Galaxias de historias

Tundras, humedales o desiertos, océanos o cordilleras, paisajes variopintos, nunca repetidos.

Sí, el cuerpo humano es un mapamundi fascinante.

Ahh… pero la mente alberga el enigma, la grandeza. La mente es una caterva de galaxias, estrellas y electricidad, fuerzas magnéticas. Energía en permanente transformación. Historias.

El entendimiento es belleza sólida, dichoso aquel que rendido cae en los brazos de su embrujo.

¿Qué vida es esta?

La entrada del diario se repite, se anuncia, pregona. Llega feroz cruzando los misterios cibernéticos, rasga los velos del tiempo.

Antes era más manso el registro de la vida. Los recuentos del día y de la noche sucedían sobre la tersura del papel. Los diarios eran mansiones miniatura llenas de palabras, llenas de semanas descritas con dulce caligrafía. La puerta era un pasta hermosa, de color sobrio, con acabados finos, como pared de catedral.

Los días con sus historias dormían plácidos, no importaba si daban cuenta de pura contrariedad, ahí quedaban, discretos. Su pena o su gloria hacía ruido únicamente si se acudía a ellos.

Los diarios digitales son otra historia. Tienen la particularidad —supuestamente aleatoria— de brincar en tu pantalla sin invitación, de reconocer tu mapa facial y abrirse descarados, como quitándose la ropa. Saltan y, aunque imaginario, escuchas un grito perforador. Es como si te dijera,

mirá, lee lo que te pasó hace un año, lo que sentiste. Recordá, mujer, si tu memoria suele ser vasta. Y mírate hoy, seguís en las mismas. Escuchá cómo llorabas, pedazo de desmemoriada.

Eso en un día grosero. A veces, las menos, salta como si bailara, como si cantara, riendo te dice algo como

ahhh…. a que ya habías olvidado este trozo de alegría, si la pasamos de lo lindo ¿Te acordás? Estabas feliz, de tanto gozo brillabas casi. Que no se te olvide. Todavía puedes inventarte una buena tajada de pura felicidad.

Y no sé si me gusta mucho este fenómeno en el que mi diario me hostiga con viñetas de pasado. Tristeza o jolgorio de algo me acusa, poderoso, me hace sentir inadecuada.

Descarrila sin remedio el presente, muy a menudo me parte el corazón.

Y al caminar sus habitaciones construidas con historias largas o frases o silencios, me pregunto ¿Qué vida es esta?

Bombas

Alguien tira bombas de iglesia a un aire en donde no hay iglesias.

Esta comarquita es puro monte. Colinas salvajes con un puñado de casas esparcidas como granos de sal en una tortilla.

Pero las bombas aúllan una tras otra, como si hubiera iglesia, como si no hubiera pandemia.

Inventan la Navidad para borrar, aunque sea una tarde de domingo, una tarde fría de un diciembre extraño, a un virus que tiene al mundo entero en vilo, un bicho que ahora no tiene más gracia que disfrazarse de otro.

Como si necesitáramos más miedos.

Pelear por algo

Se rompe la línea de la tarde con el ladrar de los perros. Su estruendo ronco ahuyenta la calidez mandarina del crepúsculo, asusta a orugas y pajaritos.

Pronto será la noche y ese juguete que los bate a duelo se hará invisible. Algún motivo encontrarán para seguir la lid, una luciérnaga o una sombra movediza sobre el césped.

El asunto es pelear por algo, como si fueran humanos.

El chico del bulevar

Gatea sobre el asfalto, palpa, busca, 
el chico del bulevar.
Su recipiente está vacío. 
Es transparente, como pecera,
una bola de cristal con la que pide limosna.

Los carros transitan despacio 
en esa parte del bulevar,
se trata de un lento retorno en U.

Y lo vemos, sí,
quienes buscamos retorno, lo vemos.

Verlo a gatas desbarata, acongoja.
Pero no podemos detener la marcha,
bajar del carro, ayudarlo.

Porque el tráfico continúa,
porque la vida corre, 
porque la inercia urbana no da tregua.

Una bocina aúlla, otra, y otra, más lejana.

--¿Se te cayó, mijo?-- pregunto.
--Mis fichas, seño --responde.

Algo le doy, menos de lo que quisiera.
Coloco, en su burbuja vacía
lo que la bocina y la prisa de otros permiten.

Ellos, quizás 
no lo vieron gatear
sobre tinieblas de asfalto
en busca de monedas perdidas.

En la U que rompe el sentido del bulevar,
frontera vial de las Vista Hermosas,
un chico pide limosna 
con música de tambor.

Algunos centavos caen, como llovizna
desde las ventanillas de los autos.

Cada tarde en el mismo sitio,
a cambio de monedas,
toca tonaditas sobre un tambor gastado

el chico ciego del bulevar.

Y no dejo de pensar, 
al escuchar la tristeza de su tambor 
al sentir su mirada, perdida en sombras
que en esta jungla de asfalto
todos estamos ciegos.

No y no

No y no. Pornografía y erotismo no son lo mismo. Si insistís, esta conversación será cadáver antes de nacer.

El erotismo tiene alma. Es sensorial, un acto de conexión con corazón presente. Es construcción estética, un andamiaje de significados múltiples. Es también, un experimento que celebra la condición humana, la pureza de su naturaleza. En sus diversas manifestaciones siempre hay movimiento, musicalidad y relieve.

Más allá de celebrar cuerpos que se encuentran o se aman o se abandonan o se contemplan, el erotismo cuenta historias.

