Una mujer, Pura pasión: Annie Ernaux

La leí por primera vez en “Memoria de chica”, hace un par de años, antes de que recibiera el Nobel.

Navegante entre la autobiografía y la autoficción, la narrativa de Annie Ernaux es sólida, directa, acoge sin florituras. Sus libros (ella no los llama novelas) son espacios completos, profundos, seductores. A menudo inquietantes por su cadencia descarnada.

Desde una aparente cotidianidad, invitan a observar, incluso a cuestionar o deconstruir asuntos fundamentales de la condición humana.

Con sagacidad en el uso de la palabra, sin excesos ni omisiones, Ernaux se desnuda ante el lector. Al hacerlo, desnuda también a la sociedad que habita y a su tiempo.

En alguna publicación leí “Ernaux se narra a ella para narrarnos a todos”, una acertada descripción. Es brutalmente franca, viste la libertad en total esplendor, en lo frugal, en lo incómodo, en el dolor o en el deleite.

Llama a los asuntos por su nombre, no va por ahí buscando términos grandilocuentes o evitando escándalo. Cuenta la historia desde la entraña. Su cuerpo se hace lenguaje. En su prosa, la imperfección humana no maneja agenda oculta, simplemente es.

Leerla es un placentero y a la vez mordaz ejercicio de descubrimiento.

Impacta el compromiso férreo de su escritura. Ernaux aborda estrecheces sociales y de género sin miramientos. Escribe al respecto desde su propia experiencia, con tal pericia que inquieta la nuestra.

He leído apenas cuatro de sus libros. De cada uno salgo distinta, presa de asombro y con un apetito por conocer todo lo que Ernaux expone con su particular manera de contar. Voy por los demás, sin duda.

Fundacional

El taller fundacional de la escritura empezó temprano. En un atropellado principio, después del primer final. El impulso de escribir nació porque un pozo de interrogantes me crecía dentro rápidamente, en los pensamientos, en la mirada, en el cuerpo mismo.

No cumplía aun los diez años.

Empecé a escribir porque quería respuestas. Era una muchachita desconcertada, una niña de pocos años con su desmedida curiosidad inflamada por la tragedia.

Cavé el pozo con manos agrietadas, golpeada por manosear sin recato la tristeza. Lo multipliqué además por marinar un enojo silente que se me instaló en la habitación de las preguntas.

La prematura invasión de la muerte a la alegre vida de los primeros años fue el epicentro de los interrogatorios. También la orfandad. Esta me consumió. Verlo muerto despertó mi afán de palabras. Si me descuido la orfandad vuelve a consumirme. Muere de nuevo mi padre. Muere una y otra vez. La amargura de la orfandad se convierte en una condición permanente.

Leer y escribir fueron los asideros, el lugar seguro, la buena soledad. Aún lo son. Tanto lo son que la vida no me sucede sin la palabra escrita.

El enojo era como un fantasma. Una presencia que debía ocultar. Mostrarlo me traía problemas, como si lidiar con su afrenta no fuera suficiente asfixia. Nos educaban en la cristiana resignación, una sensación que aunque buscara sin cesar jamás encontraría. Han transcurrido más de cuarenta años y no hemos coincidido ella y yo.

Manifestar la ira hacia el creador daba cuerda a discursos con apaciguadoras intenciones. Mi abuela. Las tías. Cierta cocinera. La maestra de moral y urbanidad. La otra maestra. La otra abuela. Nunca jamás un hombre. Mi abuelo otorgaba rienda suelta a su propia agonía. El hijo muerto fue su llaga vitalicia. La libertad masculina es ilimitada.

Mi madre, a quien tampoco se le daba bien el rol de devota sumisión, lo intentaba vagamente. Me hablaba sin lograr lo que sea que buscaba con la canción del ángel que, desde que se ahogó el hombre que fue mi padre, velaba por nosotras desde un cielo. Me parecía entonces un lugar inalcanzable, de una lejanía tan cruel, que no me servían ni el lugar ni la canción ni su condición de ángel.

¿Mi madre? No, ella sostenía furias mayores. ¿Cómo iba a convencer a las hijas? Ella misma era una iracunda en pena.

Escribir cartas o poesías, como llamaba a los intentos de poema, escribir el diario con candadito, escribir en los cuadernos del colegio o en la libreta de la cocina. Escribir aliviaba. Escribir amansaba. Al escribir respiraba. Escribir era otra manera de llorar.

