Romper los moldes

Escucho música ochentera y me azota una manada de recuerdos tan intensos que se desordena completo el equilibrio.

No hay fórmula humana contra las afrentas de la nostalgia. Los más dolorosos son los recuerdos de las osadías que no supimos emprender.

Las oportunidades de expandir la experiencia vital en la aventura, en lo desconocido, en ventanas que no nos atrevimos a abrir, son pérdidas que no se mencionan. Y en su silencio construyen un duelo perpetuo.

No hay forma de hilvanar la vida hacia atrás. Dejamos ir inmensas curiosidades sin acariciarlas. No importa cuan descabelladas hayan sido entonces, se fueron y con ellas partieron posibilidades de que la vida sorprendiera nuestra cotidianidad con el regalo del asombro transformador.

La música de entonces alberga inquietudes que no supimos complacer. Historia adentro sabemos, faltó coraje para romper los moldes.

Benny Mardones lo lamenta en Into the Night. Yo también.

https://m.youtube.com/watch?v=sb8lrVzN7I4

No le digas a un niño

No le digas al niño huérfano que una sabia deidad decide por qué se lleva a los padres.

No le digas que ahora tiene un ángel que lo cuida, acaso dos. No insinúes que aunque no lo vea o no les vea, le acompañan.

No le digas que la sabia deidad tiene propósitos más importantes para su padre, más tiernos para su madre, no le hagas sentirse irrelevante.

No le pidas que comprenda lo inaudito, no pretendas que acepte con humildad virtuosa el abandono definitivo. No le pidas resignación.

No le prohíbas el enojo, tampoco el miedo, no lo prives de saberse humano, vulnerable, de sentirse impotente.

No lo alejes del lugar en donde construirá su fuerza. No pretendas distanciarlo del dolor, eso es imposible.

No. No le digas al niño huérfano que una sabia deidad encontró un mejor lugar para sus padres.

No insultes su inteligencia, no rompas lo que queda en pie de su corazón. Ya la muerte lo ha partido con la oscuridad de su azar.

No lo bautices en las aguas del cinismo con tremendo disparate.

Desde el deseo o desde el dolor

La niña regresa a casa, pronto oscurecerá. Su madre la ha ido a recoger. Tiene cinco años y ha pasado la tarde donde su amiga Anisabel. En el auto quiere contar la gloria que trae dentro, la fogata que se expande en su pequeña mente. El recorrido es tan breve que aún no empieza. No sabe qué palabras utilizar. La niña y su madre entran a casa, aún no encuentra las palabras.

Esa tarde, la madre de su amiga, Carola se llama, les enseñó a leer. Dictó la primera gran lección. La pequeña se siente fascinada con las formas de las letras y los libros de colores con los cuentos que cuentan y el talento de Carola para instruirlas en el uso del abecedario. La niña necesita continuar.

Escribir. Escribir. Escribir. Seguir escribiendo pequeñas sílabas. Escribir hasta el amanecer.

Quiere usar las vocales y las tres consonantes que ha aprendido esta tarde. Desea hermanarse con ellas para escribir las historias que necesita.

La niña no sabe que este es el primer día del resto de su vida.

Los motivos irán creciendo con ella. Evolucionarán y envejecerán. Sufrirán el retorcimiento del desencanto. No, la niña aún no puede imaginarse.

Casi cincuenta años después, escribe con el mismo frenesí, escribe para crearse un mundo menos hostil, para encontrar sus coordenadas en el universo. Como lo hacía de pequeña, se hermana con las palabras para escribirse la historia que necesita.

Aquel día lo llevo puesto como si fuera ayer. En la escuela aún no nos enseñaban ni a leer ni a escribir. Carola me enseñó simultáneamente. Cuando llegó la escritura en preparatoria, ya era loca lectora y escribía oraciones completas. Inventaba cuentos telegrama. Como ahora, sabía muy poco de casi nada. Mis únicas certezas eran los lápices, la hoja en blanco y el placer que sentía al escribir. La escritura era un viaje a mundos alternos, el lugar seguro. Aún lo es.

Escribo para atizar aquella gloria de niña que me languidece adentro. Escribo para que mis muertos no terminen de morir, para interpretar los días y las noches, para desarmarlos y reconstruirlos. Escribo para evitar los abismos. Escribo para desafiar al mal silencio.

