ESTÍMULOS Y MANJARES

No existe estímulo mejor para el ingenio y el proceso creativo. Son expertos en sacar emociones a bailar como ningún otro medio. Son los libros: benditos, mágicos, imprescindibles.

Un texto bien escrito enseña que hay más universos arriba y abajo de todo lo posible y lo imposible. Describe cada facción de un rostro, con la misma precisión que dibuja el ánimo y el alma del personaje. Los olores, los lugares, los sabores, los miedos y los amores -ante todo y sobre todo los amores- se sienten, son cercanos, están vivos.
La literatura es un proceso permanente de conquista: la inspiración del escritor seduciendo a la imaginación del lector. Un idilio apasionado, constante y feliz. Amor que vive y vuelve a vivir.

Dulce manjar son los besos que nos dan los libros, y un benévolo deleite besarles de vuelta.


IDIOMAS

Hablábamos hace poco con un gran amigo acerca de la belleza de nuestro idioma. Ambos vivimos sumergidos en las gracias del leer y el escribir. Coincidimos: el castellano es un lenguaje elegante, dulce, musical y millonario en recursos. Una obra de arte diseñada y completada constantemente por la historia.

En la entrevista que hizo José Luis Perdomo Orellana a Juan Gelman, – incluida en el libro de Perdomo, “La última y nos vamos”- el poeta argentino le dijo:

 “…la única patria verdadera es ésa, la lengua de uno, que en definitiva es la que a diario nos acuña el ser.”

Es un espectáculo leer una obra brillante escrita en castellano. Una suerte feliz usarlo para comunicarnos y acercarnos a los demás.  Gran privilegio el nuestro.

Para quienes reciben el boletín del blog de Sophos, hoy salió publicada la entrevista. El libro completo es muy interesante. Perdomo presenta geniales entrevistas hechas a muchos autores: Benedetti, Pérez de Antón, de la Horra, Galeano, Fuentes, Saramago, etc.  Ligas mayores de letras y opiniones.



TAN GUAPO…

¡Es tan guapo! y lo sabe. Con su tamaño gigante y porte de gran señor, observa con arrogancia, y a su vez con la serenidad que le han regalado sus tantos años. Amanece vestido de algún azul y en el atardecer se cambia, se adorna, es un  coqueto caballero. 

No me canso de verlo, me tiene enamorada. Es el Volcán de Agua. Se sabe admirado y se deja ver desde casi cualquier punto. Su imponente estampa nos recuerda que estamos de paso y que somos pequeños y frágiles humanos. Ninguna eternidad será como la suya. 

LETALES

Sé de dos armas letales. La intención las orienta: o paz o guerra. Son capaces de infligir calor o frío, de acariciar o abofetear. Potentes, se accionan en cuestión de segundos. Y también en cuestión de segundos salvan o hieren, a veces a muerte. Te elevan a las estrellas o te hunden en el abismo. Son La Mirada y la Palabra, colosos que aniquilan al espíritu más agradecido o resucitan a un ánimo muerto. Todos las poseemos. Peligroso es el poder que llevamos en los ojos y la boca, nosotros los humanos.

También existen los silencios: ásperos y despiadados a veces, compasivos y sabios otras. La intención los orienta: o paz o guerra…y sin paz no se vale, tampoco sin estrellas.

LA HERMANA SEGUNDA

Anaí es la hermana que me sigue, la segunda de cuatro. A veces pienso que hubo alguna equivocación en el orden en que a mis papás, les fueron llegando las hijas a la vida. Llegué primero, pero Anaí trajo en su talante mucho de hermana mayor. Le admiro esas formalidades.

Es la más seria, la pragmática, la ordenada. Pone orden en el escritorio con la eficiencia que lo pone en las emociones. Va por la vida con la certeza que van las hermanas mayores, con la tarea de abrir brechas.

Nunca olvidaré la autoridad que su mirada seria le confería, aunque fuera una bebé. Las mismas -autoridad y mirada- que posee hoy.

Para muestra esta foto: yo tengo dos años y tanto, y ella aún no cumplía uno. Anaí ve en el cielo, seria y segura, algo que yo todavía ando buscando.


SOBRINAS


No tuve hijas. Por su sabiduría y  por poseer sentido práctico sobre ciertos asuntos, Dios así lo dispuso. O fue simple tino del destino. Aunque me moría por una niña.


Sabiduría porque llegada a la adolescencia, imagino a una joven con hambre de vida, tratando de ganarle horas de fiesta al horario estricto  y protector de su padre. Escucho conversaciones agitadas: a ella tratando de explicar que la valía de las chicas no se mide por lo alto de sus tacones o lo corto de las faldas, y a su papá, con un corazón rebosante y el hígado infartado, aclarando que con esas prendas, saldría solo al patio de tender de la casa.

