Darlo para darse

Un par de copas de vino, de buen vino, un par, no más, encienden la voz a mi corazón, fíjate.

Canta el corazón sus amores hondos. El peso del silencio se rebela bajo el blando embrujo de un poco de vino.

Y ahí va, el muy ingenuo, prodigando amor a quien poco le importa, a quien no lo pide, a quien lo ha olvidado.

Besa con lujo de urgencia, con la miel de sus muchos años. Besa en generoso arrebato. Besa y abraza a sabiendas.

Dar amor, sabe el corazón a estas alturas, es una intrépida búsqueda de auto amor. Es darlo para darse.

Un acto que se aprende bien en las longitudes de la vida, al amparo de la ligereza del elixir, con las desconfianzas dormidas.

Se da completo con la certidumbre de que esperar reciprocidad no es el propósito. No es el caso. Se da sin alterar su inmortal soledad.

Sale de su encierro. Entrega palabras amorosas, besos, caricias. Da todo aunque el alma, sin remedio, vuelva a llorar.

Alas rotas

No escuchés Broken Wings en los grises de una noche como esta. No la cantés así, con firmeza en la voz, con certeza en la memoria , con temblor líquido en los ojos.

La joven que fuiste entonces no comprendería quién eres hoy. Haría preguntas. Desconcertada, adivinaría cuán rotas quedaron tus alas, las promesas, los caminos no andados.

No permitás que el vuelo fallido le arrebate el ímpetu. No lo sabés, a lo mejor inventa una vida paralela. A lo mejor, atiza de nuevo las esperanzas.

El tiempo no es lineal, dicen los que creen. Y ella creía.

Sobre “El oficio de escribir” de Carmen Matute

“La poesía fue para ambas, el refugio donde lamernos las heridas, la tabla de salvación, la casa.” Carmen Matute en el ensayo AMADA, escrito en honor a Margarita Carrera.

Son tantos los elementos cautivantes de esta libro que resulta difícil escribir esta nota en términos breves. Empiezo por lo indispensable y esencial: gracias, Carmen Matute. De nuevo su escritura me ha conmovido, me ha prodigado el placer indiscutible de la buena lectura ¡me ha instruido tanto!

Un privilegio leerla, mi gratitud es inmensa.

“EL OFICIO DE ESCRIBIR” de CARMEN MATUTE (Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias 2015), es una colección de ensayos sobre escritoras y escritores, sobre géneros literarios, artistas de otras disciplinas, sobre la vida, su gozo y su horror. Es tan evidente el profundo conocimiento de la trayectoria de los autores y de ellos mismos que Carmen logra despertar en el lector apetito de más, mucho más.

A veces, en medio del tesoro que representa aprender de cada tema desmadejado en la obra, surge un asombro incontenible por el uso que la autora da al lenguaje. Escribe una prosa tan hermosa que es necesario hacer una pausa. Respirar. Volver texto atrás y leerlo en voz alta. Es conmovedora y profunda, sostiene el hilo de su relato sin que una sola hebra quede suelta.

Leer los ensayos sobre Margarita Carrera o Luz Méndez de la Vega la convierte a una en testigo de una amistad, un respeto y una admiración tejidos sobre el manto sagrado de la poesía. Entre ellas reinaba una complicidad digna de sana envidia. Carmen hace honor a sus amigas del alma con cada uno de los laureles que se ganaron en una era en la que el oficio de escribir era campo minado para las mujeres y para quienes pensaban diferente.

Escribe con total sentimiento, desde el amor y desde la solvencia que el profundo conocimiento del oficio y de la persona otorga. También sacude emociones cuando escribe sobre Luis Alfredo Arango o Amable Sánchez Torres o Isabel Ruiz. Carmen sorprende y conmueve y conmueve y sorprende. Ejemplo de esto es el ensayo POETA DEL EXILIO. Una pieza en la que, desde los lazos poéticos y sanguíneos que los unían desde siempre, rinde un sentido y a la vez feroz homenaje a su hermano Mario René Matute.

