Lectora

Soy una lectora. Eso es lo que soy, además de lo demás.
Tengo  debilidad mortal por las palabras y los párrafos y las páginas.  Empedernida por de más. Una mujer que lee historias. Soñadora, me sumerjo en ellas. Demente, las hago mías. 
Las lloro y las río. Por ellas siento temor y siento amor. Amor colosal. Sí, soy apasionada lectora. Condenada a vivir en mente y carne argumentos, a intimar con personajes. A no olvidarlos. 
 Soy absurdamente lectora.  Y resulta delicioso.

Uno que se va, otro que pronto llega

Se va un año de muchas formas. Cansado, abandona el calendario que ocupó en mi pared y deja un espacio para su hermano que en breve nace. Ni preguntarle que trae, cada uno llega diferente. Cada uno más ocurrente que el anterior. Más intenso quizás, más sorprendente, o más sereno. Distinto al fin. 
El que se despide me ha dejado especialmente  vieja. Me colocó en la mitad de mi quinta década, pero no se llevó mi eterna curiosidad. Quedé tal vez más pensativa. 
Trajo una cachorra labrador del color de la cerveza, traviesa y amorosa. 
Se lleva el recuerdo de proyectos logrados y me deja algunos a medias.  Agradecida por eso.
Quedan también los regalos que trajo para que me sintiera viva. Conversaciones iluminadas con seres humanos geniales. La capacidad de valorar con más fuerza una tertulia cálida e inteligente. Juntos tendimos puentes. 
Me obsequió nuevas amistades, valiosas, un regalo muy grande. Carcajadas y ocurrencias de los míos y de mi propia autoría. Sentido del humor renovado.  
La certeza de que todo evoluciona, los hijos crecen y los silencios buenos también. Queda la habilidad de llenar con originalidad esos silencios.
 Quedan los pequeños tesoros que cada libro bien leído otorga. El entusiasmo desbordado por seguir leyendo y la imaginación encendida para escribir de todo un poco.
El año que muere deja más canas en la barba del señor de la casa, y la promesa de que solo vendrá más blancura. Y más ronquidos, bellísimas gracias. 
Aquí dentro me queda capacidad infinita para amar más y mejor. Enseñanza grande de los días que se fueron. Me deja suficiente para tantos años!!! Besos infinitos dibujados en mi boca para dar la vida en ellos, abrazos cálidos, cariños que no se agotan. Sinceros. Bendito sea el querer. Queda la convicción de que con el año que entra será aun mejor.
Los años también se llevan a seres amados, a algunos colocados lejos, en otro mapa. A ellos no se los lleva del todo. A otros si, para siempre. Ellos duelen y nada malo hay en llorarlos. Se nos mueren gentes y se nos mueren certidumbres. Con su recuerdo quedan lágrimas bien vertidas. De eso se trata también el paso de la vida.
Para este año deseo a todos chispazos de gozo extremo, en cantidades suficientes para reír a viva voz todos los días. Lecciones que nos completen. Trabajo que edifique. Creatividad y entusiasmo.
 Poemas e historias que nos transporten a sitios increíbles. Afectos cada vez más fuertes y necesarios. Besos largos y suaves o breves e intensos. Abrazos para no sentir frío nunca. Si se nos hiciera perdidiza la necesaria paz, espero que encontremos el camino que nos regrese a ella. Ojalá no olvidemos que vive dentro nuestro. Y si lo olvidamos, espero que tengamos la compañía de alguien que nos lo recuerde. Y que nos sostenga si de pronto tropezamos.  Y a todos deseo esperanza, mucha esperanza. Con ella en las manos y la mirada, lo demás llegará por añadidura.

