La aldea

Me preguntan cómo clasifico mi biblioteca. Por respuesta, regalo ese gesto mío que oscila entre la incomprensión y un tímido “me pillaste”. Mi pequeña aldea de libros no posee credenciales o pedigrí o porte de biblioteca. 

De orden ni hablar, aún no encuentro la raíz etimológica de tan obtuso concepto. Mis libreras son accidentes, jaulas de pájaros, carretas de madera, como juguetes de antaño, repisas irregulares, canastos para pícnic, ataditos de rafia. 

La disposición de mis historias es tan casual que llamarla biblioteca sería pretencioso. 

Ah… pero mis libros tienen alma, como si fueran grandiosas personitas, habitan una aldea construida con caminos de tiempos y casas de palabras. Una ciudadela literaria gobernada por un señor llamado Feliz que se apellida Caos.

No. No tengo biblioteca. Lo mío es un pueblo de textos que no entiende de esa dictadura llamada clasificación. 


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