Una noche, dos idiomas

Sobre las notas de un piano viajan plácidas las ideas. Se desplazan de un Balance General hacia la laguna iluminada de un libro. De una historia creada con la solidez que habita los números vuela a otra escrita con el misterio de las pasiones humanas.

Plena se desmadeja la noche, vestida de melodía sonríe en su oscuridad. Mis neuronas como luciérnagas, la imaginación, cómplice de un pentagrama que pende perenne de la luna.

Horas nocturnas como tantas otras, son de números y son de palabras.

Y en el puente que une a ambos lenguajes, una mujer baila al compás de una hermosa banda sonora, dueña de su propia leyenda.

Y vos ¿dónde te refugiás?

Poseo un escondite tras una aldea de baúles poblados por el caos de mil recuerdos.

Un bean bag muy viejo que tras dos horas de sostenerme cede al peso y me aplana el trasero. Una lámpara como farol, para iluminar las sombras que cubren mi esquina. Una chamarrita anciana —suelo sentir todo tipo de frío.

Un bookseat como mini beanbag para que no se duerman mis brazos mientras leo. Y una bocina Bosse desde la que Vivaldi me alegra o me entristece.

Es una esquina invisible para ocultarme mientras desmadejo libros durante horas y horas y más horas.

Sábado y domingo. Nada más. O alguna extraña noche de viernes.

Guarnecida, a veces llego a ese sitio de cálida paz que persigo leyendo. Otras, solo asoma para luego alejarse.

Siempre perforo la historia hasta hacerla mía, eso me queda.

Mi esquina de lectura es un misterio. Procura dosis interesantes de felicidad, a veces de alivio, otras de tormento.

Y, como si adivinara, también es albergue de mi desahogo.

Entro en ella sin saber cómo saldré, si con el alma bailando bachata o el rostro como regadío.

Cumpleañera

Hubo un segundo terremoto en el 76. Fue a mediodía del 5 o 6 de febrero. Mi hermana, entonces la pequeña, tenía tres años y con el segundo sacudón rodó como tronco, montañita abajo, de la casa al jardín. Su labio superior quedó hecho clavel, reventado y sangriento.

Asustada, mi mamá se sentó a su lado en un suelo medio engramado. Muy rápido, sin darle chance de ponerse de pie, tomó su carita entre las manos para medir la estatura de los daños. La niña, con sus cejas boscosas y ojazos pestañudos, frunció el ceño al verse presa de tan frenética auscultación. No recuerdo que llorara.

El temblor la pilló donde nos habían advertido no estar. Pero la travesura y Mayarí se conocieron desde que aprendió a caminar. Era inquieta, curiosa, retadora, incansable. Era tremenda, mi querida Mayarí.

De aquella niña quedan los agitados recuerdos. Hoy cumple años. Desde que la virulencia cubrió al planeta hemos diseñado un sistema de visitas distanciadas. Su condición de mujer enferma así lo dicta. Nosotras en la calle, ella en el umbral. Nada de besitos ni abrazos. No, señor.

Esta mañana, su mamá con las otras hijas y una nieta y un pastel imponente, asomamos para cantarle y cubrir su mañana de bulla y regalos. Luego aparecieron dos de sus amigas de colegio. Éramos un enjambre de mujeres apretujadas en una angosta entrada con ganas de correr a abrazarla.

No logré cantar el Happy Birthday completo, se me atoró la sexta palabra en un cordel de llanto al verla aplaudir, como si quisiera marcar el compás de su felicitación.

Fue un agasajo expedito. De regreso, en el carro, la madre y las hermanas nos acomodamos en cauto silencio, cada una con su elucubrador corazón.

Alguna lágrima aún rodaba por allí.

Pero ella quedó encantada, risueña y complacida por su festejo callejero. Ajena a la pena pandémica, se despidió desde la silla de ruedas que alguien tuvo a bien vestir con color de globo para afirmar la celebración.