Podría mencionar cada ensayo porque todos y cada uno abarcan importantes lecciones. El universal Pablo Neruda, Gabriela Mistral, el inmenso Alejo Carpentier, Tennessee Williams y tantos otros personajes habitan este libro, distintas ciudades son visitadas y tantos viajes al interior de la condición humana emprendidos, que antoja llamarlo un compendio esencial de sabiduría. No faltan las reflexiones sobre las denuncias que han agitado el quehacer literario en Latinoamérica, tampoco las denuncias en sí sobre crímenes ancestrales que aún suceden.

Desde el nacimiento de la poesía erótica en imprescindibles voces femeninas (Ana María Rodas, Delia Quiñónez, la misma Carmen, por mencionar algunas abordadas en el libro) hasta el Jazz y sus míticos ídolos, pasando por legendarios exploradores marinos, “El oficio de escribir” aborda tal variedad de temas que constituye una obra vital.

Resulta imperioso recomendar su lectura a todos. Sin embargo, y con urgencia escribo, para quienes vivimos en y morimos por el quehacer literario, este libro es lectura imprescindible.

Un portento su libro, Carmen, gracias por compartir sentimiento y conocimiento tan magistralmente.

“Yo no propongo una literatura de pancarta, pero sí una literatura que involucre un compromiso posible. Un compromiso moral al que debemos responder positivamente por el simple hecho de encontrarnos en la situación privilegiada que nos da el pertenecer a una élite educada.” Carmen Matute

Arte y pena

La paradoja del arrobamiento creativo es inmensa. Las piezas más profundas surgen cuando el silencio se hace denso, la soledad implacable, la resignación absoluta.

Las palabras sueltan estelas de hermosura cuando se inflaman con el desaliento.

Los textos se crecen cuando aceptamos completo el lado humano del fracaso.

La tristeza se amansa. Ennoblecida, la tristeza se escucha, como fuente inagotable de belleza.

Acaso es la vulnerabilidad total del ser el lugar en donde se consuma la condición de artista.

Tal parece que la pena busca tregua en sentencias estéticas.

No le digas a un niño

No le digas al niño huérfano que una sabia deidad decide por qué se lleva a los padres.

No le digas que ahora tiene un ángel que lo cuida, acaso dos. No insinúes que aunque no lo vea o no les vea, le acompañan.

No le digas que la sabia deidad tiene propósitos más importantes para su padre, más tiernos para su madre, no le hagas sentirse irrelevante.

No le pidas que comprenda lo inaudito, no pretendas que acepte con humildad virtuosa el abandono definitivo. No le pidas resignación.

No le prohíbas el enojo, tampoco el miedo, no lo prives de saberse humano, vulnerable, de sentirse impotente.

No lo alejes del lugar en donde construirá su fuerza. No pretendas distanciarlo del dolor, eso es imposible.

No. No le digas al niño huérfano que una sabia deidad encontró un mejor lugar para sus padres.

No insultes su inteligencia, no rompas lo que queda en pie de su corazón. Ya la muerte lo ha partido con la oscuridad de su azar.

No lo bautices en las aguas del cinismo con tremendo disparate.

Lo siento

Solo dispongo de mi sentimiento para aterrizar ciertas conclusiones.

No puedo explicártelas desde la razón, lo lamento.

Lo que siento es una combinación visceral de emoción y experiencia. ¿Cómo desmadejarlas para alguien que sin taladrar alma adentro permanece en el plano racional?

Estas certezas están construidas a partir de la memoria, del llanto o de la sonrisa, de las respuestas que el cuerpo ofrece para manifestar lo que padece. Los dolores, los nudos, el deseo, el vértigo, los escalofríos, el orgasmo, la taquicardia, incluso la falta de aire o las ganas de morir.

