Con pasión sostenida

Recuerdo el último con lucidez inusual. Ciertos eventos permanecen dentro de la psique en una región siempre cercana, a pesar de su posición distante en la línea de mi tiempo.

Lo fumé con premeditada parsimonia. Mantuve los ojos cerrados casi todo el rato, como si observara párpado adentro lo que dejaba ir. Aquello que perdía era placer en estado puro. Vivía la etapa juvenil del descubrimiento permanente. Aún medía los rostros del mundo, placer y dolor y opciones. La piel y los sentidos conocían sus mejores amaneceres.

Cada jalón fue un beso de despedida, besos con pasión sostenida, cada golpe un hasta nunca. Un ritual celebrado con plena conciencia. Fue en un balcón abarrotado por pura soledad. Era de noche y hacía silencio.

Han pasado casi 30 años desde aquel último cigarro. Por fortuna, la vida se desmadejó sin humo, una victoria.

Lo mismo necesito hacer con el chocolate pandemia. Su dulzura me trae por la calle de la amargura, ha construido dunas imposibles en mis caderas. Me pierdo en el vicio cíclico de temblar por él, hacerle un amor devorador y odiarlo después del encuentro.

Busco, como entonces, tomar las riendas. Para darle el beso de despedida, un beso último, necesito un balcón, una noche de silencio y a la joven que sabía celebrar ritos de paso con resolución absoluta.

Sin embargo, a ella no la encuentro, ni siquiera sé dónde enterré sus cenizas.

Esta nueva encrucijada me vuelve la mirada hacia atrás. Pienso en el camino transitado, en los varios rostros del mundo ya medidos y descubro una metáfora en el dilema trivial del chocolate. Su capacidad de dominio ilumina pérdidas ocultas en esquinas convenientemente oscuras.

Aunque se lea absurdo.

Ciertos eventos permanecen dentro de la psique en una región siempre cercana. Sobre todo, si el fantasma favorito de quien fuimos es protagonista.

Flamenco para atizar el fuego

De acuerdo. Hay  en esta locura por el flamenco, en este ejercicio a destiempo, una pincelada de absurdo. Pero es más denso el brochazo que pinta el gozo de bailarlo. 

Aquella facilidad adolescente para memorizar pasos, la coquetería que brotaba de un cuerpo recién evolucionado,  mi joven y despreocupada energía, son todas hoy piezas de museo. Pero insisto.

Es la vida y su forma de azotar la que empuja a que lo intentemos de nuevo. Volvemos porque buscamos cuerpo adentro aquel fueguito atizado por la juventud. Y es que el flamenco es un frasco que resguarda diversas fragancias. Es disciplina, reto, pasión, movimiento, complicidad…es un nudo de buenos recuerdos, fueguito incluido.

Aunque el paso se dificulte y la pericia se afloje, la sensación de estar plenamente viva durante trozos de tiempo medidos en compases, vale cualquier atisbo de absurdo. 

Bailar flamenco es un ejercicio que aporta sal, pimienta y un no sé qué a esta escurridiza existencia. Hoy que se celebra el Día Internacional del Flamenco, hoy que estoy aquí viendo cómo se termina otra semana, escuchando música y  el viento de noviembre, agradezco al desparpajo atrevido de mi edad por  permitirle todavía al cuerpo girar y zapatear, aunque ya no se asome vestigio alguno  de aquellos movimientos de antaño. Olé y olé.

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En tu día

En tu día, flamenco mío, agradezco lo que me has regalado. La emoción de niña pequeña en mi primera experiencia de tacones y clavel. El inolvidable Porompompero que puso palmas a mis siete años  y para siempre quedaron como reliquias del único día que mi padre me vio en un escenario.  
La disciplina que sembraste en medio de mi torbellino adolescente, tu sonido inolvidable. El júbilo que siento cuando te bailo, las tristezas que te tragas entre acordes y compases. Tu capacidad de subir mi ánimo, mis manos, mi desasosiego.
 
Me has dado lecciones de humildad en  giros y zapateados, cuando, presa de asombro, descubro que la destreza  también se corroe con el paso de los años, que mis pies no responden como antes, que mi agudeza ya no es la que fue en el siglo pasado. Pero el amor a tu canción de duende es más poderoso. Y obra milagros. 
 
Agradezco a la tenaz maestra que cruzaste en mi camino hace tantísimo tiempo y atesoro el reencuentro que celebramos en tu honor. Tan jóvenes éramos entonces, tan enamoradas del baile continuamos. Me has dado amigos, guitarra, cante y retos
Vives en mi cuerpo y en mi tiempoEn tu día Flamenco nuestro, te honro y por supuesto…te bailo.