Trechos

Los loquillos por la poesía solemos recorrer largos trechos de pura soledad. Y de trecho en trecho nos construimos la vida entera.

Así las cosas, los que por piel llevamos poemas, somos seres colocados a perpetuidad en planos solitarios.

A veces resulta ser una suerte de extravagante felicidad. Otras, una forma serena de asumir nuestra incapacidad de adaptación.

Noción antes durmiente

He tirado la misma toalla muchas veces. Quedo empapada de falsas razones, muerta de frío, desnuda y triste.

Pero hoy me ha iluminado un misterio indescifrable, una noción antes durmiente.

No es cuestión de tirarla, es cuestión de secarme distinto. De arroparme yo misma, de no morir de frío en aguas ajenas.

Llega Soledad

La soledad es versátil. Llega en los sollozos de una canción, se inflama en el tráfico, observa desde un cielo obscenamente gris.

Se sienta en la silla-isla de un centro de vacunación, aguarda en una aguja. Reposa en un escuadrón de miradas heladas.

La soledad es el zumbido de un viernes por la noche, es el oído rebelándose al silencio.

La soledad es la ausencia de tu voz.

Habita la inevitable asimetría humana. Y gobierna. La soledad gobierna todo.

Ni intentar romperla, es tarde para eso.

Me quedan enormes

En aquella última luz del día fui una niñita inmersa en pánico y dolor descomunales.

Me quedaron enormes, aún me quedan grandes.

Algo o alguien en mi interior —yo misma, sin duda— corría en dirección contraria, trataba de alejarme de la pérdida monumental, de su muerte. Entre más trataba de huir de la verdad, más me enredaba en sus espinas.

Ni todos los años que la vida tendió entre aquel momento y este, ni los pocos recuerdos hermosos que guardo, me enseñaron a soltarme de la asfixia.

Muchas noches y algunos días vuelvo a ser la misma niña, una pequeña atemorizada, vencida por el gran dolor.

Un color particular

La tristeza tiene un color muy particular. Aunque tratemos de camuflarla suelta destellos.

Algunos la ven, otros la entienden, y hay quienes van más allá. La miden, la sienten, encuentran la vulnerabilidad que supone.

Se acercan, tienden un puente, para bien o para mal procuran algún alivio.

Luego se marchan.

Y no, no cambia. A pesar del paso fugaz de alguien que quiso hacer una diferencia, el color de la tristeza permanece intacto.

Secretos de cocina

Si mi batidora hablara, daría cuenta detallada de mis dilemas sentimentales. Es en la cocina donde los dejo rodar. En ese ruedo en el que practico el hábito de la soledad culinaria, acompañada siempre de música, puedo dar rienda suelta y tendida al ánimo.

Desahogo lo bueno y lo malo, hilvano sueños nuevos y desato sueños rotos. A veces lloro, otras bailo como chiflada. Casi siempre hablo con myself. Al fin y al cabo, nadie me ve.

Nadie excepto la batidora y compañía. La estufa, el micro, el abrelatas, todos ven. Pero ella que está en el centro de casi todas mis recetas es el muelle a quien me aferro. Es leal y sólida y discreta, por fortuna.

Y una es tan cándida que otorga personalidad a simples objetos. Ha de ser por necesidad de conexión o por tonto y excesivo encariñamiento.

Soberana y deliciosa estupidez.

Lugar mágico

Hubo un lugar mágico, un sitio de sal y sol en donde  los días se tendían plácidos, 
como mantas sobre el césped tropical. En aquel sitio paraíso nos tumbábamos 
juntas, las horas y yo,  para leer leyendas en el cielo.

Su canción de olas, las caricias de espuma despertando la piel. Las tardes horizontales, 
los pies descalzos de mi gente  inventando rutas en la arena, la mente perfumada 
por brisas marinas, mi cuerpo bañado de luz, cubierto de gotas. El cabello salvaje y salado.

Noches de música con luna, niños y mujeres bailando, también las estrellas. 
Era tanto y era todo. Un todo inmenso, hoy historia.

Quedan recuerdos sólidos guardados en imágenes  y  sonidos, viven las memorias 
en tardes moribundas, tardes mandarina, hermosas y ligeras. 

Mi madre en el centro de todo, como bengala y como cascada.

