IRMA FLAQUER, A PROPÓSITO DEL DÍA DEL PERIODISTA

En el 2005, nadando de nuevo en Sophos y sus libros, descubrí “Disappeared, a Journalist Silenced”, de June C. Erlyck. La obra narra la vida y desaparición de la periodista guatemalteca, Irma Flaquer. Al parecer, en la convulsionada Guatemala de los 70´s, esta periodista no sentía temores a la hora de publicar sus opiniones, investigaciones y comentarios. Su columna “Lo Qué Otros Callan”, dio mucho de que hablar.

Corrían tiempos en los que, ejercer el supremo derecho a la libre expresión, era un lujo suicida. Flaquer fue víctima de más de algún atentado y muchas advertencias; hasta que en octubre del 80, desapareció para siempre.

El libro me gustó porque me habló de una Guatemala, que a mis 11 años yo no conocía, a pesar de vivir en ella. Aprendí de los protagonistas de la época y sus conflictos, conocí un poco más sobre los diarios y sus editores. Supe de  realidades vividas por gente de prensa, muy distintas a la cotidianidad de mi vida de niña y  familia.

Por supuesto lo compré. Eso sucede cuando una viaja al planeta Sophos, vas con un plan de compras literarias cuidadosamente trazado, una lista de una o varias obras que te llaman y a quienes llamas, y de pronto se atraviesa en tu exploración otro libro destinado a habitar tu librera.

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ME LO ADVIRTIERON

Es viernes. Me gusta salir temprano de la oficina para llegar a pasar un buen rato con mis hijos.  Hoy en la tarde no pude.  En la mañana había quedado con mi hijo de quince años, vendría temprano. Él había invitado a un grupo de amigos a pasar la tarde y yo estaríaen casa para darles refacción. Me encanta que mis hijos inviten a sus amigos a la casa.  Pero como con los adolescentes no hay certezas que perduren más de una hora, hubo cambio de planes. Él se fue a casa de un amigo antes de que yo pudiera regresar.   Su hermano, que está en exámenes de la U,  fue a estudiar a casa de una amiga.
Todavía había sol cuando regresé, eran las seis de la tarde. Me saludó nuestra mascota Blitz,  un cachorro Huskey Siberiano que nos trae de cabeza a los cuatro. Lo hizo con movimiento de cola y muchos brincos.   Un saludo de alegría como el suyo siempre es bienvenido.  Jugué con él un rato hasta que algo mejor llamó su atención.
Entré a la casa y lo sentí, el silencio me invadió con fuerza, podía respirarlo. 
Cuando regreso de trabajar  suelo escuchar música de adolescente, o conversaciones de esas en las que los niños pareciera que pelean. Son generosos para insultarse, no importan las llamadas de atención. Lo curioso es que no están peleando, están platicando.  
Hoy no fue así. El silencio llegó acompañado de una profunda soledad.  No hay tragedia en mi tarde vacía, de hecho no es la primera vez que encuentro la casa sin hijos. Pero esta tarde lo sentí más que nunca.
Pude ver, con extraña claridad, el paso del tiempo en nuestra vida familiar.  Muy atrás quedaron las tardes de piñata, partidos de fútbol, o  maratón de clases extracurriculares. Ya no hay cursos de vacaciones ni tardes de Mc Donald´s. En todo caso, si van no me invitan. Mis hijos ya no son niños que se mueven al ritmo de su mamá. Son independientes en cuanto a planes e iniciativas. Como para todos los jóvenes, su opinión es la única importante a la hora de planificar. Está bien que sea así. En el lenguaje de la psicología, a ese proceder le llaman autonomía. La van a necesitar para conducirse con asertividad en la vida. Entonces ¿Por qué me duele tanto? El crecer de mis hijos ha sido para mí un proceso difícil de llevar. Chambona yo. Me provoca nostalgia. Dice su padre que eso de sentir nostalgia no es bueno. Yo la padezco de vez en cuando y hoy viene acompañada de un recuerdo.
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Adrián, el pequeño de mis hijos, tendría seis años, Javier nueve. Fue una tarde de aquellas en que las horas no alcanzan. Los recogí en el colegio y empezó nuestra ajetreada y típica tarde. Javier a clases de música, Adrián a natación. Me llamaban de la oficina, el tráfico impedía avanzar a mi ritmo y ellos querían comer. Javier necesitaba materiales y tiempo de su mamá para un proyecto. Lo tenía que presentar al día siguiente. Me sentía agobiada. Corría con ambos de un lado a otro. En la clase de natación, que Adrián tomaba en el sitio de siempre, me encontré a Carolina, mi amiga de gimnasio. Me vio aturdida y observaba como yo, con impaciencia, ayudaba a mi hijo a ponerse la calzoneta y sus goggles. Adrián jugaba, se reía y corría por el vestidor. La exasperación subía con rapidez en mi entendimiento, no teníamos tiempo. Como si quisiera cortar la escena,  Carolina habló:
Se acaba sabes. Esto –dijo señalando a mi hijo dando vueltas– se va muy rápido. Un día te das cuenta de que tus hijos ya no necesitan de ti tanto como tú de ellos. Y te va doler un poco.  Las horas de niños se quedan vacías y tú vas a buscar excusas para que te necesiten.  Aunque te sobre el tiempo para dedicarlo a otras cosas, vas a añorar que te falte por dedicarlo a tus hijos. No corrás, disfrutalos. Abrazalos y besuquealos todo lo que querrás. Eso también pasa, ya no se dejan querer.– y abrazó a Adrián.
Terminé mi tarde de niños, tareas escolares y compras, exhausta.  Carolina y sus palabras resonaban sin mucho volumen en mi mente.
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Carol sigue siendo mi amiga de gimnasio. Ya es abuela. Aquella tarde, sus hijos eran adolescentes independientes, hoy ya tienen familia. Es inevitable. Puse música y escribo esto. Después me sentaré en compañía de un buen libro a esperar que mis hijos den señales de vida. Javier me contará sus planes. Al menos eso espero.  Adrián girará instrucciones precisas respecto a la hora en la que quiere que lo recojamos. Su papá tampoco está. Hoy empiezan los convivios de trabajo para él.  
Sí, hoy me queda grande la soledad. No debería ser así, si yo ya lo sabía. Me lo advirtieron.               

