Mujercitas

Descubro que hay algo muy frágil en mi interior, como colocado a medio camino, desordenando mi edad y mi historia, cuando el trailer de una película basada en un libro que leí varias veces en los tiempos en los que se confunden niñez y pubertad, me coloca en un estado de vulnerabilidad, casi de llanto, difícil de sosegar. Vergonzoso…

Tres veces. Lo leí por lo menos tres veces. Y quería ser como Jo pero también tenía algo de Meg. Porque quería escribir libros y tener hijos y enamorarme como loca loquísima porque el amor es ese asunto hermoso que quema y corta y duele pero también llena de gozo y cosquillas. Me gustaba la época, la forma en la que Jo hablaba de las palabras y de los libros. Su rebelión contra un rol que se esperaba cumpliera sin opción a algo distinto. Me fascinaba la serenidad casi sobrenatural de la mamá, me gustaba hasta la insoportable tía March. No sé cómo adaptaron esta versión, pero en el libro, Jo, que era la segunda, la que escribía teatro y novelas termina por emparejarse con el profesor. De guapo nada, pero era sensible, y brillante, como suelen ser los hombres sensibles. Le llevaba sus años. Juntos, ponen un colegio, y eran millonariamente pobres.

Pero antes estuvo Laurie en el centro de su corazón. Fue quien prendió una extraña hoguera que se confundía entre amistad y amor. Era amor. Imposible amor, porque él jamás comprendería los afanes de Jo y ella era lo suficientemente inteligente para saberlo.

Y Beth. Bueno, en el clan de mujeres que formamos, tenemos a nuestra Beth. Es también la tercera de las hermanas. De eso ni escribo mucho, una coincidencia extraña.

Estoy esperando su estreno. Con fragilidad en mi corazón. Yo sé… qué vergüenza.

¡Y qué ilusión!

Para otro final





Sacudís mi historia, Silvio. 
Nuestro “Ángel para un final”,
tu voz universal,
tu voz perpetua,
los recuerdos tan largos.

Como fantasma
asoma aquella sombra en forma de lágrima
no aprendió a secarse
tampoco termina de desvanecer.

Y con música como la tuya
asomando por las ventanas de tanta certeza
se desarma una tarde cualquiera.



“Se hace leyenda y se convierte en amor…”

Otra despedida

No sé cuántas veces nos hemos despedido. Es cuestión de meses este te veo no te veo. Pero verás mijo, los meses pueden ser siglos si se miden en tiempo corazón. Algunas veces me enciendo en llanto y de esas encendidas hay ratos en que soy todo volumen.

En otros adioses son apenas un par de mocos los que se me caen. Llanto torrencial o pequeño suspiro, siempre que te doy el penúltimo abrazo, hay un trocito de corazón que queda mal puesto.

Nada tan rotundo, que no pueda enderezar.

Como tú decís, ¡Ay no! ¡Qué es este drama! 

Un fleco

Pequeña le dice a mamá que a casi todas sus amigas les gustó su fleco. Menos a Pili. Pili dice que me veo horrible, le cuenta. 

Estamos en una sala de esperas estrecha. Sentada frente a niña, desprendo mi atención del libro y la muevo al centro de su conversación. 

Tú no te ves horrible nunca, responde madre. 

Ya lo sé, afirma niña. Hoy estoy hermosísima. Mi fleco me da un look maravilloso, declara, mientras pasa suavemente la manita de derecha a izquierda sobre su frente, como si su flequillo fuera un arpa y ella hiciera música con el breve gesto. 

Brincos diera yo por poseer una onza de la ubicación que tiene la chiquita, con todo y su fleco, imposiblemente disparejo. 

La vista despejada que podés tener a los siete años… pero la dejamos tirada en alguna polvareda de nuestro camino. Y en medio de un titubeo y otro titubeo y otro, la perdemos.

Sí. Tiene como siete años y dijo Look maravilloso.