Todos somos responsables

Bajo la vocecita de la niña subyace una tempestad milenaria. Cadenas interminables de generaciones que no vencen al coloso del hambre.

Ella, detrás de una mascarilla empapada demasiado grande para su rostro pequeñito, es apenas un eslabón.

Como tantos, pide ayuda en el semáforo.

Y no sé si es la lluvia o son sus ojos o mi incapacidad de escucharla detrás del agua pero esta tarde su tempestad se ha metido en todo mi cuerpo.

El hambre es un producto de condiciones imposibles más profundas. La pobreza se erige como epicentro.

No se rompe la cadena, su poder es exponencial. Es, a su vez, resultado de otra cadena.

Causas y consecuencias de las que todos, con o sin conciencia, somos responsables.

De amigas

Tengo amigas de 92 años, amigas de 76, también de 60. Tengo amigas de treinta y tantos años.

Tengo amigas habitantes de mi década, amigas de mi exacta edad.

No son muchas mis amigas, sin embargo son tanto, algunas de ellas, casi hermanas. Y esa certidumbre es un pilar.

Nos unen pasiones, intereses, causas y locuras. Compartimos historias y secretos, temores y lazos irrompibles, lágrimas y dolor, risas y placer. Música o silencio.

Lo nuestro no responde a órdenes cronológicos, es complicidad atemporal. La sororidad que rige a la conexión femenina no sabe medir tiempos.

Lo nuestro nace en raíces milenarias.

Lo nuestro rompe con todo.

Somos afortunadas.

Magnetismo

Tomó mis manos entre las suyas. Luego mis pulgares. Mientras iniciaba ese contacto tan profundamente humano, fue explicando que todo en nuestro cuerpo es asunto de energía, que nos rige el magnetismo. Somos polos y tenemos polos, dijo.

Por otro lado, explicó que en nuestro cerebro hay una suerte de bóveda donde guardamos eventos trascendentales y en la que sobreviven emociones atrapadas, una recámara inconsciente conocida como amígdala.

Sin conocer nada de mi historia personal, mientras sus manos y las mías celebraban una danza en la que eran imanes, fue adivinando vivencias demasiado importantes, casi todas íntimas, con asombrosa precisión cronológica. Su serenidad y conocimiento fueron un regalo. Se llama Paula.

Encontró en el magnetismo de mis manos la llave de la bóveda.

Una a una emergieron las experiencias pivote, las de las cicatrices y las huellas. También abrió una ventana para liberar las emociones encarceladas.

Lloré de asombro y lloré de sentimiento. Lloré porque es lo que hago cuando me descascaran lo que trato de cubrir. Lloré porque es uno de mis lenguajes más elocuentes.

El escrutinio de mis campos magnéticos sucedió durante horas. Se trata de una terapia llamada Biomagnetismo o terapia de imanes, una búsqueda alternativa de cura para distintas dolencias. Gran parte de las enfermedades tienen origen en las emociones, explicó la terapeuta. Su voz, pura miel, sus palabras, toda paz.

Habló del equilibrio, de las afirmaciones ponzoñosas que nosotros mismos imponemos, de cómo somos expertos del auto-sabotaje. Explicó con evidente conocimiento de causa las respuestas del organismo.

He buscado solución a la migraña durante años sin mucha suerte. Desde medicamento profiláctico, hasta pastillas atómicas, pasando por gotitas naturales. A algunos alimentos los he declarado enemigos públicos, he bebido tes amargos de dudosa procedencia, incluso me pinché con filitos de acupuntura. He probado amarrar pañuelos con apretada desesperación alrededor de la cabeza. He probado hielo y he probado fuego.

Lo único que sirve, y debe ser todo al mismo tiempo, es la oscuridad, el silencio, la paciencia y la humildad. Sí, humildad o resignación. Porque es un criatura mucho más poderosa que todas mis versiones.

La migraña, cuando llega manda. Se retira cuando se le da la gana, normalmente después de haber roto un día o una semana. Por causa de su tiranía llegué esa tarde a la terapia de imanes.

