Desde afuera, infinitivo

Contemplar la vida propia a distancia, 
tropezar con su ritmo desbocado 
ver las alcobas interiores, 
habitadas unas, abandonadas otras. 

Observar dinámicas, 
paralelos inevitables, 
reconocer sus abismos.

Oír los silencios apilados en los muros del tiempo, 
sentir  la inmensidad de su paliza. 

Verte completa desde afuera, 
frenética 
golpeando la ventana  
sin poder romperla.

Besos en los ojos

Se nos llenaron los días de distancias
de reglamentos sin posibilidad de piel.

Sobre los rostros
cenicientos
las máscaras tejieron nido permanente.

Los ojos, solo los ojos quedan desafiando al hielo,
solo los ojos tiran con brazos de llanto puentes hacia otras miradas.

Desafiando el hastío bajo la máscara, los ojos
para no perecer como los otros lugares del cuerpo
aprendieron también a besar.

Y te veo con humedad y te beso con labios de pestañas.

Fracturados

Intenté recoger tus piezas, quise rescatarte después de las fracturas y,
como si quisieras enviarme un último mensaje,
quedaron pequeños cristales de tu cuerpo en las yemas 
de mis dedos.

Mi piel aún los conserva.
Quería guardarte ¿sabes?
quería guardarte adentro del cuerpo, 
en la imaginación, dentro de un pequeño cofre.

Uno de esos cofres que nadie va a tomar por la sencillez que los viste.

Pero has de saber que antes intenté recoger cada uno de tus pedazos con ánimo de desfracturarte.
Pieza por pieza, 
con paciencia inusual.
Tal vez con esperanza. 

Pasé días, meses, 
años creo,
intentando resucitarte.

Pensé, ingenua yo, 
que podría reconstruirte.
Reconstruirnos. 
En los recovecos mentales 
no habías perdido ni brillo ni ímpetu. 

Tus fracturas eran tan recientes que ni ellas se habían percatado de su definitiva existencia.

El pegamento, ilusa yo, sería el entusiasmo que desde un principio te había gestado.

Pero bueno, no se pudo. 
De nuestra historia recogí cuánto pude. 
Me resigné cómo pude.

De tu cuerpo quedan suficientes piezas para resguardar tu memoria.
Y de vez en cuando, no sé, cada amanecer o de siglo en siglo, 
o cuando la noche sea demasiado honda y demasiado larga
podré volver a ti.

Tomar cada uno de tus retazos en las manos, saberlos reliquias de un tiempo que no llegó a ser. Puedo incluso colocar besos en el corazón de cada pieza rota. Llorar.

Recordar que nos tuvimos, que  en el alma de mis dedos quedaron pequeñas esquirlas,
ver su brillo zafiro.

Honrar todo tu significado, decir en voz alta quién fuiste,
recordar que tuve el gozo y la osadía y el arrebato de  tejerte 
recordar que di a luz un inmenso sueño.

De las pequeñas astillas nacieron heridas.
Después de todo también fuiste duelo.
Poco a poco se convirtieron en cicatriz.

Y ellas, mis cicatrices inmortales, 
hablan desde su pasado,
cantan, dicen poemas.

¿La ven a ella? -rezan sus versos-
hubo un tiempo de movimiento y caminos, un tiempo en el que tejía grandes sueños.

Y aunque rotos, los sueños son voz.
Hablan de complicidad, 
de música, 
de los caminos que no se terminaron de recorrer.

Hablan de los días. 
Hablan de cómo era el mundo antes de que cayeran destrozados,
antes de la sangre.

Sí. 
Los sueños se rompen 
y te cortan y te marcan,
pero jamás se olvidan.

Aunque permanezcan en una eterna agonía,
los sueños, 
no sabemos por qué,
quizás por compasión,
no saben cómo se ejerce el abandono.

Desde este lado

Nota los hilos de tristeza que escapan por sus ojos, reconoce que al cutis se le apagan las constelaciones.

El rictus melancólico es más elocuente que su silencio. Aquellos labios de fruta se secan, se apagan.

Aturdida, desde este lado, no sabe cómo prodigarle consuelo, cómo devolverle la belleza que nacía en su alegría, la algarabía que endulzaba su semblante. El futuro.

Desde este lado, la impotencia de no ser capaz de salvarla la destruye a ella también.

Desde este lado, solo le queda romper el espejo.

Nace un poema

Al caer la tarde se reúnen. Acuden al bálsamo de la amistad en busca de cobijo.

Unidas por su historia, hablando un lenguaje que han hecho propio por tanto gastarlo en la construcción de posibles respuestas, brindan como solo ellas saben brindar.

Celebran la vida y celebran la pena acompasadas por sus voces y sus copas. Con arrojo y con risas, con la justa dosis de lágrimas, con la dignidad que otorga la experiencia, resueltas a seguir adelante, con inmenso amor.

En un ocaso como esos nació este poema.

“La noche, vestida de sombras, de silencios y cansancio, nos trae a este sitio, sedientas de comprensión.”

De lamer heridas

Y también soy mujer de caídas. Sé cómo se sienten, en la carne y en el ánima,

los cristales del tropiezo.

Conozco el sabor de mi sangre,
de lamer heridas aprendo.

He padecido y aún estoy aquí, aún lo escribo.

De la fragilidad soy caminante, como tú,
como ella, como él.

Y aún estoy, aún lo escribo. Aún. Como tú.

Contradicción

Un desorden imposible de organizar. 
Este hoy que se contradice con aquel ayer.

El bajón de este momento que nada tiene que ver con la euforia de hace un rato.

Un choque de opuestos reales me sucede dentro, un enigma imposible de resolver.

La negrura incapaz de iluminarse.
La luz que no se deja atenuar.

La ceguera,
la sordera,
el relámpago,
el estruendo.

El agujero negro,
el silencio.
La bengala y la sinfonía.

El temor a desvanecerme
o el miedo a resurgir.

El deseo de ser invisible
y la ansiedad cuando no me dibujo.

Cuántas formas de desencuentro.

Este espíritu que como humo sube y como lluvia cae,
este espíritu que se tiñe de azul o de sol,
este espíritu que no se entiende con él mismo.

Este espíritu
constante contradicción.