Aura

Fuimos dos niñas siempre inquietas, una corriendo detrás de la otra. Yo la seguía. Ella siempre corría más rápido, nadaba como delfín, era hábil como pocas para los deportes y asombrosamente hábil para hacer reír. Cursábamos los primeros años de primaria. Cuando la invitaba a casa, jugábamos de salón de belleza haciendo triquiñuelas en la cabeza de mi hermana, correteábamos a mi perra, jugábamos en el jardín lo que se nos ocurriera. En el colegio eran los yax, o la liga o el temible matado.

Celebrábamos juntas y felices el movimiento de las niñas que van descubriendo mundo.  

Cuando regresé a clases después del accidente, en segundo grado, Aura estaba esperándome en la puerta del aula. No recuerdo qué dijo, recuerdo su abracito de niña. Recuerdo cómo tomó mi bolsón y mi lonchera y los colocó en el clóset. Recuerdo que no se separaba de mi lado. Fue su manera de solidarizarse. Su manera de decirme aquí estoy, amiga.

La vida se la llevó primero a otro colegio y después a otro país. Pero Aura fue mi sis durante los primeros trascendentales años de primaria. Luego la misma vida y su conectividad moderna nos colocaron de nuevo cerca. Y fue cómo si hubiera pasado solo una semana.

Viajé a un lugar no tan cerca de su casa en San Diego y llegó a reunirse conmigo. Vino a visitar Guatemala y volvimos a reunirnos.

Somos una reunión en proceso, un hilo conductor, una conversación digital, un cariño genuino desde el principio.

Aura desde su muelle hizo micos y pericos para adquirir mi pequeño libro. Y la amista volvió a conspirar. Porque, otro amigo entrañable, hizo todo lo necesario para que el libro llegara a manos de mi amiga. Fue una feliz secuencia. Una señal de que ni el tiempo ni la distancia rompen un cariño verdadero.  

Escribir acerca de mi mamá

Este año ha sido una locura, un cambio tras otro ha caído desde todo tipo de alturas y mil tareas han sido multiplicadas. El tiempo es un bien cada día más escaso.

Pero si un medio en el que he colaborado y de paso, dicho sea, disfrutado mucho de la experiencia , me invita a escribir sobre mi madre, no lo pienso dos veces. Al final del día, acerca de ella he escrito bajo todo tipo de miradas, una y otra vez. Mi madre ha vivido una historia compleja. Ha tenido una dosis fuerte de tragedias y otra de gozo. La suya es una vida digna de contarse.

Aquí comparto la colaboración en Ladrona de frases, para que quede recuento del homenaje que quise rendirle.

Cumpleañera

Hubo un segundo terremoto en el 76. Fue a mediodía del 5 o 6 de febrero. Mi hermana, entonces la pequeña, tenía tres años y con el segundo sacudón rodó como tronco, montañita abajo, de la casa al jardín. Su labio superior quedó hecho clavel, reventado y sangriento.

Asustada, mi mamá se sentó a su lado en un suelo medio engramado. Muy rápido, sin darle chance de ponerse de pie, tomó su carita entre las manos para medir la estatura de los daños. La niña, con sus cejas boscosas y ojazos pestañudos, frunció el ceño al verse presa de tan frenética auscultación. No recuerdo que llorara.

El temblor la pilló donde nos habían advertido no estar. Pero la travesura y Mayarí se conocieron desde que aprendió a caminar. Era inquieta, curiosa, retadora, incansable. Era tremenda, mi querida Mayarí.

De aquella niña quedan los agitados recuerdos. Hoy cumple años. Desde que la virulencia cubrió al planeta hemos diseñado un sistema de visitas distanciadas. Su condición de mujer enferma así lo dicta. Nosotras en la calle, ella en el umbral. Nada de besitos ni abrazos. No, señor.

Esta mañana, su mamá con las otras hijas y una nieta y un pastel imponente, asomamos para cantarle y cubrir su mañana de bulla y regalos. Luego aparecieron dos de sus amigas de colegio. Éramos un enjambre de mujeres apretujadas en una angosta entrada con ganas de correr a abrazarla.

