En una pantalla, el universo

Chico amable me cobra. Su dispositivo es tienda/escritorio/POS y, por supuesto, teléfono. Todo al mismo tiempo, así andan las modernidades comerciales. Solícito, coloca su pantalla ante mis ojos para que yo finiquite nuestro pacto comercial.

De pronto, la transacción tiene compañía. Cascadas de corazones voladores bailando con palabras dulces/insinuantes/melosas entran sobre alas whatsapperas. Unas son enviadas por un remitente llamado AmorMío, otras son de Mami.

Mientras intento dibujar mi firma con un torpe anular que no encuentra tinta electrónica en la luminosa superficie, AmorMío confiesa calenturas imposibles y besos requeridos con urgencia. Mami, por su parte, menciona algo de una hora y se despide con mucho amor y emojis besucones.

Durante mi último trazo, AmorMío agoniza de deseo gráfico y literal. Imposible no leer, sus telegramas ocupan el sitio de mis líneas.

Chico es una antorcha de bochorno, su rostro una guinda marashino. Tartamudea. Más besos cibernéticos de Mami, más lengüitas de AmorMío. Chico quiere evaporarse, desaparecer, hundirse.

Aún no sabe que, ser sujeto de insinuaciones cálidas a media tarde, de tanto amor, de semejante deseo, es para celebrar. Y, por favor, para empaparse en todos y cada uno de los mimos.

Pero claro, lo comprenderá hasta dentro de treinta años.

Casi fatal

Dentro de la imperfección cotidiana en esta vida nuestra, cometemos actos comestibles desafortunados. Casi fatales, son capaces de hacer trizas todo.

Comé una rebanada más de pastel y vas a sentir cómo el plan del macabro peso implosiona mientras el cuerpo explosiona, sumido en atónita impotencia.

Comete una h de tu texto y verás cómo tu pequeña obra, a pesar de su fundamental significado para tu breve existencia, se rompe, se enloda… te degrada.

No podés corregir, el bocado equivocado flota en el ciberespacio denunciando tu imperdonable glotonería.

Enloqueces y, de pura rabia, te comés todo el pastel. Nada queda sobre tus manteles después del arrebato.

Así las cosas, el cuerpo, el texto, tu paz y tu voluntad vuelan en mil pedazos, devorados por una mala jugada del destino.

Cabeza que no lee

La cabeza que no lee no ha saboreado la felicidad que brota desde el fondo de un buen texto.

Coincide con un libro y lo deja ir, como si fuera un bicho mínimo. Indiferente, lo ve partir o lo deja perdido en sombras, como si la felicidad cayera de los árboles, o de las nubes, como si algo tan precioso sobrara en este extraño mundo.

Juan Tallón , “Mientras haya bares”