La adolescencia me pilló en el mismo caldillo. Llegó con un sólido acopio de despertares. Todos y cada uno prendieron sus llamas ignorando mi duelo perenne. Agitaron mi cuerpo, transformaron el entendimiento. Las caderas tomaron posesión de un espacio antes ajeno. La cintura asumió su poderosa brevedad, el vientre, su condición cíclica, los senos, discretos pero completos se colmaron de sensaciones. La mente se convirtió en una fiera compleja, una criatura hambrienta de conocimiento. La mirada al mundo se agudizó.

Cada uno de los despertares invitó a las palabras. La rebelión ante la muerte no abandonó del todo los afanes, más bien, se convirtió en una actitud sutil. Se leía su furia entre lineas.

“Me convertí en mujer, Padre. Tú ni te enteras.”

Fue el lenguaje con su riqueza y estructura el vehículo del alivio. Las palabras se movían sin cesar dentro de la factoría de ideas en la que se convirtió mi cerebro; tanto, que aprendí a desbocarlas sin tregua sobre el papel para dar respiro a la mente. O al corazón, a veces se traslapan.

Escribir fue el fuete con el que poco a poco domé la amargura de mi orfandad perpetua. Al escribir otorgaba licencia a las felicidades púberes para que endulzaran el descubrimiento. Conocí el amor. Escribí sobre el amor. Exploré océanos de libros. Escribí acerca de ellos. Aprendí a disfrutar la cotidianidad. Escribí sobre el descubrimiento de cada nuevo gozo.

No encontré respuestas a las preguntas que se pudrían en el pozo que cavé cuando me abofeteó la tristeza. Sin embargo, formulaba nuevos cuestionamientos, dudas distintas que se alejaban de la universal pregunta sobre la muerte a destiempo. Me entretuve con los descubrimientos de la vida adulta. Leía con voracidad, como si la vida dependiera de ello. Escribía sin tregua.

Cada texto era un exorcismo. Cada libro leído un escalón hacia la salida. Y aunque continúo exorcizando iras y dolores, los originales y los que la vida ha colocado aquí y allá, el cambio de preguntas ha sido una sana medida. La huérfana aprendió a saborear la miel de la experiencia, a leerla, a escribirla. Así como las palabras ordenan con compasión el drama del duelo, potencian estupendamente los placeres.

El taller fundacional continúa educándome en el oficio escritor. No claudica. El rechazo a la resignación por su muerte permanece intacto, musculoso. Pero no es lo único que poseo. No rige ni paraliza.

He conocido el éxtasis de la inspiración. La curiosidad natural aprendió a expandirse, articula dudas nuevas, su apetito es un extraño pero exquisito método creativo. Saciarlo constituye una aventura de varios rostros, escribir es uno de ellos, casi tan trascendental como leer.

Historias que se enlazan como cuerpos

Luis García Montero ha escrito un sentido himno a la memoria de su mujer. Más que un poemario, UN AÑO Y TRES MESES plantea un recorrido por las rutas del duelo y explora los misterios que un marido procesa en su corazón doliente. Ofrece también una mirada breve a los largos años que compartieron.

Qué ternura, cuánta sabiduría, qué tamaño de amor…

Con la pericia de un hombre que sabe de palabras, que ha hecho del lenguaje su universo, García Montero derrocha belleza y alma en cada uno de los poemas. Los ha construido naturalmente, muy lejos de cualquier lugar común.

Lo imagino escribiendo. Entre la pena por la muerte y gratitud por la convivencia, el poeta enamorado rinde a su compañera un homenaje casi sagrado. Rodeado de todo aquello que los vio ser pareja, dentro de un espacio habitado por el arsenal de los perpetuos recuerdos, ha creado una magistral colección.

La camino por tercera vez y salgo de cada pieza nuevamente conmovida.

Almudena Grandes se fue demasiado pronto. Como sucede con los artistas que con la trascendencia de su obra dejan un mundo mejor, quedan su voz y el compromiso que rige su escritura. En cada libro suyo palpita por siempre un acucioso talento para construir historias .

Vive Almudena en cada libro y habla Almudena en cada columna.

Sus lectores la invocamos en el conjuro de la literatura.

Su marido le escribe poemas, qué manera hermosa de continuar amándola.

Hubo un jardín

Desde la soledad de un balcón, mujer busca con la mirada abatida al amado que sin remedio se marcha. Pequeños fantasmas habitan un hotel de fuego. Un invernadero cobija muerte y deseo secretos. Cartas impostoras inventan el amor.

Hubo un jardín es un joyero de magníficas historias. Cortan el aliento. Con exquisita capacidad narrativa, desarrollada sin remilgos, la autora teje relatos a prueba de caída.

