De muerte, vida y nuevos años

La primera navidad sin él fue la del 78. Su muerte era una escaldadura imposible aún, ocho meses no son nada cuando se trata de una herida irreversible. Cada una la padecía a su manera y nadie invitaba a nadie a conocer cómo le sucedía el dolor. Restregábamos la herida en silencio, en privado. Cada día ardía un nuevo íntimo infierno.

Soy la mayor. Tenía nueve años y una furia digna de una vieja de sesenta. He visto mujeres de sesenta desarmar habitaciones de pura furia. Pronto, muy pronto, seré una de ellas. No soy proclive a la furia, pero a los nueve años la vida me llenó el cuerpo y cada uno de sus días de formas variopintas de furia. Mis hermanas, tres niñas más, tres mocosas de siete, seis y dos años, tenían su propia versión, estoy segura. 

Tantos años después, a veces hablamos al respecto con la hermana que me sigue. Somos las mayores, las que lo acompañábamos en la lancha, las que sobrevivimos el accidente. Cuando vuelve ese modo irracional de no aceptación a consumirme, todavía me asombra haber salido con vida. 

 

En las manos, como si fuera el fantasma de una dama, aquella Navidad llevaba vacíos y novedades. La novedad pueril fue que el dichoso Santa también murió en el accidente. No lo vi en la lancha, tampoco en el mar y tampoco vi su cadáver en la arena o su ataúd en la funeraria. Pero así se dieron los acontecimientos, muerte doble, muerte triple, muerte infinita. No tuvieron suficiente fantasía los adultos protectores aún vivos para explicar el asunto. Colocaron sobre mis hombros la responsabilidad de guardar el secreto a mis pequeñas hermanas, como si yo no necesitara un tiempito más antes de llenarme de realidad.

El Santa que habitaba a mi papá era pura fiesta. Ha de haber gastado su aguinaldo completo, mi padre-Santa Clos en los regalos, juguetes y muñecas y muchas moñas debajo de un árbol que en aquel entonces era una enormidad. De las ocho navidades que lo tuve, puedo dar cuenta de cuatro. La última la conservo con tanto detalle que se me antoja un poco siniestro.

 

La primera Navidad sin ellos, el padre y el Santa o el Padre-Santa, no hubo tal fiesta. Recibimos cada una un regalo significativo y simple, maravilloso en su propia esencia, pero diferente. Mi madre hizo lo que pudo. Los regalos, por supuesto, fueron lo de menos. Lo que convirtió en plomo el aire fue el silencio, la ausencia, la carencia de su entusiasmo enternecedor, las medidas desesperadas y torpes de los adultos cercanos por amansar el desánimo.  El sitio vacío en la mesa. Su sitio sin plato ni servilleta. Recuerdo que mi tristeza se disfrazaba de enojo, de rebeldía y el llanto fue tan intenso que desembocó en nausea y terminó en vómito. Algo le cayó mal a la niña. No podría estar más de acuerdo, la muerte la descompuso.

 

Escribo esto para desmadejar el cambio en el ambiente entre Navidad con él y Navidad sin él. Los lugares fueron los mismos: casa de los abuelos paternos temprano, casa de los abuelos maternos al final del día hasta la medianoche. Y aunque los escenarios eran los mismos lugares seguros, la luz era distinta, llevaba colocadas sombras en cada esquina. Los dulces no provocaban ni oleadas de energía descontrolada ni ese gozo que daban las golosinas que solo nos podíamos permitir en esa época. Los cuetes y ametralladoras ya no eran los juguetes de mi papá, eran el sonido de una guerra contra lo inaceptable. Tapaba mis oídos con desesperación ante la mirada burlona de mis primos guerreros.  Y todo fue más frío. Los abrazos, las palabras, la música, los alimentos, hasta la convivencia infantil que normalmente estaba impregnada de la ilusión cascabelera que solo existe ese día.  

Mi abuelo materno, el cocinero del pavo, el líder del festín, el hombre cariñoso y abnegado se veía distante, un holograma.  No sentía su calidez y presencia. Tampoco recuerdo haber estado, como siempre lo hacía, muy cerca de él.

 

La Navidad, el inicio del siguiente año, y de muchos que fueron llegando, sobre todo los de la adolescencia, están marcados en la memoria por un enojo macerado. La vida y sus iluminados acontecimientos fueron amansando la furia. Aquello se convirtió en una vieja nostalgia que fue cobrando dignidad con la muerte de cada abuelo y cada uno de los tíos que ya hoy no están. 

 

A veces pienso que estuve a muy poco de convertirme en una niña amargada. O quizás lo fui y si escribo esto es porque, de alguna manera, la niña iracunda aún se rebela.  Para muestra este texto. Empecé a escribirlo el reciente 23 de diciembre, un mal día. Y no fui capaz de terminar de escribirlo. Estaba una vez más enojada. O triste. No me gusta, a veces, admitir la tristeza.

 

Esta tarde, casi un mes después, me sorprendí embelesada viendo la fotografía que tengo prendida en el tablero de mi escritorio. Mis papás, patojos y bellos me observan desde un soleado jardín llamándome al orden. Pantalones acampanados, lentes oscuros enormes, algo de hippies, absurdamente jóvenes. Mis padres me entregan desde la imagen la corta inmensa vida de él, la larga y difícil vida de ella. Tal vez el enojo no es lo que corresponde, tal vez lo que necesito es dar las gracias a ambos. A él por la fiesta que inventó cada navidad de las que estuvo, por la intensidad de nuestra breve convivencia, por su sangre y mirada. A ella por la vida ordenada que construyó después para nosotras. A ambos por lo que juntos logramos vivir durante nueve espectaculares años. 

3 comentarios sobre “De muerte, vida y nuevos años

  1. Un texto profundamente conmovedor y honesto. La memoria aquí no idealiza: duele, arde, se enoja y, aun así, agradece. La pérdida atraviesa la infancia y transforma la Navidad, el silencio, los gestos mínimos, pero también deja una herencia de intensidad, amor y resistencia. Es un relato que dignifica el dolor sin negarlo y que, con el paso del tiempo, encuentra en la gratitud una forma serena de reconciliación con la ausencia.

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