ZOYA PARA PAULA

Tuve una adolescencia de obsesiones. Una de ellas era la lectura, otra la historia. Todavía me apasionan. Pero a esa edad me tragaba la vida con intensidad, y me agarraban mis épocas de genuino trabe. Una de ellas fue la Rusia Imperial y otra más fuerte aún la Revolución que acabó con ella. Me la pasaba buscando libros relacionados, o personas conocedoras que me contaran lo que sabían. A los dieciocho años leí una novela que me encantó. Un poco dulzona, pero para esas juventudes la combinación de romance con historia es como una coca-cola float: dos delicias que mezcladas son irresistibles.

Mi sobrina Ana Paula también lee con obsesión. Cuando le regalo un libro resulta que ya lo leyó. “Zoya”, mi libro de historia rusa, mujeres valientes y grandes amores no lo ha leído. Es cosa olvidada, salió de la imprenta por primera vez en los años 80. Hoy llegó a mis manos, lo pedí especialmente para ella. Me pone tan feliz algo tan simple. 

Ana Paula viajará a San Petesburgo, aprenderá del ocaso de los zares, sufrirá las tragedias de la I Guerra Mundial. Se enamorará de París y de la vida. Conocerá sobre valentías, la gran depresión de los años 30 y quedará aún más obsesionada con el arte de leer historias. 
Recuerdo la joven que era yo cuando lo leí, la manera en que me perdía en sus páginas. Lo poco que conocía de la vida.

En la página primera trae un poema, demasiado lindo como para no compartirlo:

Be never too young, never too old,
always strong enough
to live and love and inquire,
ever loving,
always kind.
May life share its man blessings
with you,
and may its burdens be ever light.
The wind at your back,
the sun in your soul,
and love in your heart,
now and forever.

 D.S.


CANALLADAS

No le temo a las canalladas que provoca el paso del tiempo. Me tiene sin cuidado tener que usar lentes para leer. Ciertas partes del cuerpo le pierden la partida a la fuerza de gravedad. Ni modo, se caen. Tampoco me importa mucho. La cara se arruga, el pelo se destiñe y francamente nada trágico pasa con estas gracias de la edad y su burlón sentido del humor.

Pero sí hay asuntos del paso de la vida a los que temo, pérdidas que he visto y me aterran. No puedo pensar que mi mente se irá llevándose consigo los recuerdos, la imaginación y la creatividad. Eso sería devastador. Perder la facultad de asombro también asusta. No quiero dejar de maravillarme ante cosas simples que resultan grandes, como un amanecer en el mar, la luna llena o la piel de un bebé. Necesito seguir sintiendo la emoción que regala la música, la delicia del buen recuerdo, o la sensación de un helado sobre la lengua. No puedo perder la conexión con la gente, ni el gozo de las buenas conversaciones, ni la fortuna de tener alguien a quien ver a los ojos, entendernos sin hablar y reír al mismo tiempo.

Temo vivir sin abrazos o sin besos, sería espantoso caer en el síndrome del aislamiento. Lo he visto. Me da miedo que la apatía invada mi ánimo y no puedo ni imaginar vivir en un entorno de indiferencia. Quiero envejecer con poesía en el alma todos los días, oportunidades para trabajar mejor y aprender siempre todo tipo de novedades. Necesito seguir mi camino rodeada de libros, carcajadas y la eterna capacidad de reírme de mi misma, esa me ha acompañado siempre, no podría verla alejarse.

Espero no perder el sentido de compasión, la salvación que obtengo con el roce de manos amadas, o la osadía de volver a empezar de nuevo después de un fracaso. Me da miedo despertar un día y realizar que he dejado de soñar.

Son temores reales, porque desconectarme de tales sentires equivaldría a perder todo oxígeno, sería morir en vida, un poco cada día.





¿RECUERDAS?

