Todos somos responsables

Bajo la vocecita de la niña subyace una tempestad milenaria. Cadenas interminables de generaciones que no vencen al coloso del hambre.

Ella, detrás de una mascarilla empapada demasiado grande para su rostro pequeñito, es apenas un eslabón.

Como tantos, pide ayuda en el semáforo.

Y no sé si es la lluvia o son sus ojos o mi incapacidad de escucharla detrás del agua pero esta tarde su tempestad se ha metido en todo mi cuerpo.

El hambre es un producto de condiciones imposibles más profundas. La pobreza se erige como epicentro.

No se rompe la cadena, su poder es exponencial. Es, a su vez, resultado de otra cadena.

Causas y consecuencias de las que todos, con o sin conciencia, somos responsables.

Desde esta orilla del tiempo

Lo aterrador de ser revolcada y arrastrada por los relajos que celebra el mar es que no sabés si estás saliendo o hundiéndote más. La sal y la arena te raspan y se meten en tus ojos. Su fuerza es, por mucho, superior a cualquier maniobra humana. Si sos niña pequeñita aquello es pánico incendiario.

Nunca supe su nombre. En cuanto lo vi asomar entre una llamarada de olas marinas solo dije «ayúdeme, por favor.» Sé con certeza absoluta que lo dije. El recuerdo late, tan vivo, tan presente. Habita una metrópoli de la memoria.

Era delgado, supongo que joven, pero su bigote, de acuerdo a mi mirada de 9 años, le otorgó un grado instantáneo de vejez. Dijo que colocara mis manos en sus hombros, que me sujetara a él por la espalda. Después de un tiempo que se había hecho grande por el cansancio y el temor, ese pequeño inmenso contacto humano hizo una diferencia. Me confirió visibilidad en la atroz penumbra de una tarde-noche detrás de la reventazón del Océano Pacífico. Hubo momentos en los que pensé que nadie me encontraría. El hombre que me salvaba sabía cómo batirse a duelo con la bravura de aquel mar sin luz y nadar con una niña a cuestas hacia orilla segura.

El pánico fue resbalando, ya no apretaba mi garganta.

Visto desde esta orilla del tiempo, el cansancio dio paso al alivio y a una extraña sensación de seguridad, la que nace al sentirte rescatado. Cuando el señor salvador me colocó en la arena, yo aún no sabía que mi papá estaba muerto.

En esa arena me encontré de frente con dos de los que serían cuatro cadáveres. Uno de ellos era una niña. Una pequeña que en vida era fiesta y música. Jamás olvidaré su voz ronqueta y su coquetería de niñita adorada. El otro cadaver, su madre. Hacía apenas minutos u horas ¿Cuántas horas? La misma joven mujer trataba de tranquilizarnos con una canción antes de que la lancha y el mundo dieran la más violenta de las vueltas.

Ante la escena de los dos cuerpos todo se desordenó en mi cabeza. Pero mis pies pisaban arena firme. En mis pulmones el oxígeno encontraba sus caminos. El agua salada había perdido la oportunidad de asesinarme.

El hombre, que vestía apenas calzoncillos, se dio de nuevo al mar. Aún no salíamos todos.

Aquel domingo de eventos crueles, un joven de bigote, un hombre costeño, habitante del Jiote o de Las Lisas, tampoco lo sé, salvó mi vida. Nunca supe su nombre. Jamás volví para darle las gracias en persona. Fue un día como hoy, 21 de mayo, hace 43 años.

Esta tarde, desde las distancias que el tiempo tendió, vuelvo alma adentro a mi cueva con serena gratitud. No adivina el señor de la costa, el papel que juega su presencia en mis cavilaciones, en la historia feroz que vivimos esa tarde. Ignora los pensamientos que en su honor han cabalgado las honduras de mi cabeza.

Espero que sepa, o haya sabido, que salvó mi vida, que gracias a él, cuento esta historia. Que con casi 52 años, a veces, me aferro al recuerdo de lo que hizo por mí como si volviera a aferrarme a su espalda.

Somos las madres

En nuestro vientre se han gestado universos completos. Hemos parido la historia de la humanidad. La que se cuenta de hombre en hombre, de mujer en mujer, la que se teje siglo tras siglo tras siglo.

