Somos las madres

En nuestro vientre se han gestado universos completos. Hemos parido la historia de la humanidad. La que se cuenta de hombre en hombre, de mujer en mujer, la que se teje siglo tras siglo tras siglo.

Somos la sangre y el llanto y el líquido mágico que sostiene la vida mientras se completan las formas.

En nuestro cuerpo la concepción, el alumbramiento, el enigma mayor de la vida.

En nuestro cuerpo también el alimento.

Somos tierra y océano, somos aire y somos fuego.

Somos las madres.

Manual de procedimientos familiar o de cómo aprendí a trabajar

La celebración del Día del Trabajo tiene un origen triste. Muchos de los que participaron en la huelga del 1 de mayo de 1886 en Chicago fueron condenados, algunos a muerte. Es escandalosamente incomprensible.

Pero más allá del origen del asueto, el trabajo se celebra y se agradece. Mi primer empleo fue cuando tenía 13 años, en un parqueo del Centro Cívico. Nada heroico, una mañana mi mamá simplemente me avisó que trabajaría ahí durante las vacaciones.

—Tenés que aprender a trabajar— dijo, su sentencia resultó ser uno de los mejores regalos que me ha dado.

Todos los días, mi madre me colocaba en la caseta-oficinita a las 7 de la mañana. La encargada de la caja se llamaba Lesbia, ella sería mi mentora. En aquella época, la mente y el tiempo eran las máquinas. Debía aprender a usar el reloj marcador, a dar y recibir los tickets, a troquelarlos y a calcular tarifas. A cobrar y dar vuelto. Aún no existía la automatización servil de las computadoras.

Me gustaba mi trabajo.

Tuvo gracia colateral. Aunque no fuera parte del perfil de mi puesto, también aprendí a encender, mover y estacionar carros. Resignado ante mi insistencia, Tomás, el encargado, no tuvo más remedio que enseñarme. Manejar carros ajenos a esa edad fue aventura.

A pesar de lo poco común, mi primer empleo como vacacionista es inolvidable. Ejercité de ida y de vuelta el cálculo mental, entendí lo que se gestaba en la Torre de Finanzas, lo que sudan los imparables procuradores y entre chismes de barrio, me enteré de algunas oscuridades que sucedían en Torre de Tribunales. Pregunté y pregunté y pregunté. Conocí gente diferente de todas las edades.

Aprendí, ante todo, a encontrar gozo en el trabajo. Mi mamá me dio la oportunidad, el ejemplo, mejor aún, colocó el hábito en nuestros genes.

Sí. La mística que subyace en el trabajo la grabó mi madre con contundencia en el manual de procedimientos familiar.

Desde estas décadas observo aquella vida de niña que dejaba de serlo. La experiencia en la caseta del parqueo me hizo sentir parte de otra dinámica, útil, hasta importante. Marcó un antes y un después. Definió que el rito del trabajo diario sería siempre mi camino.

Después vinieron los trabajos de vacaciones tradicionales: empaqué regalos, di clases a pequeñitos en cursos de vacaciones, fui asistente de una tutora de niños terremoto, vendí galletas. Pero mi trabajo en el parqueo será siempre favorito. Un recuerdo que hace bien.

Una noche, dos idiomas

Sobre las notas de un piano viajan plácidas las ideas. Se desplazan de un Balance General hacia la laguna iluminada de un libro. De una historia creada con la solidez que habita los números vuela a otra escrita con el misterio de las pasiones humanas.

Plena se desmadeja la noche, vestida de melodía sonríe en su oscuridad. Mis neuronas como luciérnagas, la imaginación, cómplice de un pentagrama que pende perenne de la luna.

Horas nocturnas como tantas otras, son de números y son de palabras.

Y en el puente que une a ambos lenguajes, una mujer baila al compás de una hermosa banda sonora, dueña de su propia leyenda.

Con pasión sostenida

Recuerdo el último con lucidez inusual. Ciertos eventos permanecen dentro de la psique en una región siempre cercana, a pesar de su posición distante en la línea de mi tiempo.

Lo fumé con premeditada parsimonia. Mantuve los ojos cerrados casi todo el rato, como si observara párpado adentro lo que dejaba ir. Aquello que perdía era placer en estado puro. Vivía la etapa juvenil del descubrimiento permanente. Aún medía los rostros del mundo, placer y dolor y opciones. La piel y los sentidos conocían sus mejores amaneceres.

