Cumpleañera

Hubo un segundo terremoto en el 76. Fue a mediodía del 5 o 6 de febrero. Mi hermana, entonces la pequeña, tenía tres años y con el segundo sacudón rodó como tronco, montañita abajo, de la casa al jardín. Su labio superior quedó hecho clavel, reventado y sangriento.

Asustada, mi mamá se sentó a su lado en un suelo medio engramado. Muy rápido, sin darle chance de ponerse de pie, tomó su carita entre las manos para medir la estatura de los daños. La niña, con sus cejas boscosas y ojazos pestañudos, frunció el ceño al verse presa de tan frenética auscultación. No recuerdo que llorara.

El temblor la pilló donde nos habían advertido no estar. Pero la travesura y Mayarí se conocieron desde que aprendió a caminar. Era inquieta, curiosa, retadora, incansable. Era tremenda, mi querida Mayarí.

De aquella niña quedan los agitados recuerdos. Hoy cumple años. Desde que la virulencia cubrió al planeta hemos diseñado un sistema de visitas distanciadas. Su condición de mujer enferma así lo dicta. Nosotras en la calle, ella en el umbral. Nada de besitos ni abrazos. No, señor.

Esta mañana, su mamá con las otras hijas y una nieta y un pastel imponente, asomamos para cantarle y cubrir su mañana de bulla y regalos. Luego aparecieron dos de sus amigas de colegio. Éramos un enjambre de mujeres apretujadas en una angosta entrada con ganas de correr a abrazarla.

No logré cantar el Happy Birthday completo, se me atoró la sexta palabra en un cordel de llanto al verla aplaudir, como si quisiera marcar el compás de su felicitación.

Fue un agasajo expedito. De regreso, en el carro, la madre y las hermanas nos acomodamos en cauto silencio, cada una con su elucubrador corazón.

Alguna lágrima aún rodaba por allí.

Pero ella quedó encantada, risueña y complacida por su festejo callejero. Ajena a la pena pandémica, se despidió desde la silla de ruedas que alguien tuvo a bien vestir con color de globo para afirmar la celebración.

El bosque de sus cejas sigue ahí, como aquel febrero, cuando todos temblamos.

Quise llevar mariachis, pero me bajaron muy pronto de mi sueño, un lujo disonante con las circunstancias mundiales.

Feliz cumpleaños, Chilindrini Pinigüini.

Un nombre

Leías tanto, padre
de ti heredé el vicio.

Fue en tus lecturas
de juventud
donde me encontraste.

Agonizaba dentro de un párrafo
la dueña de mi nombre
en la vorágine petenera.

Y tú, prendado
con fantasías amorosas
que solo encienden a los dieciséis
rescataste a la Nicté lacandona
en alguna página de Guayacán.

Rodriguez Macal, tu cómplice
desde entonces.

La acunaste con esmero,
como si no fuera ficción de escritor.

Durante años la guardaste
para cuando te llegara hija.

A tu corazón se arrimó mi madre
y les nací niña, años después
de tu encuentro de novela.

Y cumpliste tu deseo.

Con un beso en mi frente
de vientre aún húmeda
me nombraste.

—Aquí está tu Nicté—
dijo ella, oponerse
a tu férreo deseo
no tenía caso, porque

desde alguna tarde de lectura
en la inquietud de tu mocedad
con mimo me cuidaste el nombre
seguro de que no habría otro.

Nicté...

Si te contara los entresijos
locos, en los que me ha colocado.

Pero me lo regalaste tú, padre.

Para mí, celoso
lo guardaste.

Esa amorosa noción
basta y sobra
para llevarlo bien puesto.

Decir mi nombre es una manera más
de conservar tu memoria viva
cercana, grande
por siempre a mi lado.

Cada vez que lo firmo o lo digo
cada vez que me llaman
asoma el fantasma de tu sonrisa
joven te veo, libro en mano

explorando historia y jungla
cuna del encuentro que me nombra
y me nombrará, hasta el último día.

El chico del bulevar

Gatea sobre el asfalto, palpa, busca, 
el chico del bulevar.
Su recipiente está vacío. 
Es transparente, como pecera,
una bola de cristal con la que pide limosna.

Los carros transitan despacio 
en esa parte del bulevar,
se trata de un lento retorno en U.

Y lo vemos, sí,
quienes buscamos retorno, lo vemos.

Verlo a gatas desbarata, acongoja.
Pero no podemos detener la marcha,
bajar del carro, ayudarlo.

Porque el tráfico continúa,
porque la vida corre, 
porque la inercia urbana no da tregua.

Una bocina aúlla, otra, y otra, más lejana.

--¿Se te cayó, mijo?-- pregunto.
--Mis fichas, seño --responde.

Algo le doy, menos de lo que quisiera.
Coloco, en su burbuja vacía
lo que la bocina y la prisa de otros permiten.

Ellos, quizás 
no lo vieron gatear
sobre tinieblas de asfalto
en busca de monedas perdidas.

