Entre Chapinas 2, gratitud en tiempos del virus

Pues me siento halagada. Resulta que fui incluida en Entre Chapinas 2. Soy parte del libro por lo que escribo, ¡Qué honor! Después de todo, alguien ha estado leyéndome, quién lo diría. Han leído la poesía y también los artículos y blogs. Sobre todo, han leído las columnas que escribo cuando la injusticia que atraviesa los caminos me sacude, cuando pongo el dedo en la llaga de los radicales, cuando rozo con manos de palabra la miopía social. Han leído también cuando toco corazones, la mejor de las fortunas.

Fotografía de Look Magazine

Leen mis obsesiones y eso es gran regalo. Por ejemplo, en este país, apostar por la mujer indígena es considerado asunto de ingenuos y soñadores. Así las cosas, soy ingenua y sueño demasiado. Pero creo. En mis notas también están las madres solteras, los niños que no van a la escuela porque en lugar de mandarlos a aprender los mandan a trabajar. Los ancianos, los discapacitados, las minorías vulnerables y las minorías rechazadas por diferentes. Hablo por quienes más que nada necesitan empatía. Y hablo con la palabra escrita.

Gracias mil a Look Group. Me gratitud profunda por invitarme a pertenecer. Cada una de estas mujeres, desde sus espacios creadores y creativos, han transformado al país. Yo simplemente escribo en un afán de que la gente cuestione los dogmas medievales que impone la tradición, que hagan un llamado a la ternura, a la solidaridad, que nos bajemos todos del graderío-pedestal que la historia fue construyendo.

Lo mío, lo que edifica mi andar en la escritura, es la poesía. Es ahí donde me encuentro. Con los poemas tomo la mano de otros seres humanos. Escribo desde un fondo muy desnudo, mi región más vulnerable. Desde lo que siento y lo que veo que otros sienten. En esto soy más mujer y más chapina que en nada.

El otro día leí un poema en la USAC, la Universidad Nacional. Fui invitada a hablar de poesía y de mi libro publicado recientemente. Mientras leía, noté cómo lloraba una mujer. Era joven. El poema, triste y capaz de despertar furias ocultas, se llama No se habla. Después leí uno en otro tono, más gracioso, Instrucciones para cambiar un pañal. De nuevo lloraba, la joven. Me desorientó su segundo llanto.

Al final de la sesión, se me acercó y tomó mis dos manos entre las suyas, eso se siente tan bien. Sonreí y le pedí disculpas por hacerla llorar. Ella me agradeció por hacerla llorar. En ese momento, supe que los poemas cumplían al fin su propósito. Me sentí en comunión con otra mujer chapina.

Entre Chapinas es una celebración a la mujer de Guatemala, en mi caso, por las palabras y por el trabajo. Me gustaría pensar que también por los poemas. No sé cómo explicar cuánto me conmueve haber sido invitada a formar parte de esta ceremonia.

Corren tiempos densos, tiempos de confinamiento y distancia impuesta. Me han pegado hasta romper trozos de mi equilibrio. Después de esto no seremos los mismos, de eso estoy segura. Las Chapinas tendremos que reinventar algunas rutas.

La coyuntura de la dificultad que atravesamos por la pandemia y la coincidente publicación del libro Entre Chapinas 2, acaso no es casualidad.

Mujeres chapinas, de nuevo estamos ante un llamado de dificultad y reto. Para salir adelante, necesitamos unirnos nosotras, unirnos con ellos, unirnos todos.  

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Nada nuevo

Este ritual de distanciamiento me ha enseñado que llevo practicándolo muchos años. La cadencia de mi trabajo es solitaria, apenas la interrumpen un par de reuniones al mes.

A excepción de mi taller de escritura y las clases de flamenco, las semanas llegan y se van sin conexión significante, incluso en la dinámica familiar, tan parecida al desierto. Las comidas son intentos fallidos, mi intención de verdadera charla pierda guerras cotidianas contra los celulares de los demás. Una y otra vez. El mío no ve la mesa. No he llegado a perder contra mi propia esperanza.

Somos tan pocos en casa, es tan grande el silencio. Cada uno desde una galaxia ajena sobrevive a años luz del otro.

La redes digitales quedan excluidas de mi hallazgo. Conforme las pieles y las presencias se alejan, el uso de las comunicaciones a distancia se intensifican. Tal vez para que no olvidemos que después de todo no estamos solos.

O todo lo contrario, acaso para mostrarnos que nos sentimos más solos que nunca.

Caminante yo

Del otro lado

Elizabeth Bishop, Anna Ajmátova, Marina Tsetáieva y Mario Payeras. Un collar de poemas ha sido mi sitio durante estas últimas noches. También Emily Bronte y Miguel Hernández. La novela de S. Hustvedt, en paralelo, antes de la hora sueño.

La mañana la llevo poblada por trabajo porque somos de los que no pueden cerrar. La tarde me pilla cuadrando cifras que hablan de tiempos inciertos, así va mi quehacer.

Cada recoveco de mi mente es una habitación agitada, cómplice en mi batalla contra la caída al pozo. Cada poema y cada problema, resuelto o no, apunta a un único intento. Sí.

Mi cerebro da un sinfín de vueltas para no volver al mismo sitio, a la construcción mental que guarda una verdad hoy inalterable. Mi hijo se quedó del otro lado de la pandemia.

Me parte la vida

Aceptar la condición adulta de los hijos, rotunda y autónoma, se vuelve fantasía en tiempos rotos.

Su voluntad transita distinta, prefieren quedarse lejos.

Nadie me enseñó cómo se alinea una de madre si el momento del mundo supone una prueba colectiva,

ni cómo guardar la templanza cuando un océano se interpone, más inmenso que nunca.

La incapacidad de abrazarte me parte la vida.