ME LO ADVIRTIERON

Es viernes. Me gusta salir temprano de la oficina para llegar a pasar un buen rato con mis hijos.  Hoy en la tarde no pude.  En la mañana había quedado con mi hijo de quince años, vendría temprano. Él había invitado a un grupo de amigos a pasar la tarde y yo estaríaen casa para darles refacción. Me encanta que mis hijos inviten a sus amigos a la casa.  Pero como con los adolescentes no hay certezas que perduren más de una hora, hubo cambio de planes. Él se fue a casa de un amigo antes de que yo pudiera regresar.   Su hermano, que está en exámenes de la U,  fue a estudiar a casa de una amiga.
Todavía había sol cuando regresé, eran las seis de la tarde. Me saludó nuestra mascota Blitz,  un cachorro Huskey Siberiano que nos trae de cabeza a los cuatro. Lo hizo con movimiento de cola y muchos brincos.   Un saludo de alegría como el suyo siempre es bienvenido.  Jugué con él un rato hasta que algo mejor llamó su atención.
Entré a la casa y lo sentí, el silencio me invadió con fuerza, podía respirarlo. 
Cuando regreso de trabajar  suelo escuchar música de adolescente, o conversaciones de esas en las que los niños pareciera que pelean. Son generosos para insultarse, no importan las llamadas de atención. Lo curioso es que no están peleando, están platicando.  
Hoy no fue así. El silencio llegó acompañado de una profunda soledad.  No hay tragedia en mi tarde vacía, de hecho no es la primera vez que encuentro la casa sin hijos. Pero esta tarde lo sentí más que nunca.
Pude ver, con extraña claridad, el paso del tiempo en nuestra vida familiar.  Muy atrás quedaron las tardes de piñata, partidos de fútbol, o  maratón de clases extracurriculares. Ya no hay cursos de vacaciones ni tardes de Mc Donald´s. En todo caso, si van no me invitan. Mis hijos ya no son niños que se mueven al ritmo de su mamá. Son independientes en cuanto a planes e iniciativas. Como para todos los jóvenes, su opinión es la única importante a la hora de planificar. Está bien que sea así. En el lenguaje de la psicología, a ese proceder le llaman autonomía. La van a necesitar para conducirse con asertividad en la vida. Entonces ¿Por qué me duele tanto? El crecer de mis hijos ha sido para mí un proceso difícil de llevar. Chambona yo. Me provoca nostalgia. Dice su padre que eso de sentir nostalgia no es bueno. Yo la padezco de vez en cuando y hoy viene acompañada de un recuerdo.
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Adrián, el pequeño de mis hijos, tendría seis años, Javier nueve. Fue una tarde de aquellas en que las horas no alcanzan. Los recogí en el colegio y empezó nuestra ajetreada y típica tarde. Javier a clases de música, Adrián a natación. Me llamaban de la oficina, el tráfico impedía avanzar a mi ritmo y ellos querían comer. Javier necesitaba materiales y tiempo de su mamá para un proyecto. Lo tenía que presentar al día siguiente. Me sentía agobiada. Corría con ambos de un lado a otro. En la clase de natación, que Adrián tomaba en el sitio de siempre, me encontré a Carolina, mi amiga de gimnasio. Me vio aturdida y observaba como yo, con impaciencia, ayudaba a mi hijo a ponerse la calzoneta y sus goggles. Adrián jugaba, se reía y corría por el vestidor. La exasperación subía con rapidez en mi entendimiento, no teníamos tiempo. Como si quisiera cortar la escena,  Carolina habló:
Se acaba sabes. Esto –dijo señalando a mi hijo dando vueltas– se va muy rápido. Un día te das cuenta de que tus hijos ya no necesitan de ti tanto como tú de ellos. Y te va doler un poco.  Las horas de niños se quedan vacías y tú vas a buscar excusas para que te necesiten.  Aunque te sobre el tiempo para dedicarlo a otras cosas, vas a añorar que te falte por dedicarlo a tus hijos. No corrás, disfrutalos. Abrazalos y besuquealos todo lo que querrás. Eso también pasa, ya no se dejan querer.– y abrazó a Adrián.
Terminé mi tarde de niños, tareas escolares y compras, exhausta.  Carolina y sus palabras resonaban sin mucho volumen en mi mente.
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Carol sigue siendo mi amiga de gimnasio. Ya es abuela. Aquella tarde, sus hijos eran adolescentes independientes, hoy ya tienen familia. Es inevitable. Puse música y escribo esto. Después me sentaré en compañía de un buen libro a esperar que mis hijos den señales de vida. Javier me contará sus planes. Al menos eso espero.  Adrián girará instrucciones precisas respecto a la hora en la que quiere que lo recojamos. Su papá tampoco está. Hoy empiezan los convivios de trabajo para él.  
Sí, hoy me queda grande la soledad. No debería ser así, si yo ya lo sabía. Me lo advirtieron.               

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