No logré cantar el Happy Birthday completo, se me atoró la sexta palabra en un cordel de llanto al verla aplaudir, como si quisiera marcar el compás de su felicitación.

Fue un agasajo expedito. De regreso, en el carro, la madre y las hermanas nos acomodamos en cauto silencio, cada una con su elucubrador corazón.

Alguna lágrima aún rodaba por allí.

Pero ella quedó encantada, risueña y complacida por su festejo callejero. Ajena a la pena pandémica, se despidió desde la silla de ruedas que alguien tuvo a bien vestir con color de globo para afirmar la celebración.

El bosque de sus cejas sigue ahí, como aquel febrero, cuando todos temblamos.

Quise llevar mariachis, pero me bajaron muy pronto de mi sueño, un lujo disonante con las circunstancias mundiales.

Feliz cumpleaños, Chilindrini Pinigüini.

Un nombre

Leías tanto, padre
de ti heredé el vicio.

Fue en tus lecturas
de juventud
donde me encontraste.

Agonizaba dentro de un párrafo
la dueña de mi nombre
en la vorágine petenera.

Y tú, prendado
con fantasías amorosas
que solo encienden a los dieciséis
rescataste a la Nicté lacandona
en alguna página de Guayacán.

Rodriguez Macal, tu cómplice
desde entonces.

La acunaste con esmero,
como si no fuera ficción de escritor.

Durante años la guardaste
para cuando te llegara hija.

A tu corazón se arrimó mi madre
y les nací niña, años después
de tu encuentro de novela.

Y cumpliste tu deseo.

Con un beso en mi frente
de vientre aún húmeda
me nombraste.

—Aquí está tu Nicté—
dijo ella, oponerse
a tu férreo deseo
no tenía caso, porque

desde alguna tarde de lectura
en la inquietud de tu mocedad
con mimo me cuidaste el nombre
seguro de que no habría otro.

Nicté...

Si te contara los entresijos
locos, en los que me ha colocado.

Pero me lo regalaste tú, padre.

Para mí, celoso
lo guardaste.

Esa amorosa noción
basta y sobra
para llevarlo bien puesto.

Decir mi nombre es una manera más
de conservar tu memoria viva
cercana, grande
por siempre a mi lado.

Cada vez que lo firmo o lo digo
cada vez que me llaman
asoma el fantasma de tu sonrisa
joven te veo, libro en mano

explorando historia y jungla
cuna del encuentro que me nombra
y me nombrará, hasta el último día.

El chico del bulevar

Gatea sobre el asfalto, palpa, busca, 
el chico del bulevar.
Su recipiente está vacío. 
Es transparente, como pecera,
una bola de cristal con la que pide limosna.

Los carros transitan despacio 
en esa parte del bulevar,
se trata de un lento retorno en U.

Y lo vemos, sí,
quienes buscamos retorno, lo vemos.

Verlo a gatas desbarata, acongoja.
Pero no podemos detener la marcha,
bajar del carro, ayudarlo.

Porque el tráfico continúa,
porque la vida corre, 
porque la inercia urbana no da tregua.

Una bocina aúlla, otra, y otra, más lejana.

--¿Se te cayó, mijo?-- pregunto.
--Mis fichas, seño --responde.

Algo le doy, menos de lo que quisiera.
Coloco, en su burbuja vacía
lo que la bocina y la prisa de otros permiten.

Ellos, quizás 
no lo vieron gatear
sobre tinieblas de asfalto
en busca de monedas perdidas.

En la U que rompe el sentido del bulevar,
frontera vial de las Vista Hermosas,
un chico pide limosna 
con música de tambor.

Algunos centavos caen, como llovizna
desde las ventanillas de los autos.

Cada tarde en el mismo sitio,
a cambio de monedas,
toca tonaditas sobre un tambor gastado

el chico ciego del bulevar.

Y no dejo de pensar, 
al escuchar la tristeza de su tambor 
al sentir su mirada, perdida en sombras
que en esta jungla de asfalto
todos estamos ciegos.

