ELLA SE SIENTE A VECES…

“Ella se siente a veces como cosa olvidada
En el rincón oscuro de la casa…
Como sombra sin rostro y sin peso.
Su presencia es apenas vibración leve en el aire inmóvil.
Siente que la traspasan las miradas y que se vuelve niebla
entre los brazos torpes que intentan circundarla…
Quisiera ser siquiera una naranja jugosa
en la mano de un niño –no corteza vacía-
una imagen que brilla en el espejo -no sombra que se esfuma-
y una voz clara -no pesado silencio-
alguna vez escuchada.
Extractos de “Ella se siente a veces…” de ALAIDE FOPPA
Perpetuó cómo nos sentimos a veces, esta escritora. Su fantasma conoce de mujeres.  Me sorprendió, con felicidad, hoy PL. Pues como coincidencia extraña, hace unos días platicaba con alguien acerca de esta poeta nuestra, desaparecida en 1980. Sus poemas me gustaron desde que los conocí, hace bastante. Los transcribí a un cuaderno con bolígrafo rosado.

La persona con quien hablaba no sabía de su nombre y de sus letras. Hoy se publicaron dos páginas completas en su honor.  ¡Ojalá muchos las lean!


UN REFUGIO

Poseo un milagro cotidiano, un paraíso de seis metros cuadrados abrazados por una pared y dos ventanas grandes como ojos moros. Son mi mirada al horizonte, el palco donde converso con el volcán de Agua y sus colosos hermanos. La visita permanente de un bosque anciano y la vespertina de una ciudad de Guatemala que cada tarde despierta vestida con sus luces urbanas. Es mi estudio, ese ambiente sin puerta y sin llaves que alberga mis libros, tres muebles forasteros el uno para el otro y mi sensación de ser la habitante de un santuario.


No uso escritorio como lo hace la gente sensata que diseña su vida con gavetas. Mi mesa tiene flores de hierro y un vidrio diáfano que deja ver mis deditos desnudos de los pies, bailando debajo de la computadora.

Quiso ser comedor. Pero su oficio es ser mi mesa.  El altar en donde pienso, canto, sueño y escribo. Vive repleto de libros, incienso, candelas y la próxima ocurrencia que escupo en post its de colores para escribir un texto.

A Alex le da dolor de estómago mi refugio. Es tan distinto a su despacho. Porque el mío a veces parece aula de Kindergarten mientras el suyo es la oficina de un escribano elegante y almidonado del siglo XIX.  Con puertas, llaves, credenza y archivos. Un ambiente serio y sosegado, de gavetas con llave.

Quice hacerle un lift al rostro hippie y desordenado de mi estudio sin puerta. Para empezar el año con nuevas y mejores vibras. De paso también para aliviar las agruras de mi marido.

Pero tiene mística mi rincón, y algo de rebeldía. No se dejó mucho hacer. Ahora viste baúles nuevos, que iré llenando de recuerdos viejos y un taburete de cuero gastado. En él me sentaré para jugar a “hacer serio” con el espectáculo que me guiña el ojo a través de mis ventanas.

Los libros de poesía, que antes nadaban como en pecera sobre el cristal de la mesa de flores, ahora son un pelotón franqueado por la custodia de dos búhos vigilantes, uno de cada lado. Parece mentira, pero se ven ordenados.

A veces pienso que este espacio es mi zoológico privado. Tengo delfines observando a un mapamundi. Un par de pajaritos que se enamoran entre sí, mariposas y libélulas se columpian en un trapecio de hierro. Tres pequeñas tortugas caminan despacio en una librera. Son avatares de mis tres mosqueteros: una grande y azul, y dos pequeñas, verde una, morada la otra.


Tengo un gato de la fortuna, una cebra miniatura y un puma que se ríe siempre. También están mis tortolitas de alambre, persiguen corazones sobre mi bulletin board.

Es ese lugar en donde soy quien soy. Respiro mi aire de loma silvestre y escucho a Sabina en su Boulevard de los Sueños Rotos. Es la dimensión donde remiendo los que a mí se me rompieron. Sobre mi mesa de poemas, Benedetti conversa con Gioconda Beli y García Lorca. Cardoza y Aragón debate con Neruda y su Canción Desesperada. Muchos otros vivos y muertos de los versos, atentos escuchan.

Es el remanso después de ajetreos rutinarios, mi calma después de tempestades. Es generoso mi estudio, un descanso sin candados.





NUEVO AÑO, NUEVOS LIBROS (o los mismos…)

Es una fábula deliciosa sumergirse en la lectura. Escaparse. Perder nociones de tiempo y espacio, a veces hasta de identidad. No hay mejor terapia. Así empecé y me despedí del 2013. Así empiezo el 2014.  Desde que tengo memoria la lectura abre y cierra mis años. En medio de tempestades y fiestas, siempre me acompaña la solidez de los textos. Libros que me quitan la razón, también la desolación. Salvadores, maravillosos, mágicos libros. Los amantes más amorosos que existen.