Somos la sangre y el llanto y el líquido mágico que sostiene la vida mientras se completan las formas.

En nuestro cuerpo la concepción, el alumbramiento, el enigma mayor de la vida.

En nuestro cuerpo también el alimento.

Somos tierra y océano, somos aire y somos fuego.

Somos las madres.

Galaxias de historias

Tundras, humedales o desiertos, océanos o cordilleras, paisajes variopintos, nunca repetidos.

Sí, el cuerpo humano es un mapamundi fascinante.

Ahh… pero la mente alberga el enigma, la grandeza. La mente es una caterva de galaxias, estrellas y electricidad, fuerzas magnéticas. Energía en permanente transformación. Historias.

El entendimiento es belleza sólida, dichoso aquel que rendido cae en los brazos de su embrujo.

Desde afuera

Contemplar la vida propia a distancia, tropezar con su ritmo desbocado, ver las alcobas interiores, habitadas unas, abandonadas otras.

Observar dinámicas, paralelos inevitables, reconocer sus abismos.

Oír los silencios apilados en los muros del tiempo, sentir su paliza.

Verte completa desde afuera, frenética golpeando la ventana, sin poder romperla.

Canción de despedida

Patricia, cuando muera, tenés la misión de poner esta pieza en mi funeral.

No importa qué digan. Le pido algo así a ella porque es la indicada, sé que comprende. Que la ponga, que escuchen. Tal vez alguna de mis partículas aun flote en el aire, tal vez también yo logre oírla una última vez.

Charlábamos por whatsapp a deshoras nocturnas, durante los abismos más oscuros de la Pandemia. Los trinos de la obra musical cruzaron el ciberespacio para anidar en su noche. La tecnología posee en momentos lúgubres un encanto casi poético.

Nicté, yo quiero que pongas esta el día de mi muerte.

Como respuesta recibí la suya, su último deseo musical, una pieza de dulzura avasalladora.

Algunas más volaron de ida y vuelta en un invisible nocturno. Violines y pianos y chelos.

Después de compartir cada una su pequeño abanico de deseos instrumentales, melodías que por ser parte de la historia personal se han tatuado en la fibra, celebramos el pacto.

La noche, extrañamente larga, y la distancia, impuesta por mandato superior de la naturaleza, fueron cómplices.

He tomado nota, dije.

Yo también. Espero no tener que cumplir la misión pero te lo prometo, respondió.

Ya verás. Serás tú quien haga de DJ mortuorio cuando me vaya. Nadie mejor. Te quiero y, en caso sea al revés, también lo prometo.

Escribí esto como si fuera dueña de semejante certeza.

Nos estamos pidiendo algo muy difícil. Eso solo se pide a las verdaderas amigas. Gracias por confiar.

Con estas últimas frases, Patricia se despidió aquella noche.

Al día siguiente intercambiamos mensajes sobre la práctica cotidianidad. Un gramero, abono orgánico y minucias que solemos compartir, a veces para no sentirnos tan solas, cada una en su microcosmos, otras por pura complicidad.

Luego le conté que estaba escribiendo un cuento sobre nuestro presunto último adiós. Y lo escribí.

Pero este día de lluvia plomo, como si abriera un baúl, he rescatado una vieja verdad. No hay ficción que supere a la vida cuando dos amigas se prometen música para su funeral, cuando saben que pueden escribirle a la otra Estoy mal sin importar la hora.

Cuando pueden llamarse para llorar sin decir mucho o sin decir nada.

Hoy llamé a Patricia. La llamé para escucharla llorar, para sostener una ínfima parte de un duelo que, sé muy bien, le horada el alma en lo más profundo. Ha muerto un amigo suyo, un amigo, como ella dice, no negociable.

Y además de escucharla, con el lenguaje universal de la música, he compartido desde la distancia un trozo melódico que le procure compañía.

Hoy que hay plomo, hoy que hay lluvia, hoy que hay duelo, Patricia, mi amiga no negociable, sufre.

Desde mi espacio, como si fueran pañuelo, comparto un chelo y un piano, en un intento de dar consuelo.

https://youtu.be/jtnhkq40lbA