Hitchcock y Miguel Ángel

La chica me ve leer. No la tablet, no el celular. La guapa joven ve cómo, alienígena yo, en ese café digital donde todos operan pantallas o pantallitas, leo un libro de papel, tinta y pasta. Un prodigio con aroma, con textura. Mientras me pierdo en la lectura, el separador, acompañante de la taza de café y el pastel de queso, descansa sobre la mesa. Es una tableta de cartón con una fotografía impresa en blanco y negro.

La chica lo ve y feliz declara

—¡Ah! ¡Es Alfred Hitchcock!

No supe si reír, llorar o darle un coscorrón. ¿Cómo le explicas a alguien tan amable y espontáneo que tu hígado hierve? ¿Cómo le decís que Asturias y Hitchcock pertenecen a dimensiones ajenas que a penas se interceptan?

¿Cómo me explico que alguien tan joven conozca a alguien tan viejo de un lugar tan lejano y desconozca a Miguel Ángel, el grande de grandes, el siempre vivo de esta tierra nuestra?

 

Es como si volviera

Es como volver a Mixco y pasar enfrente de nuestra casa de madera.

Se te rompe el pasado adentro,

se multiplica,

se convierte en un montón de pequeñas escenas-recuerdos.

Imágenes en las que te ves y añoras lo que fuiste en ellas,

cerrás un poco los ojos,

como si buscaras la esencia de aquella felicidad.


El presente te arrincona.

La casa ya no nos pertenece,

la casa ya no es casa,

¿la niña…?

¿las niñas…?

ya no soy niña, ninguna lo es.

Nada es como entonces

así se desarma un lunes.


	

El pozo

Pocos perciben lo que sucede cuando nos cobija 
el universo oscuro del  pozo

El descenso
ni siquiera lo ven llegar 
no pueden.

No entienden qué es ese sitio 
ni quiénes somos
en esa nuestra versión 
la más vulnerable. 

No conciben cómo aprendimos a no sentir miedo
cuando el pozo abre sus fauces
ni cómo descubrimos que para salvarnos
en medio de tinieblas
nuestras otras manos 
las de humo
palpan paredes hasta encontrar 
las frazadas de un cobijo contradictorio. 

No notan que
para salir de ahí
primero debemos llegar al fondo.

Y eso es lo complicado.

Antes de ser domesticada

 
Hubo un tiempo de color y azúcar
días de infancia en los que
mi imaginación de caleidoscopio
aun no había sido domesticada
 
Habitaba espacios fantásticos en donde era capaz de volar
la libertad  flotaba en las burbujas de mi aire
en las de mi estómago niño
 
Tenía seis años
un cerebro fabricante de aventuras
y dos ojos que veían sueños
en las nubes  

Con toda la certeza de mis poderes imaginarios
de niña que crea mundos mágicos
emprendí mi vuelo
   
Ese día supe que hay un sitio blanco
frío, llamado sala de emergencias  
y un asunto como espacial
que emite rayos X  y toma fotos
extraterrestres
dentro del cuerpo
 
Pero no hubo mayor daño
apenas estragos físicos
un poco de dolor
otro tanto de sangre
   
Mi imaginación permaneció intacta porque
aunque fueron pocos segundos
toqué ese cielo que solo los niños conocen
sí, volé alto, muy alto
durante siglos instantes
 
Lo sentí en aquel centro mágico
que brillaba en mi cabeza
antes de que  llegaran
inevitables
los tiempos de domesticación.


 
 

Mi propia ausencia

Esta sensación de ser invisible, esta forma de ya no estar, este insomnio que se expande por tanto debatir mi propia ausencia, esta novedad obtusa de ya no encontrarme ni en los libros duende, de no sentir el abrazo del poema infalible. Este dolor de ya no saber cómo perder el desasosiego en la armonía de una canción.

Noches sin dormir… han vuelto.