Amor de letras

    Al amante de las letras, le deseo hoy un día de total romance literario. Que se enrede en amores con un espléndido libro, que sienta besos arrebatados en los labios de frases que no se olvidan jamás..  

Esta noche amigo de la literatura, sueñe abrazado al cuerpo de una historia alucinante que convierta su vida en felicidad desnuda y absoluta. 

Piérdase en esa locura que salva y transforma. Encuentre su imagen en espejos de letras. Vuelva a perderse en sábanas de cálidas palabras. Procure a paso de páginas, borrar sus dolores. Que se vayan sus sombras. Acompáñese también de música, haga de su velada una experiencia completa.

 

                                   

   

En tu día libro. Mi compañero de siempre

Libro que has estado presente en mi vida desde que tengo memoria, con amor hoy celebro tu día. Contigo he viajado a tiempos y lugares remotos. En tus historias he conocido la fragilidad y la grandeza  humana. Has hecho de mi mente un andamio gigantesco en donde almaceno imágenes. 

Despertaste en mí el apetito de conocimiento milenario, de personajes que no se fueron del todo y tallaste con presteza mi inagotable imaginación. Me has enseñado historia universal, sobre todo, contigo he descubierto mi historia individual. 

En tus mil extremidades de papel aprendí a ser un personaje más de clásicos y de modernos, de novelas y de cuentos inolvidables. Me mostraste cómo los poemas ponen patas arriba a mi cuerpo y a mi alma. Tus páginas de prodigio, amado libro, han sido lechos en donde encuentro amores genuinos y arrebatados y fulminantes una y otra vez.

En tu alma de texto me has enseñado a cambiar de piel y sentir cómo sienten otros. has hecho de mi alguien más empática, más curiosa, muy agradecida. 

Soy quien soy porque vives y duermes conmigo. Por eso y por tanto te celebro. Y  te traigo pastel, vinito  y te canto lo que quieras. 


                          

   

Al compás de historias de antes

Amo del sentido común necesito tu piedad. Combate con tu argucia insensible esta embriaguez de pasado romántico musical demente inútil absurdo y peligroso y desconcertante. 
Aniquila con tu desapego de hielo esta necesidad de volar. Estrangula esta mala maña de soñar despierta que de contrabando traje desde el país  de mi adolescencia. Escucha el tictac  de la bomba que se ha instalado en medio de mis tripas. 
Maestro del desdén, es serio lo que te pido. Has trucos de  sensatez metálica para desactivar este proyectil interior de mariposas en caótico revoloteo. Estoy a punto de estallar. Cada canción y cada recuerdo son pasos de un baile en cuenta regresiva. Sus tambores abaten con ritmos hipnóticos a mis tripas rehenes. Mi sangre vuelve a ser cálida. Danza al compás de sus historias de antes.  
Temo caer en un irresponsable estado de despabile que destruya el letargo que me mantiene a salvo y a raya. Temo aun más ser una eterna despabilada en tiempos de eterna prohibición.

Otra ventana rota

No pensés en la primera vez que viste sus ojos sorprendidos con la novedad de  la luz. No vuelvas a aquella sala de partos en donde lo abrazaste aún húmedo y tembloroso cuando empezaba su historia en el mundo.
No recordés cómo reconoció tu voz ni cómo dejó de llorar al escucharla por primera vez fuera de la pecera que lo acunó en tu vientre. No sintás el movimiento de sus manitas cuando descubrió el baile del aire entre sus pequeños dedos.
No andés con él sus primeros pasos en la Navidad del 94, ni acariciés sus bucles de seda, ni admirés su pasión precoz por la música cuándo aún ni hablaba.
No realicés cuánto ni cómo creció, ni reconozcás que ya es un hombre que ahora eligió caminar por otro lado.
No pensés ni un solo instante en la nueva despedida que te dejará rota otra ventana del alma. No te hagás eso. Al menos no en este momento, no en este lugar que él hizo suyo lejos del tuyo. No te perdás en los laberintos de tu mente de madre.
Porque hoy no sos roble de sólida verticalidad, tu cuerpo es tallo de agapanto, tu corazón un nudo de pétalos ligeros a punto de caer. Hoy no sos mujer práctica. Hoy no te acompaña tu acostumbrada perspectiva de la verdadera libertad. Hoy no contás con tu forma serena de ver la extraña y sorprendente ruta de la vida.
Hoy se te sale prófugo el amor por toda la piel. Hoy nacen ríos en tus ojos. Hoy se  levanta tu cabello por el maremoto que violenta tu cerebro.