La vida ha sucedido con desencuentros tan violentos que he quedado atónita, sin poder hablar. Escribo para llorar lo que no puedo decir. Desmadejo los sucesos, procuro darles sentido, encontrar las razones que desencadenan violencias. Escribo para buscar por qué o para desentrañar el por qué no. Es como si al escribir encontrara otra manera de respirar, otra salida. Una manera de colocarme de nuevo las alas que dejé perdidas.

También han sucedido los acontecimientos deslumbrantes. Presencias o momentos han expandido la experiencia y han dado a luz historias que merecen el resguardo de la escritura. Escribo para no olvidar lo que he sentido cuando mi felicidad ha rozado la locura, para avivar las llamas del cuerpo y la luz del entendimiento. Escribo para decirme que no ha sido en vano.

Leer y escribir han sido los caminos más certeros para conocerme alma adentro. Las palabras son aliadas poderosas, dueñas de innegociable lealtad. Como hadas inmortales que se multiplican en misterios nocturnos, caminan cuadernos, libretas, tarjetas. Habitan en la memoria de mi ordenador, artilugio que a su vez resguarda la memoria de mi vientre.

Escribo para interpretar el entorno, para conocer a sus protagonistas y, si voy con suerte, para tender puentes.

El camino de la escritura me ha llevado a espacios emocionales insospechados. He aprendido a ser la voz de quienes no son escuchados. Las historias de otros han reconstruido mis paisajes interiores, me han entrenado en el arte del cuestionamiento. Me han hecho calzar los otros zapatos con tanta vehemencia que, sin proponérmelo, reescribo mi propia mirada, derribo los muros. Escribo para ellos y al hacerlo escribo para mí.

Desde el centro mismo de todos los sentimientos, a partir del deseo, a partir del dolor o a partir del amor, escribo para perder los grandes miedos. A veces lo logro.

Una vida

Que tu muerte quede cuatro décadas atrás no significa que tu ausencia sea menos aguda. Su filo es el mismo.

La niña que te vio morir te necesita siempre, cada día y cada noche. En penas, en dudas, en fiesta, en logros.

La muerte fue un momento. La ausencia es una vida.

En silenciosa felicidad

Eventos mágicos, tan inefables, tan perfectos, que evitamos hablar de ellos para protegerlos de ajenas distorsiones.

Los conservamos íntimos, secretos, envolvemos su belleza en silencios de felicidad.

Nos gobierna el afán de resguardar su integridad, de perpetuar cada uno de sus instantes, cada umbral, toda su luz.

Soñamos con preservar intacta la versión de quien fuimos al vivirlo, reconocemos con asombro quien somos por haberlo vivido. Deseamos permanecer en ese particular estado de gracia.

El temor de extraviar el poder redentor de su recuerdo camina bravo las rutas del entendimiento, y no, una pérdida de tal naturaleza no es posible aceptarla. Por eso no lo soltamos a un mundo capaz de trastocarlo.

De inicios, finales y ciclos

Nuevo inicio. Después de 24 años en el mismo lugar y con la misma gente, empiezo el ritual del ejercicio en un sitio nuevo.

El primer día que fui a World Gym, en octubre del 97, mi Saltamontes iba en porta bebé. Yo tenía 28 años, 2 peques, un trabajo en el que aun continúo y necesidad visceral de agitar el cuerpo.

New beginnings are always wonderful, dice mi sabio. Le creo.

Fueron 24 años de erigir disciplina, de cultivar amistades profundas, de retarme y disfrutar.

Era más que un espacio con máquinas y clases. Era una comunidad. Un lugar seguro en donde transformábamos penas y dificultades, desencuentros o silencios, en un propósito.

El cuerpo es vehículo para sanar el interior.

Ese enunciado es quizás la mayor enseñanza que el hábito del ejercicio ha dejado en nuestra conciencia.

Infortunios agitaron el tiempo. Un accidente que fracturó mi rostro con cínica creatividad, enfermedades de los peques, desafíos laborales y personales.

Pausas breves, jamás un retiro.

Fue el gimnasio quien se retiró. El sábado me despedí, el lunes cerró sus puertas. El martes empezó su desaparición.