DE HERENCIAS Y PERDIDAS

El  día de Navidad del año pasado, tuve con mi abuela una conversación respecto a quién recibiría qué de sus cosas, cuando ella faltara. A sus noventa años todavía gozaba de buena mente y salud.  Poco me importaba el destino de sus pertenencias, daba por hecho que faltaba mucho para vivir ese triste momento.  Como a todas las nietas, me preguntó que me gustaría tener. Le dije que me gustaba su máquina de coser, la Singer negra de pedal de hierro forjado que perteneció a su mamá.  Agregué que eso de planear muertes y herencias me parece de lo más triste. Le pedí que por favor no se muriera y que en lugar de heredarme la máquina me la regalara, en vida. Soltó una de sus magníficas carcajadas y con un abrazo firmamos el acuerdo que propuse.
El 6 de marzo de este año, sin mucho sufrir pero de forma inesperada, La Yeye – así la bauticé  cuando aprendí a hablar- falleció.  Con ella murió también el último vínculo vivo que me unía a la memoria de mi papá. Tuvo una vida plena. Practicaba, todos los días, el supremo hábito de la paz. También, desde que murió su hijo, se lanzó a la sagrada misión de que mis hermanas y yo conociéramos al niño, al adolescente y al hombre que él fue. Por eso, su muerte le dio una vuelta terrible a mi estado de ánimo. Además de perderla a ella, perdí el mejor recuerdo de mi muerto más llorado.
Días después del entierro, mi tío Bolish, en uno de sus acostumbrados gestos de cariño, nos envió un cargamento de objetos que pertenecieron a mi abuela.   Ella se encargó de hacer saber su voluntad respecto a la herencia de sus posesiones preciadas. Entre ellas, llegó la máquina de coser para mí. Siempre me gustó. Es un símbolo. Ella tenía entre sus aficiones la costura, le producía un placer envidiable. También me recuerda tardes en que, siendo muy niñas, la acompañábamos en un cálido cuarto de costura. Fue hace tanto, que pareciera otra vida.  Hubo algo más que solicité a mis tíos. Fui atrevida, pero me lo concedieron. Pedí el cuaderno manuscrito de recetas que durante años ella fue compilando.

Heredé de mi abuela otras cosas -más importantes- que la máquina y el cuaderno. Me acostumbré a que, cada vez que conozco a alguien allegado a ella, me dice que soy su retrato. Aunque, la considero una afirmación exagerada. Como ella, soy zurda. La única entre todos sus nietos.  De las mujeres fui quien heredó la misma fascinación y facilidad que ella tenía en la cocina. Por eso solicité el cuaderno.
 En su cuaderno de recetas descubrí un revelador tesoro. En la primera página está escrito  un ensayo titulado “La Alborada”. Se refiere a empezar cada día con nuevos bríos, nueva esperanza. Habla de dolores, pruebas y fortaleza. También, recomienda dejar el pasado en el ayer y no traerlo al hoy. Tuvo, para mi, doble significado. Se me antoja un mensaje que ella quiso dejarme a la mano. Supo donde dejarlo, y el momento resultó de lo más adecuado. Además, me ayuda a entender algo de sus actitudes con la vida y con su pareja.

