De nuevo el mar

Tenemos algo íntimo, el mar y yo. Una dualidad. Atracción y rencor. Puede verlo durante horas, sentir su sala y su aire y su voz de ola. Puedo regocijarme con su guapura, entretenerme con la cadencia de su espuma, ver el vaivén de sus aguas que no se agota y no se repite. Porque cada llegada es distinta, y cada momento único. Puedo disfrutarlo.

Pero también recuerdo, y sé que no fue personal, pero este mar que me apasiona y me seduce y me hace sentir viva, me colocó frente a frente con la muerte. Irreparable e implacable. 

Parecen amores

Flotan sobre tejados,

abrazan al volcán.
Rozan los bosques de las cimas, 
cubren partes, cubren todo.
 
Parecen amores, las nubes.
 
Nubes con sol, nubes con sombra, 
y sombras de nubes.
 
Parecen amores, las nubes.
 
Nubes suaves que despacio bailan. 
son las que acarician,
las nubes que besan.
 
Parecen amores, las nubes.
 
Nubes densas, nubes grises. 
nubes despiadadas se abalanzan,
caen y aplastan
son nubes que destruyen.
 
Parecen amores, las nubes.
Nubes que salvan, 
nubes que mutan,
nubes que crecen,
nubes que ahogan,
y que abandonan.
Parecen amores, las nubes.
Nubes impredecibles, 
Nubes imprescindibles,
vitales, rotundas.
Parecen amores,
todas las nubes.
 
 
 

 

 

 

 





	

Para aquellas mariposas

No me pidas que entienda de violencias o que justifique impaciencias o que cierre los ojos para borrar las esquinas y el filo de las agresiones. No me pidas que no sienta. ¡No puedo, que no puedo! Porque esos malabares inhumanos de la indiferencia no salen de mi cuerpo, ni de mis tripas, mucho menos brotan de mi alma rota. Si algo sale y brota y grita son lágrimas. Pero nadie escucha, nadie bebe la sal de tal tristeza.

Hoy revivo “El Tiempo de las Mariposas”…




Aun hierve el agua para chocolate

Todos los caminos que algunos locos recorremos sobre páginas. Año tras año, libro sobre libro. Los locos felices por la literatura, claro. Mis compañeros en esta demencia saben a qué me refiero. Tantas épocas, cuántos personajes, miles de historias engullidas.

Resulta que “Como Agua para Chocolate” de Laura Esquivel llegó a sus veinticinco años. Pareciera que fue apenas anoche cuando leí cómo el Pedro se comió a Tita a beso puro, para después hacerse el obediente y fingir que la abandonaba tras un fogón. Le lloré el desamor disimulado para acompañarla. Las lectoras somos solidarias cuando se trata de amores desubicados.

De las recetas ni hablar. Mayor aún es el desquicio de quienes leemos con desaforo buscando resolver enigmas y cocinamos como si en los sabores existieran respuestas para todo. ¿Qué sabía yo de la vida cuando leía esta historia de revoluciones? No mucho. A los veintitantos sabemos poco de la vida y sus paseos. 

A esas jóvenes alturas tenía un par de certezas vitalicias bien colocadas en el centro: la literatura salva…y la cocina también.


“…supo en carne propia por qué el contacto con el fuego altera los elementos, por qué un pedazo de masa se convierte en tortilla…”

Revivan muertos míos, que ha llegado noviembre

Hermoso día para que nuestros muertos revivan un rato entre fiambres y familia. Que se pongan al corriente y conozcan la original forma en la que se multiplicaron sus genes.

Quienes nos dejaron cuando aún éramos niños que se asombren de los vejetes que hoy somos, y con quienes apenas partieron retomemos la conversación que inconclusa dejamos.

“¿Me ves padre? Ya no tengo ocho años. Soy una vieja cuarentona que se parece a tu mamá, tengo hijos que ya no son niños y la terrible maña de invocarte a diario. Hoy prometo no pedir milagros ni hacer reclamos.” 

“¿En qué nos quedamos Yelle? en varios asuntos, en la cocina por ejemplo. De verdad, la receta de la Waldorf es la misma que me dio, idéntica, solo que yo no pelo la manzana…”


“Cuénteme Tata, ¿qué le parece la versión Siglo XXI de su fiambre? Guarda su esencia, mi paladar no lo olvida, ¿Y el suyo? treinta años no pueden borrar algo tan intenso de la memoria, ni de vivos ni de muertos.”


Tan saturada

Se ha llenado la luna. Redonda, tan saturada vuelve a salir del ojal celeste. Y observa. Es su fulgor una inmensa mirada.

Busca historias la luna, de amores o soledades, de llantos y besos y silencios.
Descubre historias la luna, se enreda en ellas para pertenecerles… para que le pertenezcan.

Es pura casualidad, señores

Si los ojos son grandes y brillantes, o pequeños, como de ratón, o separados como los de un pez. Si se abrieron al mundo adornados por bosques de pestañas o desdibujados o disparejos. Si la nariz creció más que los pies o guardó armonía con orejas, contorno y entorno, si resultó de recta finura o redonda, como rabanito. Si la cintura mantuvo la brevedad que no sé quién dictó como apropiada, o creció rotunda para ocupar más espacio del permitido. Si la cabellera abunda y cae lustrosa sobre regios y nobles hombros, o si,  esmirriada, no adorna nada y abriga poco.

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