Desde la ansiedad hasta el éxtasis recorremos la ruta de las cicatrices. A veces con plena conciencia, la mayoría del tiempo en ciega negación.

Imposible explicártelo. Lo siento.

Desde el deseo o desde el dolor

La niña regresa a casa, pronto oscurecerá. Su madre la ha ido a recoger. Tiene cinco años y ha pasado la tarde donde su amiga Anisabel. En el auto quiere contar la gloria que trae dentro, la fogata que se expande en su pequeña mente. El recorrido es tan breve que aún no empieza. No sabe qué palabras utilizar. La niña y su madre entran a casa, aún no encuentra las palabras.

Esa tarde, la madre de su amiga, Carola se llama, les enseñó a leer. Dictó la primera gran lección. La pequeña se siente fascinada con las formas de las letras y los libros de colores con los cuentos que cuentan y el talento de Carola para instruirlas en el uso del abecedario. La niña necesita continuar.

Escribir. Escribir. Escribir. Seguir escribiendo pequeñas sílabas. Escribir hasta el amanecer.

Quiere usar las vocales y las tres consonantes que ha aprendido esta tarde. Desea hermanarse con ellas para escribir las historias que necesita.

La niña no sabe que este es el primer día del resto de su vida.

Los motivos irán creciendo con ella. Evolucionarán y envejecerán. Sufrirán el retorcimiento del desencanto. No, la niña aún no puede imaginarse.

Casi cincuenta años después, escribe con el mismo frenesí, escribe para crearse un mundo menos hostil, para encontrar sus coordenadas en el universo. Como lo hacía de pequeña, se hermana con las palabras para escribirse la historia que necesita.

Aquel día lo llevo puesto como si fuera ayer. En la escuela aún no nos enseñaban ni a leer ni a escribir. Carola me enseñó simultáneamente. Cuando llegó la escritura en preparatoria, ya era loca lectora y escribía oraciones completas. Inventaba cuentos telegrama. Como ahora, sabía muy poco de casi nada. Mis únicas certezas eran los lápices, la hoja en blanco y el placer que sentía al escribir. La escritura era un viaje a mundos alternos, el lugar seguro. Aún lo es.

Escribo para atizar aquella gloria de niña que me languidece adentro. Escribo para que mis muertos no terminen de morir, para interpretar los días y las noches, para desarmarlos y reconstruirlos. Escribo para evitar los abismos. Escribo para desafiar al mal silencio.

La vida ha sucedido con desencuentros tan violentos que he quedado atónita, sin poder hablar. Escribo para llorar lo que no puedo decir. Desmadejo los sucesos, procuro darles sentido, encontrar las razones que desencadenan violencias. Escribo para buscar por qué o para desentrañar el por qué no. Es como si al escribir encontrara otra manera de respirar, otra salida. Una manera de colocarme de nuevo las alas que dejé perdidas.

También han sucedido los acontecimientos deslumbrantes. Presencias o momentos han expandido la experiencia y han dado a luz historias que merecen el resguardo de la escritura. Escribo para no olvidar lo que he sentido cuando mi felicidad ha rozado la locura, para avivar las llamas del cuerpo y la luz del entendimiento. Escribo para decirme que no ha sido en vano.

Leer y escribir han sido los caminos más certeros para conocerme alma adentro. Las palabras son aliadas poderosas, dueñas de innegociable lealtad. Como hadas inmortales que se multiplican en misterios nocturnos, caminan cuadernos, libretas, tarjetas. Habitan en la memoria de mi ordenador, artilugio que a su vez resguarda la memoria de mi vientre.

Escribo para interpretar el entorno, para conocer a sus protagonistas y, si voy con suerte, para tender puentes.

