Formas de perder

Vuelvo a las palabras con ganas de bailar. Revisito la pérdida de esta forma de vivir el arte por causa de una guitarras bellas y majaderas que abrieron la mañana. No fue sollozo quedito.

Por amor a las palabras

2012 – 2019

Me temo que la Pandemia ha cerrado este capítulo de mi vida. Y como si huyera de una sombra movediza, esquivo en mis caminitos mentales la noción de semejante pérdida.

Porque regresar a su cadencia fue una especie de salvación, un retorno a la algarabía de la infancia, a los despertares que agitaban la juventud. Volver a bailar fue atizar la llama dormida.

Queda en el aire una guitarra que solloza quedito y en el cuerpo historias cerradas.

Permanecerá por siempre en la memoria, como regalo secreto, un soniquete desenfrenado sujetado a mi cintura.

Pero no me llamo a engaño. Es una pérdida. No sé darle otro nombre.

Ver la entrada original

Gris

Flota una criatura gris sobre la ciudad. No. No flota. Acecha. Tiene garras y colmillos y un estómago devorador. Tritura sin miramiento la esperanza, la mastica hasta hacer con ella pequeñas derrotas.

Son grises también, las derrotas.

Y la criatura gris que cubre a la ciudad de amenazas se desploma líquida sobre las calles. Cae sobre la vida completa con todo el peso de su afrenta. Llega rotunda, como premonición.

Moja cabezas y sueños y voluntades.

Me empapa la distancia y los silencios. Me convierte en un ser de pequeños afanes, gris y derrotado.

No puedo ver hacia el cielo, una criatura gris lo ha escondido. Tiene colmillos y tiene garras. Observa mi piel, ¿lo ves? Nota lo qué en ella ha rasgado.

La criatura devoró la esperanza urbana con el poderío de su cuerpo gris.

La mía también.

Leímos poemas

Anoche hablamos de literatura. Caminamos la vida con poesía en las manos, perforamos el dolor desde el hábito lector. También desde el amor.

Vimos rostros en el oficio de escribir. Hablamos de cómo salen las palabras del cuerpo en busca de respuestas.

Anoche leímos poemas.

Contradicción

Un desorden imposible de organizar. 
Este hoy que se contradice con aquel ayer.

El bajón de este momento que nada tiene que ver con la euforia de hace un rato.

Un choque de opuestos reales me sucede dentro, un enigma imposible de resolver.

La negrura incapaz de iluminarse.
La luz que no se deja atenuar.

La ceguera,
la sordera,
el relámpago,
el estruendo.

El agujero negro,
el silencio.
La bengala y la sinfonía.

El temor a desvanecerme
o el miedo a resurgir.

El deseo de ser invisible
y la ansiedad cuando no me dibujo.

Cuántas formas de desencuentro.

Este espíritu que como humo sube y como lluvia cae,
este espíritu que se tiñe de azul o de sol,
este espíritu que no se entiende con él mismo.

Este espíritu
constante contradicción.

En clave de activo corriente

Lluvia y números y sed de arte. Ayer, hoy y siempre.

Por amor a las palabras

Esta lluvia que multiplica su canto sobre el techo del mundo, no es tonada para el  devenir con el que me gano la vida.  La música del agua no se presta para analizar estados financieros,  no se alinea con interpretaciones numéricas, predecibles y repetitivas.
 
Nada sabe la tempestad sobre presupuestos en inmaculado orden tabular. 
 
 Estas finas cataratas caen  para leer o escribir o  pintar. Se prestan incluso para la simple tarea de admirarlas  en su vertical esplendor.
 
Pero vuelvo a la otra lectura, la que se descifra en clave de activo corriente. Porque como no entiende de cielos nublados y no son suyas las cuatro estaciones, ni espera ni perdona. En la galaxia de las finanzas nada es tan implacable como la maratón del tiempo. Pronto es tarde.
 
Lluvia hermosa, vete al olvido.  ¿Acaso no escuchas, canción de agua,  cómo  rugen los números?

Ver la entrada original

Viejo pergamino

El cuaderno de los poemas felices, mi viejo pergamino de tiempos salvajes, guarda en su cuerpo el recuento de una juventud que hoy parece historia de otra vida. Hilvana un tiempo de intensa inquietud. Leerlo es como navegar misterios. Es viajar a otras eras o a extraños planetas. El tiempo y la cadencia de los sucesos se sienten ajenos. Incluso el paisaje parece lejano.

Tanta vida se ha gastado desde entonces. Tanta piel ha migrado.

Más allá de la sensación de aparente distancia, subyace una inmensa verdad.

Alguna vez existieron jóvenes con hambre de mundo y de vida, con un apetito jovial y voraz. De aquellas chicas y chicos quedan retazos de memoria, tatuajes invisibles, imágenes sepia, la complicidad del silencio. Secretos discretos. Música interior. Miles de palabras, algunas escritas. Y a veces prodigios, regalos del pasado aún con sangre y corazón.

Porque, como si de un conjuro se tratara, emergen iluminados y completos desde historias sólidas en recuerdos.

Y no llegan en vano. Reviven y sacuden un presente que se quiebra. Ponen orden en cúmulos de años cansados. Dejan un toque de esperanza. A su paso, queda el gran umbral abierto de nuevo.

Al final del día, el cuaderno es un poderoso símbolo, una reliquia conservada a buen resguardo. Cuando el tiempo así lo dicte, por el andar de la pena o por el desasosiego, sus páginas cobrarán de nuevo carácter de talismán.

 Y ahí estará la joven, intacta, aguardando a ser invocada para volver con la lumbre de su historia a iluminar los días ocaso.