Hoy abrazás al hijo que se queda lejos para abrir sus caminos en nuevos llanos. Hoy te despedís de nuevo de tu chico mayor.
Has de darle buena despedida, de fiesta porque persigue sueños, de afirmación porque la necesita. No es día para doblarte como viejo papel. No es momento para dramas maternales. Así que inventá alguna fantasía, invocá un milagro, pensá en algo que no duela. Lo que sea, hacé lo que sea. 

Menos partirte de tristeza con recuerdos del niño que creció para convertirse en el hombre quien, por de pronto y porque así lo necesita, se queda fuera.


Luna para cada meridiano

Cada rincón del mundo recibe su porción de luna. La luz, la distancia, el color y el escenario varían. Cada meridiano del planeta tiene su propio momento. Pero la luna es la luna. 

En esta ciudad de luces y trenes y fresas cubiertas de chocolate, la luna se queda baja para mojar sus pies en el mar. 

Ella que se cubre el ombligo con la transparencia de velos nubosos a colores y yo que por verla no quiero bajarme del puente. El aire que abate mi pelo y pone agua en las esquinas de mis ojos le mueve el vestido. El mismo aire remueve mi historia.
Cada quien hace de su luna un amuleto para lo que necesita. Y hay urgencias personales que requieren de lunas múltiples, variadas y variantes y cómplices.

Con palabras de agua

Escribo triste porque mi geografía subterránea
lleva mares de tristeza líquida
pero no todo es triste
solo mis mares interiores 
que son más de siete


solo en mis más de siete mares
flotan  las palabras
necesitadas de trazos y ecos
las que piden  ser contadas

son mis palabras urgidas
mi mapamundi alberga a las demás palabras
habitan los otros accidentes
crecen en montañas y cuevas
van a prisa sobre carreteras de concreto gris
juegan en el silencio del viento
detrás de la sombra del árbol
son mis palabras anónimas
descansan al sol en los prados

de mis paisajes mejores

se confunden con flores 
y ardillas y canastas
de picnic con pastel de ciruela

no quieren ser perturbadas


floto en los tristes accidentes
que son más de siete
 y mi cuerpo se moja con
 palabras de agua




Aguardan

Las banalidades se escriben como ritual de distracción. Son antifaces de colores que solapan al andamiaje de la  tan  vulnerable intimidad. Parecen sábanas que cubren la historia secreta del sofá dejado atrás en la soledad de una sala abandonada. Palabras que flotan en la superficie. Argucias para no encarar  el agobio de lo fundamental. 

La sala fue cerrada con candado, las ventanas selladas con tablas. Dentro de su noche de ataúd aguardan las palabras esenciales.

En el brocado de sus cojines los desencuentros bordaron palabras que amenazan. En el respaldo reposan tragedias personales y milagros livianos. Debajo del faldón se agazapan la muerte y los muertos. Y el amor. En  sus costuras se ocultan palabras que sangran y palabras que curan y palabras que suplican. Besos y despedidas. 

La clausura no será eterna. Hasta la trivialidad más ingeniosa cansa. 

Como fantasma que cruza para siempre el umbral,  la sábana amarillenta caerá sobre la podredumbre del piso.  Y libres volarán las palabras.  Saldrán por rendijas ocultas,  golpearán la puerta y morderán las tablas de las ventanas. Contarán lo callado.  Las historias que ocupan el andamio verán al mundo. Y serán leídas a contenido completo. Al fin.

