Mirala largo

Hacete un favor, poné los ojos en el rostro de la luna. Mirala largo.

Si tu día ha sido duro o triste o demasiado solitario, si hoy la vida te ha abatido, la de esta noche parece farol, dejá que te procure respiro, el día rudo esta luna te lo alivia.

Si fue lindo y feliz, si llegaste al derrotero cotidiano con el alma en sonrisa, que sea broche de oro de la buena jornada.

Mirala largo, mirala tendido.

Hoy llegó divina.


			

Ritual libro

Tomarlo con ambas manos, estrecharlo contra el pecho. Tocarlo con reverencia, olerlo con amor.

Leer el libro con todas las sustancias del cuerpo, con la mente en expansión devoradora, con fervorosa atención.

Leerlo como aquella a quien le va la vida en ello.

El ritual.

De creación literaria, personajes y libertad

Si piensas que he vivido las glorias o he padecido los dolores que habitan mis relatos, si me juzgas por lo que hacen -o no- sus personajes, si crees que los textos celebrantes de la libertad -en el amor o en la vida o en la cama o en las guerras- son autobiográficos, no has comprendido aún de qué va la literatura. No soy tan valiente, ni tan intrépida ni tan completa ni tan grande. Los personajes pertenecen a otra dimensión.

Escribir ficción es un complejo acto de creación que pretende dar sentido a la realidad a partir de la fantasía. No es un simple recuento de vivencias, es más, mucho más. Hitchcock no era Norman Bates, Stephen King no es It. El Gabo no era Aureliano Buendía, Mastretta no es Emilia Sauri. Más allá de los personajes inventados, la creación literaria es un ritual sagrado de búsqueda personal. Comprender la libertad es uno de sus más profundos propósitos.

La verdadera libertad, el sueño inmenso, encuentra en la escritura un acercamiento bastante preciso. Como toda expresión artística, la escritura necesita de agudas herramientas. El ejercicio de la profunda observación, por ejemplo, también de la indagación. No olvidemos que toda disciplina artística requiere de un vehemente sentido de curiosidad.

Consciente de que nunca se deja de ser aprendiz en este arte-oficio, con esmero cuido y cultivo la imaginación, me otorgo amplias licencias para fantasear. Invento, busco, invento de nuevo. Continúo buscando. Las palabras son el fiel instrumento. Procuro pues, hilvanarlas con gracia, escribir con un amor difícil de perfilar, un profundo amor por el arte y por el lenguaje. En momentos afortunados lo logro.

Observo con detenimiento a las personas. Con suerte, por breves intensos momentos, calzo sus zapatos. Encuentro los cimientos que sostienen su experiencia, su mirada se convierte en generoso umbral.

Intento, despojada de juicios castrantes, comprender su drama. Con mucha atención y absoluto respeto observo, abierta siempre a conocer cualquier historia personal para dar sentido a la universal. Pellizco apenas.

Del ser que configuro nace un personaje. La historia que le invento no es la que vive, esa no me pertenece. La historia que le invento es una extensa exploración. Porque al final del día, la literatura celebra la condición humana, es arte y es búsqueda, anhela articular respuestas que de pronto aún no existen.

Comprenderás pues que soy pequeñita, simple y común comparada con los personajes.

Sin embargo, hay una verdad irrefutable en la creación literaria, la historia que el autor teje guarda parte de su intimidad. Nace de sus interrogantes, inquietudes, carencias y anhelos, trasciende su experiencia.

No somos los personajes, ellos son sacro instrumento de búsqueda. En diferentes planos, habitamos la misma historia.

Palabras para un mundo desarmado

Este mundo desarmado necesita poesía para denunciar lo inaudito, para nombrar al veneno, para formular remedios.

El laberinto inhabitable en el que se ha convertido nuestro mundo desarmado, clama desde todas sus entrañas al poeta. Le pide, lo reta, muestra las heridas.

Armado de palabras, de ideas iluminadoras o miradas desafiantes, con entendimiento incendiario y feroz esperanza, el poeta escribirá las rutas alternas. Preso de sentimiento trazará mapas.

Será su dominio del lenguaje el que nombre verdades frescas, puertas a la libertad. Su arrojo a prueba de repudio encontrará la llave que las abre.

La poesía, pregona el que cree, ha encontrado en episodios del pasado horizontes perdidos.

Sostenida por la pluma viva de los autores muertos, la historia lo afirma.