Y está la parte práctica. Esta niña que no fue, hubiera llegado a las piñatas con un chongo apuntando el noroeste y el otro al sur. Nada de simetría ni delicadeza hubieran tenido sus peinados. Tampoco listones. Esas esculturas complicadas, ni en esta vida ni en la otra,  hubiera yo podido crear sobre la cabeza de mi chiquita. Tampoco heredaría joyas, no son lo mío. Malos peinados y nada de adornos: dos desventajas prácticas.

Pero tengo sobrinas, variadas y hermosas. Por un lado, poseo niñas que llevan mi sangre y me traen derretida.


Está Ana Paula, la mayor de mis sobrinas, hija de la menor de mis hermanas. Adolescente de trece con porte de modelo, me saca media cabeza.  En ella guarda un cerebro brillante. Algo mío trajo esta niña en sus genes. La costumbre de enamorarse con ánimo romántico -como solo se puede cuando se es joven- y la pasión por la lectura. Van de la mano, creo, el enamorarse y la literatura. Así las cosas, Paula y yo nos entendemos mucho y nos queremos más.


 Después está Mariela, dulce y magnífica como la Nutella, capaz de abrazar con el ímpetu de un ciclón. A veces pienso que es la persona que más me quiere sobre la faz de esta tierra. Me lo hace sentir, lo dice, me da la mano, me hace feliz. Se alegra al verme, y no me cabe la gratitud. Heredó mi tamaño pequeño, y todo apunta a que como yo, se refugiará en el embrujo de la cocina y sus pociones.


La fortuna me consoló. Fui nombrada madrina de ambas desde que dormían en la panza de mis hermanas. Pactos firmados meses antes de que vieran luz. Dichosa yo.

Camila la pequeña, es hermana de Mariela. A sus ocho años es la estratega de nuestros afanes, nadie se resiste a sus encantos. Con  voz ronqueta y ojos de gata joven es dueña de su espacio y el de otros. Todavía emana ese olor a bebé que invita a morderle los colochos dorados que pronto se extinguen. Pero es la jefa.



Tengo también a mis otras niñas. Sobrinas que no llevan mi sangre pero si mi cariño incondicional, a donde sea que la vida las conduzca. Mónica y Virginia son  ya mujeres buscando y encontrando sus caminos. Andrea de trece, se conduce con aire de princesa  y pocas palabras en la boca, pero da discursos luminosos con la mirada. Y la bebé Piñol, a sus ocho años ya es balletista.  Devota de los animales, se llama Melissa y no conoce aún sobre los miedos. Igual juega con perros que con delfines, como si los hubiera conocido en otra vida.


Todas son lindas, grandiosas, y me ocupan los agujeros que a veces siento por no ser madre de mujer.
Siete formas en las que me sonríe la vida.

MUERTOS Y POETAS

El día en que murió mi novio poeta, Mario Benedetti (19 de mayo 2009), pensé mucho en el misterio de la poesía. Estaba triste, muy triste, y escribí lo que sigue. En aquel entonces no me atrevía a compartir textos, menos a publicar. Pero entre las cosas que he ido dejando tiradas con los años, está la vergüenza. Ayer se les unió en el cielo de la poesía Juan Gelman y su corazón de violín. Los poetas deberían ser inmortales.

“Si existe el cielo de la poesía, hoy preparó gran fiesta para dar a Mario la bienvenida. Imagino que en la puerta estaban parados, con sombreritos de colores y espanta suegras, Neruda y Sabines. Con algún verso nuevo lo abrazaron. El salón fue adornado con mil poemas, se escuchaba la voz de Bécquer el antiguo, quien conversaba con Machado. Don Miguel de Unamuno, serio y satisfecho por el nuevo miembro del Club, le estrechó la mano con calor. Conversaba con Pedro Salinas (mi otro novio). Federico García Lorca no se quedó atrás y le regaló un abrazo de sonrisas.

Las chicas no podían faltar: Gabriela Mistral con su falda larga, Dulce Loinaz con su mirada de profundidad perdida y Alfonsina Storni, quien todavía olía a sal marina cuando abrazó fuerte a su amigo uruguayo.

Claro que se encontraban otros fantasmas de las letras, no podía ser de otra manera. Cortázar y su inseparable cigarro, Borges con sus grandes silencios, Alberti, Martí y tantos más, recibieron felices al nuevo huésped. No creo que en la tierra hayan coincidido, pero nuestro Miguel Ángel Asturias también fue invitado a la bienvenida, él habita el mismo cielo.” NdP mayo 2009

Así es como nació el Club de los Poetas Muertos.

Y ayer se llevaron a Juan Gelman. Los poetas deberían ser inmortales.


