Para enmendar la plana

En alguno de los rincones patas arriba que guardan mis arranques de innombrable chifladura, brotó un disparate. El más innombrable. Palabra tras palabra nació, como pollo que rompe su cascarón. Un polluelo carente de lucidez, un animalito disfrazado de carta. Fue hace cuatro años.

Estaba por cumplir cuarenta y cinco años y dispuse –como si a él le importara– escribir una carta a Ricardo. Le pedí canción nueva porque en un abrir y cerrar de ojos los años se precipitan, tropiezan entre sí, se atropellan uno al otro y hasta se revuelven por la pura gana de fastidiar. Para este trajín cronológico tenía antojo de algunos acordes con sus respectivos versos.
El antojo me impulsó a pedirle que compusiera algo nuevo para la Señora de las cinco décadas.

Qué osadía tuve, caramba. Si entre los cuarenta y los cincuenta habita un planeta, una galaxia, y a veces no hay espacio ni para una partícula estelar. Si entre los cuarenta y los cincuenta sucede una vida entera y al mismo tiempo no termina una noche.

Mi lista de deseos para la canción que nunca existirá empezaba con las cosquillas, las pisadas de fuego y otro par de insensateces.  ¿Quién en su sano juicio gastaría su musical tiempo en tirarle melodías a la cumbre menopaúsica del ciclo femenino? ¿Verdad? Exacto. Nadie. Un acantilado ancho y profundo separa los cuarenta de los cincuenta. Grietas envejecen al cuerpo,  brotan flores invencibles en la mente.

Hoy empieza mi primer día del último año en esta década y son ahora otros cantos los que me arrullan, otras tonadas con quienes bailo. Cómo se resbalan los años, cuánto nos quedan debiendo, qué arsenal de memoria van ocupando.

El asunto es que no necesitamos música nueva para revivir viejos –apasionados, portentosos– talentos, ni para recordar los misterios que mantienen con vida al cuerpo. Tampoco para ofender al bien cuidado celebro con mentiritas piadosas.  ¿Apaciguar la inercia luminosa con la que vuela nuestra mente? eso es absolutamente imposible. No hay verso ni sinfonía que la intimide, ni sortilegio que se parezca a su deseo de continuar.

El último año de esta juventud en pleno ocaso me recibe más vieja, sí, pero más clara de qué sí y qué no, menos dudosa, más amorosa, con tantos asuntos aún pendientes por conquistar. A la vez me regala la certeza –todavía escurridiza– de que acaso, no sean tantos. Algo en lo que aún no nos ponemos de acuerdo.
   
    

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