Música y plomo

Un imponente piano dispara con precisión absoluta las notas de la Chaconne. La música que habita el palacio de sosiego que he construido en este play list  acompaña mi ritual nocturno de lectura. Para bien de mi quebradiza paz, también ahoga los trepidantes balazos de asesinos a sueldo que hieren y matan en su televisión.
Notas-proyectiles en D menor se enfrentan a pixeles de plomo y sangre.
Música del siglo XVIII exorciza venenos del XXI.
Yo estoy en el Sacro Imperio Germánico, él en Washington. Yo viajo en carruaje tirado por caballos y visto falda de seda con mil fustanes. Él corre al volante de un carro polarizado y viste chumpa de cuero negro. Lo mío son candelabros que titilan fulgores tenues, lo suyo son sirenas rojas que rompen la oscuridad de una persecución que jamás termina.
Cada uno desde su frontera en puntos cardinales opuestos,  inventa rituales para olvidar los sonidos que agobiaron el día. Cada quien se despoja de la angustia como mejor puede. 
Yo le apuesto a las letras y la música sin aspaviento. Él viaja por  rutas eléctricas a Netflix y sus series de torturas o chantajes. Cada quien busca cómo dejar ir el día para siempre.  


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