El poeta inconforme da a luz a la nueva conciencia. No conoce otra forma de ser. Su misión vital es transformar sintiendo con papel y tinta. De verso en verso, ama y padece.

Aunque en medio del caos que estremece a la experiencia humana olvidemos la redención que habita la palabra, este mundo desarmado precisa de poesía para reanudar la marcha.

Darlo para darse

Un par de copas de vino, de buen vino, un par, no más, encienden la voz a mi corazón, fíjate.

Canta el corazón sus amores hondos. El peso del silencio se rebela bajo el blando embrujo de un poco de vino.

Y ahí va, el muy ingenuo, prodigando amor a quien poco le importa, a quien no lo pide, a quien lo ha olvidado.

Besa con lujo de urgencia, con la miel de sus muchos años. Besa en generoso arrebato. Besa y abraza a sabiendas.

Dar amor, sabe el corazón a estas alturas, es una intrépida búsqueda de auto amor. Es darlo para darse.

Un acto que se aprende bien en las longitudes de la vida, al amparo de la ligereza del elixir, con las desconfianzas dormidas.

Se da completo con la certidumbre de que esperar reciprocidad no es el propósito. No es el caso. Se da sin alterar su inmortal soledad.

Sale de su encierro. Entrega palabras amorosas, besos, caricias. Da todo aunque el alma, sin remedio, vuelva a llorar.

Sobre “El oficio de escribir” de Carmen Matute

“La poesía fue para ambas, el refugio donde lamernos las heridas, la tabla de salvación, la casa.” Carmen Matute en el ensayo AMADA, escrito en honor a Margarita Carrera.

Son tantos los elementos cautivantes de esta libro que resulta difícil escribir esta nota en términos breves. Empiezo por lo indispensable y esencial: gracias, Carmen Matute. De nuevo su escritura me ha conmovido, me ha prodigado el placer indiscutible de la buena lectura ¡me ha instruido tanto!

Un privilegio leerla, mi gratitud es inmensa.

“EL OFICIO DE ESCRIBIR” de CARMEN MATUTE (Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias 2015), es una colección de ensayos sobre escritoras y escritores, sobre géneros literarios, artistas de otras disciplinas, sobre la vida, su gozo y su horror. Es tan evidente el profundo conocimiento de la trayectoria de los autores y de ellos mismos que Carmen logra despertar en el lector apetito de más, mucho más.

A veces, en medio del tesoro que representa aprender de cada tema desmadejado en la obra, surge un asombro incontenible por el uso que la autora da al lenguaje. Escribe una prosa tan hermosa que es necesario hacer una pausa. Respirar. Volver texto atrás y leerlo en voz alta. Es conmovedora y profunda, sostiene el hilo de su relato sin que una sola hebra quede suelta.

Leer los ensayos sobre Margarita Carrera o Luz Méndez de la Vega la convierte a una en testigo de una amistad, un respeto y una admiración tejidos sobre el manto sagrado de la poesía. Entre ellas reinaba una complicidad digna de sana envidia. Carmen hace honor a sus amigas del alma con cada uno de los laureles que se ganaron en una era en la que el oficio de escribir era campo minado para las mujeres y para quienes pensaban diferente.

Escribe con total sentimiento, desde el amor y desde la solvencia que el profundo conocimiento del oficio y de la persona otorga. También sacude emociones cuando escribe sobre Luis Alfredo Arango o Amable Sánchez Torres o Isabel Ruiz. Carmen sorprende y conmueve y conmueve y sorprende. Ejemplo de esto es el ensayo POETA DEL EXILIO. Una pieza en la que, desde los lazos poéticos y sanguíneos que los unían desde siempre, rinde un sentido y a la vez feroz homenaje a su hermano Mario René Matute.

Podría mencionar cada ensayo porque todos y cada uno abarcan importantes lecciones. El universal Pablo Neruda, Gabriela Mistral, el inmenso Alejo Carpentier, Tennessee Williams y tantos otros personajes habitan este libro, distintas ciudades son visitadas y tantos viajes al interior de la condición humana emprendidos, que antoja llamarlo un compendio esencial de sabiduría. No faltan las reflexiones sobre las denuncias que han agitado el quehacer literario en Latinoamérica, tampoco las denuncias en sí sobre crímenes ancestrales que aún suceden.