El bosque de sus cejas sigue ahí, como aquel febrero, cuando todos temblamos.

Quise llevar mariachis, pero me bajaron muy pronto de mi sueño, un lujo disonante con las circunstancias mundiales.

Feliz cumpleaños, Chilindrini Pinigüini.

De la mano, las palabras

Permitieron que viera su cadáver, que me acercara a su cuerpo para perpetuar nuestro último adiós. Estaba tendido en la mesa de la funeraria en donde lo habían arreglado, como si tal cosa fuera posible. Mi padre yacía plácido sobre una mesa metálica larga, parecida a las que hay en las cocinas industriales. Tendido, como si durmiera.

Fue justo antes de que lo colocaran dentro del ataúd.

Yo tenía nueve años y millones de interrogantes porque, lo que estaba pasando, lo que había pasado, lo que estaba por suceder, no tenía sentido. No era parte del plan ni de la historia tejida en mi cabeza de niña tejedora de cuentos. Era, en todo caso, una ráfaga de sucesos, como cuchilladas, que cortaban de tajo una vida. Hechos que escribieron una historia nueva, demasiado triste.

Lo abracé y besé y observé con fino detenimiento. ¡Cómo lo abracé! No quería soltarlo. Aún lo observo, a veces.

Buscaba en su rostro un pequeño respiro, un indicio invisible que mostrara la equivocación de todos y de todo. Sus hermosos ojos, cerrados, frondosos, no parecían muertos. Tenía raspones en las mejillas y arena en las pestañas. Un traje gris. Una corbata gris. Una camisa blanca. Elegante y guapo como cuando salía cada día a trabajar.

Pero esta nota no es sobre el funeral de mi joven padre. De él y de ese día he escrito ya suficiente, o mucho, en todo caso. Esta nota habla de las palabras y su poder salvador, las palabras y su capacidad de otorgar un poco de orden al caos inmenso que troceaba mi pequeño corazón de niña. 

Las palabras al poner sentido momentáneo al sinsentido atroz de una muerte como aquella, me enseñaron a alejarme del dolor durante valiosos instantes. A enfrentarlo con papel y lápiz.

Esa misma tarde, en casa de la amiga de mi madre que me cobijó mientras lo enterraban, hice un dibujo de mi papá. Y abajo le coloqué amor en forma de palabras.  Días después, escribí un primer poema, lo llamé “Te fuiste papá”. Rimaba y lloraba. Lloraba el papel y lloraba yo. Tenía cuatro estrofas de cuatro o cinco versos cada uno. Era un pequeño andamio de palabras con el que declaraba amor a un padre fallecido, como si quisiera colocar entre sus manos la verdad fundamental. Algo que hubiera repetido cada día si tan solo hubiera sabido que la muerte sería parte de nuestra vida.

Palabras. Pura pena y puro amor.

Mi abuelo lo mecanografió con sumo primor en la imponente máquina que reinaba en su estudio, una habitación de madera con un enorme escritorio oscuro y una vitrina-librera habitada por una muchedumbre de libros. Dudo que esos libros hayan sido leídos por completo, pero nunca sabré la verdad. A estas alturas, han muerto todos los que supieron. Todos, menos los recuerdos y las palabras magnánimas que los resucitan con su riqueza.

Mi madre no recuerda dónde quedó el poema. Lo vi en su casa hace algunos años, pero hoy se ha desvanecido. Mi madre está cansada. Debí raptarlo.

Me quedan las palabras, de nuevo. Una tras otra, como un collar de obsidiana, dibujan imágenes, elaboran secuencias, construyen una narración. La de un accidente en el mar en donde murieron cuatro personas y sobrevivimos solamente niños. La de una funeraria urbana, la del cuarto de madera asfixiado por una micro multitud de adultos, algunos ajenos ¿Qué hacían ahí alrededor de aquella mesa de metal esas personas que no eran nuestras?