Alguien ha de estar ahí, este día libre, en el sitio paraíso que fue nuestro, 
dentro de un verano que ha asomado envuelto en esplendor inusual. 

Otros niños bailan otras canciones en aquel rancho. Otras mujeres. 
Otras palabras sobre la brisa de nuevos atardeceres.
Que sean felices en aquel mi lugar favorito, que sean tan felices como lo fuimos nosotros.

Contundencia

Te soñaba. Habitabas sueños frecuentes, vívidos, multicolor. Rozaban esas noches cierta felicidad. Pero no eras tú. Soñaba con una versión tuya que el inconsciente tejió. Eras un invento onírico para recrear la historia. Una osadía.

Sin embargo, a paso de noches largas y de fantasías tejidas con el humo de una esperanza desvanecida, la caverna del cerebro que fabrica los sueños perdió el brío. Claudicó. Abrió los ojos. Con aplomo, se hizo dueña de la verdad.

Aceptó que no hay ilusión superior a la contundencia de la realidad y, con sutileza, nos enseñó de una vez por todas a despertar.

SABOR A DICIEMBRE

Llega con cierto tipo de miedo tomado de la mano, aunque se trate de un acto cotidiano. Un ritual culinario practicado durante décadas, sobre todo en esta época, en estas circunstancias, suele llegar acompañado de fantasmas.

Por sencillo que sea, es capaz de colocar sobre la mesa de la cocina pedazos de pasado, trozos de vida que marcaron para siempre o desviaron la ruta del destino. A diferencia de años anteriores, sin embargo, este diciembre no alimentó la nostalgia hasta convertirla en una criatura inmanejable.

Llegó suave, su ruido quedito, trajo nuevos brillos al sentido de identidad, casi un regalo. Ha de ser porque este año fue intenso de por sí. No hubo necesidad de ver cara a cara las tragedias del pasado porque este año tuvo las propias. O quizás es un tema de distancia y madurez.

Envejecer no borra los dolores irresueltos, acaso los viste distinto. Pule sus esquinas para que no corten. Ya no se deja tirada la paz en el afán de descubrir respuestas que quizás no existen.

Las pérdidas reposan en la historia personal, observan sin reclamo. Nada más.

Si escribo sobre la cocina es porque en pocos sitios encuentro el sosiego que encuentro ahí. Aunque sea mes de nostalgia, Diciembre es mes de horno. Un ritual del presente que exorciza al pasado. He hecho la misma variedad de galletas desde que era niña. El cuaderno lleva mi caligrafía infantil con el entusiasmo infantil y los sueños también infantiles que me gobernaban cuando lo empecé a los diez años. También guarda a mi abuela en vida. Su caligrafía y correcciones, su receta de las galletas de mosh, su manera de formarme parecida a ella sin que ninguna de las dos lo supiera entonces.

Soy la mamá-tía de las galletas, como fui la hermana y la hija de las galletas. Algún día, espero ser la abuela de las galletas.

El sabor de cada una es un viaje absoluto a mi condición de niña. Tan real como el medio siglo que reposa en mi espalda. El aroma a mantequilla trae imágenes claras y profundas de una muchachita experimentando en una cocina pequeñísima de los años ´80. Entonces, la forma de cada galleta era una aventura dispareja, una danza de prueba y error.  El paso de los diciembres por mi mente y por mis manos fue maestro constante.

En los paisajes de la pubertad, la adolescente en que me había convertido era hábil y creativa, atrevida para probar novedades, audaz para continuar su autoaprendizaje. Las galletas dieron paso a otras extravagancias, a complejos pasteles, postres clásicos y hasta inventos descabellados. Pero el cuaderno que ahora mismo sostengo en mis manos fue el primer umbral. Una puerta abierta con moldecitos y colorantes.

Y aquí me veo, tantos años después, con el mismo cuadernito y los mismos secretos, horneando tandas de galletas con maple y pecanas y nuez y chocolate, con almendra o jengibre, con la piel impregnada de olor a mantequilla con azúcar y una historia de idas y venidas a continentes emotivos como todos y como nadie.

Cada creación es un homenaje a lo que sembramos en la infancia. Mi cuaderno cuenta una historia en cada receta. Sus páginas manuscritas guardan fantasmas. Los mejores fantasmas.