Está presente en el arte, en su búsqueda de belleza y armonía, en el silencio.

Incluso hay erotismo en la soledad.

La pornografía, en cambio, es plana, estática. Apenas imagen, escenas corpóreas de brevísima vida. Primitiva, casi bestial.

La pornografía, una caja vacía, sin estética ni significado.

No y no. Jamás serán lo mismo.

Visita primera

Cada metro que dibuja la distancia es una decisión, un antídoto contra el peligro. La verja, como si fuera frontera, representa un centinela que advierte hasta dónde podemos llegar. Aguardamos de pie, en la calle, un poco impacientes, tal vez. Desde nuestra posición fronteriza, detrás del rigor de las mascarillas y del centinela de hierro, la vemos aparecer. Asoma con su rostro engrandecido por la sorpresa, con sus manos que hablan y el cabello casi largo a pulso de pandemia. Una enfermera empuja su silla de ruedas. La coloca para nosotras justo en el umbral de la puerta, bajo un bañito de luz. Es mediodía.

Su cuerpo luce vencido, ella luce sonriente. Misterios de su enfermedad. Desayunó huevito revuelto con jamón y queso, responde mi hermana hermosa. Ahora está pintando, cuenta, con crayones de cera.

Hablamos trivialidades, con ella lo simple es divertido y es todo. Es mi primera visita desde que esta prueba ruda empezó. Más de cien días sin vernos y ahí, desde el otro lado de su lugar seguro, soltamos al aire palabras cotidianas para que recorran la distancia extraña y enorme, y aterricen en su umbral. Ella las recibe contenta, no mide los largos metros, no sabe cuánto pesan.

Conversamos como si nada extraño estuviera sacudiendo al mundo. En la brevedad de la visita callejera, nos divierte con sus ya se me olvidó y eso también se me olvidó. Desde su mundo paralelo que ya no se estremece por las atrocidades del exterior, ella sonríe una, dos, cien veces. Sus manos, en sincronía, continúan moviéndose robóticas pero con elocuencia infantil. Y vuelve a sonreír, mi hermana Mayarí.

La despedida es liviana, como si no nos ahogara la noción de que aún falta tiempo para desdibujar la distancia. Es simple, como si no supiéramos que para abrazarla y tenerla cerca y derramar sobre su cabeza los mil besos de siempre, queda en el incierto horizonte demasiada espera.

Por fortuna, ella ni se entera.

Herida

El lío con esta herida es que se abre a capricho. Durante largas temporadas es una decente cicatriz, una canción tenue que se lamenta casi en silencio. De repente despierta. No importa cuánto tiempo ha transcurrido, ni la edad de entonces o la de hoy, ni el momento. No guarda patrón alguno. Se abre cuando los días son lindos o cuando son sombríos. Se abre cuando mi mar interno despierta en tempestad o cuando su espuma llega como suave caricia. Se abre más si necesito de una conversación padre hija porque la vida se inclinó en mi contra, o si solo fantaseo con un abrazo suyo en este tiempo cuando ya soy muy adulta.

Se abre como flor. Y sangra.

Es un desequilibrio, una especie de hemofilia que sucede en la más cotidiana de las circunstancias, en sitios inesperados. Veo a un papá de treinta y pico años con ojos negros pestañudos y cejudos, bigote y barriguita. Lo acompaña una niña de once o doce años. A ella no le para el pico. Es trigueña, lleva el pelo largo detenido con una diadema. Sus ojos son los mismos, las cejas más claras y menos frondosas, cejas de niña. Habla y habla. Quiere un celular y vende a su papá, con ingenio verbal, los beneficios de tener uno. Él la escucha y por unos minutos deja de poner bombillas en la carreta.

Observo al padre. Ve a su pequeña con una mezcla de diversión, incredulidad y amor, con sonrisa a medias. Trata de hacerse el serio pero no le sale. Imagino todo lo que atraviesa su mente. Su niña que crece, su niña que habla, su niña que se sabe escuchada, su niña que se siente absoluta y totalmente a salvo porque lo tiene a él. Su niña. Como se da cuenta de que los observo con atención y sabrá nadie qué expresión encuentra en mis ojos, le dice algo a la pequeña, un susurro tenue que no alcanzo a escuchar.

Cohibida, retiro la invasión visual. En circunstancias normales me reiría con la niña, soltaría algún comentario divertido, me uniría a su campaña, haría algo común. Pero en este momento nada en mí es normal o común. Puedo sangrar. Me pongo en contexto, en lo que este hombre ha de pensar. Una señora diez o quince años mayor que él, con hijos adultos –aunque esto no lo sabe- ¿Por qué detiene su tiempo para ver y escuchar y hasta oler lo que sucede entre él y su hija? ¿Por qué mira de esa manera? ¿Por qué no se mueve?

No sabe este hombre, tan parecido a mi padre, que veo lo que no tuve. Que quisiera ser esa niña que no deja de hablar. Que quisiera concebir al mundo como ella lo concibe, con la misma felicidad y las mismas certezas, simples pero suficientes. Que quisiera tener a mi papá viéndome como él la ve, tocando mi cabello como él lo hace, atendiendo lo que sea que yo haya querido decirle, como él atiende el interminable discurso comercial de su hija. No tiene idea de que ahí en medio de Cemaco, en medio de una mañana de sábado, en el centro de un nido vacío de niños y de padre, su escena íntima de papá e hija, abrió la herida.