Sin drama hoy te recuerdo de forma especial. Toca hacerte homenaje, pues te fuiste un 21 de mayo. La vida, el mar y su extraña forma de suceder así lo decidieron. Después de 36 años puedo ponerle filosofía al recuerdo, sin que le falte cariño y emoción. Mejor no hablar de tu muerte, a ella ya le di muchas vueltas y no me da respuestas. Mejor celebremos tu vida. Recordemos cosas bonitas. Como tus juegos de soft y la forma en que corrías de primera a segunda base con tu barriga subiendo y bajando. Tus hijas viendo y gritando, vestidas iguales con vestidos hechos por mi mamá. O aquella vez que regresaste de Panamá y trajiste una televisión que, a mi leal saber y entender, era la mejor del mundo. La de los Supersónicos. ¡Tenía control remoto!

¿Recuerdas mi Porompopero? Bailaría flamenco por primera vez en el Conservatorio Nacional, pero el día del show estarías de viaje. Me fuiste a ver al ensayo general. Yo zapateé con el corazón para que me escucharas. Estaba contenta porque era con vestido, flor y todo. Me sentía andaluza y me viste con todo mi atuendo. Me aplaudiste, aunque no tocaba porque era ensayo. El accidente fue al año siguiente, nunca lograste verme bailar en un recital de verdad. Pero show o no, me acompañaste en el “Porompompero” del 77, y eso me hace feliz.

Nunca regresé al Jiote, ninguna lo ha hecho. Dicen que sigue siendo una playa bella. A ti te fascinaba, y fue ahí que dejaste existir. El día del accidente, en la mañana, mientras mi mamá esquiaba en el canal, me explicaste por qué podías mojar tu reloj sin que le pasara nada. Ese día aprendí lo que es un “reloj contra agua”, tú me lo enseñaste. Cada vez que veo uno – ¡si supieras lo sofisticados que son ahora!– evoco ese recuerdo simple, pequeño, uno de los últimos. Veo tus ojos negros, con pestañas escandalosas mojadas por el agua del canal, y ese bigote guapo que se movía cuando te reías. Y te acerco a mí, una y otra vez, a pulso de buenas memorias.


GENTE DECENTE

Por favor no me digas que casi no hay. Yo la veo todo el tiempo. En la amabilidad con la que el señor de la gasolinera me despacha combustible. En la risa de la señorita del supermercado, en la forma en la que me ayuda a empacar mi compra. La siento en la diligencia de Ricky, el chico que me vende flores. Mientras escucha lo que le platico, escoge las mejores, me aconseja como alargarles la vida y se despide con un “que le vaya bien señito.” 

Me topo con ella en el saludo del guardia de la oficina, también en la actitud de las personas con quienes trabajo a diario. La he visto brotar en aquellos que desean siempre aprender algo nuevo, que buscan completarse.

Sí hay gente decente, y existe en abundancia. El secreto para encontrarla es observar y agradecer.

MAYO, LLUVIA Y RECUERDOS

Ha de ser una rareza mía, o tal vez le sucede a todas las personas que pierden algún ser querido –muy, muy querido– cuando son niños. Pero tengo la maña de evocar en todo a mi papá. A veces la imagen llega suave y resbalada, otras busco asociaciones desesperadas. Es una necesidad que se ha intensificado a paso de año. Pareciera que la nostalgia crece dentro de uno como crece un roble: eterno y rotundo.

La lluvia de mayo tiene aroma de recuerdo. Veo el rostro y los ojos profundos de mi papá como si fuera ayer, como si todavía estuviera. Esconde en sus manos, detrás de la espalda, un regalo para mí. Tengo seis años. Lo veo con curiosidad.

