña. Hoy estoy hermosísima. Mi fleco me da un look maravilloso, declara, mientras pasa suavemente la manita de derecha a izquierda sobre su frente, como si su flequillo fuera un arpa y ella hiciera música con el breve gesto. 

Brincos diera yo por poseer una onza de la ubicación que tiene la chiquita, con todo y su fleco, imposiblemente disparejo. 

La vista despejada que podés tener a los siete años… pero la dejamos tirada en alguna polvareda de nuestro camino. Y en medio de un titubeo y otro titubeo y otro, la perdemos.

Sí. Tiene como siete años y dijo Look maravilloso. 

La aldea

Me preguntan cómo clasifico mi biblioteca. Por respuesta, regalo ese gesto mío que oscila entre la incomprensión y un tímido “me pillaste”. Mi pequeña aldea de libros no posee credenciales o pedigrí o porte de biblioteca. 

De orden ni hablar, aún no encuentro la raíz etimológica de tan obtuso concepto. Mis libreras son accidentes, jaulas de pájaros, carretas de madera, como juguetes de antaño, repisas irregulares, canastos para pícnic, ataditos de rafia. 

La disposición de mis historias es tan casual que llamarla biblioteca sería pretencioso. 

Ah… pero mis libros tienen alma, como si fueran grandiosas personitas, habitan una aldea construida con caminos de tiempos y casas de palabras. Una ciudadela literaria gobernada por un señor llamado Feliz que se apellida Caos.

No. No tengo biblioteca. Lo mío es un pueblo de textos que no entiende de esa dictadura llamada clasificación. 


Cincuenta, vida mía

Verás vida mía, de las cincuenta puertas que hoy cierro, esas que fuiste abriendo una a una con la sabiduría de tus milenios, he guardado un tanto grande en baúles de recuerdos.  Dentro quedaron los brillos, el brío, la lozanía, la luz del cabello, la visión aguda, mi cintura breve ─dibujada en sepia─ y bastantes temores, hoy durmientes.

Quedan dentro imágenes de aquella joven en exceso soñadora, un poco ingenua, un tanto frágil, imágenes con piel de agua. Agradecida para siempre, guardo en un sitio memorable la fertilidad de mi vientre. Fue mi mejor milagro, la fuente, mi columna vertebral. 

He doblado en cuatro y envuelto en seda las carreras de 21 km, las de 10, los maratones de todo tipo, la prisa desaforada por llegar, sin saber siempre exactamente a donde.

Son baúles, vida mía, que conservaré a buen resguardo, para cuando pidas la certidumbre que habita mi memoria.

Para el camino que falta, venga como venga, llevo un atado con indispensables muy cerca de mi centro. Las experiencias que me enseñaron a caer y levantarme, a conocer el gozo del asombro, a sentir el alivio del llanto.

Llevo en los dientes la capacidad de reírme de mí misma, tan útil en días de niebla. En las manos, el hormigueo que conocí de pequeña al descubrir el universo de una rosa.

En los ojos traigo el milagro de la luz y cristales de desahogo, en el oído, la felicidad de la música. En el cerebro resguardo procesos que no cesan, que crecen con libros y estímulos, y siempre, siempre, apetito de conocimiento nuevo.

En el corazón, esa casita que vibra en mi pecho, el sitio en donde todo empezó y ha de terminar,  albergo aún caudales líquidos para amar de muchas formas. Porque esos, vida, esos no se alinean al misterio de la vejez.

Mi curiosidad incansable, luciérnaga rebelde que no entiende de edades, ha de continuar acompañándome. También las ganas, desbordadas siempre, de seguir aprendiendo.

Con la certeza de que serán útiles cada día, conservo en lugar seguro verdades indispensables: la salvación que prodiga el calor humano, la memoria de mi piel, la necesidad de conexión.

Tengo una voz que aún no termina de hablar, labios que saben de besos y silencios y sonrisas. Y como si fuera incendio, un deseo esperanzador de transformar realidades que no me permiten descansar.

Traigo en el centro del pecho, la memoria sagrada de mis muertos, su imagen, su voz. Me acompañan más vivos que nunca.

Me rebelo contra una o dos tradiciones, ritos de paso del medio siglo. No creo en la mutilación del cabello, el abandono de los tacones, en la renuncia al aprendizaje. Habré de ser anacrónica pues aún no siento el llamado. Llegado el momento, mi alma dictará cuándo quemar esas naves.