Mi deseo para el 2014, es que se enreden con lecturas que los asombren. Que viajen, se enamoren, conozcan tiempos y lugares espectaculares. Que al terminar de saborear el idilio de un buen libro, se sepan más felices. Si, deseo a todos que vivan la aventura de leer. También que escriban, por supuesto. Son como comer queso y beber vino. Van de la mano.

UN LIBRO

Durante varias semanas, Alex regresó a deshoras de la noche a la casa. Venía de realizar algo grande, algo que le envidio, con esa envidia benevolente que se siente por no tener a alguien, para hacer lo que él estaba realizando. Alex visitaba a Federico, su padre y mi suegro. Llegaba a su casa cuando se iba la tarde, y juntos, en el estudio de Fede se sentaban a trabajar.  Su papá dictaba.

Alex, como si escribiera la historia secreta de la humanidad, con dedos poseídos por entusiasmo febril, escribía en su computadora. Federico dictaba manuscritos prodigiosos que a lo largo de muchas lunas ha ido produciendo. Textos que narran, con melodía y sentimiento, episodios de su vida. Alegrías, tristezas, descubrimientos. Lugares, colores, sabores de un antaño que se fue para no volver, pero que quedaron dentro suyo.  Y como por arte de magia, él invocó y los trajo con pluma y talento a nuestro presente.

Todo empezó cuando durante un almuerzo, reté a mi suegro a participar en el concurso literario que patrocina BAM. Vivo sumergida en el tema de las letras, me entero de todo lo bueno, y a veces de lo malo, que sucede en este mundo tan especial.

El primer compendio de anécdotas que escribió este suegro que la vida tuvo a bien regalarme, lo leí de un sorbo exquisito hace más de diez años. En ese momento le pedí que no dejara de hacerlo. Qué por favor, siguiera escribiendo. En aquel tiempo, tuve una feliz certeza: Federico había nacido para contar. Para hacer suyas las letras y casarlas con sus vivencias. De ese matrimonio nacieron cuentos y disparates (no soy yo quien lo dice, es él quien los tilda de disparates) estupendos. Vivos, con una magistral dosis de imágenes y con todo el corazón que solo alguien que ha vivido lo que narra, puede dejar. Porque deja el corazón, de eso no cabe duda.

Pero de Federico ya escribí en el epílogo. Porque hubo prólogo, dedicatoria, muchos capítulos llenos de historias, y epílogo. Sí, hubo libro. Un maravilloso y emotivo texto que nació en la imaginación de mi marido. En esta nota le toca a Alex. Esta genial iniciativa surgió de las manos y el empeño testarudo con el que ese esposo mío se conduce por la vida. Lo hizo como cada uno de sus proyectos: con todo lo que lleva adentro y si es necesario, con aquello que va encontrando afuera.  Perfección, ese es su lema favorito. Y aunque en nuestra condición de humanos mortales es una joya escasa, fue la bandera que lo condujo durante la elaboración de este tesoro.

Cada palabra, cada frase, cada detalle pasaron por su lupa y su tamiz. Cada título pensado durante horas, las secciones, todo de todo fue elaborado con el más disciplinado de los escrutinios. Asombrada y feliz por él, veía como mi arquitecto editorial, diseñó y levanto los muros de este colosal templo familiar. Lo adornó con fotografías, lo vistió de emoción. Porque el libro “Sal y Tomillo de mis años mozos” es una reverencia, un himno de agradecimiento, un canto a la vida. Y lo hizo Alex. Poseído por la más feliz sobre carga de amor, gratitud y admiración por su padre.   ¿Cómo no voy a envidiarlo? Más importante aún, ¿Cómo no voy amarlo? ¿Cómo no admirar esta su aventura tan noble?

Es un lujo ver los ojos de Alejandro cuando se refiere a esta sorpresa que le regaló a su papá. Crecen, se iluminan, su mirada revive, rejuvenece. Es un éxtasis para él este logro maravilloso. Lo ovaciono, me contagio de su sentimiento, lo vivo con alegría. Su afán ha sido catarsis, él no se da cuenta como lo hago yo, porque está dentro de sí mismo. En cambio, agradecida con la vida por el milagro que fue gestándose en el ánimo abatido de mi esposo, tuve la dicha de observar la metamorfosis que el delicioso proceso de escribir las historias de su padre, provocó en él.

Federico tiene textos y vida, mucho de ambos, “Sal y Tomillo” es solo el principio. A su vez, su hijo tiene la fuerte intención y la más absoluta de las convicciones de que este proyecto debe seguirse.  

Todavía hay tanto que trasladar del bloc amarillo a la computadora. Mucho, ¡Bendito sea! habrá para leer. Días, semanas, meses sumergiéndonos en el placer de esta lectura, familiar y espectacular. Y, aunque soy advenediza, me atrevo a afirmar también que estos relatos iluminantes, son de todos. Madre de los nietos de mi autor con cabello blanco, me incluyo. Abusiva yo.