Se me ha pegosteado un jingle de la televisión: “Capas Ciclón, en el invierno dan protección.” Lo canto todo el día. Tanto me gusta, que mi máxima ilusión es poseer una capa, una sombrilla y mis botas de hule. Si llueve o no, es lo de menos. El regalo de mi papá es precisamente eso: una capa anaranjada -Ciclón, por supuesto- y una sombrilla amarilla. Está estampada con una muñeca que parece caricatura china. Es linda mi sombrilla. Las botas rojas de hule Incatecu, son proyecto de mi mamá. Me siento la más feliz. Protegida de la lluvia por mi atuendo, y de la vida por mis padres.

Por mi ventana veo líneas verticales de lluvia generosa. Con premura coloco sobre mi pijama las piezas de mi atuendo compradas en Almacén El Tigre. Y salgo al jardín. A estrenarlas, a mojarme como solo los niños lo hacen: sin penas.

Corría el año 76, y en él hubiera querido quedarme. En aquel jardín de Mixco, con mi papá, con mis botas y mi capa y la certeza de que todo era perfecto.

O tal vez la nostalgia lleva el nombre de mayo. Mi papá murió un mayo de lluvias.


VUELVE A MORIR BENEDETTI

En un 17 de mayo como el de hoy murió Mario Benedetti, fue en el 2009. Era domingo. Un buen día para morir, supongo. El ritmo del domingo es distinto, pausado y generoso. Me enteré en las noticias del día siguiente y recuerdo cuánto me cambió el día.

Pero Benedetti se fue para quedarse. Está en sus palabras, en las imágenes y en su voz grabada para siempre. Habla en la inmortalidad de sus poemas. Y le hago honor de honores: sin copy-paste. Tecla a tecla transcribo un grano de su vasta arena.

RUTA (fragmento)
Biografía para encontrarme
Pág. 49, Prisa Ediciones
La encontré en mi bolsillo / era una ruta
no sabía hasta dónde me llevaba
pero igual la seguí en un merodeo
con todas mis nostalgias en la mano
era un atlas del alma / la conciencia
de lo que cometí y lo que me espera
en el suelo vi huellas que eran propias
así que era una senda ya corrida.

Benedetti Inmortal



  

TRABAJO PRIMERO

La celebración del día del trabajo tiene un origen triste. Muchos de los que participaron en la huelga del 1 de mayo de 1886 en Chicago fueron condenados, algunos a muerte. Es escandalosamente incomprensible.

Pero más allá del origen del asueto, el trabajo se celebra y se agradece. Mi primer empleo fue cuando tenía 13 años, en un parqueo del Centro Cívico. Nada heroico, mi mamá me avisó que trabajaría ahí todas las vacaciones. “Tenés que aprender de negocios” dijo.

Todos los días me iba a dejar a las 7 de la mañana. Debería aprender a usar el reloj marcador, a dar y recibir los tickets, a troquelarlos y a calcular tarifas. A cobrar y dar vuelto. Me gustaba mi trabajo.

Lo más alegre fue que aprendí a mover y estacionar carros. Aunque no fuera parte del perfil de mi puesto, Tomás el encargado, resignado ante mi insistencia, me enseñó. Manejar carros ajenos a esa edad era una aventura.

A pesar de lo poco común de mi primer empleo como vacacionista, fueron meses inolvidables. Ejercité mucho el cálculo mental, entendí lo que se gestaba en la Torre de Finanzas, lo que hacen los procuradores y lo que sucede en la Torre de Tribunales. Conocí gente diferente. Aprendí, ante todo, a encontrar gozo en el trabajo. Mi mamá me dio la oportunidad, el ejemplo, y me lo heredó en los genes. La experiencia, observándola desde la distancia de los años, me hizo sentir bien, útil, hasta importante. Marcó un antes y un después. Definió que esto de trabajar todos los días seria mi camino siempre.

Después vinieron los trabajos de vacaciones más normales: empaqué regalos, di clases a niños pequeños, fui asistente de una tutora, vendí galletas. Pero mi trabajo en el parqueo será siempre mi favorito. Fue sensacional y el gozo lo revivo todos los días. El recuerdo me hace bien.