Ciclos se cierran para abrir puertas a otros. Y en medio de la transición, doy un paseo en reversa cronológica. Busco a la joven, a su bebé y a su hijo ciclón de 3 años.

Veo su mirada al mundo, la ingenuidad que la conducía por la vida y por los sueños, su ánimo peligrosamente juvenil.

La veo algún tiempo después, corriendo desaforada en la banda, más clara de lo que sí y lo que no. Un poco rebelde en su fuero interno, inmersa en laberintos, coleccionando lustros.

De ella también me despido.

Nace un poema

Al caer la tarde se reúnen. Acuden al bálsamo de la amistad en busca de cobijo.

Unidas por su historia, hablando un lenguaje que han hecho propio por tanto gastarlo en la construcción de posibles respuestas, brindan como solo ellas saben brindar.

Celebran la vida y celebran la pena acompasadas por sus voces y sus copas. Con arrojo y con risas, con la justa dosis de lágrimas, con la dignidad que otorga la experiencia, resueltas a seguir adelante, con inmenso amor.

En un ocaso como esos nació este poema.

“La noche, vestida de sombras, de silencios y cansancio, nos trae a este sitio, sedientas de comprensión.”

Viejo pergamino

El cuaderno de los poemas felices, mi viejo pergamino de tiempos salvajes, guarda en su cuerpo el recuento de una juventud que hoy parece historia de otra vida. Hilvana un tiempo de intensa inquietud. Leerlo es como navegar misterios. Es viajar a otras eras o a extraños planetas. El tiempo y la cadencia de los sucesos se sienten ajenos. Incluso el paisaje parece lejano.

Tanta vida se ha gastado desde entonces. Tanta piel ha migrado.

Más allá de la sensación de aparente distancia, subyace una inmensa verdad.

Alguna vez existieron jóvenes con hambre de mundo y de vida, con un apetito jovial y voraz. De aquellas chicas y chicos quedan retazos de memoria, tatuajes invisibles, imágenes sepia, la complicidad del silencio. Secretos discretos. Música interior. Miles de palabras, algunas escritas. Y a veces prodigios, regalos del pasado aún con sangre y corazón.

Porque, como si de un conjuro se tratara, emergen iluminados y completos desde historias sólidas en recuerdos.

Y no llegan en vano. Reviven y sacuden un presente que se quiebra. Ponen orden en cúmulos de años cansados. Dejan un toque de esperanza. A su paso, queda el gran umbral abierto de nuevo.

Al final del día, el cuaderno es un poderoso símbolo, una reliquia conservada a buen resguardo. Cuando el tiempo así lo dicte, por el andar de la pena o por el desasosiego, sus páginas cobrarán de nuevo carácter de talismán.

 Y ahí estará la joven, intacta, aguardando a ser invocada para volver con la lumbre de su historia a iluminar los días ocaso.

Y volverán también los demás, como fantasmas, con sus cuerpos jóvenes y sus sueños aún de pie. Volverán en el recuerdo, gracias al viejo cuaderno.

Magnetismo

Tomó mis manos entre las suyas. Luego mis pulgares. Mientras iniciaba ese contacto tan profundamente humano, fue explicando que todo en nuestro cuerpo es asunto de energía, que nos rige el magnetismo. Somos polos y tenemos polos, dijo.

Por otro lado, explicó que en nuestro cerebro hay una suerte de bóveda donde guardamos eventos trascendentales y en la que sobreviven emociones atrapadas, una recámara inconsciente conocida como amígdala.

Sin conocer nada de mi historia personal, mientras sus manos y las mías celebraban una danza en la que eran imanes, fue adivinando vivencias demasiado importantes, casi todas íntimas, con asombrosa precisión cronológica. Su serenidad y conocimiento fueron un regalo. Se llama Paula.

Encontró en el magnetismo de mis manos la llave de la bóveda.

Una a una emergieron las experiencias pivote, las de las cicatrices y las huellas. También abrió una ventana para liberar las emociones encarceladas.

Lloré de asombro y lloré de sentimiento. Lloré porque es lo que hago cuando me descascaran lo que trato de cubrir. Lloré porque es uno de mis lenguajes más elocuentes.

