Baile y escritura

Bailamos como escribimos, con el interior encendido, con la piel incandescente, con canciones en la mirada.

A veces, con la humedad de algún llanto inoportuno.

Después de todo, no son tan distintos, bailar y escribir. Ambos son voces del cuerpo, formas de hablar. Ambos, búsquedas permanentes, una construcción existencial.

Los dos registros cuentan historias.

Nace un poema

Al caer la tarde se reúnen. Acuden al bálsamo de la amistad en busca de cobijo.

Unidas por su historia, hablando un lenguaje que han hecho propio por tanto gastarlo en la construcción de posibles respuestas, brindan como solo ellas saben brindar.

Celebran la vida y celebran la pena acompasadas por sus voces y sus copas. Con arrojo y con risas, con la justa dosis de lágrimas, con la dignidad que otorga la experiencia, resueltas a seguir adelante, con inmenso amor.

En un ocaso como esos nació este poema.

“La noche, vestida de sombras, de silencios y cansancio, nos trae a este sitio, sedientas de comprensión.”

El peso en tus ojos

Veo el peso de la tristeza en tus ojos, escucho lo que estás sintiendo. Para evaporar ese dolor tuyo desearía ser algo más que una simple mujer. Si tan solo pudiera.

Sería un sol para calentar el frío que te ha azotado, para iluminar la oscuridad que te agobia, para regalarte el gozo de un amanecer nuevo.

Sería una esponja que con suave cariño absorbería tu llanto triste. Enjugaría cada lágrima, despacito, con una caricia. Con roces de miel te diría que todo va estar bien, que el amor te rodea y el amor salva.

Sería un canasto de eternas profundidades para que deposites en mí la carga de tu pena. La ocultaría en un abismo lejano para que a paso de tiempo muera bajo el yugo del olvido.

Quisiera ser el diccionario más poderoso de la historia. Usaría mi voz para hablarte palabras mágicas, frases con el poder de tranquilizar tu ánimo abatido, sentencias capaces de extinguir tu angustia.

Sin embargo, solo soy humana, una amiga que te quiere. Te ofrezco mis manos para estrechar las tuyas. Te doy mi sonrisa. Te amarro en un abrazo largo que dure lo que tu necesidad de sostén pida, que te dé calor hasta que dejes de temblar.

Te entrego mi solidaridad absoluta, el silencio de mi discreción, la atención innegociable de mis oídos, la claridad de mi mirada.

Te ofrezco mi tiempo, mi alma, mi cariño, mi presencia. Mi mejor intención.

Sé que no resuelvo tu tristeza, ni derroto tus penas. Pero puedo acompañarte, levantarte cuando desfallezcas, ocupar los espacios abiertos por la tiranía de la soledad. Estar contigo.

Todos somos responsables

Bajo la vocecita de la niña subyace una tempestad milenaria. Cadenas interminables de generaciones que no vencen al coloso del hambre.

Ella, detrás de una mascarilla empapada demasiado grande para su rostro pequeñito, es apenas un eslabón.

Como tantos, pide ayuda en el semáforo.

Y no sé si es la lluvia o son sus ojos o mi incapacidad de escucharla detrás del agua pero esta tarde su tempestad se ha metido en todo mi cuerpo.

El hambre es un producto de condiciones imposibles más profundas. La pobreza se erige como epicentro.

No se rompe la cadena, su poder es exponencial. Es, a su vez, resultado de otra cadena.

Causas y consecuencias de las que todos, con o sin conciencia, somos responsables.

Palabras

Rozar una felicidad particular y salvaje,
acariciarla en ciertas lecturas,
en conversaciones irrepetibles.

¿Cómo no amar las palabras?

Si la felicidad es un fuego breve proclive a la escasez.

De amigas

Tengo amigas de 92 años, amigas de 76, también de 60. Tengo amigas de treinta y tantos años.

Tengo amigas habitantes de mi década, amigas de mi exacta edad.

No son muchas mis amigas, sin embargo son tanto, algunas de ellas, casi hermanas. Y esa certidumbre es un pilar.

Nos unen pasiones, intereses, causas y locuras. Compartimos historias y secretos, temores y lazos irrompibles, lágrimas y dolor, risas y placer. Música o silencio.

Lo nuestro no responde a órdenes cronológicos, es complicidad atemporal. La sororidad que rige a la conexión femenina no sabe medir tiempos.

Lo nuestro nace en raíces milenarias.

Lo nuestro rompe con todo.

Somos afortunadas.

Aura

Fuimos dos niñas siempre inquietas, una corriendo detrás de la otra. Yo la seguía. Ella siempre corría más rápido, nadaba como delfín, era hábil como pocas para los deportes y asombrosamente hábil para hacer reír. Cursábamos los primeros años de primaria. Cuando la invitaba a casa, jugábamos de salón de belleza haciendo triquiñuelas en la cabeza de mi hermana, correteábamos a mi perra, jugábamos en el jardín lo que se nos ocurriera. En el colegio eran los yax, o la liga o el temible matado.

Celebrábamos juntas y felices el movimiento de las niñas que van descubriendo mundo.  

Cuando regresé a clases después del accidente, en segundo grado, Aura estaba esperándome en la puerta del aula. No recuerdo qué dijo, recuerdo su abracito de niña. Recuerdo cómo tomó mi bolsón y mi lonchera y los colocó en el clóset. Recuerdo que no se separaba de mi lado. Fue su manera de solidarizarse. Su manera de decirme aquí estoy, amiga.

La vida se la llevó primero a otro colegio y después a otro país. Pero Aura fue mi sis durante los primeros trascendentales años de primaria. Luego la misma vida y su conectividad moderna nos colocaron de nuevo cerca. Y fue cómo si hubiera pasado solo una semana.

Viajé a un lugar no tan cerca de su casa en San Diego y llegó a reunirse conmigo. Vino a visitar Guatemala y volvimos a reunirnos.

Somos una reunión en proceso, un hilo conductor, una conversación digital, un cariño genuino desde el principio.

Aura desde su muelle hizo micos y pericos para adquirir mi pequeño libro. Y la amista volvió a conspirar. Porque, otro amigo entrañable, hizo todo lo necesario para que el libro llegara a manos de mi amiga. Fue una feliz secuencia. Una señal de que ni el tiempo ni la distancia rompen un cariño verdadero.  

Otras alegrías

Las otras alegrías, quedarte con ellas o permanecer en ellas.

Grabar dentro de su imagen lo que fuiste cuando sucedieron, lo que sentiste mientras duraron.

Crearles una rúbrica a donde volver, convertirlas en asidero.

A las otras alegrías, aunque hoy sean solo el recuerdo de coincidencias inesperadas y silenciosa certidumbre, construirles un íntimo altar.

Algo así.

#enpocaspalabras