Pecado verde

No, yo no estoy en el cuadro de honor de los centinelas del español. Mi teclado pequeño solo tiene la puerta trasera de la pregunta. Tampoco abre el umbral de la exclamación. El muy gringo no me permite honrar a mi idioma de porcelana ibérica. No supero tal vergüenza. 

Me redimo en la computadora. Ella sí sabe de puertas y demás símbolos castellanos. Para mi mala suerte,  el whatsapp no se deja utilizar en el ordenador, y esa red verde blanca que me acerca a mis amigas imprescindibles, me obliga a pecar. 

De porcelana

Ovación de pie  y estrellita en la frente para todos los sensatos humanos que honran a nuestra vulnerada lengua española. Aplausos para esa manada en vías de extinción que, aunque se trate de un mensaje en whatsapp con urgencia de semáforo,  le dan su espacio a cada tilde y el  señorío que corresponde, cuando corresponde,  a las mayúsculas.  Son mentes conscientes que no usan sustituciones marcianas. No abrevian con urgencia adolescente. Tienen a bien usar signos de exclamación y de interrogación antes y después. Porque aunque se nos olvida, no somos gringos. 


El  español es un caballero que abre la puerta a las preguntas con un signo, y la cierra con otro. Lo mismo hace aunque le estén exclamando. 


Nuestro idioma es un viejo hidalgo, su elegancia es de porcelana. Y por tristes prisas, muchas piezas se le rompen una y otra vez en el vaivén cibernético. Tanto, que corren peligro en manos de quienes olvidaron su forma original. También se esfuman con hechizo de ilusionista en deditos nativos digitales que no se acuerdan de algo que nunca vieron. 




Eso es

Ver una fotografía antigua que día y noche custodia mi santuario. Encontrar siempre los mismos ojos de niño, negros, sonrientes y peludos. Descubrir los listones invisibles, los que atravesaron al tiempo y a la muerte. Hallar del otro lado de cada lazo los otros ojos oscuros y sonrientes y peludos, los de mi hijo y mi sobrino y mi otro sobrino. Ver que el pequeño de la vieja foto de alguna manera aún vive. Eso es a lo que llamo poesía.


El ser más solitario del planeta

Suelo tropezar con historias  de soledades. No las busco, ellas me encuentran. Como si mi inconsciente quisiera validar que, en la soledad, no se estádel todo solo. Estas historias entran en mi mente y ahí reposan. Acaso se quedan para mostrarme algúnpropósito. Las hay de todo tipo y están en muchos espacios. Desde niños huérfanos hasta ancianos que han sobrevivido a toda su descendencia y enterrado a los últimos de su generación. Sé de mujeres solas. Sé de mujeres solitarias. Hace poco aprendí  de otro ser a quien nadie acompaña.
El ser vivo más solitario que habita el planeta es una ballena. La llaman Ballena 52 porque el sonido que emite en su búsqueda de pareja tiene una frecuencia de 52 hercios. Su canto es más agudo que el del resto de ballenas, imperceptible en el mundo animal. Con hidrófonos, tecnología desconocida para mí, alguien descubrió su sonido de apareamiento. Porque las ballenas cantan para encontrarse. El hallazgo sucedió durante la Guerra Fa. Buscaban submarinos rusos y encontraron su canción solitaria. Este ser marino atraviesa los océanos en busca de pareja durante diez o veinte años,  a veces durante toda su vida. Misión vitalicia que lleva a cabo en absoluta soledad. Su rareza es la canción dulce y distinta que emite para cortejar, incomprendida o no escuchada por otro tipo de ballenas.  Los científicos aseguran que es una malformación de sus cuerdas vocales, que se trata de un defecto. Un error natural que la condena a vivir en soledad. Un canto equivocado. Ni siquiera han logrado clasificarla. Simplemente la llaman la criatura más solitaria del mundo.  Algún hombre de ciencia sugirió que, incluso, puede tratarse de un animal sordo.
Este conocimiento natural me hace alucinar. Sin remedio, me golpean ideas comparativas.  Veo su solitaria condición similar  a la experiencia humana, a ciertos momentos en los que nuestra canción es incomprendida o su frecuencia imperceptible. Su búsqueda se parece a la nuestra. Recorremos un océanoextraño en nuestro interior. Nadie nos acompaña. Ella nada en mares, nosotros en preguntas y convicciones y nuevas verdades. Viajes en soledad. O quizás, son recorridos sin compañía porque no hemos podido escuchar. Somos sordos a cantos que suceden en frecuencias distintas. « ¿Eres sorda o eres tonta?» escuché tantas veces. Sí, escuché. Pero, al no responder, validé la pregunta. Tantas y tantas veces fui sorda o mal formada.
Existimos Humanos 52,  nuestra forma de cantar es una malformación. Un accidente genético en el ADN de nuestro órgano emocional que mutó nuestra percepción del mundo, nuestro objetivo o nuestra manera de tender vínculos. Defecto de nacimiento que ubica a quien lo padece en una tribu pequeña de solitarios. ¿Será pequeñami tribu?
O tal vez este devaneo es producto de mi exagerada imaginación y lo único que sucede es que la historia de esta ballena me perturba y  me conmueve. Me provoca ganas de protegerla, de ayudarla a encontrar a alguno de los suyos. Otra Ballena 52 que la escuche, emita las mismas notas y comparta su necesidad de acompañarse, una pareja afín.
Y en ratos  de extrema introspección, pensar en su mudo canto  me transporta a ratos en los que no se ha escuchado lo que subyace debajo dela letra de mi  canción o en la voz de  los poemas que he escrito para que nadie los lea. Me lleva, sin poder evitarlo, a instantes cuando ni siquiera me han visto.