DE PARQUEOS Y TRABAJO

Al morir mi papá, le dejó a mi mamá como herencia una hipoteca a medio pagar, nueve años de matrimonio y cuatro niñas. Mi mamá no trabajaba. En esos momentos no tenía tiempo para eso.  Sus hijas llegamos al mundo como niños que resbalan en tobogán: rápido, una tras otra; con mucha alegría pero poca planificación.  Una bebita no había aprendido a caminar y mi mamá ya estaba con dolores de parto  ante el inminente nacimiento de la próxima. Eran tiempos felices, hasta que mi papá murió.  Fue entonces cuando se complicaron las cosas.
  Sin embargo, mi papá también le dejó un parqueo.
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A mediados del año setenta y cinco llegó mi papá una noche con la novedad de que le alquilaban un predio en la zona 1, cerca del IGSS. Enfrente estaban construyendo el edificio de finanzas. Mi papá planeaba usar el predio para poner un negocio de parqueo.  A mi mamá la idea no terminaba de parecerle, concluir esas obras toma varios gobiernos. A ella la frenaba la incertidumbre de cuando arrancaría el flujo de visitas al sector. A él lo entusiasmaba la fe de que ese día tendría que llegar. Prevaleció la fe de mi papá en el proyecto. Sin mucho análisis, alquilaron el predio.
En la madrugada del 4 de febrero de 1976 Guatemala despertó bruscamente ante la fuerte sacudida que le dio el terremoto. Fue a todas luces una tragedia para el país. Sin saberlo mis papás, para ellos fue un acontecimiento beneficioso.- ¡Qué pena escribirlo!- pero así fue. Las instalaciones donde funcionaba finanzas se dañaron tanto por el sismo que el gobierno no tuvo más remedio que trabajar a toda máquina  en la construcción del nuevo edificio. En enero del año siguiente –a medias– empezó  a operar.   Y el parqueo de mi papá, bautizado con el nombre de “Centro Cívico” prosperaba  al ritmo de las prisas del ministerio de Finanzas. Para el año setenta y ocho el sector era una metrópoli en la que se celebraban transacciones de todo tipo. El parqueo manejado por la energía de mi papá y el orden impecable de mi mamá empezaba a ser buen negocio. Poco vio mi papá esa incipiente bonanza. Murió el 21 de mayo del mismo año.
En medio de la tragedia y las tristezas, el parqueo nos daba de comer.  Mi mamá siguió manejándolo y trabajando como secretaria a la vez. Un buen día, decidió que me tocaba ayudarla. En las vacaciones del ochenta y dos,  sin más preámbulo que la autoridad de su voz, me informó que yo trabajaría todas las mañanas en la caseta del parqueo. Su único discurso fue: “Tenés que aprender a cobrar”.   Lesbia, la encargada, me enseñaría como. En aquellos tiempos, no existían esos robots que escupen y tragan tickets, tampoco las computadoras que hacen todo el trabajo.  Nuestro sistema era de tickets de imprenta –numerados– que se marcaban con un reloj a la hora de llegar el vehículo, y de nuevo a la hora en que se retiraba. El cálculo de la tarifa lo hacía la cabeza de Lesbia. En cuestión de días,  aprendí a hacerlo. Para entonces yo tenía trece años. Muy grande –según yo– para ir a  curso de vacaciones, y muy pequeña –según mis abuelos–  para trabajar empacando regalos en Paiz.
Mi mamá me dejaba en el parqueo a las siete y media.  Temprano llegaban algunos clientes fijos – de los que pagaban por mes–.  El avanzar de  la mañana aceleraba la frecuencia con la que entraban los carros.  A las nueve, Tomás, el muchacho encargado de acomodar y mover carros, zumbaba de un lado a otro sin respiro. Después el ritmo se tranquilizaba un poco.  Siempre había movimiento. A medio día arrancaba de nuevo la locura, los carros salían uno tras otro. Se ponía a prueba la destreza mental de Lesbia y también la mía. Todos querían pagar al mismo tiempo para retirarse cuanto antes.
El cálculo y control de las tarifas los aprendí rápido. Estoy segura: Hubo víctimas a quienes cobré de más, y afortunados que me pagaron menos. Mi instrucción la complementaba mi mamá en la noche. Me enseñó a hacer los cortes diarios. Además de mi asistencia diaria al parqueo, en la noche debía anotar los registros del día en grandes libros de columnas empastados. Entre tickets, monedas y los libros aprendía a trabajar.
Fueron unas vacaciones inolvidables.  Tomás me enseñó a mover carros. Todavía no sabía manejar. Pero este piloto que era de los seres más imprudentes que he conocido, no pudo decirme que no cuando le pedí que me enseñara. Todo el tiempo estaba riéndose. No pasé de manejar en primera o de retroceso, muy despacio. Pero aprendí a acomodar los carros y me volví experta en  la extraña lógica que tenía la mente de Tomás para maximizar el espacio.
