Puras palabras

Tras una vida de incesante intento
después de días y noches
y meses

y años, tantos años
de escribir
en silencio, en tinieblas
en medio de todos los fuegos

de escribir y escribir
para aprender a escribir

después de tanta jornada
en tinta o pantalla
de mis heridas manan puras palabras.

Mi mente sin voz
es una llaga
por siempre abierta
por siempre húmeda

Mi sangre,
un violento afluente de lenguaje
en busca de respuestas.

Las quimeras que encienden
las mejores luces
también guardan abecedarios

en la incandescencia
de su entraña
se gestan los versos esperanzados.

Historias que se enlazan como cuerpos

Luis García Montero ha escrito un sentido himno a la memoria de su mujer. Más que un poemario, UN AÑO Y TRES MESES plantea un recorrido por las rutas del duelo y explora los misterios que un marido procesa en su corazón doliente. Ofrece también una mirada breve a los largos años que compartieron.

Qué ternura, cuánta sabiduría, qué tamaño de amor…

Con la pericia de un hombre que sabe de palabras, que ha hecho del lenguaje su universo, García Montero derrocha belleza y alma en cada uno de los poemas. Los ha construido naturalmente, muy lejos de cualquier lugar común.

Lo imagino escribiendo. Entre la pena por la muerte y gratitud por la convivencia, el poeta enamorado rinde a su compañera un homenaje casi sagrado. Rodeado de todo aquello que los vio ser pareja, dentro de un espacio habitado por el arsenal de los perpetuos recuerdos, ha creado una magistral colección.

La camino por tercera vez y salgo de cada pieza nuevamente conmovida.

Almudena Grandes se fue demasiado pronto. Como sucede con los artistas que con la trascendencia de su obra dejan un mundo mejor, quedan su voz y el compromiso que rige su escritura. En cada libro suyo palpita por siempre un acucioso talento para construir historias .

Vive Almudena en cada libro y habla Almudena en cada columna.

Sus lectores la invocamos en el conjuro de la literatura.

Su marido le escribe poemas, qué manera hermosa de continuar amándola.

Ojalá el espejo

Ojalá guardara las versiones antiguas, lo que fuimos, 
la mirada plena de curiosidad, 
esperanzas en multiplicación constante, 
el terso hábito de soñar.  

Ojalá del pasado,  el espejo reflejara el fundamento, 
aquello que otorgaba  juventud genuina,
el conjuro de las bellezas profundas. 

Ojalá contuviera esencias,
un rostro acostumbrado a sonreír, 
el relieve de los labios  húmedos por el hábito del beso
la pupila bailarina a pulso de curiosidad.

Ojalá resguardara intacto 
un conglomerado de facciones 
felices por siempre creer.  

En  la vida, 
en la alegría, 
en el grande amor. 

Ojalá el espejo, 
en su calidad de lumbre, con el poder de la proyección, 
comprendiera lo que la vida fue grabando 
en el líquido de su superficie. 

Ojalá, como quien posee la sabiduría del tiempo
colocara  lo mejor de lo pretérito 
en la incertidumbre del presente.

Ojalá el regalo del recuerdo aguardara 
por siempre imperturbable 
en la serenidad del espejo. 

Siempre cómplices


Después de la algarabía y de la indomable búsqueda, después de la adrenalina y del voraz descubrimiento,

sobre la huella de los tan cargados años
de pruebas y regalos,
de aprendizaje y tormentos, de amor y despedidas,

cuando amainaron las inquietudes y presencias fundamentales se retiraron, cuando cambió el sentido de los días,

después de los después
y de los antes impensables cuandos,
los libros permanecen.

Cercanos, íntimos, de pie,
en la curiosidad de la retina,
en la tibieza de las manos,
en el constante pensamiento,

al anochecer, al amanecer,
en el embrión de la despoblada madrugada.

Sólidos, contundentes, magnánimos,
rotundamente sabios.
Llenos de vida.

Siempre cómplices los libros,
en el complicado afán de cumplirle a la vida.

De creación literaria, personajes y libertad

Si piensas que he vivido las glorias o he padecido los dolores que habitan mis relatos, si me juzgas por lo que hacen -o no- sus personajes, si crees que los textos celebrantes de la libertad -en el amor o en la vida o en la cama o en las guerras- son autobiográficos, no has comprendido aún de qué va la literatura. No soy tan valiente, ni tan intrépida ni tan completa ni tan grande. Los personajes pertenecen a otra dimensión.

Escribir ficción es un complejo acto de creación que pretende dar sentido a la realidad a partir de la fantasía. No es un simple recuento de vivencias, es más, mucho más. Hitchcock no era Norman Bates, Stephen King no es It. El Gabo no era Aureliano Buendía, Mastretta no es Emilia Sauri. Más allá de los personajes inventados, la creación literaria es un ritual sagrado de búsqueda personal. Comprender la libertad es uno de sus más profundos propósitos.

La verdadera libertad, el sueño inmenso, encuentra en la escritura un acercamiento bastante preciso. Como toda expresión artística, la escritura necesita de agudas herramientas. El ejercicio de la profunda observación, por ejemplo, también de la indagación. No olvidemos que toda disciplina artística requiere de un vehemente sentido de curiosidad.