También tengo la certeza de que no soy la única persona que, de vez en cuando, se siente una inaudible ballena.  Sin embargo, veo un escudo que protege a esta criatura. Los humanos no corremos esa pequeña suerte. Ser inaudible en el vasto océano la protege. La inmensidad de las aguas la aísla. Está a salvo de equivocaciones. Es difícil que encuentre a una pareja que, después de aparearse, no la comprenda. Otrodevaneo.  

paradoja fotográfica

Es una paradoja la foto de nuestros pequetes. Una suerte de recuerdo, un pedazo de olvido.

Quedaron inmóviles sus caras pequeñas, sus bocas en forma de corazón, el pepe atravesándolas como la flecha de cupido. Sus manos de melocotón redondo, sus bucles con luz propia. La pestañas que bailaban al escuchar pájaros, las encías que picaban ante la invasión dental.

El otro lado está en blanco. Es un vacío, lo que el tecnicolor dejó ir. Ahí hay fantasmas de juguetes que habitaban la alfombra de abecedario; de las voces de campanita que anunciaban descubrimientos en su galaxia doméstica; del aroma a talcos Johnson, a pañal mojado, a compota. La foto no trajo al futuro la suavidad en su piel de pana y colágeno, ni las cosquillas, ni los besos ensalivados de bananito con miel. No guarda la humedad de sus lágrimas desconsoladas cuando mamá huía a la galaxia del fondo para hacer pipí. Ni los gritos de gozo cuando papá entraba con corbata floja a inventarles cuentos.

Es una suerte tener el recuerdo, un pedazo de pena lo que se fue al olvido. Un prodigio construirlo con palabras. Desde la frontera del Desitín hasta la del Cerelac cupo tanta ternura, todas las canciones de Barney, Buzz Light Year y su viaje infinito, Esmeralda la gitana, Cuasimodo  enamorado. El disfraz de Jafar, el disfraz de lechuga.  

Paranormal

Ya que preguntas, en esta mente nocturna tengo deseo de una visita paranormal. Quiero soñar con mi fantasma. Como lo soñaba cuando era niña o como cuando su ausencia hizo diferencias que laceran. Verlo con bigotes y cachucha y soñar su voz como fue antes de que se distorsionara. Los años no hacen más que alargar el puente, apenas escucho lo que dice desde el otro lado.



Pasos extraordinarios

Un chico escribió sobre un personaje con seis dedos, el sexto con poder hipnótico capaz de convertir a los malos en buenos. Una niña contó que encontró una flor azul con corazón de felpa. Otra viajó acompañada de alguien tan generoso que le heredó su secreto. Las chicas se enamoran de príncipes con mantos que adivinan, otras escriben sobre rutas para descubrir sus dones. Alguien escribió que era un cubo repleto de ideas, otro joven describió un pozo en donde cohabitan el fuego y el agua. El más renuente rompió su armadura y narró un encuentro con Cristiano Ronaldo. 
 Escribieron sobre amores y amigos, árboles con raíces invencibles, almas como copas de cristal, rayos mágicos que transportan a la Nasa, ojos de avellana y ojos blancos, pitufos y laberintos y remolinos. Todos se inspiraron en la misma y única obra de arte. “Camino”, de Ana Liska. Escribieron y escribieron y escribieron. Se dejaron llevar.

Se supone que llegamos a dar un taller, a enseñarles uno que otro concepto. Pero fueron estos escritores que se educan en Pasos Extraordinarios quienes me enseñaron a mí. Fue una fiesta cuando al fin abrieron la puerta y se desataron en palabras, cuando llegaban a que revisara sus textos, cuando pedían más hojas. Esta maestría en “humanidades” se la debo a Ana Liska. Generosa, me invitó a viajar en su barco. Navega entre mares y montañas de basura que se transforman en el Mediterráneo por gracia de estos adolescentes que dan pasos extraordinarios.