No todo era trabajo. Tuve muchas horas de conversación con Lesbia. Era escandalosa, amable y  cariñosa. Me trataba como que tuviera más de los trece años que tenía yo entonces.  Los clientes la querían y me enseñó a platicarles mientras eran atendidos. En cuestión de semanas llegué a conocer a los clientes recurrentes y un poco de sus vidas. Conocí otras gentes y otro mundo. Lesbia era evangélica. Durante los primeros días me platicaba sobre el Nuevo Testamento. Yo conocía el Antiguo. Lesbia y yo intercambiábamos historias. En  cuestión de días nos aburrimos de las Escrituras.  Fue entonces que Lesbia empezó a instruirme en otros temas. Era supersticiosa. Conocí muchas leyendas urbanas, divertidas. Con el diario convivir llegó la confianza.  Empezó a hablarme de cosas que yo todavía no debía saber, cosas de gente grande.
En el colegio había aprendido el proceso biológico de como se reproducen los seres humanos. Lesbia me instruyó sobre los métodos de manufactura usados por las parejas para producir bebés. Ella y su conviviente Santiago eran expertos. No sé que estaba pensando esta buena mujer al hablarle de intimidades conyugales a una niña. Yo la escuchaba con  los ojos redondos como platos, las cejar arqueadas y la boca cerrada. Años después supe que estaba obsesionada, porque no podía tener hijos. Nunca los tuvo.  Un día llegó con el brazo golpeado. Cuando le pregunté, me contestó con serenidad que Santiago se había enojado. No hablé. Mi expresión de incredulidad y susto hizo las preguntas. Me respondió que los hombres les pegan a sus mujeres porque las aman. Nunca olvidaré  su brazo con moretes, ni esa absurda y triste explicación. Conocí a Santiago, llegó a verla. Todo él era amores y arrumacos para con Lesbia. Mis ojos de plato se congelaron al verlo. Solo le dije Hola y Adiós. En mi universo esa calidad de amor no existe. Nunca imaginé que en otros mundos existiera. Esa fue otra lección.
Esas vacaciones aprendí muchas cosas, sobre todo  a trabajar, y me gustó hacerlo. Descubrí el lenguaje del comercio, me lo enseñó mi mamá. La excelencia en servicio y atención al cliente fue lección de Lesbia. El loco Tomás, por su parte, me instruyó en procesos y operaciones. Aprendí desde entonces, a calcular el punto de equilibrio del parqueo. Sabía calcular cuantos minutos al mes debía estar ocupado el espacio para cubrir los costos fijos. Aprendí que los negocios se cuidan,  a valorar el trabajo de mi mamá y a agradecer el entusiasmo que tuvo mi papá. Supe el significado de las palabras güizache, procurador y mordida. Conocí gente de todo tipo de profesiones, oficios y vidas. También aprendí sobre carros arrancados con conexión directa  y a reconocer un clutch sobado. Trabajé con una mujer dulce que se dejaba golpear porque así se sentía amada. También con un fanfarrón que después de las 6 de la tarde abría de nuevo el parqueo y lo convertía en negocio propio. Sin tickets ni reloj El Centro Cívico era operado por y para Tomás. Eso lo supimos años después.
 Mi trabajo en la cabina del parqueo terminó con el año. Mi último día fue antes de Navidad. Los libros seguí llevándolos durante algunos años. Como buena adolescente a veces me quejaba y otras me atrasaba. Pero, como para mi mamá no existen las excusas, de una manera u otra yo sacaba la tarea. Con el tiempo me relevó mi hermana Anaí.
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Una tarde a mediados del año noventa y cuatro, recibí una llamada de mi mamá. Me contó que no le habían renovado el contrato de arrendamiento del parqueo. El 30 de septiembre sería el último día de nuestro negocio.  El espacio de parqueo siempre tendrá demanda. Había surgido competencia. Parqueos con tecnología, más grandes y pavimentados empezaron a aparecer en los alrededores. En estos, no es necesario dejar las llaves a merced de un loco Tomás. Los mejores días de nuestro parqueo habían quedado atrás.  Lesbia y Santiago se fueron de mojados a Estados Unidos. El volado de Tomás había matado a un hombre y se fue preso. Después supimos que se escapó.
Los días volaron y llegó el final. Mi mamá me pidió que fuera yo a cerrar nuestro último día del negocio. Me tocó entregar las llaves al nuevo inquilino. Para mi sorpresa, lo conozco. Cuando estuve en la Universidad este individuo llevaba dos años de cursar tercer semestre en la facultad de derecho. Me vio llorar. Yo estaba incómoda pero no pude evitarlo. Me veía con curiosidad. No entendió que lloraba de agradecimiento. La verdad es que no podía entender nada. No sabía de mis vacaciones de años atrás y de lo que aprendí en ellas. No conoce nuestra historia.
 No se imaginó mi papá hace tanto tiempo, que gracias a su entusiasmo mi experiencia laboral empezaría siendo niña. De extraña manera, juntos, mis papas me enseñaron a trabajar.   Es una destreza útil, por si me visitan terremotos, muertes o cosas así.