Prisionera en la cadena que me rodea el cuello,  la llave descansa sobre mi pecho.  Espera la señal.  Volará rumbo a su cerradura y danzará girando su cabeza de trébol en el picaporte del espacio prohibido. Empujará partículas luminosas dentro de las tinieblas. Entrarán como diluvio de estrellas fugaces.

Las palabras y los párrafos con sus reclamos rencorosos, con sus declaraciones amorosas, con peso de plomo, con vulnerabilidad de cristal, se alinearán para escribirse en la  perpetuidad de un pergamino milenario.

La gran verdad aflorará al romperse el ritual. Aún no es momento. La palabra esencial espera a que ocurra el eclipse. 

Mientras tanto, la banalidad.



Dos Tallos

Los veo en un rincón a media sombra cuando paso por su esquina en la 14 avenida Y 4ta calle. Es una escuadra de calles que recorro varias veces al día. Conduzco despacio, llevo el alto. Y siempre veo flores. Noto que fueron segregados. Son dos girasoles. Tan tristes como su triste amarillo,  se acurrucan entre sí. Un abrazo de consuelo a medias.

Despeinado uno, medio calvo el otro, sus cabezas son pura desolación de pétalos y de compradores. Con la mirada puesta en el asfalto hacen como si no se dan cuenta de que la gente prefiere a las otras flores del puesto. Compran herberas fucsia y naranja, docenas de rosas. Llevan claveles. Compran a los otros girasoles, los gordos y dorados y frondosos. Pero en ellos  nadie repara. El vendedor los ha arrimado a un fondo de lámina para que no rompan la armonía de su puesto florido.

En el abandono de la sombra agachan su tallo, ya no es al sol a quien buscan. Tanto, que con el  torso cansado lucen aun más frágiles,  como si fueran soldados en un mal final. Resignados aguardan dentro de su cubeta sucia de Sherwin Williams. ¿Qué aguardan? Observan con vergüenza cómo adoptan a sus compañeros más graciosos, cómo los visten con celofán y listón.
Me han dado la vía y debo continuar. La bocina del caballero de atrás me dice que no hay tiempo para compasión. Seguramente no se percató de la cubeta que ya no es blanca, ni de los  escuálidos girasoles que perecen dentro.
Tantas agonías suceden en este planeta, tanto torso vencido por los años, los meses o los días, porque es el tiempo quien se encarga de cambiarnos de cubeta.

Pocas horas después paso de nuevo por la esquina de láminas. La cubeta está vacía. Los girasoles frondosos que no se fueron hoy serán los nuevos viejos de mañana. Los doblados y despeinados. Todos los días nacen nuevos abandonados. Girasoles y claveles y también seres humanos. 




Manadas

Somos mujeres elefantes, una manada guiada por madres y tías. Nuestra organización familiar es tan eficiente y natural como la de estos animales en su entorno salvaje. El imperfecto y nunca aburrido arte la convivencia. Lo nuestro es un matriarcado. Mamás y tías y primas y hermanas.  Paquidermo y mamífero, tan protector.


Crías y adultos siguen a la matriarca de la manada. Ella es la de la sabiduría. Sabe en donde encontrar alimento. Conoce los sitios seguros y conduce a los suyos a tales remansos. Su instinto y herencia milenaria la alejan del peligro. En el misterioso ciclo de la naturaleza, la información vital pasa de generación en generación. Como nuestras recetas y remedios. Como nuestros secretos. 

Entienden a la muerte. El duelo lo llevan simple, limpio. El dolor que les causa la pérdida de  alguien de su manada es un proceso con principio y fin. Un ritual ineludible. Reverencian a sus muertos, los lloran sin recato ni silencio. Y nunca olvidan a quien se fue. Regresan al sitio en donde lo vieron morir. Acarician el esqueleto con su trompa, solemnemente. Toman algún hueso, lo mueven para adelante y para atrás, como quien acuna a un bebé para que se duerma. Luego se retiran en paz para continuar su ruta. Esta manada nuestra sabe tanto de muertes. Las matriarcas siempre adelante marcan el compás del duelo. Y nos advierten que no todo quedó en el cementerio, que el camino sigue. Algunas seguimos acariciando esqueletos todos los días. No todo es perfecto.

