Tres bodas

¿Cómo tejer un comentario breve que otorgue el honor que esta señora novela merece? ¿Cómo? Si cada una de sus 743 páginas destila pura maestría. En la saga Episodios de una guerra interminable, Almudena Grandes supo con suma astucia colocarnos en los vértices de la Guerra Civil Española, en la vida después de las muertes. Una vida gris, dura, difícil de sobrellevar, impuesta por los tiempos Franquistas.

Las tres bodas de Manolita es la tercera. Cada una deja su particular impronta. La urdimbre sutil y simple que las une en breves acontecimientos da al lector la sensación de estar ante un recuento imprescindible y gigantesco.

En Las tres bodas de Manolita los personajes son eje y anzuelo. Tan bien logrados, tan absolutamente humanos, plausibles, vitales, que el lector desea salvar, arropar, defender y besar a muchos y descuartizar a uno que otro.

Una niña, fruto de la vorágine de la prostitución, desea huir con desesperación de un destino que pareciera el único para ella. Su instinto de supervivencia y carácter indómito son brújula para salir del pozo, también su talento de bailaora flamenca. Pero el amor y la guerra misma la empujan a lo inevitable. Su belleza, una maldición.

Hombres fieles a su causa republicana protegen el espíritu dentro de las cárceles, mujeres hacen filas interminables frente a esas prisiones para poder estar aunque sea por breves momentos con los hombres de su vida. Maridos, padres, hijos son fusilados, ellas se parten y se reconstruyen, se protegen las unas a las otras, se sacrifican de mil y un maneras. Custodian con garra la memoria de los caídos.

Manolita, con padre y madrastra presos, se ve de la noche a la mañana a cargo de sus hermanos, la despojan del negocio de la familia, la casa, la esperanza. También de la juventud.

Un grupo de jóvenes en comunión de ideales padecen los horrores del conflicto y la fatalidad de pertenecer al bando perdedor. Un traidor, despiadado torturador juega con la vida de muchos cual titiritero.

Muchas historias convergen en este relato magnifico. Almudena coloca el dedo en mil llagas, muestra el inmenso poder de la ternura, nos envuelve en ella, habla desde un corazón al que le importa cada crueldad, consecuencia de la guerra interminable. Y lo hace con un bagaje de investigación histórica impresionante, también con un manejo del lenguaje que no se aleja nunca de la belleza, que no olvida el amor, el deseo, el cobijo de los vínculos imprescindibles.

“Me calentaban las sonrisas de las mujeres, el eco de sus conversaciones…Nunca lo habría creído pero aquella mañana me sentí bien en la cola de la cárcel rodeada de algunas conocidas y muchas desconocidas que formaban parte de mí como yo era parte de ellas…”

¿Qué decirles? De breve, pues nada.

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