CUMPLEAÑOS DE MI PAPÁ

18 de Octubre, 2012

Hoy es el cumpleaños de mi papá. Cumpliría 66 años, se fue hace 34. Los recuerdos  son los encargados del buen vivir de nuestros muertos. Mantener a mi papá entre nosotros ha sido para mí una feliz misión.  Hay mucho de él en cada una de sus hijas. Sin él haberlo imaginado cuando vivía, su cosecha de nietos fue abundante. Son 8 niños de todos tamaños, colores y sabores.  Algunos heredaron sus mismos intereses, otros tienen sus rasgos físicos.  Cada uno lleva algo suyo. Por eso se siente, aunque sea un poquito, su presencia. Me gusta pensar que hoy en el cielo de los abuelitos, su mamá le hizo un pastel. Junto a sus papás  y en compañía de sus suegros lo está celebrando a lo grande.
 ¡Feliz cumpleaños Papi! se te ama y recuerda en abundancia. Siempre, cómo que te hubiéramos visto ayer.

KIN DE ORO

En 1978, algún día de algún mes,  este fue el editorial del boletín de la AGPG.  Era un homenaje póstumo a mi papá. Su muerte reciente todavía resultaba increíble. El tema central de la edición era el Kin de Oro, que se llamó “Kin de Oro en Memoria de Edwin Serra.”   
La campaña publicitaria que ganó, creo,  fue de canal 11, aquella de la “Mengala Chapina”. Pocos la recordamos, fue  hace 34 años. 
Eran otros tiempos. Las fronteras del territorio  televisivo aún no habían sido desdibujadas por el cable y la globalización.  Todo era más simple: 4 canales, un solo idioma. La Gata Loca, con un ladrillazo sacudiendo su cabeza, abría la transmisión de algún canal a medio día y a las 12 de la noche las estaciones de TV también se iban a dormir. Ni mejores ni peores, simplemente otros tiempos.
Recordar cómo era la vida cotidiana es una celebración del camino recorrido. Recordar a los que ya no están es una medida desesperada por mantenerlos vivos.
Una persona querida me dice que de vez en cuando hay que darse permiso de sentir.   A veces se vale sentir nostalgia, ¿o no?  De la buena, después de todo es un privilegio compartir un mensaje publicado para mi papá después de tanto tiempo. Es renovar el homenaje.

SANTA TERESA DE ÁVILA

16 de octubre, 2012

Ayer recordamos a Santa Teresa de Avila. Por tradición veneramos su santidad. Por convicción admiro su humanidad. Teresa de Avila vivió en una época en la que el cerebro femenino y su capacidad  eran seriamente cuestionados. Las mujeres no podían opinar, ellas mismas desconocían su voluntad. Teresa desafió todo prejuicio. Fue determinada, entusiasta y poseedora de un espíritu a prueba de rechazos. Despectivamente la llamaban “mujer inquieta y andariega”. Benditas sean su inquietud y sus andanzas.  Gracias a su voluntad de hierro  transformó su entorno espiritual. Su visión, misticismo y fe han trascendido  durante 500 años. En mi Ipod, tengo su poema “Nada te turbe”, cada vez que la necesito, Santa Teresa me recuerda que Dios no se muda.