Un Privilegio

Resulta una aventura monumental construir cada pedacito de la Navidad para nuestras familias. No hay espacio para cansancio, para falta de tiempo y mucho menos para quejas o huelgas. 
Las mujeres somos un motorcito que suena a Jingle Bells. Qué privilegio tan grande! Hoy rindo homenaje a este rol que la vida me regala cada diciembre. Si lo pensamos bien, es la esencia misma de lo que celebramos con ponche y nacimientos.
Olemos a mantequilla todo el tiempo, y a veces vamos por ahí con azúcar glass hasta en el pelo. Llegamos a la oficina con alma de cocineras, con mente de decoradoras y algún regalo pendiente entre ceja y ceja. Bendita sea.
Volvemos una y otra vez al súper. Olvidamos esto, se nos ocurre aquello otro. Cada día una idea nueva. El paso de la vida me ha enseñado a disfrutar la búsqueda de  regalos para los demás. Al fin comprendí. 
 Hay cosas que realmente son causa de stress, escoger regalos y gozar al darlos ya no es una de ellas. 
Una vez más, armar el árbol es un ritual delicioso. Cada adorno, una ceremonia. Nos sorprendemos hablando solitas, o negociando con las series de luces que deciden no encender. Ellas ganan. Y ahí vamos de vuelta a Cemaco, como el año pasado y el anterior, porque no iluminar la temporada es inaceptable.
Buscar el mejor pavo, el jamón más brillante, desempolvar las recetas de toda la vida. Revivir a las abuelas a base de sabores. Llorar de pura emoción. Porque recordamos, porque sentimos, porque el amor ya no cabe adentro. Porque extrañamos.
Despertar cada día de diciembre con la certeza de que hay asuntos que atender y concluir. Llamadas, tarjetas para recordar a alguien cuánto le quiere nuestra familia. Poblar de Pascuas la casa, porque necesitamos ver sus rostros  de Navidad.  
La Sagrada Familia. Con ellos comenzó todo esta ceremonia de querernos. Y con los brazos abiertos celebro el grandioso privilegio de ser mujer de familia, y poseer la inmensa responsabilidad de hacer que la Navidad suceda para los míos. Sin ellos, no hay motivos, ni alegría, ni nada.

Para que pese



PARA QUE PESE


Voces, para no perderme en los laberintos de  la soledad.  

Música,  para disimular tristuras,  para bailar. 

Y letras. Siempre mías las letras. 

Para ensanchar la vida  porque alargarla no puedo. 

Para que  pese, gorda de palabras. 

Rotunda e ingeniosa. 

 Y hoy… nada más.

MUCHOS REGALOS Y TANTA TRISTEZA

La vida sacude. Como si fuera terremoto nos postra de rodillas. Y nos deja estupefactos, sin entender nada.  Quedamos especialmente sacudidos cuando el temblor trae  a   la muerte. A veces llega anunciándose, nos prepara, o trata de hacerlo. Aun así es dolorosa. Pero cuando se le da por aparecer y arrebatar de un día para otro  a quien todavía tiene vida que regalar, es devastador. Y eso siento hoy. Un dolor muy grande. Se Fue María Elena. Lo escribo y ni siquiera lo creo.

 Esta mujer con carácter de gigante,  epicentro de su núcleo familiar,  ha dejado no uno, sino muchos vacíos. Apasionada por su familia, era la suegra de mi hermana. La abuela de mis sobrinos y amiga permanente de todos nosotros. Siempre estaba ahí. Para sus nietos  era “la Tita”.

Hoy celebro los pedacitos que La Tita dejó en mi vida. Lo hago con tristeza y asombro, porque son tantos los recuerdos. Como si mi memoria fuera un barril sin fondo, uno a uno voy sacándolos, son de todos colores y tamaños. Algunos lejanos pero   presentes, otros aquí no más, y su carcajada resonando siempre.

Hace menos de un mes la vi, y nos abrazamos. Cómo siempre.   Era de esas personas que te preguntan al saludarte por tu gente. Primero te mencionaba al marido, y uno a uno averiguaba cómo estaban tus hijos.  Y al despedirse, les mandaba abrazos. María Elena sabía cómo se hace esto del cariño, me hacía sentir querida.

Estuvo presente María Elena en épocas felices y también a la hora de las dificultades.  Alegrías o tristuras, su presencia fue regalo repetido. Constante.

Cuando me iba a casar la invité a muchos tés de despedida de soltera. Casi puedo asegurar que no falló a ninguno. Siempre puntual y jovial. Detallista a la hora de regalar, regalaba asuntos útiles y originales. Los acompañaba con buena charla, porque María Elena era una fiesta a la hora de contar anécdotas.  Su conversación amena, y su memoria repleta de asuntos que compartir.   