Sin duda, la imaginación a todo vapor que caracteriza la obra de Valeria es responsable de que, al terminar de leer cada uno de los relatos, sintamos que realmente estuvimos ahí. Dentro de una cámara frigorífica, en un bar frecuentado por boxeadores anónimos, en sombrías galerías donde los vivos se confunden con los muertos, en un insólito parque que incita a suicidios animales y en otros sitios físicos, temporales o emocionales, cada relato es un espacio en donde lo imposible es posible.

Quizás la magia de estas piezas radica en el hecho de que el realismo y lo sobrenatural conviven sin contradecirse. Lejos de eso, se complementan, se necesitan para que la historia se eleve, se deslice y crezca en los misterios de su tiempo. Lo mismo sucede con las capacidades del corazón, ternura y horror, amor y maldad, deseo y melancolía, y tantos otros elementos se amalgaman para construir un andamiaje tan sólido que seduce la curiosidad del lector, provoca angustia o invita a la compasión.

Los personajes no pueden quedar en el tintero. Un muchacho atormentado, militante de una violencia ansiosa de escapar de su espalda curtida a palizas, la madre soltera que recorre ciudades en el cruento mercado inmobiliario, un anciano enfermo que camina los últimos días de su vida escribiendo historias para embellecer la vida de otros y tantos más, todos los personajes llegan para quedarse.

Valeria camina hábilmente un espectro amplísimo de la condición humana, creando historias que sacuden, asustan, conmueven, incitan.

Hubo un jardín es un espectáculo literario narrado en siete actos. Un imperdible.

Porque no se puede dejar sin respuesta a una mujer apasionada.”

Amorosas manos colocaron en las mías esta obra tan deseada. Buscada y encontrada en confines madrileños, viajó para convertirse en un inolvidable regalo. La fui leyendo a sorbitos, no quería terminar. Llegó en tiempos convulsos, extraños, ahogados en silencio, agobio y acontecimientos inesperados, asperezas que fueron suavizadas por la lectura.

He admirado el quehacer de Valeria Correa Fiz desde el día que tuve la fortuna de conocerla, leerla y, si esto fuero poco, aprender de ella en un inolvidable taller. Leerla es viajar a aquellos días, un regalo inusual.

Páginas de Espuma

Enamóralo de los libros

Para que tu hijo se forme ajeno a la oscuridad del radicalismo, coloca en su mundo el gusto por la lectura. Entusiasma su hábito lector, enamóralo de los libros.

Leyendo sabrá que la diversidad es natural, que existen distintas maneras de construir la vida, aprenderá a tender puentes, conocerá las profundidades de la naturaleza humana. Se sentirá a gusto sintiendo.

Descubrirá en geografías literarias que las ínfulas de supremacía son máscaras para ocultar los miedos o argucias para controlar. Leyendo desatará los nudos de la Historia.

Que lea mucho, que lea de todo, que lea siempre. Desde “La cabaña del Tío Tom” hasta “La patria del criollo”, desde “La ciudad de los perros” hasta “Todos deberíamos ser feministas”.

La literatura dará rienda suelta a su curiosidad, nutrirá su imaginación, le mostrará el lado florido de la humanidad, también el sombrío.

Leer lo hermanará con minorías y le mostrará las miradas del pasado. Leer le enseñará la importancia de profundizar en el drama ajeno para comprender que no existe una única verdad. En compañía de los libros desarrollará el sano hábito de cuestionar.

De libro en libro tu niño se formará como un hombre reflexivo, inquisitivo, militante de la libertad.

Siempre cómplices


Después de la algarabía y de la indomable búsqueda, después de la adrenalina y del voraz descubrimiento,

sobre la huella de los tan cargados años
de pruebas y regalos,
de aprendizaje y tormentos, de amor y despedidas,

cuando amainaron las inquietudes y presencias fundamentales se retiraron, cuando cambió el sentido de los días,

después de los después
y de los antes impensables cuandos,
los libros permanecen.

Cercanos, íntimos, de pie,
en la curiosidad de la retina,
en la tibieza de las manos,
en el constante pensamiento,

al anochecer, al amanecer,
en el embrión de la despoblada madrugada.

Sólidos, contundentes, magnánimos,
rotundamente sabios.
Llenos de vida.

Siempre cómplices los libros,
en el complicado afán de cumplirle a la vida.

Ritual libro

Tomarlo con ambas manos, estrecharlo contra el pecho. Tocarlo con reverencia, olerlo con amor.

Leer el libro con todas las sustancias del cuerpo, con la mente en expansión devoradora, con fervorosa atención.

