Secretos de cocina

Si mi batidora hablara, daría cuenta detallada de mis dilemas sentimentales. Es en la cocina donde los dejo rodar. En ese ruedo en el que practico el hábito de la soledad culinaria, acompañada siempre de música, puedo dar rienda suelta y tendida al ánimo.

Desahogo lo bueno y lo malo, hilvano sueños nuevos y desato sueños rotos. A veces lloro, otras bailo como chiflada. Casi siempre hablo con myself. Al fin y al cabo, nadie me ve.

Nadie excepto la batidora y compañía. La estufa, el micro, el abrelatas, todos ven. Pero ella que está en el centro de casi todas mis recetas es el muelle a quien me aferro. Es leal y sólida y discreta, por fortuna.

Y una es tan cándida que otorga personalidad a simples objetos. Ha de ser por necesidad de conexión o por tonto y excesivo encariñamiento.

Soberana y deliciosa estupidez.

Lugar mágico

Hubo un lugar mágico, un sitio de sal y sol en donde  los días se tendían plácidos, 
como mantas sobre el césped tropical. En aquel sitio paraíso nos tumbábamos 
juntas, las horas y yo,  para leer leyendas en el cielo.

Su canción de olas, las caricias de espuma despertando la piel. Las tardes horizontales, 
los pies descalzos de mi gente  inventando rutas en la arena, la mente perfumada 
por brisas marinas, mi cuerpo bañado de luz, cubierto de gotas. El cabello salvaje y salado.

Noches de música con luna, niños y mujeres bailando, también las estrellas. 
Era tanto y era todo. Un todo inmenso, hoy historia.

Quedan recuerdos sólidos guardados en imágenes  y  sonidos, viven las memorias 
en tardes moribundas, tardes mandarina, hermosas y ligeras. 

Mi madre en el centro de todo, como bengala y como cascada.

Alguien ha de estar ahí, este día libre, en el sitio paraíso que fue nuestro, 
dentro de un verano que ha asomado envuelto en esplendor inusual. 

Otros niños bailan otras canciones en aquel rancho. Otras mujeres. 
Otras palabras sobre la brisa de nuevos atardeceres.
Que sean felices en aquel mi lugar favorito, que sean tan felices como lo fuimos nosotros.

Contundencia

Te soñaba. Habitabas sueños frecuentes, vívidos, multicolor. Rozaban esas noches cierta felicidad. Pero no eras tú. Soñaba con una versión tuya que el inconsciente tejió. Eras un invento onírico para recrear la historia. Una osadía.

Sin embargo, a paso de noches largas y de fantasías tejidas con el humo de una esperanza desvanecida, la caverna del cerebro que fabrica los sueños perdió el brío. Claudicó. Abrió los ojos. Con aplomo, se hizo dueña de la verdad.

Aceptó que no hay ilusión superior a la contundencia de la realidad y, con sutileza, nos enseñó de una vez por todas a despertar.

¿Qué vida es esta?

La entrada del diario se repite, se anuncia, pregona. Llega feroz cruzando los misterios cibernéticos, rasga los velos del tiempo.

Antes era más manso el registro de la vida. Los recuentos del día y de la noche sucedían sobre la tersura del papel. Los diarios eran mansiones miniatura llenas de palabras, llenas de semanas descritas con dulce caligrafía. La puerta era un pasta hermosa, de color sobrio, con acabados finos, como pared de catedral.

Los días con sus historias dormían plácidos, no importaba si daban cuenta de pura contrariedad, ahí quedaban, discretos. Su pena o su gloria hacía ruido únicamente si se acudía a ellos.

Los diarios digitales son otra historia. Tienen la particularidad —supuestamente aleatoria— de brincar en tu pantalla sin invitación, de reconocer tu mapa facial y abrirse descarados, como quitándose la ropa. Saltan y, aunque imaginario, escuchas un grito perforador. Es como si te dijera,

mirá, lee lo que te pasó hace un año, lo que sentiste. Recordá, mujer, si tu memoria suele ser vasta. Y mírate hoy, seguís en las mismas. Escuchá cómo llorabas, pedazo de desmemoriada.

Eso en un día grosero. A veces, las menos, salta como si bailara, como si cantara, riendo te dice algo como

ahhh…. a que ya habías olvidado este trozo de alegría, si la pasamos de lo lindo ¿Te acordás? Estabas feliz, de tanto gozo brillabas casi. Que no se te olvide. Todavía puedes inventarte una buena tajada de pura felicidad.

