Hoy no

Elijo la esperanza, la posibilidad de un tiempo soleado, el optimismo.

En la caverna en la que se convierte el simple devenir de la vida en tanta fatalidad, comparada con algo semejante a la muerte, no encuentro un sitio para mí.

Hoy no.

El exceso de paranoia es el peor de los males.

Minutero y brújula

La vida te va enseñando que el reloj, poderoso dueño de la prisa, es más que el verdugo vociferante de tus tardanzas.

El minutero con su cadencia interminable se convierte además en brújula. Un objeto con voluntad propia que te arrastra a la realidad cuando andas perdido en ensoñaciones de tus otros tiempos.

Y en el tirón te separa de alguna alegría.

El reloj con todos sus significados te subyuga hasta convertirte en esclavo de un concepto que nunca terminamos de comprender.

¿Dónde en la foto?

No solo los saldos de fiambre asoman en el refrigerador, como flores acuáticas, ansiando algún apetito entusiasta.

Queda también un modo reflexivo en el entendimiento, quedan silencios viscosos. Un álbum de imágenes se mueve como carrusel en emociones que no se nombran fácilmente.

En la foto ¿dónde se hubieran colocado quienes ya no están?

Y luego pienso que no. No tomamos ninguna foto de todos juntos. Estábamos contentos, sin duda. Pero el rito se va haciendo distinto.

Una extraña dispersión flota en el recuerdo de ese día, otra suerte de fantasma. Pero no la nombramos por temor de que algo se quiebre.

En su día los muertos

Que ya no escriba a mi muerto aconsejan mis más queridos. Y a veces obedezco.

Entro en mansedumbre, no me agita la nostalgia, la herida guarda silencio.

Pero hoy se vale. En su día, no lamentamos la ausencia de los difuntos, celebramos la presencia de su recuerdo.

Memoria

Complicado cuando la memoria asume la disciplina como método de escarmiento.

Enciende el multimedia mental. Recuenta recuerdos sin cesar. Enumera detalles, recrea imágenes, reproduce voces y sonidos. También silencios.

Se pone terrible, adopta actitud militar, toda ella implacable.

Tenaz, la memoria insiste como si supiera algo vital que atañe al futuro. Ella, la guardiana del pasado.

Atadas

Traigo muerta la tarde porque no puedo colocarla en otro lugar. Quisiera llevarla a una playa o a un jardín de lavanda. Quisiera llenarla de asombro.

Pero está atada a mi dormitorio, esta tarde de pajaritos, atada como yo a la mismísima cama. Culpable es el cuerpo, que se dejó abatir por la influencia de una influenza.

En estos tiempos de mortales virus cualquier resfriado es concebido por quienes te rodean —y acaso por quienes no tanto— como la lepra en tiempos de Benhur.

Vi morir la tarde en este lugar, hoy oscuro. No fui capaz de alzar mi ánimo para sacarla de paseo. No hubo magia ni novedad. Murió atada, tendida sobre nuestra soledad.

Fui solitario testigo de su deceso. No pude abrazar a nadie porque nadie se acerca siquiera a la puerta, mucho menos a mi corazón.

Trechos

Los loquillos por la poesía solemos recorrer largos trechos de pura soledad. Y de trecho en trecho nos construimos la vida entera.

Así las cosas, los que por piel llevamos poemas, somos seres colocados a perpetuidad en planos solitarios.

A veces resulta ser una suerte de extravagante felicidad. Otras, una forma serena de asumir nuestra incapacidad de adaptación.

Dos registros para una trampa

Cuando mi vuelo queda bajo, busco a Mastretta y a Edel Juárez. Poseen el poder mágico de la palabra precisa, cada quien desde su registro. Con lo suyo, se sueña y se siente y se ríe. Son bálsamo poético, distracción para lo innombrable.

Ellos no saben siquiera que existo.

Yo no completo la existencia sin ellos, sobre todo en la trampa de un sábado fallido.

Noción antes durmiente

He tirado la misma toalla muchas veces. Quedo empapada de falsas razones, muerta de frío, desnuda y triste.

Pero hoy me ha iluminado un misterio indescifrable, una noción antes durmiente.

No es cuestión de tirarla, es cuestión de secarme distinto. De arroparme yo misma, de no morir de frío en aguas ajenas.