Consciente de que nunca se deja de ser aprendiz en este arte-oficio, con esmero cuido y cultivo la imaginación, me otorgo amplias licencias para fantasear. Invento, busco, invento de nuevo. Continúo buscando. Las palabras son el fiel instrumento. Procuro pues, hilvanarlas con gracia, escribir con un amor difícil de perfilar, un profundo amor por el arte y por el lenguaje. En momentos afortunados lo logro.

Observo con detenimiento a las personas. Con suerte, por breves intensos momentos, calzo sus zapatos. Encuentro los cimientos que sostienen su experiencia, su mirada se convierte en generoso umbral.

Intento, despojada de juicios castrantes, comprender su drama. Con mucha atención y absoluto respeto observo, abierta siempre a conocer cualquier historia personal para dar sentido a la universal. Pellizco apenas.

Del ser que configuro nace un personaje. La historia que le invento no es la que vive, esa no me pertenece. La historia que le invento es una extensa exploración. Porque al final del día, la literatura celebra la condición humana, es arte y es búsqueda, anhela articular respuestas que de pronto aún no existen.

Comprenderás pues que soy pequeñita, simple y común comparada con los personajes.

Sin embargo, hay una verdad irrefutable en la creación literaria, la historia que el autor teje guarda parte de su intimidad. Nace de sus interrogantes, inquietudes, carencias y anhelos, trasciende su experiencia.

No somos los personajes, ellos son sacro instrumento de búsqueda. En diferentes planos, habitamos la misma historia.

Palabras para un mundo desarmado

Este mundo desarmado necesita poesía para denunciar lo inaudito, para nombrar al veneno, para formular remedios.

El laberinto inhabitable en el que se ha convertido nuestro amado mundo, un mundo desarmado, clama al poeta desde todas sus entrañas. Le pide, lo reta, muestra las heridas.

Armado de palabras, de ideas iluminadoras o miradas desafiantes, con entendimiento incendiario y feroz esperanza, el poeta escribirá las rutas alternas. Preso de sentimiento trazará mapas.

Será su dominio del lenguaje el que nombre las nuevas verdades, puertas a la libertad. Su arrojo a prueba de repudio encontrará la llave que las abre.

La poesía, pregona el que cree, ha encontrado en episodios del pasado horizontes perdidos.

Sostenida por la pluma viva de los autores muertos, la historia lo afirma.

El poeta inconforme da a luz a la nueva conciencia. No conoce otra forma de ser. Su misión vital es transformar sintiendo con papel y tinta. De verso en verso, ama y padece.

Aunque en medio del caos que estremece a la experiencia humana olvidemos la redención que habita la palabra, este mundo desarmado precisa de poesía para reanudar la marcha.

Mirar la lluvia

Te haces una con la ventana para ver cómo la lluvia se hace una con la tierra, una con los verdes, una con la tarde que solloza bajo pesos de silencio.

Atrás del agua también el volcán se hace uno, uno con la mirada.

Y no importa lo que estés sintiendo, ni cuánto te abata el tiempo, ni cómo te azoten las tormentas ni los tormentos, ante tan voluptuosa belleza no podés dejar de sonreír.

Cerrar los ojos

Rasgar el día, romper la noche. Rasgarlo como si fuera una hoja plagada de palabras equivocadas.

Romperla como si fuera loza de otro tiempo.

Soltar trozos del día en las manos del aire, barrer añicos de la noche, que los pies no sangren.

Cerrar los ojos, tratar, intentar, tratar…

Escritura y compromiso

Aunque la escritura sea una manifestación artística, un ejercicio que reta a la creatividad y a la imaginación, también encarna compromisos.

Escribir ficción, por ejemplo, perfila sin reservas los infinitos relieves de la condición humana. Explora, desnuda, inquieta. Muestra, no explica. Despoja del miedo a lo distinto, tiende puentes.

La literatura coloca llanto ahí en donde más se necesita, da voz a quienes han sido silenciados. Estimula el ejercicio de la compasión. Habla mirando a los ojos. Crea belleza a partir de casi nada. Con suerte, cambia la historia de cada lector.

La poesía se gesta en el centro mismo del sentimiento. Surge pura. Es el más feroz intento por preservar la hondura en la emoción.

El teatro es el cosmos de todos los espejos.

El ensayo, una inspección continua de la fragilidad o de la evolución. Una manera de utilizar el lenguaje para colocar dedos sobre todas las llagas. El perpetuo cuestionamiento de lo que sí es y lo que no debiera ser.

Toda expresión artística es un acto de resistencia, un camino construido con recursos estéticos que conduce a nuevos lugares en la conciencia colectiva.

Cada rama en el espacio de la creación guarda un compromiso supremo, el compromiso con el arte mismo.

Afuera quedan filos

Entro en mi poema y cierro su puerta.

Afuera quedan los filos del mundo rasgando cuanto pueden.

Acoge y sostiene, mi habitación de palabras.

Comprende quién soy, me salva del viejo filo, comprende quién es, sabe dónde está y,

compasivo o sagaz, coloca cortinas de distancia.