MUCHOS REGALOS Y TANTA TRISTEZA

La vida sacude. Como si fuera terremoto nos postra de rodillas. Y nos deja estupefactos, sin entender nada.  Quedamos especialmente sacudidos cuando el temblor trae  a   la muerte. A veces llega anunciándose, nos prepara, o trata de hacerlo. Aun así es dolorosa. Pero cuando se le da por aparecer y arrebatar de un día para otro  a quien todavía tiene vida que regalar, es devastador. Y eso siento hoy. Un dolor muy grande. Se Fue María Elena. Lo escribo y ni siquiera lo creo.

 Esta mujer con carácter de gigante,  epicentro de su núcleo familiar,  ha dejado no uno, sino muchos vacíos. Apasionada por su familia, era la suegra de mi hermana. La abuela de mis sobrinos y amiga permanente de todos nosotros. Siempre estaba ahí. Para sus nietos  era “la Tita”.

Hoy celebro los pedacitos que La Tita dejó en mi vida. Lo hago con tristeza y asombro, porque son tantos los recuerdos. Como si mi memoria fuera un barril sin fondo, uno a uno voy sacándolos, son de todos colores y tamaños. Algunos lejanos pero   presentes, otros aquí no más, y su carcajada resonando siempre.

Hace menos de un mes la vi, y nos abrazamos. Cómo siempre.   Era de esas personas que te preguntan al saludarte por tu gente. Primero te mencionaba al marido, y uno a uno averiguaba cómo estaban tus hijos.  Y al despedirse, les mandaba abrazos. María Elena sabía cómo se hace esto del cariño, me hacía sentir querida.

Estuvo presente María Elena en épocas felices y también a la hora de las dificultades.  Alegrías o tristuras, su presencia fue regalo repetido. Constante.

Cuando me iba a casar la invité a muchos tés de despedida de soltera. Casi puedo asegurar que no falló a ninguno. Siempre puntual y jovial. Detallista a la hora de regalar, regalaba asuntos útiles y originales. Los acompañaba con buena charla, porque María Elena era una fiesta a la hora de contar anécdotas.  Su conversación amena, y su memoria repleta de asuntos que compartir.   

Estamos en diciembre y María Elena ha estado presente en cada  Navidad de mi pequeña familia. El regalo de bodas que de ellos recibimos fue nuestro Nacimiento. El único que tenemos y que año con año decora nuestra casa. Y la seguirá  adornando mientras yo viva. Ahí, entre María y los pastorcitos la encontraré a ella, con su voz de gran señora y el alegre escándalo de su risa.

Cuando nació nuestro primer hijo, ahí estaba María Elena. Curiosamente  también fue un diciembre, hace veintiún años. Y como regalo de nacimiento le dio a  Javier su primera cuenta de ahorro. Eso es poner corazón al regalar. Tengo tan presente el momento, como si fuera ayer. “¡Es un primoroso!” dijo la primera vez que lo vio, a través del cristal de la sala cuna.

También llegaron dificultades y siempre sentí su interés, genuino y delicioso. En medio de alguna pena, por ahí aparecía María Elena. Si me sentía de capa muy caída y el optimismo vacío, me llamaba al orden para seguir adelante. Con pequeños regañitos y la mejor intención. 

Hace algunos años tuve un accidente que me dejó la cara rota, operada e hinchada como berenjena. María Elena fue de las primeras personas que llegaron al hospital a visitarme. ¡Me hizo reír! Lo recuerdo porque me dolía mucho la cara al moverla. Además de las risas adoloridas me dio consejos para tratar la inflamación, caseros y médicos. Semanas después me llamó para preguntarme si habían servido sus recetas. Por supuesto sirvieron.

Cada cumpleaños, una llamada. Así era ella.

Podría contar tantas cosas más.  Resulta asombroso, cuántas huellitas dejó esta mujer de mucha personalidad en mi vida.  A la vez que me entristece me hace consciente de cuánto cariño dio. Tantos años, tantos momentos. Fueron muchos los regalos, su partida un pesar tan grande.

Nada puede mitigar las tristezas que llegan cuando alguien se va para siempre. Tal vez  ayuda la evocación de los buenos recuerdos, tal vez los homenajes que podamos rendir. O tal vez, un poco por lo menos, escribir cuánto la queríamos.
    


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