Dos mujeres

Dos mujeres. Dos mojitos y una tarde, dosis precisas de hojitas verdes danzan dentro de cristal etílico. Las Flans colocan Mil y Una Noches en el aire que nos sostiene. Es cálido y liviano, como si supiera.

Apenas estamos acompañadas. Poco a poco, los demás se fueron del pequeño bar-bistró que nos acoge. Se fueron como suele suceder.

Las voces de las cantantes apagan durante algunos minutos las nuestras. Su canción y su fama se remontan a un tiempo en el que nuestro mundo era una cadencia de puras posibilidades, una secuencia de puertas por abrir. Las posibles puertas están cerradas para siempre. Lo sabemos aunque no lo repetimos, esa puerta también quedó cerrada.

La mejor amiga escucha penas y verdades con cuarenta años de cariño intacto, con pactos tácitos en la mirada. La libertad de llorar y reír y soñar asoma a nuestra mesa. Así se desata una tarde de dicha.

La pena encuentra alivio, las verdades, eco. La menta con sus travesuras de alcohol resbala con magia. La música templa la emoción. La complicidad aligera todo, el te quiero mucho de siempre sella la despedida.

Ya a solas, una lágrima marcha rostro abajo, es de reconocimiento. Una lágrima mojito.

La dicha de tenernos, la sororidad como ancla y como asidero. Dos mujeres.

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