Siempre cómplices


Después de la algarabía y de la indomable búsqueda, después de la adrenalina y del voraz descubrimiento,

sobre la huella de los tan cargados años
de pruebas y regalos,
de aprendizaje y tormentos, de amor y despedidas,

cuando amainaron las inquietudes y presencias fundamentales se retiraron, cuando cambió el sentido de los días,

después de los después
y de los antes impensables cuandos,
los libros permanecen.

Cercanos, íntimos, de pie,
en la curiosidad de la retina,
en la tibieza de las manos,
en el constante pensamiento,

al anochecer, al amanecer,
en el embrión de la despoblada madrugada.

Sólidos, contundentes, magnánimos,
rotundamente sabios.
Llenos de vida.

Siempre cómplices los libros,
en el complicado afán de cumplirle a la vida.

Mirala largo

Hacete un favor, poné los ojos en el rostro de la luna. Mirala largo.

Si tu día ha sido duro o triste o demasiado solitario, si hoy la vida te ha abatido, la de esta noche parece farol, dejá que te procure respiro, el día rudo esta luna te lo alivia.

Si fue lindo y feliz, si llegaste al derrotero cotidiano con el alma en sonrisa, que sea broche de oro de la buena jornada.

Mirala largo, mirala tendido.

Hoy llegó divina.


			

Del feroz amor

Cuando creemos que de mal de amores ya hemos sentido todo, el corazón nos sorprende con formas inéditas de fracturarse.

El poder del dolor es infinito, el amor, por fortuna, también tiene su garra.

Con su peculiar sabiduría, en materia de afectos la vida es una academia a perpetuidad.

Y es que no hay edad para la pena cuando se padece la incurable dolencia del feroz amor.

Ritual libro

Tomarlo con ambas manos, estrecharlo contra el pecho. Tocarlo con reverencia, olerlo con amor.

Leer el libro con todas las sustancias del cuerpo, con la mente en expansión devoradora, con fervorosa atención.

Leerlo como aquella a quien le va la vida en ello.

El ritual.

De eternas noches

Es noche de viernes, inmensa, envuelve todo. Asoma casi desolada. Fantasmas de música la salvan, colocan piezas de belleza en cada una de sus esquinas.

Es noche de viernes y yo, habitante de su largo tiempo, desplazo el alma en los confines de un libro.

Encuentro el gozo añorado en su piel de papel. Me hundo en su cuerpo sin pensar en faenas del día siguiente.

La mente se deja ir, sumerge turbación y búsqueda en la literatura.

El aire se aliviana. El espíritu florece, la noche puede ser eterna.

Alas rotas

No escuchés Broken Wings en los grises de una noche como esta. No la cantés así, con firmeza en la voz, con certeza en la memoria , con temblor líquido en los ojos.

La joven que fuiste entonces no comprendería quién eres hoy. Haría preguntas. Desconcertada, adivinaría cuán rotas quedaron tus alas, las promesas, los caminos no andados.

No permitás que el vuelo fallido le arrebate el ímpetu. No lo sabés, a lo mejor inventa una vida paralela. A lo mejor, atiza de nuevo las esperanzas.

El tiempo no es lineal, dicen los que creen. Y ella creía.

Romper los moldes

Escucho música ochentera y me azota una manada de recuerdos tan intensos que se desordena completo el equilibrio.

No hay fórmula humana contra las afrentas de la nostalgia. Los más dolorosos son los recuerdos de las osadías que no supimos emprender.

Las oportunidades de expandir la experiencia vital en la aventura, en lo desconocido, en ventanas que no nos atrevimos a abrir, son pérdidas que no se mencionan. Y en su silencio construyen un duelo perpetuo.

No hay forma de hilvanar la vida hacia atrás. Dejamos ir inmensas curiosidades sin acariciarlas. No importa cuan descabelladas hayan sido entonces, se fueron y con ellas partieron posibilidades de que la vida sorprendiera nuestra cotidianidad con el regalo del asombro transformador.

La música de entonces alberga inquietudes que no supimos complacer. Historia adentro sabemos, faltó coraje para romper los moldes.

Benny Mardones lo lamenta en Into the Night. Yo también.

https://m.youtube.com/watch?v=sb8lrVzN7I4

Sin esclusas

Acuático, un río fluido, plácido, vertiente de mansedumbre. Su corriente, una avanzada en armonía, se desliza siempre en la misma dirección, la de los últimos siglos.

Su cadencia, un vals en sincronía con la naturaleza de un sereno andar.

Pero la marea cambia, se transforma como nunca. Pelea sobre sí misma, se pierde, se confunde, nada en sentidos opuestos al mismo tiempo. Se ha cubierto de dolor.

Y es que el corazón humano a veces se desordena. Se le entristecen y desorientan los destinos y los deseos. Se inunda de lágrimas, de heridas que no aprende a ignorar y, como milagro imposible, de sueños nuevos.

El amor y el alma, del hombre o de la mujer, son misterio, son pluviales.

Tarde o temprano crecen, se desbordan sin esclusas capaces de sostener la huida.

Cerrar los ojos

Rasgar el día, romper la noche. Rasgarlo como si fuera una hoja plagada de palabras equivocadas.

Romperla como si fuera loza de otro tiempo.

Soltar trozos del día en las manos del aire, barrer añicos de la noche, que los pies no sangren.

Cerrar los ojos, tratar, intentar, tratar…

A mi madre padre

Rindo homenaje a la madre, después de todo también ha sido padre. La celebro con amor y gratitud. Hizo lo suyo y se encargó de lo de él porque la vida de mi padre fue un soplo tan breve que dejó sus manos llenas de pendientes.

Mi mamá se hizo cargo de que jamás nos faltara nada, construyó un lugar seguro, tejió el sentido de pertenencia que define nuestra identidad de tribu.

Gracias a su tenacidad somos una manada femenina que aprendió de supervivencia. Reinventó para sus hijas una vida completa. No sé donde guardaba el dolor o el temor, quizás bajo el orden y la disciplina que rigieron sus afanes desde el primer día después de la muerte. Quizás los soltaba de noche cuando las niñas dormíamos.

Celebrar con ella es un gozo, sentir que disfruta cuando compartimos es el regalo que ella devuelve. No te vayas todavía, me dice y no, no sabe cómo me baila el amor al escucharla.

¡Feliz día del Padre, Madre mía!