FRAIJANES

Tenía mi abuelo Pepe en los años setenta una granja en Fraijanes. En aquel siglo, Fraijanes era un paseo rural. Visitar la granja equivalía a viajar fuera de la ciudad. Ir lejos, a pasar el día o el fin de semana. Yo era muy pequeña, el recuerdo es efímero: una pared naranja, un ganso que correteaba y mordía, y el thermos rojo cuadriculado de mi abuela lleno de café.

Porque para mi abuela resultaba imprescindible hacer un viaje de tales proporciones con termo y sándwiches. Por si a alguien le daba hambre durante el trayecto. Visitar Fraijanes era un proyecto, una aventura a la lejanía. Si era preciso, se hacía una pausa a la orilla de la carretera para que los hambrientos, o los antojados, refaccionaran.


Pero la urbanidad con su acromegalia insaciable se comió a nuestro Fraijanes rural. La sitió e invadió con su ejército de condominios. Hoy es parte de la ciudad, del desaforo comercial y del tráfico macabro de las seis de la tarde. De sus granjas no quedan ni los gansos. Sus silencios se llenaron de sonidos metropolitanos.

Tan citadino lo siento, que salgo de nuestra casa, como si fuera un arroyo, atravieso la carretera a El Salvador, y en menos de cinco minutos estoy en La Torre, en la farmacia o en el Pollo Campero.

Si necesito comprar flores –me encantan las flores- visito a un señor oriundo del lugar que improvisó un puesto floral con tal gracia, que casi parece boutique. Está justo en la entrada a la carretera que lleva a Fraijanes.

En aquellos lejanos y queridos tiempos me daba tiempo de dormir y soñar en el trayecto, refaccionar las viandas de la Yelle y escuchar conversaciones completas de la gente grande. Era un viaje mayor, al campo, un “cambio de ambiente, para respirar otros aires” como diría mi mamá. Nada parecido a mis prácticos y benditos, cinco minutos. 

Así crecen las ciudades y así envejecen nuestras vidas.  Perplejas por atestiguar tanto cambio.


PAZ IMPRESCINDIBLE

Tu paz interior manda. Es quien te fortalece, te acompaña y te levanta.

Si le da por escaparse -simpática ella- toca salir a buscarla. Hacer un viaje mental.  Regresar a aquella conversación, o al desencuentro poco afortunado, volver a donde sea que tuvo a mal extraviarse. Desmadejar las hebras que la ahuyentaron,  rebobinarlas hasta que hagan sentido y muestren el camino por el que huyó.

Aunque le duela al ánimo, buscar hasta encontrarla. Tomarla de la mano –darle un coscorrón por desobediente, después un beso- y aferrarnos de nuevo a ella.


Paz imprescindible, no cabe el lujo de de su pérdida. Resulta caro, te deja en quiebra, con el ímpetu hipotecado.


DE SILBIDOS Y CAPAS CICLÓN

Existen tonadas que nunca olvidaré.  Recuerdo por ejemplo, el amor y la autoridad con las que mi abuelo Pepe silbaba a la buena de mi abuela para avisarle que había llegado.  El saludaba con el silbido y ella lo besaba de regreso silbando igual. El sonido de viento que emitía la boca de su esposo era la señal de que su mundo había de detenerse.    Un ritual de viejos enamorados. Lo escucha mi memoria y siento a sus fantasmas. Delicioso.

Estaban también los jingles de los anuncios de TV que se pegosteaban. Y el de Capas Ciclón se perpetuó en los seis años que tenían mis oídos en 1975. Tanto me gustaba, que mi máxima ilusión era poseer una capa, una sombrilla y mis botas de hule. La lluvia era lo de menos.

Mi anhelo se materializó una tarde en la que mi papá entró con una capa anaranjada -Ciclón, por supuesto- y una sombrilla amarilla. Estaba estampada con una muñeca tipo caricatura china. Se parecía a Candy, pero esta sufrida heroína aun no nacía. Era linda mi sombrilla.  Las botas rojas de hule, Incatecu si no me falla la memoria, fueron proyecto de mi mamá.

En menos de lo que duraba el Jingle yo me ataviaba rezando porque lloviera para usar mi atuendo mágico. Llegó la mañana mojada que esperaba. Por mi ventana vi líneas verticales de lluvia generosa. Sobre mi pijama coloqué las piezas de mi tesoro compradas en el Almacén El Tigre. Y salí al jardín. A estrenarlas, a mojarme como solo los niños lo hacen: sin penas, convencida de que los catarros solo les sucederían a otros. Yo traía mi capa Ciclón, que en el invierno da protección.

No está lloviendo, tampoco escuché el Jingle. Simplemente recordé mis tonadas queridas. Esas que me ubican en los años dulces, protectores y setenteros de mi niñez.