Estamos en diciembre y María Elena ha estado presente en cada  Navidad de mi pequeña familia. El regalo de bodas que de ellos recibimos fue nuestro Nacimiento. El único que tenemos y que año con año decora nuestra casa. Y la seguirá  adornando mientras yo viva. Ahí, entre María y los pastorcitos la encontraré a ella, con su voz de gran señora y el alegre escándalo de su risa.

Cuando nació nuestro primer hijo, ahí estaba María Elena. Curiosamente  también fue un diciembre, hace veintiún años. Y como regalo de nacimiento le dio a  Javier su primera cuenta de ahorro. Eso es poner corazón al regalar. Tengo tan presente el momento, como si fuera ayer. “¡Es un primoroso!” dijo la primera vez que lo vio, a través del cristal de la sala cuna.

También llegaron dificultades y siempre sentí su interés, genuino y delicioso. En medio de alguna pena, por ahí aparecía María Elena. Si me sentía de capa muy caída y el optimismo vacío, me llamaba al orden para seguir adelante. Con pequeños regañitos y la mejor intención. 

Hace algunos años tuve un accidente que me dejó la cara rota, operada e hinchada como berenjena. María Elena fue de las primeras personas que llegaron al hospital a visitarme. ¡Me hizo reír! Lo recuerdo porque me dolía mucho la cara al moverla. Además de las risas adoloridas me dio consejos para tratar la inflamación, caseros y médicos. Semanas después me llamó para preguntarme si habían servido sus recetas. Por supuesto sirvieron.

Cada cumpleaños, una llamada. Así era ella.

Podría contar tantas cosas más.  Resulta asombroso, cuántas huellitas dejó esta mujer de mucha personalidad en mi vida.  A la vez que me entristece me hace consciente de cuánto cariño dio. Tantos años, tantos momentos. Fueron muchos los regalos, su partida un pesar tan grande.

Nada puede mitigar las tristezas que llegan cuando alguien se va para siempre. Tal vez  ayuda la evocación de los buenos recuerdos, tal vez los homenajes que podamos rendir. O tal vez, un poco por lo menos, escribir cuánto la queríamos.
    


TE FASTIDIA ESTA MANÍA MÍA


Te fastidia esta manía mía, te perturba mi romance de letras. No lo entiendes. Aunque a veces notas la felicidad que me provoca la lectura, la notas levemente, no la sientes. ¿Qué truco invento para que me quieras así?
Dices que  en páginas me gasto la vida, que de lo único que converso con euforia es de literatura. Quiero entregártelo, pero no encuentras el vínculo trascendental entre mi relación con los libros y lo que puedo ofrecerte. ¿Qué puedo hacer para que sientas el eslabón y lo disfrutes?

Es cierto. Si se abre la puerta de una conversación literaria participo con euforia. Tanta es la pasión que  siento por el arte de las letras, que igual de apasionada participo de la tertulia construida en torno a ellas.  Y puedo estar ahí horas o días. Llevo una vida en ella.

 Pero te pierdes en lo fundamental. No solo de libros puedo platicar. ¡Qué va! Solo son la antesala a todos los universos.

Háblame de historia y evolución. Toquemos siglos AC, siglos DC, déjame que te cuente de los personajes de antaño que he conocido. Viajemos juntos a épocas y lugares remotos.Exploremos cómo vestían,  o en dónde vivían las personas de antes, qué nos dieron o qué nos quitaron. Hablemos de sus ideas. Los de oriente y los de occidente. Los poderosos y los oprimidos. Entusiasmada dibujo con palabras y detalle cómo  luchaban, morían y vivían. Cómo se enamoraban.

¿Quieres platicar de amores? Prepárate, porque la charla se torna larga y amena. Soy capaz de sacarte de tu zona cómoda o de hacerte suspirar. También puedo usar lenguaje controversial, si eso te place. En temas de quereres y pasiones el abanico es infinito. Es naturaleza humana.

Puedo contarte sobre enamorados jóvenes o enamorados viejos. Describo un amor a primera vista con  los detalles que existen o los que  aún no han sido inventados. Y los desamores también. Encuentros, desencuentros, todos ellos brevemente míos. 