Las palabras recrean la memoria, le otorgan cuerpo. Son su voz. Hilvanan con piedad la historia en el centro de mi historia. La de un padre dormido para siempre, sin sangre ni oxígeno ni movimiento. La de una niña que a los nueve años tomó en sus manos el amor a las palabras y el amor de las palabras para no perderse en tanta soledad, para no morir de tristeza cada día, para mantenerlo vivo en la cadencia de su escritura.

¿Cuándo?

La esperanza desesperada 
de volver a abrazarte,
de colocar tus manos en el corazón de las mías.

La impaciencia aguda de no saber cuándo, de nuevo,
la piel será refugio seguro.

La ilusión de abrir una puerta nueva en el tiempo
la incertidumbre de encontrar en su umbral
la misma, vieja,
necesaria prudencia de guardar distancia.

El desconcierto.

SABOR A DICIEMBRE

Llega con cierto tipo de miedo tomado de la mano, aunque se trate de un acto cotidiano. Un ritual culinario practicado durante décadas, sobre todo en esta época, en estas circunstancias, suele llegar acompañado de fantasmas.

Por sencillo que sea, es capaz de colocar sobre la mesa de la cocina pedazos de pasado, trozos de vida que marcaron para siempre o desviaron la ruta del destino. A diferencia de años anteriores, sin embargo, este diciembre no alimentó la nostalgia hasta convertirla en una criatura inmanejable.

Llegó suave, su ruido quedito, trajo nuevos brillos al sentido de identidad, casi un regalo. Ha de ser porque este año fue intenso de por sí. No hubo necesidad de ver cara a cara las tragedias del pasado porque este año tuvo las propias. O quizás es un tema de distancia y madurez.

Envejecer no borra los dolores irresueltos, acaso los viste distinto. Pule sus esquinas para que no corten. Ya no se deja tirada la paz en el afán de descubrir respuestas que quizás no existen.

Las pérdidas reposan en la historia personal, observan sin reclamo. Nada más.

Si escribo sobre la cocina es porque en pocos sitios encuentro el sosiego que encuentro ahí. Aunque sea mes de nostalgia, Diciembre es mes de horno. Un ritual del presente que exorciza al pasado. He hecho la misma variedad de galletas desde que era niña. El cuaderno lleva mi caligrafía infantil con el entusiasmo infantil y los sueños también infantiles que me gobernaban cuando lo empecé a los diez años. También guarda a mi abuela en vida. Su caligrafía y correcciones, su receta de las galletas de mosh, su manera de formarme parecida a ella sin que ninguna de las dos lo supiera entonces.

Soy la mamá-tía de las galletas, como fui la hermana y la hija de las galletas. Algún día, espero ser la abuela de las galletas.

El sabor de cada una es un viaje absoluto a mi condición de niña. Tan real como el medio siglo que reposa en mi espalda. El aroma a mantequilla trae imágenes claras y profundas de una muchachita experimentando en una cocina pequeñísima de los años ´80. Entonces, la forma de cada galleta era una aventura dispareja, una danza de prueba y error.  El paso de los diciembres por mi mente y por mis manos fue maestro constante.

En los paisajes de la pubertad, la adolescente en que me había convertido era hábil y creativa, atrevida para probar novedades, audaz para continuar su autoaprendizaje. Las galletas dieron paso a otras extravagancias, a complejos pasteles, postres clásicos y hasta inventos descabellados. Pero el cuaderno que ahora mismo sostengo en mis manos fue el primer umbral. Una puerta abierta con moldecitos y colorantes.

Y aquí me veo, tantos años después, con el mismo cuadernito y los mismos secretos, horneando tandas de galletas con maple y pecanas y nuez y chocolate, con almendra o jengibre, con la piel impregnada de olor a mantequilla con azúcar y una historia de idas y venidas a continentes emotivos como todos y como nadie.

Cada creación es un homenaje a lo que sembramos en la infancia. Mi cuaderno cuenta una historia en cada receta. Sus páginas manuscritas guardan fantasmas. Los mejores fantasmas.

