VIAJES CON HIJOS PEQUEÑOS, VIAJES CON HIJOS GRANDES

El viaje con nuestro hijo rumbo al colegito fue uno ritual de familia joven que disfruté mucho. Desde que salíamos de nuestro apartamento, hasta que llegábamos al preescolar, mi niño bello balbuceaba su trabalenguas con entusiasmo. Necesitaba comunicarme asuntos importantes que aparecían en su cerebrito de mucha imaginación. Seguro de que su mamá entendía cada onza de su jerigonza, sonreía satisfecho al final de su ponencia. Arribábamos con puntualidad. El diseño del colegio era adecuado para agilizar la entrada de los pequeños pies a sus aulas. Por un portón, se entraba a un camino de piedrín. Mi hijo reconocía el sonido de las llantas sobre las piedrecitas, sabía que habíamos llegado. Atento, erguía el cuello en su silla para ver las aulas blancas con puertas rojas.

Al abrirle el carro, me encontraba con su mirada alegre de dos años. Le destrababa los arneses de la sillita y me tiraba los brazos. Él mismo recogía su lonchera de Barney. Yo lo cargaba, estrujaba y besaba mil veces. Olía sus colochitos suaves y limpios, su ropa de niño pequeño, que yo misma había impregnado de colonia Baby Chic. Le deseaba toda la suerte y lo volvía a apretujar. Grababa en manos y olfato su suavidad y olor para las siguientes 3 larguísimas horas. Le daba un último beso. Un poco desesperado por mis excesos de despedida, mi estudiante chiquito de pañales desechables, entraba triunfal a su aula de Maternal 1.

Con la silla vacía y las manos impregnadas de mi bebé, me dirigía a trabajar. Javier era feliz jugando a ir al colegio.


Han pasado muchos años. Hoy hacemos un viaje parecido. El cinturón esta vez es el de un avión. La silla de carro quedó en el recuerdo de otra vida. Ya no es mi hijo quien me tira los brazos, yo se los tiro a él. Lo abrazo fuerte y aspiro su olor a loción de gente grande. Sus colochos ahora son gruesos y rebeldes como sus ideas. Las mil imaginaciones con las que nació evolucionaron. Persigue un sueño académico de creatividad y arte. No es un preescolar donde lo estamos depositando, tampoco serán tres horas de ausencia. Es una universidad, a miles de kilómetros de nuestro hogar. Serán meses y años. La lonchera tampoco existe ya. 

Ahora, con maletas, computadora y muchas expectativas, empieza una nueva etapa. Lo aprieto en el abrazo más grande y triste del mundo, lo beso como entonces, como siempre. Vuelvo a abrazarlo y a grabar su olor y su suavidad de 19 años. La felicidad y la tristeza colisionan con violencia en mi interior y mis sentires pierden el equilibrio. No puedo evitarlo, pero me hago la fuerte, Alex también.

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