Él se sienta en la cabecera,
frente al televisor, como si fuera deidad.
No se quita los lentes oscuros,
ella tampoco.
Es guapa la señora,
tan joven, la señora.
Tres niñas, lindas todas.
Listones en el pelo, naricitas de museo,
cada una perdida en la profundidad de un móvil.
 
Él sigue un partido en la tele, inamovible, insonoro.
Ella, nada.
Apenas ve a la derecha,
un poco a la izquierda, como si buscara
sin encontrar.
Es la mesa del silencio
Los restaurantes
cómplices inocentes en el exterminio de la convivencia.
 
La televisión,
los móviles,
la incapacidad de conversar.
Cada quien come en su lejano mundo.
Bella familia.
                      Bello domingo.

Cuando el último

Cuando la muerte marque el último aliento
 y su boca bese el frío de mi frente
 quiero una despedida pequeña,
 con otro tipo de flor,
 que no falten en mi alcoba de pino,
 versos para la eterna lectura
 poemas que me cuenten el amor.


Sepúltenme con mi huipil de sol y claveles,
 con simple lona en las piernas y,
 en los pies,
 mantos de pura nada.


Abrazada a un pergamino de poemas, colóquenme, 
 sin rígida ceremonia
 dentro de un ataúd chico
 dibujado con flores
 por dentro y por fuera,
 con muchos colores y,

si puedo pedirlo,
 porque a los muertos se les regala un último sueño,
llenen el aire de mi entierro
 con el canto atemporal
 de un mariachi.

“Me voy a quitar de en medio”
 la canción de mi  escogimiento.

“Recuerda cuánto te quiero,
                                                 que desde siempre te quise…”


Misteriosa muerte

Si mi lectura trae ráfagas de dolor, si llega con cargas de tristeza suficientemente grandes para provocar llanto, un chocolate resulta imprescindible.

Hay algo en su dulzura, en el aroma que queda flotando después de comerlo, un misterioso gusto que lo convierte en salvación.

Pero tiene un lado oscuro. Lo descubro al leer su lista de ingredientes. Sirope de maíz, azúcar, aceite de palma, de canola, de coco, de girasol. Manteca de cacao, por supuesto. No olvidemos su dosis de artificiales para que no perezca.

Así las cosas, no sé cuáles palabras me hacen llorar más, las de mi magnífico libro o las del envoltorio de mi choco-salvación-asesina.

Poquita cosa

Le llamas “Tan poquita cosa”. Tu interlocutora asiente. Atrás, en la fila que tantos compartimos, muerdo lentamente mi lengua, siento el fueguito conocido en las orejas y me limito a observar. Veo a la chica, a Poquita Cosa, reparo en sus ojos perfectamente delineados, en su gorrita cubriendo el cabello negro, brillante, recogido en un moño impecable, en sus manos, en su estampa de trabajo tan pulcra.

Sonríe. Sí, te regala una sonrisa, clara como cascada, mientras te entrega un vuelto.

Y no sé si es por lo que dices o por cómo lo dices o por la displicencia con la que recibes el vuelto, pero he de decirte que vemos imágenes absolutamente distintas. La mía muestra a una joven que crece segundo a segundo, que es mucho y es tanto, casi gigante.

No, para nada. Definitivamente no es una cosa.

Sabrá nadie cuál universo habitas, cómo lo asimilas para verlo así, desde una torre que existe únicamente en tu personal fantasía.

Mientras tanto, el fuego de mis orejas ha desatado un incendio adentro de mi cabeza que repite y repite: Definitivamente no es poco ni es cosa. Nadie lo es.

Las llamas devoran mi entendimiento.

Implosiona

Un frío abstracto recorre los caminos invisibles de la tarde noche. El último mes llega a la mitad. La melodía al piano, como de final de película triste, envuelve el hielo extraño de la sala.

Coloco las calcetas arco iris en mi pies helados y continúo la lectura de una historia que es desgarradora y fascinante a la vez. Memorias de una vida imperfecta escritas con magnificencia.

El frío se cala en cada rincón del cuerpo, camina sobre las ideas convertidas en imágenes tridimensionales. Desbocado, el frío entra por todos los orificios de mi rostro. Tanto, que puedo olerlo, escuchar su silbido. Tanto, que me arden los ojos.

Lo mismo hace la música sin voz, me perfora toda con la melancolía de sus acordes. El árbol de Navidad espía sobre mi hombro. Yo lo evito, nadie más está en casa y esa vieja certeza tiembla adentro de mis más profundas honduras. La soledad es un ánima, un espectro, a veces una amenaza con poder.

Si me descuido, su inercia permite que el extraño frío tome dimensiones incompatibles con los afanes de continuar y reinventar, con los deseos. Mejor volver a la historia, mejor cerrar los ojos.

De cualquier forma, una implosiona cuando las ráfagas de soledad se camuflan en la belleza. Porque hay tanta belleza alrededor. Empieza en la música, es hermosa y suave y dulce, como voces que susurran en las cuevas de un poema. Luego está la sala, vestida de Navidad y de historias, tan linda. Asomo a la ventana y la veo. La ciudad acunada en el regazo del valle, refulgente con millones de luces. Las montañas con brochazos rosa y malva la custodian. De pronto el cielo aspira los colores dejando una oscuridad solemne, como seda, como rebozo.

La implosión, alma adentro, escoge la belleza. Poco a poco la sensación solitaria se ablanda, parece almohada en casita de muñecas.

Sí, ya no duele la densidad de las ausencias.

En su lugar permanece toda la belleza, el libro, mis calcetas de arco iris.

Así sucede una vida imperfecta, pequeña dentro de la magnificencia.