Llega Soledad

La soledad es versátil. Llega en los sollozos de una canción, se inflama en el tráfico, observa desde un cielo obscenamente gris.

Se sienta en la silla-isla de un centro de vacunación, aguarda en una aguja. Reposa en un escuadrón de miradas heladas.

La soledad es el zumbido de un viernes por la noche, es el oído rebelándose al silencio.

La soledad es la ausencia de tu voz.

Habita la inevitable asimetría humana. Y gobierna. La soledad gobierna todo.

Ni intentar romperla, es tarde para eso.

De suave soledad

 Abre los ojos. 
Todavía reina la noche, simple y larga 
como tantas otras noches. 
Y se sabe ahí, de nuevo, solitaria en un inmenso continente 
envuelta en listones de suave soledad.

Siente cada portal de su cuerpo abierto, como madrugada. 
Ella, que desolada se perdía en la tundra de sus sábanas 
aprendió, después de tanto y después de todo,  a bien sobrevivir. 
Y a encontrar sus puertas.
 
Un silencio amable cae lento desde el otro cielo. 
Y es terso y es nuevo, este silencio 
dulce, como canción.
 
En lenta cadencia, como si bailara, sale del agua tibia de su cama. 
Va desnuda. Su piel es un manto de minúsculos luceros. 

 Ella, que apenas ayer de frío aún lloraba 
ha encontrado llamas danzando dentro de su cuerpo 
una hoguera constante le gobierna el vientre. 

Más allá de las sombras descubre a su silueta 
reflejo de vapor, esperando en el otro lado de la noche. 
Se observan a través de la ventana. 

Sabe que no. No está sola. Ya no. 
Es una certeza rotunda, regalo del sereno 
una verdad que libera y la posee toda.

Sus ojos ráfaga sonríen desde el cristal. 
Su alma habla desde el otro lado del tiempo.
 
La noche inmensa, la noche hermosa 
es espejo y ella, su mejor compañía.  

Navidad en solitario

Nunca antes estuve tan sola una tarde de Nochebuena, se siente extraño y al mismo tiempo tan cotidiano.

El silencio es un agudo estruendo que ha colocado zumbidos en mi canal auditivo.

Escucho mi sangre en marcha, viaja mente abajo tan llena de vida y deseos. Pasa de las ideas al cuerpo, ansioso de movimiento, de encuentro y descubrimiento.

Por eso es curioso. Nunca una tarde de Nochebuena había estado en modo solitario.

No cabe duda, la soledad es un hábito que se aprende bien, aún en estados de inconsciencia. Se incorpora con suma facilidad al ADN de la rutina, tanto, que a veces ni duele.

En tardes de festividad, sin embargo, no hay cabida para la indiferencia. Brota un discreto dolor por los poros de la historia personal. Un sentimiento íntimo. Precisa guardarlo, no trasladar su matiz a remedos de martirio. No son tiempos ni espacios para jugar a mártires.

Son tardes navideñas solitarias, como cualquier tarde solitaria de cualquier mes, ratos de una rutina que, ya he dicho, se aprende bien, se aprende pronto, se debe aprender para sobrellevar con placidez la vida de silencio.

Aunque sea Navidad.

Metáfora de la desavenencia

El silencio, la más constante de sus rúbricas, su mirada de granizo, el brío sordo de su desaprobación.

Torso y extremidades de la metáfora que los define.

Él que se hace ausente dentro del mismo cascarón, dinamita los puentes de la raquítica convivencia.

Ella que construye la puerta imaginaria con desprecios que él suelta, la cierra de golpe para protegerse.

Y viaja de nuevo, como siempre, a la tierra de los otros sueños.

Mi propia ausencia

Esta sensación de ser invisible, esta forma de ya no estar, este insomnio que se expande por tanto debatir mi propia ausencia, esta novedad obtusa de ya no encontrarme ni en los libros duende, de no sentir el abrazo del poema infalible. Este dolor de ya no saber cómo perder el desasosiego en la armonía de una canción.

Noches sin dormir… han vuelto.