Visita primera

Cada metro que dibuja la distancia es una decisión, un antídoto contra el peligro. La verja, como si fuera frontera, representa un centinela que advierte hasta dónde podemos llegar. Aguardamos de pie, en la calle, un poco impacientes, tal vez. Desde nuestra posición fronteriza, detrás del rigor de las mascarillas y del centinela de hierro, la vemos aparecer. Asoma con su rostro engrandecido por la sorpresa, con sus manos que hablan y el cabello casi largo a pulso de pandemia. Una enfermera empuja su silla de ruedas. La coloca para nosotras justo en el umbral de la puerta, bajo un bañito de luz. Es mediodía.

Su cuerpo luce vencido, ella luce sonriente. Misterios de su enfermedad. Desayunó huevito revuelto con jamón y queso, responde mi hermana hermosa. Ahora está pintando, cuenta, con crayones de cera.

Hablamos trivialidades, con ella lo simple es divertido y es todo. Es mi primera visita desde que esta prueba ruda empezó. Más de cien días sin vernos y ahí, desde el otro lado de su lugar seguro, soltamos al aire palabras cotidianas para que recorran la distancia extraña y enorme, y aterricen en su umbral. Ella las recibe contenta, no mide los largos metros, no sabe cuánto pesan.

Conversamos como si nada extraño estuviera sacudiendo al mundo. En la brevedad de la visita callejera, nos divierte con sus ya se me olvidó y eso también se me olvidó. Desde su mundo paralelo que ya no se estremece por las atrocidades del exterior, ella sonríe una, dos, cien veces. Sus manos, en sincronía, continúan moviéndose robóticas pero con elocuencia infantil. Y vuelve a sonreír, mi hermana Mayarí.

La despedida es liviana, como si no nos ahogara la noción de que aún falta tiempo para desdibujar la distancia. Es simple, como si no supiéramos que para abrazarla y tenerla cerca y derramar sobre su cabeza los mil besos de siempre, queda en el incierto horizonte demasiada espera.

Por fortuna, ella ni se entera.

Adentro, una noche para mi hermana

Fue una noche para Mayarí. Más allá del espíritu que inspiró la gala de Adentro, noble a todas luces, para nuestra pequeña tribu de mujeres fue un viaje al pasado, un homenaje a quien fuera mi hermana en aquel tiempo.

Mayarí adolescente, rebosante de salud, atesora un disco de acetato y lo gasta por tanto escucharlo. Es fanática, la canción de un cincho que daba vueltas a un abandonado aún  flota en el aire de aquella casa. Corría el ocaso de los ´80.

Han pasado casi tres décadas. La enfermedad oxidó la memoria inmediata en su mente fragmentada. A cambio, en una bóveda inmune a desvanecimientos, le guarda recuerdos de juventud. La música es uno de los más densos, su Ricardo permanece intacto. Delgado, joven, peludo, aguerrido en un país que dificultaba la aventura artística a los locales. Nuestra casa de mujeres musicales rompía ese canon contradictorio.

La noche del martes, ver a mi hermana en estado de fascinación fue un regalo. Escuchar cómo resbalaban frases exactas en su canto acompañador y ver cómo brillaban sus ojos de pura alegría, nos contagió su embeleso.

Algo de antes asomaba en su sonrisa, llegaba desde su muy Adentro.

El sonido universal de la nostalgia, eso escuchamos. Un manto de energía sonora llegaba desde el escenario y arropaba a mi hermana. Melodías de aquellos años-ocaso se mezclaban con imágenes de muchachitas, casi mujeres, que cantábamos mientras Mayarí custodiaba con afán su Verbo no sustantivo.

La música nos devolvió a días cuando no había sucedido la invasión de la enfermedad, ni siquiera la imaginábamos. Pero la vida está llena de invasiones, algunas se quedan para siempre.