Después de encontrar capítulos y desmadejar las emociones o sensaciones que mantienen enfermando al organismo, Paula, sin saber que colocaba en mi vida un inmenso regalo, me acompañó sin prisas en un curioso proceso mediante el cual reescribimos las historias.

Fue un ritual para transformar los miedos, los momentos en que me supe despreciada y que ella fue adivinando, las derrotas, el dolor, las tristezas, el pánico y demás oscuridades.

Algunas experiencias, como la muerte de seres amados, son tan radicales que se reescribe la mirada a la historia, no la historia en sí. Todo un aprendizaje. Una especie de reprogramación o una interpretación desde la luz.

Finalmente llegó la etapa física. Me condujo a una camilla y colocó imanes de potencia poco común sobre todo mi cuerpo. Luego me cubrió con dos gruesas frazadas. Al parecer, el magnetismo y el frío están relacionados.

Llenó el ambiente de musiquín relajante y bajó la luz a media asta. No sé cuánto tiempo transcurrió. Sé que la mente estuvo desdoblada por completo de las atrocidades que le inflijo.

Después de retirados los imanes, sentí gana apremiante de ir al baño. Aquello fue un Iguazú, una larguísima canción. Litros y litros de agua salieron a tropel de mi cuerpo. Estás drenando, explicó.

Las manos fueron instrumento para encontrar respuestas. Los potentes imanes lo fueron para colocar piezas rotas de nuevo en su sitio. Me traje una que otra revelación y la construcción de nuevas esperanzas.

Cuando arribé al lugar, la tarde estaba linda, puro augurio de verano. Llegué muy puntual, sin saber exactamente qué encontraría o qué iba a suceder. Vecino al edificio en donde sería la cita encontré un parquecito. Un terreno irregular verde escándalo, cuidado con esmero. No sé por qué, pero llamó mi atención tanta belleza en tan pequeño espacio. Fue la armonía, supongo, y los árboles. Después de soltar un par de minutos en el parque volví a lo mío. Toqué el timbre.

Lo que sucedió a continuación fue un rito de pura energía. Queda su recuento en los párrafos anteriores para recordarme, cuando la vida apriete, que somos fuerza magnética.

Seamos novios

«Dígale que me dé el sí» me pide. Estamos con la distancia que el momento dicta en la cola del supermercado. Habla recio, como hablan los que no escuchan bien. «Mire que llevo 5 años pidiéndole que sea mi novia y no se decide.» Él no puede ver mi risa, las mascarillas son otra forma de distancia. Pero los ojos se me ponen chinitos cuando sonrío. Al ver mi reacción junta las manos en gesto de gratitud, como quien reza.  

«Dígale pues» suplica. Mis ojos buscan los de ella, se encuentran, levanto las cejas, ladeo la cabeza, volteo las palmas de mis manos hacia el techo. Toda yo, un gesto que pregunta ¿por qué no?

No digo nada, dos metros se interponen y bueno, no es necesario.

«Ya estamos muy viejos, mija» responde, segura y dulce. Y él vuelve a su súplica. Es tan cómico el momento y al mismo tiempo tan bonito.

No sé si es un juego, si alguno de ellos es senil, no sé nada en realidad. Solo deduzco que su edad es disonante con su presencia en un lugar público. Como si leyera mi mente, él responde con aplomo que ya los vacunaron.

Ella está muy arregladita, lleva vestido, su pelo blanco colocado en su sitio, los ojos pintados. Apuesto a que la boca también. Él va guapo, con chaleco tejido sobre una camisa blanca. Los zapatos lustraditos, un bastón muy elegante, como los de anteaño.  

El lenguaje corporal de ambos me hace aventurar la hipótesis de que están en sus cabales, en sus 80´s y, efectivamente, todo apunta a que él la está enamorando y ella se hace la difícil.

No hay enfermera alrededor. No logro ver qué compran. No tengo más pistas para probar mi hipótesis, tampoco tiempo. Me basta la mirada del señor, me basta el coqueteo de la señora.

Y pienso que el amor hoy quiso jugarme una broma para sacudir otras hipótesis. Ojalá le dé el sí, ojalá se lo dé pronto, ojalá lo acompañe de muchos, pero muchos largos y sentidos besos.

