Casi fatal

Dentro de la imperfección cotidiana en esta vida nuestra, cometemos actos comestibles desafortunados. Casi fatales, son capaces de hacer trizas todo.

Comé una rebanada más de pastel y vas a sentir cómo el plan del macabro peso implosiona mientras el cuerpo explosiona, sumido en atónita impotencia.

Comete una h de tu texto y verás cómo tu pequeña obra, a pesar de su fundamental significado para tu breve existencia, se rompe, se enloda… te degrada.

No podés corregir, el bocado equivocado flota en el ciberespacio denunciando tu imperdonable glotonería.

Enloqueces y, de pura rabia, te comés todo el pastel. Nada queda sobre tus manteles después del arrebato.

Así las cosas, el cuerpo, el texto, tu paz y tu voluntad vuelan en mil pedazos, devorados por una mala jugada del destino.

Cabeza que no lee

La cabeza que no lee no ha saboreado la felicidad que brota desde el fondo de un buen texto.

Coincide con un libro y lo deja ir, como si fuera un bicho mínimo. Indiferente, lo ve partir o lo deja perdido en sombras, como si la felicidad cayera de los árboles, o de las nubes, como si algo tan precioso sobrara en este extraño mundo.

Juan Tallón , “Mientras haya bares”