Besos en los ojos

Se nos llenaron los días de distancias
de reglamentos sin posibilidad de piel.

Sobre los rostros
cenicientos
las máscaras tejieron nido permanente.

Los ojos, solo los ojos quedan desafiando al hielo,
solo los ojos tiran con brazos de llanto puentes hacia otras miradas.

Desafiando el hastío bajo la máscara, los ojos
para no perecer como los otros lugares del cuerpo
aprendieron también a besar.

Y te veo con humedad y te beso con labios de pestañas.

Atadas

Traigo muerta la tarde porque no puedo colocarla en otro lugar. Quisiera llevarla a una playa o a un jardín de lavanda. Quisiera llenarla de asombro.

Pero está atada a mi dormitorio, esta tarde de pajaritos, atada como yo a la mismísima cama. Culpable es el cuerpo, que se dejó abatir por la influencia de una influenza.

En estos tiempos de mortales virus cualquier resfriado es concebido por quienes te rodean —y acaso por quienes no tanto— como la lepra en tiempos de Benhur.

Vi morir la tarde en este lugar, hoy oscuro. No fui capaz de alzar mi ánimo para sacarla de paseo. No hubo magia ni novedad. Murió atada, tendida sobre nuestra soledad.

Fui solitario testigo de su deceso. No pude abrazar a nadie porque nadie se acerca siquiera a la puerta, mucho menos a mi corazón.

Dos registros para una trampa

Cuando mi vuelo queda bajo, busco a Mastretta y a Edel Juárez. Poseen el poder mágico de la palabra precisa, cada quien desde su registro. Con lo suyo, se sueña y se siente y se ríe. Son bálsamo poético, distracción para lo innombrable.

Ellos no saben siquiera que existo.

Yo no completo la existencia sin ellos, sobre todo en la trampa de un sábado fallido.

Noción antes durmiente

He tirado la misma toalla muchas veces. Quedo empapada de falsas razones, muerta de frío, desnuda y triste.

Pero hoy me ha iluminado un misterio indescifrable, una noción antes durmiente.

No es cuestión de tirarla, es cuestión de secarme distinto. De arroparme yo misma, de no morir de frío en aguas ajenas.

Desde este lado

Nota los hilos de tristeza que escapan por sus ojos, reconoce que al cutis se le apagan las constelaciones.

El rictus melancólico es más elocuente que su silencio. Aquellos labios de fruta se secan, se apagan.

Aturdida, desde este lado, no sabe cómo prodigarle consuelo, cómo devolverle la belleza que nacía en su alegría, la algarabía que endulzaba su semblante. El futuro.

Desde este lado, la impotencia de no ser capaz de salvarla la destruye a ella también.

Desde este lado, solo le queda romper el espejo.

Llega Soledad

La soledad es versátil. Llega en los sollozos de una canción, se inflama en el tráfico, observa desde un cielo obscenamente gris.

Se sienta en la silla-isla de un centro de vacunación, aguarda en una aguja. Reposa en un escuadrón de miradas heladas.

La soledad es el zumbido de un viernes por la noche, es el oído rebelándose al silencio.

La soledad es la ausencia de tu voz.

Habita la inevitable asimetría humana. Y gobierna. La soledad gobierna todo.

Ni intentar romperla, es tarde para eso.

Nace un poema

Al caer la tarde se reúnen. Acuden al bálsamo de la amistad en busca de cobijo.

Unidas por su historia, hablando un lenguaje que han hecho propio por tanto gastarlo en la construcción de posibles respuestas, brindan como solo ellas saben brindar.

Celebran la vida y celebran la pena acompasadas por sus voces y sus copas. Con arrojo y con risas, con la justa dosis de lágrimas, con la dignidad que otorga la experiencia, resueltas a seguir adelante, con inmenso amor.

En un ocaso como esos nació este poema.

“La noche, vestida de sombras, de silencios y cansancio, nos trae a este sitio, sedientas de comprensión.”

De lamer heridas

Y también soy mujer de caídas. Sé cómo se sienten, en la carne y en el ánima,

los cristales del tropiezo.

Conozco el sabor de mi sangre,
de lamer heridas aprendo.

He padecido y aún estoy aquí, aún lo escribo.

De la fragilidad soy caminante, como tú,
como ella, como él.

Y aún estoy, aún lo escribo. Aún. Como tú.

Contradicción

Un desorden imposible de organizar. 
Este hoy que se contradice con aquel ayer.

El bajón de este momento que nada tiene que ver con la euforia de hace un rato.

Un choque de opuestos reales me sucede dentro, un enigma imposible de resolver.

La negrura incapaz de iluminarse.
La luz que no se deja atenuar.

La ceguera,
la sordera,
el relámpago,
el estruendo.

El agujero negro,
el silencio.
La bengala y la sinfonía.

El temor a desvanecerme
o el miedo a resurgir.

El deseo de ser invisible
y la ansiedad cuando no me dibujo.

Cuántas formas de desencuentro.

Este espíritu que como humo sube y como lluvia cae,
este espíritu que se tiñe de azul o de sol,
este espíritu que no se entiende con él mismo.

Este espíritu
constante contradicción.