Y está el tema de la memoria. Reconocen la llamada de un antiguo compañero, aun décadas después. La memoria de las hembras elefante mejora con la edad. Necesita guardar datos esenciales para que su manada se alimente y sobreviva. Esto es discutible en nuestra especie. He visto de todo. Conozco matriarcas con un bagaje de recuerdos y convicciones millonario. Algunas deciden olvidar. A otras la vida las enferma, las protege pasando un tenue borrador sobre sus recuerdos.  Eso no les quita su condición de matriarca. Nosotras lo vivimos.

Las elefantes no olvidan quien han sido, aunque las pongan en cautiverio, aunque las lastimen, aunque cambien de entorno, aunque hayan sufrido. Hay asuntos inolvidables, y en eso soy tan paquiderma y gris y mamífera como ellas.


Cantan. Las elefantes hembras, a diferencia de otras especies como las ballenas, son quienes cantan a la hora de aparearse. Es una necesidad biológica. Nosotras bailamos y cantamos siempre, y también es una necesidad casi visceral. Cantamos de tristeza o por soledad, para recordar, para celebrar. Mi manada es un grupo de mujeres que alza su desafinada voz para honrar la unión. 

Cuando una cría necesita sentirse a salvo, pone su trompa dentro de la boca de su madre. Cuando algún miembro de la manada necesita apoyo, sus compañeras lo acarician con la trompa, pegan sus cuerpos, emiten sonidos solidarios. Se hacen presentes. Nosotras nos abrazamos y besamos. También nos pegamos empujones y trompeteamos sonidos para llamar al orden. Luego del relajo, volvemos al abrazo. 

Somos como elefantes en la tarea de preservar la especie. Cuando alguna elefanta dará a luz, las demás la rodean y celebran un ritual de movimientos y sonidos. Acompañan a la madre durante el alumbramiento,  atentas a que la naturaleza realice lo suyo. Las que saben dirigen, las primerizas aprenden. Como mi abuela protagonizó el primer baños de los nietos, como siguió haciendo con los bisnietos. Sabiduría de milenario recorrido.  


Veo  mi niñez. Fui toda elefantita. Confiaba en que mi matriarca tenía la información que nos mantendría a salvo. Era quien trazaba los límites y quien decidía a dónde y cómo y cuándo.  Dictaba qué sí y qué no. De alguna manera, misteriosa a veces, y evidente otras, transmitió su conocimiento a cada una de nosotras, como mamá elefante. Cada quien la procesó como pudo. Nuestros modos matriarcales no son idénticos. Pero, todas lanzamos la llamada de alerta, mordemos si es necesario,  cuando se trata de proteger a nuestras crías.


Música y plomo

Un imponente piano dispara con precisión absoluta las notas de la Chaconne. La música que habita el palacio de sosiego que he construido en este play list  acompaña mi ritual nocturno de lectura. Para bien de mi quebradiza paz, también ahoga los trepidantes balazos de asesinos a sueldo que hieren y matan en su televisión.
Notas-proyectiles en D menor se enfrentan a pixeles de plomo y sangre.
Música del siglo XVIII exorciza venenos del XXI.
Yo estoy en el Sacro Imperio Germánico, él en Washington. Yo viajo en carruaje tirado por caballos y visto falda de seda con mil fustanes. Él corre al volante de un carro polarizado y viste chumpa de cuero negro. Lo mío son candelabros que titilan fulgores tenues, lo suyo son sirenas rojas que rompen la oscuridad de una persecución que jamás termina.
Cada uno desde su frontera en puntos cardinales opuestos,  inventa rituales para olvidar los sonidos que agobiaron el día. Cada quien se despoja de la angustia como mejor puede. 
Yo le apuesto a las letras y la música sin aspaviento. Él viaja por  rutas eléctricas a Netflix y sus series de torturas o chantajes. Cada quien busca cómo dejar ir el día para siempre.