Cuestiono mucho, busco respuestas. Sobre todo si se trata de los humanos y la forma en que nos relacionamos, ante todo, si algo no se entiende con mis emociones. Desafío verdades dadas que, para mi brújula no lo son. ¿Hablamos de eso? Derrumbo prejuicios, si eso te gusta. Encuentro prodigios dónde y en quiénes pocos lo  han logrado.

Sumerjámonos en el dolor y la resiliencia. Descifremos sus razones.  O platiquemos sobre segundas oportunidades, sobre reencuentros o nuevos comienzos. Podemos abordar la muerte y sus misterios. Hablemos de sexo, hablemos de todo.  Sueños o emociones.

Hombres grandes o pequeños, mujeres de antes o de ahora, personajes de verdad o de novela. Poesía, arte o cocina. También de música.  De mucho puedo hablar, lo hago con arrojo feliz. Y con euforia lúdica. O puedo ser circunspecta, si eso te entusiasma.

Deseo compartirte en forma de charla un poco de gozo. Un trozo de la mágica experiencia  que me ha abierto las puertas. Ese ritual que con suavidad o en caudal vertiginoso, conduce a  los espacios infinitos en donde encuentro todo. O casi todo, sobre aquello que juntos podemos explorar.  Y mucho más.

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Lectura le llaman a esa manía mía que te incomoda.  ¿Por qué te irrita?  No es una verruga sobre mi nariz. Es un hábito simple y cadencioso.  Un acto  de constante redención, que da color a alguno de los matices que hacen de  mí quien soy: Una mujer curiosa, con apetito de conversación.  Y de buenos textos,  por supuesto.

PEDAZO EN EL JARDÍN

Hay un pedazo en el jardín. Es un rectángulo perfecto. Aclaro, su forma está en mi mente. Solo nosotros la vemos, los de la casa, los de la pena. Yo la evoco con los ojos cerrados. Y ahí surge,  definida, es cuestión de imaginarla, de sentirla. Encima de ella sembramos un rosal que no florece.  Ni modo.  Habla de nostalgia y recuerdo. Es el sepulcro de la Sassy. Se fue hace dos noviembres esta mascota que tanto nos amaba,  y todavía la busco en su rincón de hortensias.

La lloré como se llora al novio más ingrato. De esos que se van sin siquiera voltear a ver.

Y si la revivo hoy es porque ya empezó el escándalo de los cohetes. Nada la asustaba más que el bombardeo ingrato de las ametralladoras. Corría como demente de un lado a otro. Buscaba silencios imposibles en los diciembres chapines.  También la revivo porque hace un año llegó otra canche de mirada dulce.  Una labrador que nos tiene enamorados. Casi tanto como ella nos mantenía.

He de decir que la Chela crece tan traviesa como fue la Sassy de cachorra.  O más. Basta con ver el sillar de la ventana del comedor, todo sucio y dibujado con brochazos de lodo. Ahora las brochas traen forma de patas caninas. Sobre él camina la perrita rubia, es su pasarela para modelar.  Trata de arrancar las tumbergias del señor  de la casa, supongo que  para comerlas. Han de ser dulces. Aquello queda como campo de batalla al día siguiente. Petalitos destripados y lianas que lloran a sus flores arrancadas.

 De ese tamaño empieza la travesura de esta perra inquieta. Es un tractor destructor de jardines. Y de platos. También de juguetes.  Tiene un cómplice, el Blitz. Pero este Huskey siberiano es más enigmático. No se entusiasma como ella ante las aventuras destructivas. Destruye, claro que sí. Pero lo hace con desdén. Solo si le sobra energía. 

Ninguna como la Chela, ella celebra todo. Hay que ver como mueve las nalgas al andar. Porque no mueve la cola, contonea  todo. Como si buscara marido, baila una cumbia. 

Sin embargo guarda un respeto hacia el trozo de grama que cubre a mis recuerdos. A veces creo que sabe lo que sucede en ese pedazo de jardín. Por ahí no ha hecho destrozos. Ha de ver el fantasma de la perra vieja que se nos murió en un año triste. Hoy que escucho al cueterío de diciembre, también declaro: ninguna como la Sassy.

Únicas fueron y son nuestras perras. Y el perro guapo también. Destruyen jardines y bumpers, pero construyen afectos, los más puros de los quereres puros.