Leerlo como aquella a quien le va la vida en ello.

El ritual.

De creación literaria, personajes y libertad

Si piensas que he vivido las glorias o he padecido los dolores que habitan mis relatos, si me juzgas por lo que hacen -o no- sus personajes, si crees que los textos celebrantes de la libertad -en el amor o en la vida o en la cama o en las guerras- son autobiográficos, no has comprendido aún de qué va la literatura. No soy tan valiente, ni tan intrépida ni tan completa ni tan grande. Los personajes pertenecen a otra dimensión.

Escribir ficción es un complejo acto de creación que pretende dar sentido a la realidad a partir de la fantasía. No es un simple recuento de vivencias, es más, mucho más. Hitchcock no era Norman Bates, Stephen King no es It. El Gabo no era Aureliano Buendía, Mastretta no es Emilia Sauri. Más allá de los personajes inventados, la creación literaria es un ritual sagrado de búsqueda personal. Comprender la libertad es uno de sus más profundos propósitos.

La verdadera libertad, el sueño inmenso, encuentra en la escritura un acercamiento bastante preciso. Como toda expresión artística, la escritura necesita de agudas herramientas. El ejercicio de la profunda observación, por ejemplo, también de la indagación. No olvidemos que toda disciplina artística requiere de un vehemente sentido de curiosidad.

Consciente de que nunca se deja de ser aprendiz en este arte-oficio, con esmero cuido y cultivo la imaginación, me otorgo amplias licencias para fantasear. Invento, busco, invento de nuevo. Continúo buscando. Las palabras son el fiel instrumento. Procuro pues, hilvanarlas con gracia, escribir con un amor difícil de perfilar, un profundo amor por el arte y por el lenguaje. En momentos afortunados lo logro.

Observo con detenimiento a las personas. Con suerte, por breves intensos momentos, calzo sus zapatos. Encuentro los cimientos que sostienen su experiencia, su mirada se convierte en generoso umbral.

Intento, despojada de juicios castrantes, comprender su drama. Con mucha atención y absoluto respeto observo, abierta siempre a conocer cualquier historia personal para dar sentido a la universal. Pellizco apenas.

Del ser que configuro nace un personaje. La historia que le invento no es la que vive, esa no me pertenece. La historia que le invento es una extensa exploración. Porque al final del día, la literatura celebra la condición humana, es arte y es búsqueda, anhela articular respuestas que de pronto aún no existen.

Comprenderás pues que soy pequeñita, simple y común comparada con los personajes.

Sin embargo, hay una verdad irrefutable en la creación literaria, la historia que el autor teje guarda parte de su intimidad. Nace de sus interrogantes, inquietudes, carencias y anhelos, trasciende su experiencia.

No somos los personajes, ellos son sacro instrumento de búsqueda. En diferentes planos, habitamos la misma historia.

Palabras para un mundo desarmado

Este mundo desarmado necesita poesía para denunciar lo inaudito, para nombrar al veneno, para formular remedios.

El laberinto inhabitable en el que se ha convertido nuestro amado mundo, un mundo desarmado, clama al poeta desde todas sus entrañas. Le pide, lo reta, muestra las heridas.

Armado de palabras, de ideas iluminadoras o miradas desafiantes, con entendimiento incendiario y feroz esperanza, el poeta escribirá las rutas alternas. Preso de sentimiento trazará mapas.

Será su dominio del lenguaje el que nombre las nuevas verdades, puertas a la libertad. Su arrojo a prueba de repudio encontrará la llave que las abre.

La poesía, pregona el que cree, ha encontrado en episodios del pasado horizontes perdidos.

Sostenida por la pluma viva de los autores muertos, la historia lo afirma.

El poeta inconforme da a luz a la nueva conciencia. No conoce otra forma de ser. Su misión vital es transformar sintiendo con papel y tinta. De verso en verso, ama y padece.

Aunque en medio del caos que estremece a la experiencia humana olvidemos la redención que habita la palabra, este mundo desarmado precisa de poesía para reanudar la marcha.

De eternas noches

Es noche de viernes, inmensa, envuelve todo. Asoma casi desolada. Fantasmas de música la salvan, colocan piezas de belleza en cada una de sus esquinas.

Es noche de viernes y yo, habitante de su largo tiempo, desplazo el alma en los confines de un libro.

Encuentro el gozo añorado en su piel de papel. Me hundo en su cuerpo sin pensar en faenas del día siguiente.

La mente se deja ir, sumerge turbación y búsqueda en la literatura.

El aire se aliviana. El espíritu florece, la noche puede ser eterna.