La soledad, infinita manifestación

Pillé la victoria francesa de reojo, en un gimnasio desolado. Mi ojo derecho está semi discapacitado, me guiaba el sonido, adivinaba la imagen.

Pues nada, yo que me entiendo estupendamente con la soledad sentí rarísimo, un frío nuevo. La de hoy fue puro desamparo. Nadie había cerca para comentar ni preguntar ni celebrar.

El ojo que tan mal ve hacía intentos por definir las figuritas, al otro que tampoco está en óptimas condiciones no se le daba la gana colaborar. El partido de fútbol sucedía tras una extraña neblina.

Imaginaba a todo mundo sentado alrededor de una mesa, con vasos y risas y grandes cercanas pantallas para vivir el momento. Imaginaba a otros en aquel estadio del otro lado del mundo bañados en la miel de la buena adrenalina. Reuniones celebrantes de ellos, de ellas, de aquellos. Todos en lugares mejores. Desconozco dónde. Reconozco la triste envidia.

En un momento sentí como si el inmenso salón que alberga al gimnasio creciera hasta hacerse descomunal, que el espacio se oscurecía inexplicablemente, que las dos o tres personas que por ahí se movían desaparecían.

Comprendí que la soledad tiene infinitas manifestaciones. De algún remoto sitio cayó un sentimiento aplastante. Fue como si una voz advirtiera que nuestra amistad no es infalible. La soledad -diría esa voz de otro mundo- jamás dejará de retarte. Oculta filos.

Después se esbozó mi imagen en uno de los tantos espejos. Era una sombra, era un fantasma, era una mujer indefinible, sin facciones ni iluminación. Una mujer borrada. Esa visión, quiero creer, no tiene nada de sobrenatural. Es rotundo producto de mis ojos inútiles.

Salí de ahí con movimientos interiores que desconcertaron la tarde completa. Salí de ahí sin el gusto acostumbrado por haberme ejercitado, abandoné el lugar con deseos implacables de huir a otra vida.

Atadas

Traigo muerta la tarde porque no puedo colocarla en otro lugar. Quisiera llevarla a una playa o a un jardín de lavanda. Quisiera llenarla de asombro.

Pero está atada a mi dormitorio, esta tarde de pajaritos, atada como yo a la mismísima cama. Culpable es el cuerpo, que se dejó abatir por la influencia de una influenza.

En estos tiempos de mortales virus cualquier resfriado es concebido por quienes te rodean —y acaso por quienes no tanto— como la lepra en tiempos de Benhur.

Vi morir la tarde en este lugar, hoy oscuro. No fui capaz de alzar mi ánimo para sacarla de paseo. No hubo magia ni novedad. Murió atada, tendida sobre nuestra soledad.

Fui solitario testigo de su deceso. No pude abrazar a nadie porque nadie se acerca siquiera a la puerta, mucho menos a mi corazón.

Llega Soledad

La soledad es versátil. Llega en los sollozos de una canción, se inflama en el tráfico, observa desde un cielo obscenamente gris.

Se sienta en la silla-isla de un centro de vacunación, aguarda en una aguja. Reposa en un escuadrón de miradas heladas.

La soledad es el zumbido de un viernes por la noche, es el oído rebelándose al silencio.

La soledad es la ausencia de tu voz.

Habita la inevitable asimetría humana. Y gobierna. La soledad gobierna todo.

Ni intentar romperla, es tarde para eso.

De suave soledad

 Abre los ojos. 
Todavía reina la noche, simple y larga 
como tantas otras noches. 
Y se sabe ahí, de nuevo, solitaria en un inmenso continente 
envuelta en listones de suave soledad.

Siente cada portal de su cuerpo abierto, como madrugada. 
Ella, que desolada se perdía en la tundra de sus sábanas 
aprendió, después de tanto y después de todo,  a bien sobrevivir. 
Y a encontrar sus puertas.
 
Un silencio amable cae lento desde el otro cielo. 
Y es terso y es nuevo, este silencio 
dulce, como canción.
 
En lenta cadencia, como si bailara, sale del agua tibia de su cama. 
Va desnuda. Su piel es un manto de minúsculos luceros. 

 Ella, que apenas ayer de frío aún lloraba 
ha encontrado llamas danzando dentro de su cuerpo 
una hoguera constante le gobierna el vientre. 

Más allá de las sombras descubre a su silueta 
reflejo de vapor, esperando en el otro lado de la noche. 
Se observan a través de la ventana. 

Sabe que no. No está sola. Ya no. 
Es una certeza rotunda, regalo del sereno 
una verdad que libera y la posee toda.

Sus ojos ráfaga sonríen desde el cristal. 
Su alma habla desde el otro lado del tiempo.
 
La noche inmensa, la noche hermosa 
es espejo y ella, su mejor compañía.  

Navidad en solitario

Nunca antes estuve tan sola una tarde de Nochebuena, se siente extraño y al mismo tiempo tan cotidiano.

El silencio es un agudo estruendo que ha colocado zumbidos en mi canal auditivo.

Escucho mi sangre en marcha, viaja mente abajo tan llena de vida y deseos. Pasa de las ideas al cuerpo, ansioso de movimiento, de encuentro y descubrimiento.

Por eso es curioso. Nunca una tarde de Nochebuena había estado en modo solitario.

No cabe duda, la soledad es un hábito que se aprende bien, aún en estados de inconsciencia. Se incorpora con suma facilidad al ADN de la rutina, tanto, que a veces ni duele.

En tardes de festividad, sin embargo, no hay cabida para la indiferencia. Brota un discreto dolor por los poros de la historia personal. Un sentimiento íntimo. Precisa guardarlo, no trasladar su matiz a remedos de martirio. No son tiempos ni espacios para jugar a mártires.

Son tardes navideñas solitarias, como cualquier tarde solitaria de cualquier mes, ratos de una rutina que, ya he dicho, se aprende bien, se aprende pronto, se debe aprender para sobrellevar con placidez la vida de silencio.

Aunque sea Navidad.

Metáfora de la desavenencia

El silencio, la más constante de sus rúbricas, su mirada de granizo, el brío sordo de su desaprobación.

Torso y extremidades de la metáfora que los define.

Él que se hace ausente dentro del mismo cascarón, dinamita los puentes de la raquítica convivencia.

Ella que construye la puerta imaginaria con desprecios que él suelta, la cierra de golpe para protegerse.

Y viaja de nuevo, como siempre, a la tierra de los otros sueños.

Mi propia ausencia

Esta sensación de ser invisible, esta forma de ya no estar, este insomnio que se expande por tanto debatir mi propia ausencia, esta novedad obtusa de ya no encontrarme ni en los libros duende, de no sentir el abrazo del poema infalible. Este dolor de ya no saber cómo perder el desasosiego en la armonía de una canción.

Noches sin dormir… han vuelto.