Otras alegrías

Las otras alegrías, quedarte con ellas o permanecer en ellas.

Grabar dentro de su imagen lo que fuiste cuando sucedieron, lo que sentiste mientras duraron.

Crearles una rúbrica a donde volver, convertirlas en asidero.

A las otras alegrías, aunque hoy sean solo el recuerdo de coincidencias inesperadas y silenciosa certidumbre, construirles un íntimo altar.

Algo así.

#enpocaspalabras

Viejo pergamino

El cuaderno de los poemas felices, mi viejo pergamino de tiempos salvajes, guarda en su cuerpo el recuento de una juventud que hoy parece historia de otra vida. Hilvana un tiempo de intensa inquietud. Leerlo es como navegar misterios. Es viajar a otras eras o a extraños planetas. El tiempo y la cadencia de los sucesos se sienten ajenos. Incluso el paisaje parece lejano.

Tanta vida se ha gastado desde entonces. Tanta piel ha migrado.

Más allá de la sensación de aparente distancia, subyace una inmensa verdad.

Alguna vez existieron jóvenes con hambre de mundo y de vida, con un apetito jovial y voraz. De aquellas chicas y chicos quedan retazos de memoria, tatuajes invisibles, imágenes sepia, la complicidad del silencio. Secretos discretos. Música interior. Miles de palabras, algunas escritas. Y a veces prodigios, regalos del pasado aún con sangre y corazón.

Porque, como si de un conjuro se tratara, emergen iluminados y completos desde historias sólidas en recuerdos.

Y no llegan en vano. Reviven y sacuden un presente que se quiebra. Ponen orden en cúmulos de años cansados. Dejan un toque de esperanza. A su paso, queda el gran umbral abierto de nuevo.

Al final del día, el cuaderno es un poderoso símbolo, una reliquia conservada a buen resguardo. Cuando el tiempo así lo dicte, por el andar de la pena o por el desasosiego, sus páginas cobrarán de nuevo carácter de talismán.

 Y ahí estará la joven, intacta, aguardando a ser invocada para volver con la lumbre de su historia a iluminar los días ocaso.

Y volverán también los demás, como fantasmas, con sus cuerpos jóvenes y sus sueños aún de pie. Volverán en el recuerdo, gracias al viejo cuaderno.

Manual de procedimientos familiar o de cómo aprendí a trabajar

La celebración del Día del Trabajo tiene un origen triste. Muchos de los que participaron en la huelga del 1 de mayo de 1886 en Chicago fueron condenados, algunos a muerte. Es escandalosamente incomprensible.

Pero más allá del origen del asueto, el trabajo se celebra y se agradece. Mi primer empleo fue cuando tenía 13 años, en un parqueo del Centro Cívico. Nada heroico, una mañana mi mamá simplemente me avisó que trabajaría ahí durante las vacaciones.

—Tenés que aprender a trabajar— dijo, su sentencia resultó ser uno de los mejores regalos que me ha dado.

Todos los días, mi madre me colocaba en la caseta-oficinita a las 7 de la mañana. La encargada de la caja se llamaba Lesbia, ella sería mi mentora. En aquella época, la mente y el tiempo eran las máquinas. Debía aprender a usar el reloj marcador, a dar y recibir los tickets, a troquelarlos y a calcular tarifas. A cobrar y dar vuelto. Aún no existía la automatización servil de las computadoras.

Me gustaba mi trabajo.

Tuvo gracia colateral. Aunque no fuera parte del perfil de mi puesto, también aprendí a encender, mover y estacionar carros. Resignado ante mi insistencia, Tomás, el encargado, no tuvo más remedio que enseñarme. Manejar carros ajenos a esa edad fue aventura.

A pesar de lo poco común, mi primer empleo como vacacionista es inolvidable. Ejercité de ida y de vuelta el cálculo mental, entendí lo que se gestaba en la Torre de Finanzas, lo que sudan los imparables procuradores y entre chismes de barrio, me enteré de algunas oscuridades que sucedían en Torre de Tribunales. Pregunté y pregunté y pregunté. Conocí gente diferente de todas las edades.

Aprendí, ante todo, a encontrar gozo en el trabajo. Mi mamá me dio la oportunidad, el ejemplo, mejor aún, colocó el hábito en nuestros genes.

