El ejercicio lector o la pasión lectora, para nombrarla con más precisión, irremediablemente se define como un territorio de soledades. Cuando piensas que por maravilloso que te ha parecido un libro, que por lo iluminada que te hizo sentir su lectura, su luz, muy posiblemente, iluminará de igual forma a ese otro lector, lo más seguro es que te equivoques.
El libro te ha dejado algo inmenso, un gozo mundano pero profundo, pura y genuina alegría. Nada tan feliz en el universo de la lectura como un libro original y muy pero muy bien escrito. Nada como una obra que ponga música en tu solitario espíritu. Y tal es la felicidad que inspira que invita a multiplicarla, compartirla, gritarla al mundo y aunque sabes que ese mundo ya no escucha, no le das mayor importancia. Necesitas gritarlo para desahogar tu frenesí. Y en ese mundo sordo, confías, existe al menos un lector perfecto para recibir tu ofrenda.
Según tu apreciación —ingenua, descubrirás muy pronto—para esa persona que lee y necesita, como tú, leer para atisbar su lugar en el universo, en el sordo mundo que comparten, el libro en cuestión es perfecto. Le procurará, como a ti, esa felicidad que solo conoce quien encuentra salidas salvadoras en los libros.
Colocará un baile en su alma, lo mostrará en la tuya. Tenderá el puente de la complicad lectora entre ambos. Romperá tu inmensa soledad, también la suya. Eso crees, anhelas, sueñas. Eso necesitas.
Y lo recomiendas. No, no te quedas en la dimensión de sugerir su lectura. Compras para tu presunto cómplice de la lectura, un nuevo y reluciente ejemplar. Escribes una nota arrancada de tu inspiración más desnuda y franca. Lo empacas con primoroso papel de regalo, le colocas una moña de seda. Sin poder aguardar a que sea una ocasión especial se lo entregas como si del santo grial se tratara.
Aguardas y aguardas y continúas aguardando. ¿Días? ¿Semanas? ¿Meses? Urge a tus células lectoras conocer su sentir, su opinión, escuchar sus impresiones, descubrir la fuerza de sus alegrías, descubrir de que color es su gozo. Pero nada. A tu amigo lector se lo tragó la tierra.
No puedes contenerte y le escribes. Le hablas de otras cositas, como si el libro en cuestión fuera una banalidad, una hoja en otoño, una mañana cualquiera. No puedes evitarlo y, después de muchas cositas y una docena de rodeos, como si quisieras saber sobre el clima (en Australia) , lanzas la pregunta.
La respuesta es un silencio indiferente, prolongado. Luego la sinceridad con su cemento implacable. No movió nada, no despertó la música interior, no lo agitó con la belleza del lenguaje convertido en monumento. Es como si hubiera leído otro libro.
La certidumbre que has arrastrado toda la vide se erige como irrefutable verdad. La soledad lectora es invencible. Cada persona es un continente, océanos de diferencias se interponen. Y aunque quieres nadarlos, atravesarlos, para validar que no has perdido la cabeza, que esa felicidad es posible, caes en cuenta. Estás condenada a tu condición de alma solitaria. Un alma lectora que no siempre consigue acomodarse en su propio silencio.