Mirar la lluvia

Te haces una con la ventana para ver cómo la lluvia se hace una con la tierra, una con los verdes, una con la tarde que solloza bajo pesos de silencio.

Atrás del agua también el volcán se hace uno, uno con la mirada.

Y no importa lo que estés sintiendo, ni cuánto te abata el tiempo, ni cómo te azoten las tormentas ni los tormentos, ante tan voluptuosa belleza no podés dejar de sonreír.

Cerrar los ojos

Rasgar el día, romper la noche. Rasgarlo como si fuera una hoja plagada de palabras equivocadas.

Romperla como si fuera loza de otro tiempo.

Soltar trozos del día en las manos del aire, barrer añicos de la noche, que los pies no sangren.

Cerrar los ojos, tratar, intentar, tratar…

Escritura y compromiso

Aunque la escritura sea una manifestación artística, un ejercicio que reta a la creatividad y a la imaginación, también encarna compromisos.

Escribir ficción, por ejemplo, perfila sin reservas los infinitos relieves de la condición humana. Explora, desnuda, inquieta. Muestra, no explica. Despoja del miedo a lo distinto, tiende puentes.

La literatura coloca llanto ahí en donde más se necesita, da voz a quienes han sido silenciados. Estimula el ejercicio de la compasión. Habla mirando a los ojos. Crea belleza a partir de casi nada. Con suerte, cambia la historia de cada lector.

La poesía se gesta en el centro mismo del sentimiento. Surge pura. Es el más feroz intento por preservar la hondura en la emoción.

El teatro es el cosmos de todos los espejos.

El ensayo, una inspección continua de la fragilidad o de la evolución. Una manera de utilizar el lenguaje para colocar dedos sobre todas las llagas. El perpetuo cuestionamiento de lo que sí es y lo que no debiera ser.

Toda expresión artística es un acto de resistencia, un camino construido con recursos estéticos que conduce a nuevos lugares en la conciencia colectiva.

Cada rama en el espacio de la creación guarda un compromiso supremo, el compromiso con el arte mismo.

Afuera quedan filos

Entro en mi poema y cierro su puerta.

Afuera quedan los filos del mundo rasgando cuanto pueden.

Acoge y sostiene, mi habitación de palabras.

Comprende quién soy, me salva del viejo filo, comprende quién es, sabe dónde está y,

compasivo o sagaz, coloca cortinas de distancia.

Desde afuera, infinitivo

Contemplar la vida propia a distancia, 
tropezar con su ritmo desbocado 
ver las alcobas interiores, 
habitadas unas, abandonadas otras. 

Observar dinámicas, 
paralelos inevitables, 
reconocer sus abismos.

Oír los silencios apilados en los muros del tiempo, 
sentir  la inmensidad de su paliza. 

Verte completa desde afuera, 
frenética 
golpeando la ventana  
sin poder romperla.

Besos en los ojos

Se nos llenaron los días de distancias
de reglamentos sin posibilidad de piel.

Sobre los rostros
cenicientos
las máscaras tejieron nido permanente.

Los ojos, solo los ojos quedan desafiando al hielo,
solo los ojos tiran con brazos de llanto puentes hacia otras miradas.

Desafiando el hastío bajo la máscara, los ojos
para no perecer como los otros lugares del cuerpo
aprendieron también a besar.

Y te veo con humedad y te beso con labios de pestañas.

Fracturados

Intenté recoger tus piezas, quise rescatarte después de las fracturas y,
como si quisieras enviarme un último mensaje,
quedaron pequeños cristales de tu cuerpo en las yemas 
de mis dedos.

Mi piel aún los conserva.
Quería guardarte ¿sabes?
quería guardarte adentro del cuerpo, 
en la imaginación, dentro de un pequeño cofre.

Uno de esos cofres que nadie va a tomar por la sencillez que los viste.

Pero has de saber que antes intenté recoger cada uno de tus pedazos con ánimo de desfracturarte.
Pieza por pieza, 
con paciencia inusual.
Tal vez con esperanza. 

Pasé días, meses, 
años creo,
intentando resucitarte.

Pensé, ingenua yo, 
que podría reconstruirte.
Reconstruirnos. 
En los recovecos mentales 
no habías perdido ni brillo ni ímpetu. 

Tus fracturas eran tan recientes que ni ellas se habían percatado de su definitiva existencia.

El pegamento, ilusa yo, sería el entusiasmo que desde un principio te había gestado.

Pero bueno, no se pudo. 
De nuestra historia recogí cuánto pude. 
Me resigné cómo pude.

De tu cuerpo quedan suficientes piezas para resguardar tu memoria.
Y de vez en cuando, no sé, cada amanecer o de siglo en siglo, 
o cuando la noche sea demasiado honda y demasiado larga
podré volver a ti.

Tomar cada uno de tus retazos en las manos, saberlos reliquias de un tiempo que no llegó a ser. Puedo incluso colocar besos en el corazón de cada pieza rota. Llorar.

Recordar que nos tuvimos, que  en el alma de mis dedos quedaron pequeñas esquirlas,
ver su brillo zafiro.

Honrar todo tu significado, decir en voz alta quién fuiste,
recordar que tuve el gozo y la osadía y el arrebato de  tejerte 
recordar que di a luz un inmenso sueño.

De las pequeñas astillas nacieron heridas.
Después de todo también fuiste duelo.
Poco a poco se convirtieron en cicatriz.

Y ellas, mis cicatrices inmortales, 
hablan desde su pasado,
cantan, dicen poemas.

¿La ven a ella? -rezan sus versos-
hubo un tiempo de movimiento y caminos, un tiempo en el que tejía grandes sueños.

Y aunque rotos, los sueños son voz.
Hablan de complicidad, 
de música, 
de los caminos que no se terminaron de recorrer.

Hablan de los días. 
Hablan de cómo era el mundo antes de que cayeran destrozados,
antes de la sangre.

Sí. 
Los sueños se rompen 
y te cortan y te marcan,
pero jamás se olvidan.

Aunque permanezcan en una eterna agonía,
los sueños, 
no sabemos por qué,
quizás por compasión,
no saben cómo se ejerce el abandono.