Al miedo

Miedo que me hiciste estatua con sal
de llanto en mi nocturna infancia.
Miedo que poblaste mis noches con
ánimas ocultas en el misterio oscuro
que aguardaba tras puertas de clóset.
Miedo infantil a los fantasmas.
 
Miedo que continuaste.

Miedo que me ahogaste bajo
cataratas negras de adolescencia.
Miedo que erizaste mi voz con el
veneno de lenguas quinceañeras,
miedo que me emborrachaste de inseguridad.
Miedo infinito a la cruel pubertad.
 
Miedo que volviste.

Miedo que aturdes con el gas letal
del cansancio en la noche sin sonido,
más oscura, más siniestra.
Miedo que sacudes mi cuerpo cansado
por décadas y partos y desencuentros.
Miedo de mujer derrotada.

Miedo que permaneces.
 
Miedo que me devoras con
los fantasmas del desamor.
Miedo que me empapas en  
la catarata de la soledad.
Miedo agudo a la lacerante indiferencia.
Miedo de muerte lenta.

                          

Figuras imaginarias

Con la voz vestida de benevolencia, un día de hace mucho, él hizo la proclama, definió el paisaje, ubicó el asunto para que ella aprendiera.
 
–Creciste sin padre, ese es un problema. Y no tuviste hermanos, ese es el otro. En tu casa, sólo de mujeres, faltó “la figura”. Por eso no aprendiste, por eso, no sabes cómo va esto del macho y la hembra y la vida.– Así lo dijo entonces él y así le creyó ella. Era casi una niña, una pequeña huérfana de hombres. Ingenua.
Él volvió a la lección de los problemas, años después,  para que ella no olvidara su discapacidad. Escuchó en silencio -durante aquel después- y dudó, dudó cada palabra. La duda nació en la entraña que ya había sangrado de vida y de muerte. En los silencios, en lo que le fue vedado. En llanto de afrentada dignidad.  
Ahora él lo repite. Con ceremonia desesperada vuelve a decirlo, palabra tras palabra. 
–¿Qué dios de fantasía otorga ese matiz de autoridad a su voz?– se pregunta ella, con extraña diversión, mientras él vuelve al discurso que se pierde en los ruidos mundanos.  Sin sentirlo apenas, hace mucho dejó de ser la niña de ingenua orfandad.
 Ahora algo dentro de ella ríe. Sí, ríe y sonríe. No le cree, no. Ni una sola de sus palabras.
No hubo padre, no hubo hermanos. No hay problema ni carencia de figuras imaginarias ni discapacidad. Y ríe de nuevo, y llora también, lágrimas de fuego que la consumen por  que su risa es un secreto guardado. Y como si fuera milagro ella sonríe de nuevo, a pesar del llanto en llamas.
                             

   

Nace y renace

No es obsoleta, a pesar de tal condena. La poesía posee el misterio de la permanencia, nace y renace. No habla sólo de amores y puestas de sol. Hay poesía en el miedo al abandono, o al ladrón del semáforo o al miedo mismo. Existe en el recuerdo de aquel edificio que alguna vez fue discoteca y fue demolido para enterrar secretos. Se esconde en el contenido de un clóset: un cuaderno que habla de mejores tiempos, o un jeans que se ajustó a la decadencia de un par de caderas, o el esqueleto que no se nombra. La poesía espera en la caja de zapatos de novia amarillentos que nunca se estrenaron.

Flota en el aire y en el wifi. En lo que dejó de ser, en una agenda imposible. Se escribe en bullicios de aeropuerto con despedidas y besos interminables. Viaja en correos electrónicos desesperados. La poesía habita todos los universos. Dichosos quienes la escuchamos.
                    

   

Mar de inmensa soledad

Se supone  que no estamos solos en ciertos escenarios emocionales. Pero todos guardamos silencio. Como si no sintiéramos la vulnerabilidad de nuestra posición, disimulamos un temple que aparenta más firmeza de la que tiene. Una ventisca y se derrumba, cautelosos, nos escondemos de los aires que despeinan. Y debajo de ese afán por fingir normalidad, cuando a ratos nos quitamos la máscara, nos sentimos cada vez más solos. Nadamos hacia ningún lado en un mar de soledad inmensa. Pero actuamos como si no sintiéramos dolor, como si ese mar no nos mojara y no nos drenara. Actuamos, porque andar con el alma en pelota es de mal gusto.  

