Escritura y compromiso

Aunque la escritura sea una manifestación artística, un ejercicio que reta a la creatividad y a la imaginación, también encarna compromisos.

Escribir ficción, por ejemplo, perfila sin reservas los infinitos relieves de la condición humana. Explora, desnuda, inquieta. Muestra, no explica. Despoja del miedo a lo distinto, tiende puentes.

La literatura coloca llanto ahí en donde más se necesita, da voz a quienes han sido silenciados. Estimula el ejercicio de la compasión. Habla mirando a los ojos. Crea belleza a partir de casi nada. Con suerte, cambia la historia de cada lector.

La poesía se gesta en el centro mismo del sentimiento. Surge pura. Es el más feroz intento por preservar la hondura en la emoción.

El teatro es el cosmos de todos los espejos.

El ensayo, una inspección continua de la fragilidad o de la evolución. Una manera de utilizar el lenguaje para colocar dedos sobre todas las llagas. El perpetuo cuestionamiento de lo que sí es y lo que no debiera ser.

Toda expresión artística es un acto de resistencia, un camino construido con recursos estéticos que conduce a nuevos lugares en la conciencia colectiva.

Cada rama en el espacio de la creación guarda un compromiso supremo, el compromiso con el arte mismo.

Hijos de la libertad

Dejo símbolos entrelineados, signos de interrogación 
atrapados entre ideas, anotaciones al margen. A veces, con acuarela de llanto, dibujo la intersección de nuestras historias sobre sus planicies de papel.

Los libros son también geografía. Si visitás los que he caminado, los que durante noches interminables he hecho míos, encontrarás fantasmas de mis pasos en busca de la verdad.

Una conquista imposible.

Aquí estuvo ella- acusan sus páginas-
ha dejado huellas de lápiz por doquier.
Ha doblado esquinas. Ha mojado todo.


Pero los libros son hijos de la libertad, tierra afable
para todo aquel que necesite su belleza.

Llamarlos míos es arrogancia.

Nocturno

En la desolación que trastoca la noche, no hay asidero más sólido que la sabiduría de un libro.

Mientras cobijemos la mente con mantos lectores, discretos, como si supieran de qué va esta vida, de qué va la noche, el dolor y el reto aguardarán.

Por las plazas de las letras

De cada contrariedad inapelable la literatura salva como nada. Con un conjuro de pocas palabras coloca orden en el sinsentido de alguna calamidad.

Cuando la prueba es tan honda que no encuentro su fondo, la amaino dando largos paseos por las plazas de un espléndido libro.

La intención no es encontrar respuestas que resuelvan. En todo caso, la lectura es vehículo hacia estados mentales levemente serenos, un logro inmenso que debilita al miedo.

En otro plano, leer por placer supone una sólida tregua, una distracción luminosa en medio de la penumbra. Las historias transportan a sitios tan distintos a nuestro dilema que olvidamos brevemente lo que nos priva del sueño, lo que lastima la respiración.

Con tales amuletos literarios me doy por bien servida. Su generosidad no tiene parangón.

Tan entregado, tan generoso

Las pieles que mejores caricias me han prodigado están cubiertas de palabras.

Si tomo su cuerpo en mi manos, se desvive de puro amor. Me cuenta historias, me lleva a lugares, me hace sonreír.

Me devuelve la ilusión, me pone a bien temblar.

Jamás me ignora, no coloca desprecio en mi aire, no me mira amenazante. Me deja ser, se deja hacer.

Nunca en la vida, un amante como los libros. Nadie tan entregado. Nadie tan generoso.

Con Jaime

“Siempre en la cama ocurre lo mejor de la vida: el nacimiento, el amor, la escritura y la muerte.”

Jaime Sabines

No recuerdo con exactitud cuando fue la primera vez que leí a Jaime Sabines. Lo que nunca olvidaré es el golpe que sus versos le dieron a mi ánimo, a mi entendimiento, un golpe certero como sus versos.

