Secretos de cocina

Si mi batidora hablara, daría cuenta detallada de mis dilemas sentimentales. Es en la cocina donde los dejo rodar. En ese ruedo en el que practico el hábito de la soledad culinaria, acompañada siempre de música, puedo dar rienda suelta y tendida al ánimo.

Desahogo lo bueno y lo malo, hilvano sueños nuevos y desato sueños rotos. A veces lloro, otras bailo como chiflada. Casi siempre hablo con myself. Al fin y al cabo, nadie me ve.

Nadie excepto la batidora y compañía. La estufa, el micro, el abrelatas, todos ven. Pero ella que está en el centro de casi todas mis recetas es el muelle a quien me aferro. Es leal y sólida y discreta, por fortuna.

Y una es tan cándida que otorga personalidad a simples objetos. Ha de ser por necesidad de conexión o por tonto y excesivo encariñamiento.

Soberana y deliciosa estupidez.

Bombas

Alguien tira bombas de iglesia a un aire en donde no hay iglesias.

Esta comarquita es puro monte. Colinas salvajes con un puñado de casas esparcidas como granos de sal en una tortilla.

Pero las bombas aúllan una tras otra, como si hubiera iglesia, como si no hubiera pandemia.

Inventan la Navidad para borrar, aunque sea una tarde de domingo, una tarde fría de un diciembre extraño, a un virus que tiene al mundo entero en vilo, un bicho que ahora no tiene más gracia que disfrazarse de otro.

Como si necesitáramos más miedos.

Pelear por algo

Se rompe la línea de la tarde con el ladrar de los perros. Su estruendo ronco ahuyenta la calidez mandarina del crepúsculo, asusta a orugas y pajaritos.

Pronto será la noche y ese juguete que los bate a duelo se hará invisible. Algún motivo encontrarán para seguir la lid, una luciérnaga o una sombra movediza sobre el césped.

El asunto es pelear por algo, como si fueran humanos.

Los otros silencios

Cada domingo llega con peso multiplicado. Desde que empezó este tiempo enfermo, el último día de la semana abre la puerta con amenaza en el semblante. Trae el ritmo descolocado, se mide distinto, su extraño vacío se hace evidente.

La jornada dominical, antes dedicada al jolgorio, al ocio y la compañía, al paseo o la aventura, se ha llenado en esta espera de otro tipo de silencio. Es un silencio resignado. Su densidad desgarra la intención de combatirlo. Se ha extendido, como jamás imaginamos, esta sensación de flotar suspendidos en otro tiempo, a merced de que la ciencia conjure un milagro para que la humanidad entera pueda despertar y volver a sentirse.

Mientras tanto, cada uno cae en el acantilado de nuevos silencios, víctimas todos de una sensación ineludible. Imagino conversaciones suspendidas en el aire, palabras moribundas. No suceden porque quedamos congelados dentro de la incertidumbre que trajo el confinamiento. El domingo transcurre con poca o ninguna conexión. Cada uno se sumerge lentamente en su propio silencio. Cada quien busca estratagemas íntimas para lidiar con sus consecuencias.

No. Ya casi no hablamos. Nos refugiamos en rincones distantes dentro de la misma casa, cada quien inventa en el suyo su propia evasión. Y nos alejamos cada domingo un palmo más, a pulso de no hablar más allá de lo necesario porque no queremos tocar el tema. No somos capaces de recuperar el placer de la tertulia trivial. Ni siquiera somos capaces de hablar sobre por qué no podemos ser los de antes. Estamos agotados.

Los otros silencios socavan el interior. Podemos disimularlos con música y libros, es lo que hago, o con el estruendo de la televisión, es lo que hacen. Aún disfrazados, socavan. Es otro virus, otra forma de asfixia. Y no, no sé cuánto vamos a resistir.

“No esperes nada” me aconsejó mi amiga Patricia, hace mucho. Aprendí en cierta medida a ejercer esa forma de convivencia. No esperar nada es otra forma de libertad. La pandemia con sus cambios debilitó la habilidad aprendida en la gracia de esas tres palabras. Con atormentada tristeza, cada noche de domingo encaro mi incapacidad de continuar sin esperar nada. Nacen sin remedio palabras detrás de mis ojos.

La tensa calma de un domingo más
sus otros silencios
la espera desesperada de aquello que se empeña
en no volver. 

¿Cómo se puede continuar sin el asidero de la esperanza?

Pero muy pronto llegará el lunes, está a la vuelta del reloj. Con él asoma un conjuro para empezar de nuevo. Sin esperar nada, a pesar de los otros silencios.

Si hablamos, desmenuzamos con diálogo o monólogo exasperado el único tema del que hemos podido platicar durante los últimos cinco meses. Aunque estemos agotados.

Con pasión sostenida

Recuerdo el último con lucidez inusual. Ciertos eventos permanecen dentro de la psique en una región siempre cercana, a pesar de su posición distante en la línea de mi tiempo.

Lo fumé con premeditada parsimonia. Mantuve los ojos cerrados casi todo el rato, como si observara párpado adentro lo que dejaba ir. Aquello que perdía era placer en estado puro. Vivía la etapa juvenil del descubrimiento permanente. Aún medía los rostros del mundo, placer y dolor y opciones. La piel y los sentidos conocían sus mejores amaneceres.

Cada jalón fue un beso de despedida, besos con pasión sostenida, cada golpe un hasta nunca. Un ritual celebrado con plena conciencia. Fue en un balcón abarrotado por pura soledad. Era de noche y hacía silencio.

Han pasado casi 30 años desde aquel último cigarro. Por fortuna, la vida se desmadejó sin humo, una victoria.

Lo mismo necesito hacer con el chocolate pandemia. Su dulzura me trae por la calle de la amargura, ha construido dunas imposibles en mis caderas. Me pierdo en el vicio cíclico de temblar por él, hacerle un amor devorador y odiarlo después del encuentro.

Busco, como entonces, tomar las riendas. Para darle el beso de despedida, un beso último, necesito un balcón, una noche de silencio y a la joven que sabía celebrar ritos de paso con resolución absoluta.

Sin embargo, a ella no la encuentro, ni siquiera sé dónde enterré sus cenizas.

Esta nueva encrucijada me vuelve la mirada hacia atrás. Pienso en el camino transitado, en los varios rostros del mundo ya medidos y descubro una metáfora en el dilema trivial del chocolate. Su capacidad de dominio ilumina pérdidas ocultas en esquinas convenientemente oscuras.

Aunque se lea absurdo.

Ciertos eventos permanecen dentro de la psique en una región siempre cercana. Sobre todo, si el fantasma favorito de quien fuimos es protagonista.