Crepitaban las maderas en su ritual de acomodación, se dejaban escuchar completas, decían una y otra vez que ellas, tan viejas, también formaban parte de nuestro todo.
Sucedía cada noche.
La casa de mis abuelos en aquel Mixco de ensueño era un santuario.
Cuarenta y tantos años son nada, guardo todo adentro.
Guardo la casa, los sonidos, aquel aroma. Los guardo a ellos en la piel y la mirada, crepitan, mis abuelos, en la memoria de los amores fundamentales.