El escrutinio de mis campos magnéticos sucedió durante horas. Se trata de una terapia llamada Biomagnetismo o terapia de imanes, una búsqueda alternativa de cura para distintas dolencias. Gran parte de las enfermedades tienen origen en las emociones, explicó la terapeuta. Su voz, pura miel, sus palabras, toda paz.

Habló del equilibrio, de las afirmaciones ponzoñosas que nosotros mismos imponemos, de cómo somos expertos del auto-sabotaje. Explicó con evidente conocimiento de causa las respuestas del organismo.

He buscado solución a la migraña durante años sin mucha suerte. Desde medicamento profiláctico, hasta pastillas atómicas, pasando por gotitas naturales. A algunos alimentos los he declarado enemigos públicos, he bebido tes amargos de dudosa procedencia, incluso me pinché con filitos de acupuntura. He probado amarrar pañuelos con apretada desesperación alrededor de la cabeza. He probado hielo y he probado fuego.

Lo único que sirve, y debe ser todo al mismo tiempo, es la oscuridad, el silencio, la paciencia y la humildad. Sí, humildad o resignación. Porque es un criatura mucho más poderosa que todas mis versiones.

La migraña, cuando llega manda. Se retira cuando se le da la gana, normalmente después de haber roto un día o una semana. Por causa de su tiranía llegué esa tarde a la terapia de imanes.

Después de encontrar capítulos y desmadejar las emociones o sensaciones que mantienen enfermando al organismo, Paula, sin saber que colocaba en mi vida un inmenso regalo, me acompañó sin prisas en un curioso proceso mediante el cual reescribimos las historias.

Fue un ritual para transformar los miedos, los momentos en que me supe despreciada y que ella fue adivinando, las derrotas, el dolor, las tristezas, el pánico y demás oscuridades.

Algunas experiencias, como la muerte de seres amados, son tan radicales que se reescribe la mirada a la historia, no la historia en sí. Todo un aprendizaje. Una especie de reprogramación o una interpretación desde la luz.

Finalmente llegó la etapa física. Me condujo a una camilla y colocó imanes de potencia poco común sobre todo mi cuerpo. Luego me cubrió con dos gruesas frazadas. Al parecer, el magnetismo y el frío están relacionados.

Llenó el ambiente de musiquín relajante y bajó la luz a media asta. No sé cuánto tiempo transcurrió. Sé que la mente estuvo desdoblada por completo de las atrocidades que le inflijo.

Después de retirados los imanes, sentí gana apremiante de ir al baño. Aquello fue un Iguazú, una larguísima canción. Litros y litros de agua salieron a tropel de mi cuerpo. Estás drenando, explicó.

Las manos fueron instrumento para encontrar respuestas. Los potentes imanes lo fueron para colocar piezas rotas de nuevo en su sitio. Me traje una que otra revelación y la construcción de nuevas esperanzas.

Cuando arribé al lugar, la tarde estaba linda, puro augurio de verano. Llegué muy puntual, sin saber exactamente qué encontraría o qué iba a suceder. Vecino al edificio en donde sería la cita encontré un parquecito. Un terreno irregular verde escándalo, cuidado con esmero. No sé por qué, pero llamó mi atención tanta belleza en tan pequeño espacio. Fue la armonía, supongo, y los árboles. Después de soltar un par de minutos en el parque volví a lo mío. Toqué el timbre.

Lo que sucedió a continuación fue un rito de pura energía. Queda su recuento en los párrafos anteriores para recordarme, cuando la vida apriete, que somos fuerza magnética.

Escribir acerca de mi mamá

Este año ha sido una locura, un cambio tras otro ha caído desde todo tipo de alturas y mil tareas han sido multiplicadas. El tiempo es un bien cada día más escaso.

Pero si un medio en el que he colaborado y de paso, dicho sea, disfrutado mucho de la experiencia , me invita a escribir sobre mi madre, no lo pienso dos veces. Al final del día, acerca de ella he escrito bajo todo tipo de miradas, una y otra vez. Mi madre ha vivido una historia compleja. Ha tenido una dosis fuerte de tragedias y otra de gozo. La suya es una vida digna de contarse.

Aquí comparto la colaboración en Ladrona de frases, para que quede recuento del homenaje que quise rendirle.