Entonces cae en nuestras manos una historia. Un libro la cuenta. Resulta tan, pero tan parecida a la propia, que se nos paran todos los pelitos. Y ese hallazgo no tiene precio. Descubrimos que quedan valientes seres humanos capaces de compartir lo suyo. Y vemos una luz de aliento. Entonces me atrevo a decir a viva voz:  No soy la única miedosa, ni la única ridículamente imperfecta, ni la única mujer frágil como el cristal. Existe en el universo alguien más que se siente inadecuada, que no sabe en donde ubicarse o hacia dónde se dirige. Que habla sola,  que encuentra en la palabra escrita la única posible catarsis, que escribe y descubre un extraño y temporal estado de salvación. Sí, la incertidumbre es infinita y no es sólo mía. Alguien más levanto la mano y se atrevió a cuestionar y a contar, lo hizo escribiendo un libro, y en el proceso obtuvo una que otra respuesta. Después de todo, no soy tan rara, pertenezco a un colectivo de sensibilidad exacerbada.   He descubierto un nuevo tipo de alivio.

                    

  

Como a la vida misma

Mi profesión es asunto de contabilidades y números. Mi deber es custodiar su buen rumbo, como si fueran barcos en alta mar. Soy capitana de pequeñas navegaciones financieras, y me lo tomo tan en serio como a la vida misma. 
Pero las monedas tienen dos caras, y las almas más de dos facetas.
Mi pasatiempo, mi pasión, mi salvación, el contenido de mis ratos solitarios es y por siempre será  la literatura. Un entretenimiento vital.  Leer y escribir y contar, verbos que definen mi sustancia.  
No. No soy escritora, soy apenas una mujer que en sus ratos libres y en el margen de sus trepidantes horas y cuando el duende que la habita le suplica, se dedica a escribir por el gozo inmenso que hacerlo produce. Sin ilusas pretenciones,  lo necesito tanto como a la vida misma.
Eso es todo, y me basta y me sobra. 
                     

Cuando cesa tu canto

Aprendí en un libro cierta técnica de antaño,  una de esas curiosidades que surgían del prodigioso cerebro humano para sobrevivir.  A principios del siglo veinte, los mineros de un remoto pueblo bajaban a las entrañas de la tierra con un canario. El pajarito minero cantaba dentro de una jaula. En esas profundidades flotan toxinas invisibles e imperceptibles para los sentidos humanos. Son letales. El canario es más sensible, y cuando dejaba de cantar, los hombres subterráneos sabían que era preciso subir a la superficie cuanto antes para no morir. El canario les salvaba la vida.

Creo que existen seres humanos que llevan dentro canarios de mina. Que algo se calla en la profundidad de su alma si sienten toxicidad al explorar las minas de la vida. Cuevas tan oscuras, 

-¿Qué quieres enseñarme, vida mía?- A veces escucho al mío, y otras siento cómo empieza a cesar su trino. Y de súbito llega el instante del silencio. Siento un vacío, una tristeza indescifrable, una angustia.  -¿De qué se trata esta prueba, vida extraña?
Mi canario interior me alerta.

-Salgamos de esta caverna- dice el pajarito en su mutismo -corramos lejos de su veneno. Huyamos que algo se nos morirá: el entusiasmo o el ímpetu para continuar la búsqueda; o las certezas o la fe. O todo. 

Mi avecita y su silencio me instan a salir. Me cuesta encontrar por dónde.

“Huyamos de esta mina oscura, aquí no hay vida ni oro ni luz. 
Salgamos que se nos muere todo”

             

   

No te avinagres

No te fermentes azúcar de mis días, no podría despertar o seguir o reír sin tu compañía. No transformes lo que hemos sido. No a estas alturas cuando ya cruzamos la frontera que divide la mitad de nuestro tiempo. Ese río turbulento no logró disolverte.  Sería irónico ceder después de tanto, sería triste. Naciste inmune a las levaduras que la vida vierte sobre los jugos humanos. No te avinagres,  que del talante amargo no hay vuelta atrás. Observa un poco al mundo que nos rodea. ¿Ves? Sí, exactamente.
Tapemos oídos, hagámonos las locas. Leamos, oigamos música, bailemos. Salgamos al jardín, cortemos las rosas que se abrieron ayer. Respiremos con los ojos cerrados. Nada pasa -repitamos- nada pasó.