Desde el nacimiento de la poesía erótica en imprescindibles voces femeninas (Ana María Rodas, Delia Quiñónez, la misma Carmen, por mencionar algunas abordadas en el libro) hasta el Jazz y sus míticos ídolos, pasando por legendarios exploradores marinos, “El oficio de escribir” aborda tal variedad de temas que constituye una obra vital.

Resulta imperioso recomendar su lectura a todos. Sin embargo, y con urgencia escribo, para quienes vivimos en y morimos por el quehacer literario, este libro es lectura imprescindible.

Un portento su libro, Carmen, gracias por compartir sentimiento y conocimiento tan magistralmente.

“Yo no propongo una literatura de pancarta, pero sí una literatura que involucre un compromiso posible. Un compromiso moral al que debemos responder positivamente por el simple hecho de encontrarnos en la situación privilegiada que nos da el pertenecer a una élite educada.” Carmen Matute

Arte y pena

La paradoja del arrobamiento creativo es inmensa. Las piezas más profundas surgen cuando el silencio se hace denso, la soledad implacable, la resignación absoluta.

Las palabras sueltan estelas de hermosura cuando se inflaman con el desaliento.

Los textos se crecen cuando aceptamos completo el lado humano del fracaso.

La tristeza se amansa. Ennoblecida, la tristeza se escucha, como fuente inagotable de belleza.

Acaso es la vulnerabilidad total del ser el lugar en donde se consuma la condición de artista.

Tal parece que la pena busca tregua en sentencias estéticas.

Romper los moldes

Escucho música ochentera y me azota una manada de recuerdos tan intensos que se desordena completo el equilibrio.

No hay fórmula humana contra las afrentas de la nostalgia. Los más dolorosos son los recuerdos de las osadías que no supimos emprender.

Las oportunidades de expandir la experiencia vital en la aventura, en lo desconocido, en ventanas que no nos atrevimos a abrir, son pérdidas que no se mencionan. Y en su silencio construyen un duelo perpetuo.

No hay forma de hilvanar la vida hacia atrás. Dejamos ir inmensas curiosidades sin acariciarlas. No importa cuan descabelladas hayan sido entonces, se fueron y con ellas partieron posibilidades de que la vida sorprendiera nuestra cotidianidad con el regalo del asombro transformador.

La música de entonces alberga inquietudes que no supimos complacer. Historia adentro sabemos, faltó coraje para romper los moldes.

Benny Mardones lo lamenta en Into the Night. Yo también.

https://m.youtube.com/watch?v=sb8lrVzN7I4

No le digas a un niño

No le digas al niño huérfano que una sabia deidad decide por qué se lleva a los padres.

No le digas que ahora tiene un ángel que lo cuida, acaso dos. No insinúes que aunque no lo vea o no les vea, le acompañan.

No le digas que la sabia deidad tiene propósitos más importantes para su padre, más tiernos para su madre, no le hagas sentirse irrelevante.

No le pidas que comprenda lo inaudito, no pretendas que acepte con humildad virtuosa el abandono definitivo. No le pidas resignación.

No le prohíbas el enojo, tampoco el miedo, no lo prives de saberse humano, vulnerable, de sentirse impotente.

No lo alejes del lugar en donde construirá su fuerza. No pretendas distanciarlo del dolor, eso es imposible.

No. No le digas al niño huérfano que una sabia deidad encontró un mejor lugar para sus padres.

No insultes su inteligencia, no rompas lo que queda en pie de su corazón. Ya la muerte lo ha partido con la oscuridad de su azar.

No lo bautices en las aguas del cinismo con tremendo disparate.

Tribal

Lo nuestro es tribal, es sangre y es historia. Somos eslabones en el tiempo, una cadena de mujeres que ha atravesado siglos y poblado tierras desde una lejanía que no conocemos pero sí sentimos. Nuestra abuela late en las memorias, cada una la guarda de acuerdo a su historia personal, todas con la amorosa devoción de nuestra historia colectiva.

Asoman las bisabuelas, una que conocemos únicamente a través de su leyenda de mujer en perpetua acción, dueña de afanes grandes, madre de hombres. Otra a la que recordamos como pajarita que fue quedándose dormida en las cobijas del tiempo, hasta que dejó de despertar.

Antes de ellas sus madres, las madres de sus madres y las otras madres.

Cuánto me gustaría conocer las historias de las antepasadas que caminan nuestra sangre.

Un collar de mujeres, nuestra familia, una tribu en la que dejamos la vida si es preciso, cuidando unas de otras.