Fracturados

Intenté recoger tus piezas, quise rescatarte después de las fracturas y,
como si quisieras enviarme un último mensaje,
quedaron pequeños cristales de tu cuerpo en las yemas 
de mis dedos.

Mi piel aún los conserva.
Quería guardarte ¿sabes?
quería guardarte adentro del cuerpo, 
en la imaginación, dentro de un pequeño cofre.

Uno de esos cofres que nadie va a tomar por la sencillez que los viste.

Pero has de saber que antes intenté recoger cada uno de tus pedazos con ánimo de desfracturarte.
Pieza por pieza, 
con paciencia inusual.
Tal vez con esperanza. 

Pasé días, meses, 
años creo,
intentando resucitarte.

Pensé, ingenua yo, 
que podría reconstruirte.
Reconstruirnos. 
En los recovecos mentales 
no habías perdido ni brillo ni ímpetu. 

Tus fracturas eran tan recientes que ni ellas se habían percatado de su definitiva existencia.

El pegamento, ilusa yo, sería el entusiasmo que desde un principio te había gestado.

Pero bueno, no se pudo. 
De nuestra historia recogí cuánto pude. 
Me resigné cómo pude.

De tu cuerpo quedan suficientes piezas para resguardar tu memoria.
Y de vez en cuando, no sé, cada amanecer o de siglo en siglo, 
o cuando la noche sea demasiado honda y demasiado larga
podré volver a ti.

Tomar cada uno de tus retazos en las manos, saberlos reliquias de un tiempo que no llegó a ser. Puedo incluso colocar besos en el corazón de cada pieza rota. Llorar.

Recordar que nos tuvimos, que  en el alma de mis dedos quedaron pequeñas esquirlas,
ver su brillo zafiro.

Honrar todo tu significado, decir en voz alta quién fuiste,
recordar que tuve el gozo y la osadía y el arrebato de  tejerte 
recordar que di a luz un inmenso sueño.

De las pequeñas astillas nacieron heridas.
Después de todo también fuiste duelo.
Poco a poco se convirtieron en cicatriz.

Y ellas, mis cicatrices inmortales, 
hablan desde su pasado,
cantan, dicen poemas.

¿La ven a ella? -rezan sus versos-
hubo un tiempo de movimiento y caminos, un tiempo en el que tejía grandes sueños.

Y aunque rotos, los sueños son voz.
Hablan de complicidad, 
de música, 
de los caminos que no se terminaron de recorrer.

Hablan de los días. 
Hablan de cómo era el mundo antes de que cayeran destrozados,
antes de la sangre.

Sí. 
Los sueños se rompen 
y te cortan y te marcan,
pero jamás se olvidan.

Aunque permanezcan en una eterna agonía,
los sueños, 
no sabemos por qué,
quizás por compasión,
no saben cómo se ejerce el abandono.

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