Y no sé si me gusta mucho este fenómeno en el que mi diario me hostiga con viñetas de pasado. Tristeza o jolgorio de algo me acusa, poderoso, me hace sentir inadecuada.

Descarrila sin remedio el presente, muy a menudo me parte el corazón.

Y al caminar sus habitaciones construidas con historias largas o frases o silencios, me pregunto ¿Qué vida es esta?

Una noche, dos idiomas

Sobre las notas de un piano viajan plácidas las ideas. Se desplazan de un Balance General hacia la laguna iluminada de un libro. De una historia creada con la solidez que habita los números vuela a otra escrita con el misterio de las pasiones humanas.

Plena se desmadeja la noche, vestida de melodía sonríe en su oscuridad. Mis neuronas como luciérnagas, la imaginación, cómplice de un pentagrama que pende perenne de la luna.

Horas nocturnas como tantas otras, son de números y son de palabras.

Y en el puente que une a ambos lenguajes, una mujer baila al compás de una hermosa banda sonora, dueña de su propia leyenda.

Desde afuera

Contemplar la vida propia a distancia, tropezar con su ritmo desbocado, ver las alcobas interiores, habitadas unas, abandonadas otras.

Observar dinámicas, paralelos inevitables, reconocer sus abismos.

Oír los silencios apilados en los muros del tiempo, sentir su paliza.

Verte completa desde afuera, frenética golpeando la ventana, sin poder romperla.

Canción de despedida

Patricia, cuando muera, tenés la misión de poner esta pieza en mi funeral.

No importa qué digan. Le pido algo así a ella porque es la indicada, sé que comprende. Que la ponga, que escuchen. Tal vez alguna de mis partículas aun flote en el aire, tal vez también yo logre oírla una última vez.

Charlábamos por whatsapp a deshoras nocturnas, durante los abismos más oscuros de la Pandemia. Los trinos de la obra musical cruzaron el ciberespacio para anidar en su noche. La tecnología posee en momentos lúgubres un encanto casi poético.

Nicté, yo quiero que pongas esta el día de mi muerte.

Como respuesta recibí la suya, su último deseo musical, una pieza de dulzura avasalladora.

Algunas más volaron de ida y vuelta en un invisible nocturno. Violines y pianos y chelos.

Después de compartir cada una su pequeño abanico de deseos instrumentales, melodías que por ser parte de la historia personal se han tatuado en la fibra, celebramos el pacto.

La noche, extrañamente larga, y la distancia, impuesta por mandato superior de la naturaleza, fueron cómplices.

He tomado nota, dije.

Yo también. Espero no tener que cumplir la misión pero te lo prometo, respondió.

Ya verás. Serás tú quien haga de DJ mortuorio cuando me vaya. Nadie mejor. Te quiero y, en caso sea al revés, también lo prometo.

Escribí esto como si fuera dueña de semejante certeza.

Nos estamos pidiendo algo muy difícil. Eso solo se pide a las verdaderas amigas. Gracias por confiar.

Con estas últimas frases, Patricia se despidió aquella noche.

Al día siguiente intercambiamos mensajes sobre la práctica cotidianidad. Un gramero, abono orgánico y minucias que solemos compartir, a veces para no sentirnos tan solas, cada una en su microcosmos, otras por pura complicidad.

Luego le conté que estaba escribiendo un cuento sobre nuestro presunto último adiós. Y lo escribí.

Pero este día de lluvia plomo, como si abriera un baúl, he rescatado una vieja verdad. No hay ficción que supere a la vida cuando dos amigas se prometen música para su funeral, cuando saben que pueden escribirle a la otra Estoy mal sin importar la hora.

Cuando pueden llamarse para llorar sin decir mucho o sin decir nada.

Hoy llamé a Patricia. La llamé para escucharla llorar, para sostener una ínfima parte de un duelo que, sé muy bien, le horada el alma en lo más profundo. Ha muerto un amigo suyo, un amigo, como ella dice, no negociable.

Y además de escucharla, con el lenguaje universal de la música, he compartido desde la distancia un trozo melódico que le procure compañía.

Hoy que hay plomo, hoy que hay lluvia, hoy que hay duelo, Patricia, mi amiga no negociable, sufre.