Herida

El lío con esta herida es que se abre a capricho. Durante largas temporadas es una decente cicatriz, una canción tenue que se lamenta casi en silencio. De repente despierta. No importa cuánto tiempo ha transcurrido, ni la edad de entonces o la de hoy, ni el momento. No guarda patrón alguno. Se abre cuando los días son lindos o cuando son sombríos. Se abre cuando mi mar interno despierta en tempestad o cuando su espuma llega como suave caricia. Se abre más si necesito de una conversación padre hija porque la vida se inclinó en mi contra, o si solo fantaseo con un abrazo suyo en este tiempo cuando ya soy muy adulta.

Se abre como flor. Y sangra.

Es un desequilibrio, una especie de hemofilia que sucede en la más cotidiana de las circunstancias, en sitios inesperados. Veo a un papá de treinta y pico años con ojos negros pestañudos y cejudos, bigote y barriguita. Lo acompaña una niña de once o doce años. A ella no le para el pico. Es trigueña, lleva el pelo largo detenido con una diadema. Sus ojos son los mismos, las cejas más claras y menos frondosas, cejas de niña. Habla y habla. Quiere un celular y vende a su papá, con ingenio verbal, los beneficios de tener uno. Él la escucha y por unos minutos deja de poner bombillas en la carreta.

Observo al padre. Ve a su pequeña con una mezcla de diversión, incredulidad y amor, con sonrisa a medias. Trata de hacerse el serio pero no le sale. Imagino todo lo que atraviesa su mente. Su niña que crece, su niña que habla, su niña que se sabe escuchada, su niña que se siente absoluta y totalmente a salvo porque lo tiene a él. Su niña. Como se da cuenta de que los observo con atención y sabrá nadie qué expresión encuentra en mis ojos, le dice algo a la pequeña, un susurro tenue que no alcanzo a escuchar.

Cohibida, retiro la invasión visual. En circunstancias normales me reiría con la niña, soltaría algún comentario divertido, me uniría a su campaña, haría algo común. Pero en este momento nada en mí es normal o común. Puedo sangrar. Me pongo en contexto, en lo que este hombre ha de pensar. Una señora diez o quince años mayor que él, con hijos adultos –aunque esto no lo sabe- ¿Por qué detiene su tiempo para ver y escuchar y hasta oler lo que sucede entre él y su hija? ¿Por qué mira de esa manera? ¿Por qué no se mueve?

No sabe este hombre, tan parecido a mi padre, que veo lo que no tuve. Que quisiera ser esa niña que no deja de hablar. Que quisiera concebir al mundo como ella lo concibe, con la misma felicidad y las mismas certezas, simples pero suficientes. Que quisiera tener a mi papá viéndome como él la ve, tocando mi cabello como él lo hace, atendiendo lo que sea que yo haya querido decirle, como él atiende el interminable discurso comercial de su hija. No tiene idea de que ahí en medio de Cemaco, en medio de una mañana de sábado, en el centro de un nido vacío de niños y de padre, su escena íntima de papá e hija, abrió la herida.

En tu día

En tu día, flamenco mío, agradezco lo que me has regalado. La emoción de niña pequeña en mi primera experiencia de tacones y clavel. El inolvidable Porompompero que puso palmas a mis siete años  y para siempre quedaron como reliquias del único día que mi padre me vio en un escenario.  
La disciplina que sembraste en medio de mi torbellino adolescente, tu sonido inolvidable. El júbilo que siento cuando te bailo, las tristezas que te tragas entre acordes y compases. Tu capacidad de subir mi ánimo, mis manos, mi desasosiego.
 
Me has dado lecciones de humildad en  giros y zapateados, cuando, presa de asombro, descubro que la destreza  también se corroe con el paso de los años, que mis pies no responden como antes, que mi agudeza ya no es la que fue en el siglo pasado. Pero el amor a tu canción de duende es más poderoso. Y obra milagros. 
 
Agradezco a la tenaz maestra que cruzaste en mi camino hace tantísimo tiempo y atesoro el reencuentro que celebramos en tu honor. Tan jóvenes éramos entonces, tan enamoradas del baile continuamos. Me has dado amigos, guitarra, cante y retos
Vives en mi cuerpo y en mi tiempoEn tu día Flamenco nuestro, te honro y por supuesto…te bailo.