En este umbral de medio siglo, me doy cuenta de que poco a poco he cambiado el color de mis ambiciones, el ritmo de mis pasos, la mirada que doy a los misterios del mundo. Dejo atrás cincuenta aventuras, días inolvidables, sabores, historias mías, historias de otros, fuego, palabras, vacíos.

Pero todavía falta. Y aquí estoy, rotunda, entrando al otro tiempo. Recíbeme vida, con el ancho de tus posibilidades infinitas. 

Un deseo

-Pedí un deseo- dijiste.
Apreté todo. 
Los ojos,
el cuerpo,
las manos, una dentro de la otra.
Doblé en lienzos la mente. 
Apreté mucho para que fuera el mejor,  
el deseo más grande,
uno feliz.
Soplé con todos mis aires,  
con el aliento de cada uno de mis años.
Pero la llamita,  
una zarza pequeña del color del sol,
no quiso morir.
Ahora no importa si te lo cuento, 
por la gracia del fuego,
mi deseo no se cumplirá.








Pedí horas distintas, 
fíjate,
horas y minutos de cadencia suave.
Deseé otro tipo de tiempo,  
un andar más lento,
la oportunidad de detener mi paso
cada vez que el antojo o el cansancio o la curiosidad buscaran tregua.
Pero la llama pequeña 
de una zarza de sol ganó ese pulso,
y el tiempo
en su inmenso misterio
no habrá de aletargar el ritmo
no sabe cómo detenerse.




-Pedí un deseo- dijiste,  
y no, no se cumplirá.




Hoy no te quiero saber muerto

Hoy no te quiero saber muerto. En este umbral del mes de mis cuarenta y diez, en este momento de pozas que contienen lo que no es pero debió ser, invento que aquí estás, que me leés, que me escuchás. Desgrano, como si la vida fuera una mazorca de perlas, momentos en los que tu ausencia fue un grito al vacío. Los acaricio. Los sostengo dentro de la mano de la memoria sin hacer diferencia. Lo bueno y lo malo. Lo imposible y lo angustiante. Los puntos de no retorno. Lo inolvidable.

Vuelvo al día de mi primera comunión, ese rito que celebrarías conmigo porque tú nunca la hiciste. Esa mañana de sábado es hoy una postal agridulce en mi baúl. Verás, ya no comulgo.

Llego a aquella tarde cuando menstrué por vez primera. Me veo sentada en el inodoro de mi mamá, muerta del susto a pesar de saber perfectamente qué sucedía. Una inexplicable sensación de pérdida se regó sobre toda mi piel, mi infancia se iba como te fuiste tú. En esa habitación plácida de la niñez aún vivías, acababas de estar, de salir por mi puerta pequeña.

Aquel mi joven corazón, roto por primera vez, bramaba por tu compañía. Pero no estabas. No hubo hombre que me explicara los caminos sesgados de tu género a la hora del amor.  

Mi graduación está marcada por el terrible berrinche que hice porque me permití sentir tristeza. Porque debiste estar ahí, escuchándome cuando daba las palabras de despedida a los padres que sí estaban, acompañándome en mi asombro porque sí, en contra de mi vaticinio, me otorgaron La Estrella, esa medalla que le dan a la niña que honra la palabra escrita.

¿Lo ves? Desde entonces.

El huracán que sentí cuando un catedrático me comparó con una cheerleader de los Cowboys no supe desmadejarlo, no te tuve a ti o a ningún otro hombre para ayudarme a aplacar la ira, para exorcizar juntos la injusticia. No estabas. 

Sucedió sin tus manos la llegada de tus nietos. Esos naufragios de cuerpo, esas tormentas líquidas que me partieron en dos y me trajeron los motivos más grandes para sobrevivir. Los únicos. El caminito maravilloso de su niñez, los colores y sabores que trajeron. Sus vidas tan grandes, sus voces y rumbos, todo tiene el sello de tu ausencia.

Y hoy. Hoy que me pierdo en una soledad llena de ruido, hoy que quiero aprender tanto, tanto más y los años se resbalan recordándome que cada vez será menor mi tiempo, hoy que comprendo lo que medio siglo imprime en un alma que no deja de buscar. Hoy que veo cómo cincuenta años transforman el cuerpo de una mujer, hoy, hoy te quiero aquí.

Te añoro como si existiera la posibilidad de tu resurrección, como si fuera cotidiano ver muertos convertidos a la vida. Quiero sentirte con voz y risa, con abrazo y palabras. 

No reconozco la fatalidad de tu condición de difunto. Hoy no quiero aceptarlo.

 No. Hoy no te quiero saber muerto.   

POZAS…