En la U que rompe el sentido del bulevar,
frontera vial de las Vista Hermosas,
un chico pide limosna 
con música de tambor.

Algunos centavos caen, como llovizna
desde las ventanillas de los autos.

Cada tarde en el mismo sitio,
a cambio de monedas,
toca tonaditas sobre un tambor gastado

el chico ciego del bulevar.

Y no dejo de pensar, 
al escuchar la tristeza de su tambor 
al sentir su mirada, perdida en sombras
que en esta jungla de asfalto
todos estamos ciegos.

Visita primera

Cada metro que dibuja la distancia es una decisión, un antídoto contra el peligro. La verja, como si fuera frontera, representa un centinela que advierte hasta dónde podemos llegar. Aguardamos de pie, en la calle, un poco impacientes, tal vez. Desde nuestra posición fronteriza, detrás del rigor de las mascarillas y del centinela de hierro, la vemos aparecer. Asoma con su rostro engrandecido por la sorpresa, con sus manos que hablan y el cabello casi largo a pulso de pandemia. Una enfermera empuja su silla de ruedas. La coloca para nosotras justo en el umbral de la puerta, bajo un bañito de luz. Es mediodía.

Su cuerpo luce vencido, ella luce sonriente. Misterios de su enfermedad. Desayunó huevito revuelto con jamón y queso, responde mi hermana hermosa. Ahora está pintando, cuenta, con crayones de cera.

Hablamos trivialidades, con ella lo simple es divertido y es todo. Es mi primera visita desde que esta prueba ruda empezó. Más de cien días sin vernos y ahí, desde el otro lado de su lugar seguro, soltamos al aire palabras cotidianas para que recorran la distancia extraña y enorme, y aterricen en su umbral. Ella las recibe contenta, no mide los largos metros, no sabe cuánto pesan.

Conversamos como si nada extraño estuviera sacudiendo al mundo. En la brevedad de la visita callejera, nos divierte con sus ya se me olvidó y eso también se me olvidó. Desde su mundo paralelo que ya no se estremece por las atrocidades del exterior, ella sonríe una, dos, cien veces. Sus manos, en sincronía, continúan moviéndose robóticas pero con elocuencia infantil. Y vuelve a sonreír, mi hermana Mayarí.

La despedida es liviana, como si no nos ahogara la noción de que aún falta tiempo para desdibujar la distancia. Es simple, como si no supiéramos que para abrazarla y tenerla cerca y derramar sobre su cabeza los mil besos de siempre, queda en el incierto horizonte demasiada espera.

Por fortuna, ella ni se entera.

Adentro, una noche para mi hermana

Fue una noche para Mayarí. Más allá del espíritu que inspiró la gala de Adentro, noble a todas luces, para nuestra pequeña tribu de mujeres fue un viaje al pasado, un homenaje a quien fuera mi hermana en aquel tiempo.

Mayarí adolescente, rebosante de salud, atesora un disco de acetato y lo gasta por tanto escucharlo. Es fanática, la canción de un cincho que daba vueltas a un abandonado aún  flota en el aire de aquella casa. Corría el ocaso de los ´80.

Han pasado casi tres décadas. La enfermedad oxidó la memoria inmediata en su mente fragmentada. A cambio, en una bóveda inmune a desvanecimientos, le guarda recuerdos de juventud. La música es uno de los más densos, su Ricardo permanece intacto. Delgado, joven, peludo, aguerrido en un país que dificultaba la aventura artística a los locales. Nuestra casa de mujeres musicales rompía ese canon contradictorio.

La noche del martes, ver a mi hermana en estado de fascinación fue un regalo. Escuchar cómo resbalaban frases exactas en su canto acompañador y ver cómo brillaban sus ojos de pura alegría, nos contagió su embeleso.

Algo de antes asomaba en su sonrisa, llegaba desde su muy Adentro.

El sonido universal de la nostalgia, eso escuchamos. Un manto de energía sonora llegaba desde el escenario y arropaba a mi hermana. Melodías de aquellos años-ocaso se mezclaban con imágenes de muchachitas, casi mujeres, que cantábamos mientras Mayarí custodiaba con afán su Verbo no sustantivo.

La música nos devolvió a días cuando no había sucedido la invasión de la enfermedad, ni siquiera la imaginábamos. Pero la vida está llena de invasiones, algunas se quedan para siempre.

En tu día

En tu día, flamenco mío, agradezco lo que me has regalado. La emoción de niña pequeña en mi primera experiencia de tacones y clavel. El inolvidable Porompompero que puso palmas a mis siete años  y para siempre quedaron como reliquias del único día que mi padre me vio en un escenario.  
La disciplina que sembraste en medio de mi torbellino adolescente, tu sonido inolvidable. El júbilo que siento cuando te bailo, las tristezas que te tragas entre acordes y compases. Tu capacidad de subir mi ánimo, mis manos, mi desasosiego.
 