Sí. La mística que subyace en el trabajo la grabó mi madre con contundencia en el manual de procedimientos familiar.

Desde estas décadas observo aquella vida de niña que dejaba de serlo. La experiencia en la caseta del parqueo me hizo sentir parte de otra dinámica, útil, hasta importante. Marcó un antes y un después. Definió que el rito del trabajo diario sería siempre mi camino.

Después vinieron los trabajos de vacaciones tradicionales: empaqué regalos, di clases a pequeñitos en cursos de vacaciones, fui asistente de una tutora de niños terremoto, vendí galletas. Pero mi trabajo en el parqueo será siempre favorito. Un recuerdo que hace bien.

SABOR A DICIEMBRE

Llega con cierto tipo de miedo tomado de la mano, aunque se trate de un acto cotidiano. Un ritual culinario practicado durante décadas, sobre todo en esta época, en estas circunstancias, suele llegar acompañado de fantasmas.

Por sencillo que sea, es capaz de colocar sobre la mesa de la cocina pedazos de pasado, trozos de vida que marcaron para siempre o desviaron la ruta del destino. A diferencia de años anteriores, sin embargo, este diciembre no alimentó la nostalgia hasta convertirla en una criatura inmanejable.

Llegó suave, su ruido quedito, trajo nuevos brillos al sentido de identidad, casi un regalo. Ha de ser porque este año fue intenso de por sí. No hubo necesidad de ver cara a cara las tragedias del pasado porque este año tuvo las propias. O quizás es un tema de distancia y madurez.

Envejecer no borra los dolores irresueltos, acaso los viste distinto. Pule sus esquinas para que no corten. Ya no se deja tirada la paz en el afán de descubrir respuestas que quizás no existen.

Las pérdidas reposan en la historia personal, observan sin reclamo. Nada más.

Si escribo sobre la cocina es porque en pocos sitios encuentro el sosiego que encuentro ahí. Aunque sea mes de nostalgia, Diciembre es mes de horno. Un ritual del presente que exorciza al pasado. He hecho la misma variedad de galletas desde que era niña. El cuaderno lleva mi caligrafía infantil con el entusiasmo infantil y los sueños también infantiles que me gobernaban cuando lo empecé a los diez años. También guarda a mi abuela en vida. Su caligrafía y correcciones, su receta de las galletas de mosh, su manera de formarme parecida a ella sin que ninguna de las dos lo supiera entonces.

Soy la mamá-tía de las galletas, como fui la hermana y la hija de las galletas. Algún día, espero ser la abuela de las galletas.

El sabor de cada una es un viaje absoluto a mi condición de niña. Tan real como el medio siglo que reposa en mi espalda. El aroma a mantequilla trae imágenes claras y profundas de una muchachita experimentando en una cocina pequeñísima de los años ´80. Entonces, la forma de cada galleta era una aventura dispareja, una danza de prueba y error.  El paso de los diciembres por mi mente y por mis manos fue maestro constante.

En los paisajes de la pubertad, la adolescente en que me había convertido era hábil y creativa, atrevida para probar novedades, audaz para continuar su autoaprendizaje. Las galletas dieron paso a otras extravagancias, a complejos pasteles, postres clásicos y hasta inventos descabellados. Pero el cuaderno que ahora mismo sostengo en mis manos fue el primer umbral. Una puerta abierta con moldecitos y colorantes.

Y aquí me veo, tantos años después, con el mismo cuadernito y los mismos secretos, horneando tandas de galletas con maple y pecanas y nuez y chocolate, con almendra o jengibre, con la piel impregnada de olor a mantequilla con azúcar y una historia de idas y venidas a continentes emotivos como todos y como nadie.

Cada creación es un homenaje a lo que sembramos en la infancia. Mi cuaderno cuenta una historia en cada receta. Sus páginas manuscritas guardan fantasmas. Los mejores fantasmas.

Carta al Club

Amigas, las extraño mucho. Veo los libros en mi caótica cueva y siento una nube que me sube de la panza a la boca, como un antojo de llanto. Extraño nuestro espacio en Sophos, a Liz a Esperancita a Mynor. Extraño el trío de hummus, el fresquito de maracuyá con cardamomo. Muero por comer pie de pera con chocolate pero ahí, con ustedes.

