Cuando cesa tu canto

Aprendí en un libro cierta técnica de antaño,  una de esas curiosidades que surgían del prodigioso cerebro humano para sobrevivir.  A principios del siglo veinte, los mineros de un remoto pueblo bajaban a las entrañas de la tierra con un canario. El pajarito minero cantaba dentro de una jaula. En esas profundidades flotan toxinas invisibles e imperceptibles para los sentidos humanos. Son letales. El canario es más sensible, y cuando dejaba de cantar, los hombres subterráneos sabían que era preciso subir a la superficie cuanto antes para no morir. El canario les salvaba la vida.

Creo que existen seres humanos que llevan dentro canarios de mina. Que algo se calla en la profundidad de su alma si sienten toxicidad al explorar las minas de la vida. Cuevas tan oscuras, 

-¿Qué quieres enseñarme, vida mía?- A veces escucho al mío, y otras siento cómo empieza a cesar su trino. Y de súbito llega el instante del silencio. Siento un vacío, una tristeza indescifrable, una angustia.  -¿De qué se trata esta prueba, vida extraña?
Mi canario interior me alerta.

-Salgamos de esta caverna- dice el pajarito en su mutismo -corramos lejos de su veneno. Huyamos que algo se nos morirá: el entusiasmo o el ímpetu para continuar la búsqueda; o las certezas o la fe. O todo. 

Mi avecita y su silencio me instan a salir. Me cuesta encontrar por dónde.

“Huyamos de esta mina oscura, aquí no hay vida ni oro ni luz. 
Salgamos que se nos muere todo”

             

   

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