Me has dado lecciones de humildad en  giros y zapateados, cuando, presa de asombro, descubro que la destreza  también se corroe con el paso de los años, que mis pies no responden como antes, que mi agudeza ya no es la que fue en el siglo pasado. Pero el amor a tu canción de duende es más poderoso. Y obra milagros. 
 
Agradezco a la tenaz maestra que cruzaste en mi camino hace tantísimo tiempo y atesoro el reencuentro que celebramos en tu honor. Tan jóvenes éramos entonces, tan enamoradas del baile continuamos. Me has dado amigos, guitarra, cante y retos
Vives en mi cuerpo y en mi tiempoEn tu día Flamenco nuestro, te honro y por supuesto…te bailo.
                                 

 

OTRA VEZ EN SOPHOS

Fue en Sophos, ese paraíso que seduce por sus ciudades de libros y por el licuado de maracuyá y cardamomo. Buscaba un libro agotado, y salía con un descubrimiento. Detrás del mostrador, Wellington, el chico que me atendía y quien suele sugerir prodigios, preguntó datos para facturar. Di mi nombre. Un señor en la fila sonrió y me vio como quien encuentra algo perdido. Con cara de mucha letra dijo ─su nombre…─ y el resto de la frase quedó suspendida entre su boca y el aire  ─es maya─ expliqué, anticipándome unos segundos. Es mi costumbre, lo repito como grabadora en call center porque pocos lo saben y muchos preguntan.

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Te invito a bailar

!Qué antojo de escribirte, hombre guapo! Y no para llorarte. Ya has de estar aburrido de ver lloriquear, desde donde sea que descansés, a esta tu hija que se complica la vida por ser más sentimental que práctica. Mejor sería hacerte reír. Para eso te mando una arroba de disparates, hoy que en el calendario amaneció con estrellita el día de tu nacimiento.

Ya cargarías entre cana, calva  y barriga 68 años. Pero tus ojos, ¡ah…! tus ojos moros y peludos,  seguirían siendo de niño. Hermosos, una aventura épica. Como es menester de los que aún andamos  vivos atizar la memoria de nuestros muertos, hoy escribo para revivirte un ratito.

Y si me lo permitís, te invito a bailar. Sí, corazón, a bailar apretado y limpio, como solo padre e hija pueden hacerlo. Escuchá nuestra música, ¿sentís? la llevo dentro.

Hoy se desvanecen todos los años vacíos de ti, con solo imaginar que me abrazás y bailamos como si no existiera nada más en nuestro universo. Así celebro tu cumpleaños. Una fiesta invisible, al compás de violines y recuerdos.

EL MÁS DULCE

El sábado recibí un regalo inesperado. De esos que te dan sensaciones únicas, como cuando sos niña y te regalan un buen chocolate, un Toblerone para ti solita, para citar ejemplos.
 
Fue en Sophos, siempre sucede lo grande y distinto en este espacio que a tantos cobija. Salía del club de lectura “Guatemala las letras de su historia.” Pensativa dudaba si la discusión, en algún momento, había llegado a las profundidades que me hubiera gustado encontrar. De hecho salí con el ceño fruncido. En esa cavilación estaba cuando me encontré al Dr. Mario David Garcia. Le mandé saludos a su hija, quien estudió en la universidad conmigo y a quien quiero mucho. Al escuchar mi nombre completo, abrió más los ojos, y en ese momento me dio un singular Toblerone.
 
554, ¿le dice algo ese número?” puse cara de ignorante. ”Era el número de interno de su papá en el Adolfo Hall. Bin y yo fuimos más que compañeros de clase, fuimos buenos amigos.” Me habló de lo terriblemente travieso que fue mi papá, de su rebeldía feliz y su picardía llena de ocurrencias. Me contó que, mi rebelde padre, era “corneta”, y le costaba tres mundos tocarla. Después de que, finalmente, lograba emitir alguna tonada con la trompetita militar, la usaba para gastar bromas a sus amigos.
 
Riendo con gusto, dijo que mi papá y el rigor del uniforme no se entendieron nunca y que siempre debía castigos. Con sentimiento me contó que todos lo quisieron, que les dolió mucho su partida. (Léase muerte. A veces a la gente le da pena llamarla por su nombre.) Con más cariño del que aquí puedo escribir me dijo que lo recordaba siempre y mucho. Y así fue como este señor de noticias del siglo XX  me regaló mi Toblerone, el más dulce de todos.
 
Cuando salí de Sophos ya no pensaba en cuanto análisis faltaba a la discusión de “la Patria del Criollo”. Traía conmigo asuntos más valiosos: un número que desconocía y que de ahora en adelante jamás olvidaré. La imagen de mi papá adolescente, su cabeza rapada y la corneta en su mano. La certeza de que, a pesar del mucho tiempo que ha pasado, todavía es recordado.
Un genuino trozo de felicidad, distinta a la que, guardada en un libro, llevo en manos cada vez que salgo de Sophos.
 

 

Estoy agradecida.