Cada jalón fue un beso de despedida, besos con pasión sostenida, cada golpe un hasta nunca. Un ritual celebrado con plena conciencia. Fue en un balcón abarrotado por pura soledad. Era de noche y hacía silencio.

Han pasado casi 30 años desde aquel último cigarro. Por fortuna, la vida se desmadejó sin humo, una victoria.

Lo mismo necesito hacer con el chocolate pandemia. Su dulzura me trae por la calle de la amargura, ha construido dunas imposibles en mis caderas. Me pierdo en el vicio cíclico de temblar por él, hacerle un amor devorador y odiarlo después del encuentro.

Busco, como entonces, tomar las riendas. Para darle el beso de despedida, un beso último, necesito un balcón, una noche de silencio y a la joven que sabía celebrar ritos de paso con resolución absoluta.

Sin embargo, a ella no la encuentro, ni siquiera sé dónde enterré sus cenizas.

Esta nueva encrucijada me vuelve la mirada hacia atrás. Pienso en el camino transitado, en los varios rostros del mundo ya medidos y descubro una metáfora en el dilema trivial del chocolate. Su capacidad de dominio ilumina pérdidas ocultas en esquinas convenientemente oscuras.

Aunque se lea absurdo.

Ciertos eventos permanecen dentro de la psique en una región siempre cercana. Sobre todo, si el fantasma favorito de quien fuimos es protagonista.

No me mires

No te quedes viéndome así
no deslices tus ojos hielo sobre mi cara
desde esa torre tuya
desafiante
y misericordioso a la vez.
 
Mi rostro es un minúsculo islote
una posdata breve
el párrafo de un prólogo pequeño
apenas un principio
o acaso el final.
 
Ahí no encontrarás el manantial de mi verdad
no son, mis facciones de muchas razas
la jungla donde florecen mis raíces.
 
Son solo dos cejas arañadas por el tiempo
una nariz fracturada por danzas de otra vida
huesos rotos, atornillados
huesos ingenuos que aún sostienen mi faz.
 
Este rostro de mujer
es un simple contador del tiempo
pecas nuevas con cada luna
rayas de años que trazan
con sinuosa geometría
abstractos verticales y horizontales
al azar.
 
No lances las piedras de tu tiempo
sobre mi cara
atropellada por avalanchas de desconcierto
violentada por escrutinios
como el tuyo.
 
Este rostro que desarmas con tu juicio
es tan solo una imagen que la vida erosiona.
 
 Pon atención a lo que llevo dentro
es tan fácil, habita cada cueva
de mi imperfección.
 
Aflora en la piel de mis palabras
en el quehacer de mis manos
en los fantasmas
dueños de mis lágrimas
en la campana de mi risa
sobre el mármol de mi cautela
en el tuétano de mi miedo.
 
Explora el hilván de ideas que
sin conocer tregua
se balancea en mis lianas
fluorescentes.
 
Conoce la estrella que guía mi actuar
las verdades que flotan en pozas de llanto
en besos llamarada, en las frases francas
que cuentan mi historia.
 
Siente las ternuras que resguardo
celosa, con el afán de quien conoce
glorias escasas.
 
Nada está escrito sobre mi cara
entra en la selva que guardo adentro
sumérgete en las razones
y desazones y desiertos
que me empujan a escribir
a ser y hacer
a observar
o a cerrar los ojos.
 
Resbala por el tobogán esmeralda
que une mi cerebro de laberintos
con mi corazón  arco iris
siente su compás.
 
 No, no perfores mi semblante
no deslices, desde el pedestal
de tus argumentos
miradas sentencia sobre estos labios
ahí no estoy yo, realmente yo.
 
Mirar mi rostro de esa manera
colocar tus manos de otro mundo
sobre mi mejilla, como si te perteneciera
jamás te mostrará la ruta que conduce
al sagrario de mi cuerpo.
 
Si recorres la simpleza de mis superficies
así, a medias
si no sientes el río de mi canción
la corriente de sus aguas
sus arenas movedizas
 
perderás cada segundo
 
             de tu valioso tiempo.