Extraño la bullita que flota en el salón cuando todas hablamos al mismo tiempo y Mirna nos mira con paciente sonrisa. Y es que si de buena lectura se trata hay tanto que decir, añoro eso especialmente, hablar de libros alrededor de una mesa. La pantalla es un remedio temporal. Pero este temporal se ha hecho eterno, tanto, que duele algo muy adentro, casi en el corazón, en todas las tripas.

Me hace falta la sensación de pertenencia a una tribu en la que, finalmente, la vida me regaló mujeres con quienes tengo tanto en común.

Siento soledad literaria y es curioso, porque en realidad leer es un ritual solitario. Pero ustedes con su luz y su agudeza mental y sus corazones inmensos y su sabiduría de mujer que lee lo convierten en ceremonia, en viaje, en sublime aprendizaje.

La experiencia crece y se eleva cuando un libro se lee para compartirlo, cuando de forma casi mágica coincidimos en tanto. Y hace falta el crecimiento multiplicado que se siente en el ambiente de la librería. Sophos huele a muchos libros. Hace cuánto no compartimos su aroma.

Las fotos que asoman en redes sociales, furtivas, en formato recuerdo, no hacen más que atizar la añoranza.

De verdad, qué falta hace el club en compañía física, qué falta los abrazos y los brindis, qué falta el sonido de una página dando paso a la siguiente.

Gracias por tanto. Pues bueno, ya me desahogué. Me hacen mucha falta. Les mando miles de abrazos.

En enero, ¿vamos a regresar al salón? ¿Será que ya podremos? ¿Será? ¿Qué dicen? Mascarillas y distanciamiento y todo de todo. Pruebas de Covid, incluso. ¿Qué piensan?

DESCALZAS

Sentadas en la alfombra
descalzas
mi amiga hermana y yo
desciframos canciones

quince años
        tal vez dieciséis.

Imagen fundamental
sostén de la alegría
un amuleto en la memoria.

Los 80’s, de viejo siglo
sus días inolvidables.
                  
No había tregua para el toca cintas.
Stop, rewind, forward
para adelante y para atrás, el cassette
hasta sacar todas las palabras de su corazón
hasta hacerlo temblar.
 
Cada frase de cada estrofa
desentrañada interpretada devorada
tantas canciones convertidas en papel
hoja tamaño carta
en líneas
caligrafía meticulosa.
 
Cartapacio Monte María
recordadas hasta esta noche
hasta mañana, Toda la vida.
 
Largas horas
de tardes enteras
memorizando letras
nuestras canciones del alma.
 
Y casi todas, siempre 
canciones del alma.

El cartapacio
la alfombra
amiga hermana, cuánto te extraño...
 
I can’t fight this feeling any longer
aquel amor primero, desgarrador.
 
When I was young 
it seemed that life was so wonderful
los permisos, cruelmente dosificados.
 
Ahora es instantáneo.
Spotify o Deezer o lo que sea
desconocidos entonces
espiaban, como agentes secretos del futuro
y copiaron nuestras notas
de música adolescente.
 
Like a Virgin, touched for the very first time
un corte de cabello, casi salvaje.
 
Pequeña amante, dieciséis años son tan pocos
sábados de sol, baladas de amor.  

El gozo y el logro
el vínculo irrompible
y el tiempo soñando
                             descalzas
 
permanecen nuestros
íntimos, profundos
no hay fenómeno digital
que los sepa regalar.

               Amiga hermana, cuánto te extraño...


			

Con pasión sostenida

Recuerdo el último con lucidez inusual. Ciertos eventos permanecen dentro de la psique en una región siempre cercana, a pesar de su posición distante en la línea de mi tiempo.

Lo fumé con premeditada parsimonia. Mantuve los ojos cerrados casi todo el rato, como si observara párpado adentro lo que dejaba ir. Aquello que perdía era placer en estado puro. Vivía la etapa juvenil del descubrimiento permanente. Aún medía los rostros del mundo, placer y dolor y opciones. La piel y los sentidos conocían sus mejores amaneceres.

Cada jalón fue un beso de despedida, besos con pasión sostenida, cada golpe un hasta nunca. Un ritual celebrado con plena conciencia. Fue en un balcón abarrotado por pura soledad. Era de noche y hacía silencio.

Han pasado casi 30 años desde aquel último cigarro. Por fortuna, la vida se desmadejó sin humo, una victoria.