Fue gran amigo de Ángeles Mastretta, ella lo celebra con merecida iluminación en su libro de memorias “El cielo de los leones”.

Tampoco recuerdo cuando encontré este texto, fue hace muchos libros, hace tanto.

A través de Ángeles y sus recuerdos y en el corazón de los libros de Sabines que tuve la dicha de recoger por el camino solitario que ando, este poeta de intenso verso terminó de seducirme.

Y es que a pesar de haber muerto hace años, Sabines no se va.

Hace muchas noches leí una entrevista que le hicieron en el año 84. La simpleza de su historia conmueve, sin remedio, sus palabras me agitaron de nuevo.

Me impactó la frescura de su afirmación sobre la cama, la encontré escondida en alguna de sus respuestas. Y no pude resistirme, merece ser compartida.

Los que escriben me entienden.

Palabras

Rozar una felicidad particular y salvaje,
acariciarla en ciertas lecturas,
en conversaciones irrepetibles.

¿Cómo no amar las palabras?

Si la felicidad es un fuego breve proclive a la escasez.

Aura

Fuimos dos niñas siempre inquietas, una corriendo detrás de la otra. Yo la seguía. Ella siempre corría más rápido, nadaba como delfín, era hábil como pocas para los deportes y asombrosamente hábil para hacer reír. Cursábamos los primeros años de primaria. Cuando la invitaba a casa, jugábamos de salón de belleza haciendo triquiñuelas en la cabeza de mi hermana, correteábamos a mi perra, jugábamos en el jardín lo que se nos ocurriera. En el colegio eran los yax, o la liga o el temible matado.

Celebrábamos juntas y felices el movimiento de las niñas que van descubriendo mundo.  

Cuando regresé a clases después del accidente, en segundo grado, Aura estaba esperándome en la puerta del aula. No recuerdo qué dijo, recuerdo su abracito de niña. Recuerdo cómo tomó mi bolsón y mi lonchera y los colocó en el clóset. Recuerdo que no se separaba de mi lado. Fue su manera de solidarizarse. Su manera de decirme aquí estoy, amiga.

La vida se la llevó primero a otro colegio y después a otro país. Pero Aura fue mi sis durante los primeros trascendentales años de primaria. Luego la misma vida y su conectividad moderna nos colocaron de nuevo cerca. Y fue cómo si hubiera pasado solo una semana.

Viajé a un lugar no tan cerca de su casa en San Diego y llegó a reunirse conmigo. Vino a visitar Guatemala y volvimos a reunirnos.

Somos una reunión en proceso, un hilo conductor, una conversación digital, un cariño genuino desde el principio.

Aura desde su muelle hizo micos y pericos para adquirir mi pequeño libro. Y la amista volvió a conspirar. Porque, otro amigo entrañable, hizo todo lo necesario para que el libro llegara a manos de mi amiga. Fue una feliz secuencia. Una señal de que ni el tiempo ni la distancia rompen un cariño verdadero.  

Cercanía Pizarnik

Alejandra Pizarnik me queda siempre cerca. Desde que llegó a esta vida que consumo en busca de poemas, sus versos confusos se aproximan a mis interrogantes, las tocan y transforman. A veces las responden.

Un libro en la mesa de noche, otros en la repisa de la cabecera o en el tren de poetas que circula sobre la mesa de mi caótico refugio.

Alejandra y los otros y de nuevo Alejandra. Su tristeza, su fragilidad, el presagio de la muerte siempre presente, la palabra eternamente bella.

Sin poetas la crueldad de la noche se hace inmensa.

«No puedo hablar con mi voz sino con mis voces.

Sus ojos eran la entrada del templo, para mí, que soy errante, que amo y muero. Y hubiese cantado hasta hacerme una con la noche, hasta deshacerme desnuda en la entrada de un tiempo.

Un canto que atravieso como un túnel.»

(Piedra fundamental, fragmento página 69. De La extracción de la piedra de locura. Otros poemas)