Navidad en solitario

Nunca antes estuve tan sola una tarde de Nochebuena, se siente extraño y al mismo tiempo tan cotidiano.

El silencio es un agudo estruendo que ha colocado zumbidos en mi canal auditivo.

Escucho mi sangre en marcha, viaja mente abajo tan llena de vida y deseos. Pasa de las ideas al cuerpo, ansioso de movimiento, de encuentro y descubrimiento.

Por eso es curioso. Nunca una tarde de Nochebuena había estado en modo solitario.

No cabe duda, la soledad es un hábito que se aprende bien, aún en estados de inconsciencia. Se incorpora con suma facilidad al ADN de la rutina, tanto, que a veces ni duele.

En tardes de festividad, sin embargo, no hay cabida para la indiferencia. Brota un discreto dolor por los poros de la historia personal. Un sentimiento íntimo. Precisa guardarlo, no trasladar su matiz a remedos de martirio. No son tiempos ni espacios para jugar a mártires.

Son tardes navideñas solitarias, como cualquier tarde solitaria de cualquier mes, ratos de una rutina que, ya he dicho, se aprende bien, se aprende pronto, se debe aprender para sobrellevar con placidez la vida de silencio.

Aunque sea Navidad.

Bombas

Alguien tira bombas de iglesia a un aire en donde no hay iglesias.

Esta comarquita es puro monte. Colinas salvajes con un puñado de casas esparcidas como granos de sal en una tortilla.

Pero las bombas aúllan una tras otra, como si hubiera iglesia, como si no hubiera pandemia.

Inventan la Navidad para borrar, aunque sea una tarde de domingo, una tarde fría de un diciembre extraño, a un virus que tiene al mundo entero en vilo, un bicho que ahora no tiene más gracia que disfrazarse de otro.

Como si necesitáramos más miedos.

Carta al Club

Amigas, las extraño mucho. Veo los libros en mi caótica cueva y siento una nube que me sube de la panza a la boca, como un antojo de llanto. Extraño nuestro espacio en Sophos, a Liz a Esperancita a Mynor. Extraño el trío de hummus, el fresquito de maracuyá con cardamomo. Muero por comer pie de pera con chocolate pero ahí, con ustedes.

Extraño la bullita que flota en el salón cuando todas hablamos al mismo tiempo y Mirna nos mira con paciente sonrisa. Y es que si de buena lectura se trata hay tanto que decir, añoro eso especialmente, hablar de libros alrededor de una mesa. La pantalla es un remedio temporal. Pero este temporal se ha hecho eterno, tanto, que duele algo muy adentro, casi en el corazón, en todas las tripas.

Me hace falta la sensación de pertenencia a una tribu en la que, finalmente, la vida me regaló mujeres con quienes tengo tanto en común.

Siento soledad literaria y es curioso, porque en realidad leer es un ritual solitario. Pero ustedes con su luz y su agudeza mental y sus corazones inmensos y su sabiduría de mujer que lee lo convierten en ceremonia, en viaje, en sublime aprendizaje.

La experiencia crece y se eleva cuando un libro se lee para compartirlo, cuando de forma casi mágica coincidimos en tanto. Y hace falta el crecimiento multiplicado que se siente en el ambiente de la librería. Sophos huele a muchos libros. Hace cuánto no compartimos su aroma.

Las fotos que asoman en redes sociales, furtivas, en formato recuerdo, no hacen más que atizar la añoranza.

De verdad, qué falta hace el club en compañía física, qué falta los abrazos y los brindis, qué falta el sonido de una página dando paso a la siguiente.

Gracias por tanto. Pues bueno, ya me desahogué. Me hacen mucha falta. Les mando miles de abrazos.

En enero, ¿vamos a regresar al salón? ¿Será que ya podremos? ¿Será? ¿Qué dicen? Mascarillas y distanciamiento y todo de todo. Pruebas de Covid, incluso. ¿Qué piensan?