Lo mismo necesito hacer con el chocolate pandemia. Su dulzura me trae por la calle de la amargura, ha construido dunas imposibles en mis caderas. Me pierdo en el vicio cíclico de temblar por él, hacerle un amor devorador y odiarlo después del encuentro.

Busco, como entonces, tomar las riendas. Para darle el beso de despedida, un beso último, necesito un balcón, una noche de silencio y a la joven que sabía celebrar ritos de paso con resolución absoluta.

Sin embargo, a ella no la encuentro, ni siquiera sé dónde enterré sus cenizas.

Esta nueva encrucijada me vuelve la mirada hacia atrás. Pienso en el camino transitado, en los varios rostros del mundo ya medidos y descubro una metáfora en el dilema trivial del chocolate. Su capacidad de dominio ilumina pérdidas ocultas en esquinas convenientemente oscuras.

Aunque se lea absurdo.

Ciertos eventos permanecen dentro de la psique en una región siempre cercana. Sobre todo, si el fantasma favorito de quien fuimos es protagonista.

Qué dolor, qué dolor, qué pena

Durante los primeros encuentros que tuve con la poesía, en el fantástico planeta de mi infancia, conocí una ronda que confundí con poema.

Estaba en un libro muy viejo empastado con cuero rojo,
“El libro de oro de los niños” se llamaba.

Tenía ilustraciones clásicas, bastante texto y un olor a generación de antes.

Ni idea de quién era el dueño, tampoco recuerdo cómo llegó a las tempraneras lecturas de aquel mundo mínimo. Asoma a veces en la bruma memoria la casa de mis abuelos maternos. 

Mambrú se fue a la guerra, leí, en vocecita alta, con  sonido a sílaba golpeada de lectora primeriza y un dedo índice del tamaño de un hisopo, saltando sobre las palabras. Voz y dedito, fueron herramientas indispensables en las aventuras primeras sobre el misterio de la lectura.

“Mambrú se fue a la guerra
qué dolor qué dolor qué pena…”

De verdad sentí un golpe en algún sitio de mi pequeñísimo cuerpo. La guerra, había aprendido, es algo terrible. Un triste absurdo que se repite.

Años pasaron antes de escuchar la ronda completa en un tocacintas. Aunque tenía melodía, no alivianaba las batallas, no le quitaba la tristeza.

Tuve otros encuentros poéticos con naranjas y patos y campanas. Por su naturaleza infantil, eran más rimas que poemas. Pero todo gigante empieza siendo semilla.

Desde entonces, me encanta el prodigio del idioma cuando se unen las palabras con gracia.

A la otra orilla, el sitio en donde empecé a escribir mis primeras palabras con ánimo poético, llegué después. Fue otro tipo de encuentro. Sucedió también en el planeta de la niñez.

Lo escribí en una hoja de papel bond, a crayón azul. Con letra de carta, redonda, construí una edificio con fonemitas de distintas estaturas. Cada verso era un piso de mi lamento.

Olvidé las tildes en el bolsón, en ese momento gris no venían al caso.

Tenía nueve años y una tristeza mucho mayor que la de todo el reino del viejo Mambrú.

Lo escribí después de ver a mi papá, tendido, inmóvil, dentro de una caja rectangular, angosta y siniestra.

Parecía muñeco en su empaque de cartón. Ese pensamiento, esa imagen permanente, cava aún más mi agujero.

Me ha atormentado desde entonces verlo así, vulnerable y ausente, dentro de un empaque, en ese desamparo.

Con sus ojos cerrados y una corbata gris, gruesa, parecía
como si estuviera dormido. Como si después de haber regresado de la oficina, agotado, descansara sin haberse puesto la pijama.

Pero no estaba dormido.

Y a mí que algo alfabético, lingüístico, disonante,
me sucede adentro cuando la tristeza me hace enloquecer,
se me salió por la punta de los dedos y en el agua de los ojos y en la angustia de los nueve años, la necesidad de escribirle un poema a mi papá tan muerto.

“Te fuiste papá” se llamaba. y era también el rezo del primer verso.

Así empecé a escribir cositas.
Muchas son tristes,
la nostalgia se me da mejor que el entusiasmo.

Una niña que usaba las palabras para encontrar un agujero en donde meterse cuando el mundo le quedaba atroz. Esa era yo.

Esa soy yo.