Y volverán también los demás, como fantasmas, con sus cuerpos jóvenes y sus sueños aún de pie. Volverán en el recuerdo, gracias al viejo cuaderno.

“Por eso estamos aquí” en honor a Orlando Falla

Leí la noticia y sin poder —ni querer— evitarlo, me abrí en un llanto manso pleno de significados. La muerte de Orlando Falla, en estos tiempos de pérdida, sacude generaciones. Más que un proveedor de conocimiento el Profesor fue una institución, un transformador de vidas.

Con el Profesor Falla aprendimos distintas maneras de ser fuertes. Las matemáticas fueron metáfora, un acercamiento a la certeza de que la dificultad es constante y cotidiana. La noción de que dominarlas no es opcional fue quizás su lección suprema.

También nos enseñó a trabajar bajo presión, su cómplice era una alarma Cassio que parecía extensión de su mano. Utilizó la voz de su reloj para la otra lección. El tiempo es finito, en los exámenes, en los proyectos, en la vida misma. Sacar de nuestras horas el mejor provecho fue parte del aprendizaje.

La piscina fue el instrumento que utilizó para educarnos en las bondades de la competencia, sobre todo la que libramos contra nosotras mismas. En las clases de natación, visto en retrospectiva, nos enseñó lo trascendental que resulta dominar el movimiento, del cuerpo, de la mente y de los propósitos.

Pero fue en un inverosímil espacio en donde Orlando Falla marcó mi vida. Guardo de esa experiencia imágenes y sonidos que, por poderosos, me han acompañado durante todos estos años. De aquellos sábados recuerdo el calor, la cantidad multiplicada de madres con niños y ancianos, las galeras. Recuerdo el tono amarillento del Mezquital, su condición de constante enfermedad. Recuerdo, hoy con especial sentimiento, al profesor Falla luciendo su uniforme de bombero.

El colegio organizaba jornadas oftalmológicas en aquel lugar de pura carencia, aulas fuera del aula para enseñarnos a servir y a encontrarnos frente a frente con la realidad del país. El profesor era figura medular en aquellas jornadas. Su liderazgo y dotes logísticas resultaban indispensables.

En una de las jornadas, una mujer me pidió que cuidara a su pequeño de 2 o 3 años mientras ella recogía a otra de sus hijas. Accedí con agrado, nos reuniríamos en el corredor principal donde se hacía cola para la consulta. Lo tomé en brazos y desanduve el paso hacia el corredor. El Profesor Falla se me acercó. Preguntó quién era el niño. Le expliqué. Con gran alarma, casi con regaño, dijo –No, Nicté, no podemos hacer eso. ¿No ves la pobreza? Estas mujeres no pueden mantener a sus hijos. Por desesperación se ven obligadas a abandonarlos así…— y señaló mis brazos.—Vamos a buscarla ahora mismo.

Tomó al niño en sus brazos y juntos caminamos durante varios minutos. Al cabo de un rato vi a la madre, caminaba con otra niña tomada de la mano. Con amabilidad, el Profesor le entregó a su hijo. Luego, más tranquilos ambos, siguió hilvanando su explicación. De todos sus argumentos, recuerdo claramente:

Es por necesidad, hay mucha pobreza. ¿La ves? Por eso estamos aquí.

¿Cómo olvidarlo?

El tiempo abre caminos en todas direcciones, pero de los lugares y personas que llevamos en las certezas fundamentales, nunca terminamos de irnos. Orlando Falla fue una de esas personas.

Cuando la vida tuvo a bien hacernos coincidir, nos saludábamos con cariño, él preguntaba siempre por la salud de mi hermana —enferma desde hace años—, incluso en redes preguntaba por ella. De la anécdota del Mezquital tuvimos oportunidad de conversar, un regalo que guardaré toda la vida.

Con admiración y gratitud lo recordaremos siempre, con inmenso cariño y pena inesperada hoy decimos adiós. Después de educar a tantos alumnos, de dar por cumplidas incontables misiones formadoras, ha emprendido el viaje hacia el lugar mejor.

Descanse en paz, querido Profesor Falla, se le extrañará inmensamente. Para su familia mi más profunda condolencia.

Nicté Serra

Bach 87

Como Sherezade

Hubo un tiempo en el que quise jugar a Sherezade. Después de leer y leer y tejer tantas historias, mi impulso era contárselas al hombre, dejarlo curioso para que quisiera escuchar mi narración la noche siguiente.

Justo antes de dormir celebraba el ritual. Lo hacía con múltiples recursos, hijos de mi imaginación.

Ilusa que es una en la habitación de la juventud. Muy pronto descubrí que a los pocos minutos, el hombre dormitaba plácidamente. Si no lo pillaba dormido, notaba cómo su mente vagaba por misteriosas lejanías. Después de todo, la mirada también es libro.

Aquel fue un breve experimento sucedido en un puñado esmirriado de noches.

De ese fracaso, mi Sherezade interior aprendió que el papel también puede ser su rey. Y en lugar de contar historias a quien no quiso escuchar, optó por escribirlas en su cuaderno personal.

Sí. Mi princesa cuentacuentos y yo descubrimos el gozo noctámbulo y solitario de la escritura. Un hallazgo trotavidas y trotatiempos y trotamundos.

El ritual nocturno aún sucede. Con los libros tomados de la mano, clausuro la jornada, también con dispositivos o cuadernos. Son mis nuevos reyes. Amuletos para escribir historias que la lectura teje en mi interior o para inventar nuevas o para reescribir viejas.

Mientras tanto, a mi lado los ronquidos. Tal vez sueña otras historias el que no quizo escuchar. Tal vez con otra Sherezade.