Desde mi espacio, como si fueran pañuelo, comparto un chelo y un piano, en un intento de dar consuelo.

https://youtu.be/jtnhkq40lbA

No y no

No y no. Pornografía y erotismo no son lo mismo. Si insistís, esta conversación será cadáver antes de nacer.

El erotismo tiene alma. Es sensorial, un acto de conexión con corazón presente. Es construcción estética, un andamiaje de significados múltiples. Es también, un experimento que celebra la condición humana, la pureza de su naturaleza. En sus diversas manifestaciones siempre hay movimiento, musicalidad y relieve.

Más allá de celebrar cuerpos que se encuentran o se aman o se abandonan o se contemplan, el erotismo cuenta historias.

Está presente en el arte, en su búsqueda de belleza y armonía, en el silencio.

Incluso hay erotismo en la soledad.

La pornografía, en cambio, es plana, estática. Apenas imagen, escenas corpóreas de brevísima vida. Primitiva, casi bestial.

La pornografía, una caja vacía, sin estética ni significado.

No y no. Jamás serán lo mismo.

Cien años

De Bukowski aprendí que en la poesía hay espacio para todo, que las palabras colocadas con sagacidad aquí y allá son siempre un homenaje a la belleza, una provocación.

Con ese ritmo suyo, preciso y precioso, en una página cuenta lo que hombre y mujer se hacen en el ritual de una ducha compartida después de un viaje al amor.

En la siguiente, un ruiseñor persigue a un gato durante todo un verano hasta enredar sus alas en las fauces felinas.

Hoy cumpliría 100 años.

Bukowski por siempre.

Los otros silencios

Cada domingo llega con peso multiplicado. Desde que empezó este tiempo enfermo, el último día de la semana abre la puerta con amenaza en el semblante. Trae el ritmo descolocado, se mide distinto, su extraño vacío se hace evidente.

La jornada dominical, antes dedicada al jolgorio, al ocio y la compañía, al paseo o la aventura, se ha llenado en esta espera de otro tipo de silencio. Es un silencio resignado. Su densidad desgarra la intención de combatirlo. Se ha extendido, como jamás imaginamos, esta sensación de flotar suspendidos en otro tiempo, a merced de que la ciencia conjure un milagro para que la humanidad entera pueda despertar y volver a sentirse.

Mientras tanto, cada uno cae en el acantilado de nuevos silencios, víctimas todos de una sensación ineludible. Imagino conversaciones suspendidas en el aire, palabras moribundas. No suceden porque quedamos congelados dentro de la incertidumbre que trajo el confinamiento. El domingo transcurre con poca o ninguna conexión. Cada uno se sumerge lentamente en su propio silencio. Cada quien busca estratagemas íntimas para lidiar con sus consecuencias.

No. Ya casi no hablamos. Nos refugiamos en rincones distantes dentro de la misma casa, cada quien inventa en el suyo su propia evasión. Y nos alejamos cada domingo un palmo más, a pulso de no hablar más allá de lo necesario porque no queremos tocar el tema. No somos capaces de recuperar el placer de la tertulia trivial. Ni siquiera somos capaces de hablar sobre por qué no podemos ser los de antes. Estamos agotados.

Los otros silencios socavan el interior. Podemos disimularlos con música y libros, es lo que hago, o con el estruendo de la televisión, es lo que hacen. Aún disfrazados, socavan. Es otro virus, otra forma de asfixia. Y no, no sé cuánto vamos a resistir.

“No esperes nada” me aconsejó mi amiga Patricia, hace mucho. Aprendí en cierta medida a ejercer esa forma de convivencia. No esperar nada es otra forma de libertad. La pandemia con sus cambios debilitó la habilidad aprendida en la gracia de esas tres palabras. Con atormentada tristeza, cada noche de domingo encaro mi incapacidad de continuar sin esperar nada. Nacen sin remedio palabras detrás de mis ojos.

La tensa calma de un domingo más
sus otros silencios
la espera desesperada de aquello que se empeña
en no volver. 

¿Cómo se puede continuar sin el asidero de la esperanza?

Pero muy pronto llegará el lunes, está a la vuelta del reloj. Con él asoma un conjuro para empezar de nuevo. Sin esperar nada, a pesar de los otros silencios.

Si hablamos, desmenuzamos con diálogo o monólogo exasperado el único tema del que hemos podido platicar durante los últimos cinco meses. Aunque estemos agotados.