Me gustaría haber preguntado sus nombres. Fue todo muy rápido.

Somos las madres

En nuestro vientre se han gestado universos completos. Hemos parido la historia de la humanidad. La que se cuenta de hombre en hombre, de mujer en mujer, la que se teje siglo tras siglo tras siglo.

Somos la sangre y el llanto y el líquido mágico que sostiene la vida mientras se completan las formas.

En nuestro cuerpo la concepción, el alumbramiento, el enigma mayor de la vida.

En nuestro cuerpo también el alimento.

Somos tierra y océano, somos aire y somos fuego.

Somos las madres.

Galaxias de historias

Tundras, humedales o desiertos, océanos o cordilleras, paisajes variopintos, nunca repetidos.

Sí, el cuerpo humano es un mapamundi fascinante.

Ahh… pero la mente alberga el enigma, la grandeza. La mente es una caterva de galaxias, estrellas y electricidad, fuerzas magnéticas. Energía en permanente transformación. Historias.

El entendimiento es belleza sólida, dichoso aquel que rendido cae en los brazos de su embrujo.

¿Qué vida es esta?

La entrada del diario se repite, se anuncia, pregona. Llega feroz cruzando los misterios cibernéticos, rasga los velos del tiempo.

Antes era más manso el registro de la vida. Los recuentos del día y de la noche sucedían sobre la tersura del papel. Los diarios eran mansiones miniatura llenas de palabras, llenas de semanas descritas con dulce caligrafía. La puerta era un pasta hermosa, de color sobrio, con acabados finos, como pared de catedral.

Los días con sus historias dormían plácidos, no importaba si daban cuenta de pura contrariedad, ahí quedaban, discretos. Su pena o su gloria hacía ruido únicamente si se acudía a ellos.

Los diarios digitales son otra historia. Tienen la particularidad —supuestamente aleatoria— de brincar en tu pantalla sin invitación, de reconocer tu mapa facial y abrirse descarados, como quitándose la ropa. Saltan y, aunque imaginario, escuchas un grito perforador. Es como si te dijera,

mirá, lee lo que te pasó hace un año, lo que sentiste. Recordá, mujer, si tu memoria suele ser vasta. Y mírate hoy, seguís en las mismas. Escuchá cómo llorabas, pedazo de desmemoriada.

Eso en un día grosero. A veces, las menos, salta como si bailara, como si cantara, riendo te dice algo como

ahhh…. a que ya habías olvidado este trozo de alegría, si la pasamos de lo lindo ¿Te acordás? Estabas feliz, de tanto gozo brillabas casi. Que no se te olvide. Todavía puedes inventarte una buena tajada de pura felicidad.

Y no sé si me gusta mucho este fenómeno en el que mi diario me hostiga con viñetas de pasado. Tristeza o jolgorio de algo me acusa, poderoso, me hace sentir inadecuada.

Descarrila sin remedio el presente, muy a menudo me parte el corazón.

Y al caminar sus habitaciones construidas con historias largas o frases o silencios, me pregunto ¿Qué vida es esta?

Bombas

Alguien tira bombas de iglesia a un aire en donde no hay iglesias.

Esta comarquita es puro monte. Colinas salvajes con un puñado de casas esparcidas como granos de sal en una tortilla.

Pero las bombas aúllan una tras otra, como si hubiera iglesia, como si no hubiera pandemia.

Inventan la Navidad para borrar, aunque sea una tarde de domingo, una tarde fría de un diciembre extraño, a un virus que tiene al mundo entero en vilo, un bicho que ahora no tiene más gracia que disfrazarse de otro.

Como si necesitáramos más miedos.

Pelear por algo

Se rompe la línea de la tarde con el ladrar de los perros. Su estruendo ronco ahuyenta la calidez mandarina del crepúsculo, asusta a orugas y pajaritos.

Pronto será la noche y ese juguete que los bate a duelo se hará invisible. Algún motivo encontrarán para seguir la lid, una luciérnaga o una sombra movediza sobre el césped.

El asunto es pelear por algo, como si fueran humanos.