El camino de la escritura me ha llevado a espacios emocionales insospechados. He aprendido a ser la voz de quienes no son escuchados. Las historias de otros han reconstruido mis paisajes interiores, me han entrenado en el arte del cuestionamiento. Me han hecho calzar los otros zapatos con tanta vehemencia que, sin proponérmelo, reescribo mi propia mirada, derribo los muros. Escribo para ellos y al hacerlo escribo para mí.

Desde el centro mismo de todos los sentimientos, a partir del deseo, a partir del dolor o a partir del amor, escribo para perder los grandes miedos. A veces lo logro.

Por Careless Whispers

Hubo una época. Años en los que se veteaban niñez y adolescencia, tiempos que no aprendieron a volver. A los primeros experimentos sociales en donde nosotras nos encontrábamos con ellos les llamábamos repasos.

Te sacaban a bailar, te trataban con la cautela del usted. Respondías con la misma temerosa distancia. Bailábamos en pareja, al bailar platicábamos. Ellos pedían números de teléfono, nosotras los dábamos, miedosas a veces, emocionadas otras. A medio baile cambiaba la cadencia musical.

Existían las canciones pegadas, las bailábamos, era parte de la dinámica experimental. Entiéndase que lo pegado eran nuestras manitas con brillo de uñas sobre sus hombros y sus manos casi temblorosas puestas con simétrico recato en nuestra aún mutante cintura. Pasito a la derecha, pasito a la izquierda, cada uno sumido en el acertijo de sus inseguridades. 14 y 15 y 16 años.

Mamá que llevaba mamá que recogía con picuda puntualidad. Más de tres décadas engulleron aquellas noches que terminaban con el estricto reloj de Cenicienta.

Esta noche de luna hermosa y de Careless Whispers en versión saxofón, vuelvo a alguno de aquellos experimentos sociales, aprender a emparejarnos era simple y transparente.

Siento sobre el cuerpo el vestido de tirantes, blanco y suave, confeccionado con primor por mi abuela. Veo mi cintura aprendiendo a entenderse con su nueva forma, mis zapatillas cobrizas, su absoluta ausencia de tacón. Toco mi cabello rebelde cortado a lo Chayanne.

Escucho desde el pasado Careless Whispers en versión Wham, pasito a la derecha, pasito a la izquierda. La vida que se fue.

Aquel ritual no supo permanecer.

Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que me sacaron a bailar así, con ánimo de experimento, con genuina curiosidad, nerviosos ambos.

La felicidad que ese sencillo rito procura no entiende de edades y aún así lo abandonamos en algún cajón de los ochentas, como si la felicidad creciera en matorral. Somos una especie tan extraña…

Palabras

Las palabras sí pueden procurar alivio. No las que te dicen, esas suelen irritar, si el dolor es oscuro, a veces lo ensombrecen aún más.

Son las otras palabras las dueñas del poder. Las que lees en buenos libros. Las que aprendes a navegar en varias direcciones.

Las que escribes cuando ansías poner orden en el caos de la pena. Las que, sin piedad, iracundas, lanzas al papel para exorcizar venenos, duelos y otros infortunios.

Las que muestran el rostro bello de la ternura.

Y en los escasos, mejores momentos, las palabras que te cuentan cuánta gracia alberga el amor.

En silenciosa felicidad

Eventos mágicos, tan inefables, tan perfectos, que evitamos hablar de ellos para protegerlos de ajenas distorsiones.

Los conservamos íntimos, secretos, envolvemos su belleza en silencios de felicidad.

Nos gobierna el afán de resguardar su integridad, de perpetuar cada uno de sus instantes, cada umbral, toda su luz.

Soñamos con preservar intacta la versión de quien fuimos al vivirlo, reconocemos con asombro quien somos por haberlo vivido. Deseamos permanecer en ese particular estado de gracia.

El temor de extraviar el poder redentor de su recuerdo camina bravo las rutas del entendimiento, y no, una pérdida de tal naturaleza no es posible aceptarla. Por eso no lo soltamos a un mundo capaz de trastocarlo.