Hoy jugaba tenta la noticia de que Perales murió. El Whatsapp a veces parece patio de colegio, todos corrían a contarlo. Se me anudaron un par de historias en la boca del estómago, ese lugar del cuerpo tiene memoria propia. La enredadera palpitaba porque Perales es la voz de aquel tiempo en el que la niñez, algo reticente y algo desbocada se mudaba a la adolescencia.
Y aunque no siempre la niña ansía crecer, a veces la prisa la empuja, quiere ser mujer para conocer las promesas misteriosas. A veces.
El velero de la libertad no dejaba de fascinar a la niña cuando la adolescente se prendaba de las palabras de las otras canciones, poesía pura, ni más ni menos. ¿Qué pasará mañana?, El Amor, Quisiera decir tu nombre, ¿Por qué te vas?
Allá me vi. Allá nos vi. En aquel apartamento en forma de medialuna, con uniforme de colegio, una libreta llena de apuntes, cuadernos desparramados sobre la mesa, vasos de leche con Johnny´s, la tarde entera para nosotras, cantando con mis hermanas. Inventábamos enamorados porque la voz de Perales no invitaba a otra entretención.
El amor, dice él, es soñar oyendo una canción.
De repente, en el mismo juego de tenta cibernética, el mismo Jose Luis Perales asomó tan vivo como todos, desde Londres, avisando que aún no planea morir.
Sin embargo, los nudos, la historia, los rostros de mis hermanas, las paredes con numeritos escritos a lápiz por la más chiquita, y la nostalgia, bastante necia, tampoco quisieron morirse. Aquí continúan, con música y recuerdos coronando una más necia migraña.
Muy muy bonito, me encantó el final sobre todo. Besote
Me gustaLe gusta a 1 persona