Contradicción

Un desorden imposible de organizar. 
Este hoy que se contradice con aquel ayer.

El bajón de este momento que nada tiene que ver con la euforia de hace un rato.

Un choque de opuestos reales me sucede dentro, un enigma imposible de resolver.

La negrura incapaz de iluminarse.
La luz que no se deja atenuar.

La ceguera,
la sordera,
el relámpago,
el estruendo.

El agujero negro,
el silencio.
La bengala y la sinfonía.

El temor a desvanecerme
o el miedo a resurgir.

El deseo de ser invisible
y la ansiedad cuando no me dibujo.

Cuántas formas de desencuentro.

Este espíritu que como humo sube y como lluvia cae,
este espíritu que se tiñe de azul o de sol,
este espíritu que no se entiende con él mismo.

Este espíritu
constante contradicción.

En clave de activo corriente

Lluvia y números y sed de arte. Ayer, hoy y siempre.

Por amor a las palabras

Esta lluvia que multiplica su canto sobre el techo del mundo, no es tonada para el  devenir con el que me gano la vida.  La música del agua no se presta para analizar estados financieros,  no se alinea con interpretaciones numéricas, predecibles y repetitivas.
 
Nada sabe la tempestad sobre presupuestos en inmaculado orden tabular. 
 
 Estas finas cataratas caen  para leer o escribir o  pintar. Se prestan incluso para la simple tarea de admirarlas  en su vertical esplendor.
 
Pero vuelvo a la otra lectura, la que se descifra en clave de activo corriente. Porque como no entiende de cielos nublados y no son suyas las cuatro estaciones, ni espera ni perdona. En la galaxia de las finanzas nada es tan implacable como la maratón del tiempo. Pronto es tarde.
 
Lluvia hermosa, vete al olvido.  ¿Acaso no escuchas, canción de agua,  cómo  rugen los números?

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Viejo pergamino

El cuaderno de los poemas felices, mi viejo pergamino de tiempos salvajes, guarda en su cuerpo el recuento de una juventud que hoy parece historia de otra vida. Hilvana un tiempo de intensa inquietud. Leerlo es como navegar misterios. Es viajar a otras eras o a extraños planetas. El tiempo y la cadencia de los sucesos se sienten ajenos. Incluso el paisaje parece lejano.

Tanta vida se ha gastado desde entonces. Tanta piel ha migrado.

Más allá de la sensación de aparente distancia, subyace una inmensa verdad.

Alguna vez existieron jóvenes con hambre de mundo y de vida, con un apetito jovial y voraz. De aquellas chicas y chicos quedan retazos de memoria, tatuajes invisibles, imágenes sepia, la complicidad del silencio. Secretos discretos. Música interior. Miles de palabras, algunas escritas. Y a veces prodigios, regalos del pasado aún con sangre y corazón.

Porque, como si de un conjuro se tratara, emergen iluminados y completos desde historias sólidas en recuerdos.

Y no llegan en vano. Reviven y sacuden un presente que se quiebra. Ponen orden en cúmulos de años cansados. Dejan un toque de esperanza. A su paso, queda el gran umbral abierto de nuevo.

Al final del día, el cuaderno es un poderoso símbolo, una reliquia conservada a buen resguardo. Cuando el tiempo así lo dicte, por el andar de la pena o por el desasosiego, sus páginas cobrarán de nuevo carácter de talismán.

 Y ahí estará la joven, intacta, aguardando a ser invocada para volver con la lumbre de su historia a iluminar los días ocaso.

Y volverán también los demás, como fantasmas, con sus cuerpos jóvenes y sus sueños aún de pie. Volverán en el recuerdo, gracias al viejo cuaderno.

“Por eso estamos aquí” en honor a Orlando Falla

Leí la noticia y sin poder —ni querer— evitarlo, me abrí en un llanto manso pleno de significados. La muerte de Orlando Falla, en estos tiempos de pérdida, sacude generaciones. Más que un proveedor de conocimiento el Profesor fue una institución, un transformador de vidas.

Con el Profesor Falla aprendimos distintas maneras de ser fuertes. Las matemáticas fueron metáfora, un acercamiento a la certeza de que la dificultad es constante y cotidiana. La noción de que dominarlas no es opcional fue quizás su lección suprema.

También nos enseñó a trabajar bajo presión, su cómplice era una alarma Cassio que parecía extensión de su mano. Utilizó la voz de su reloj para la otra lección. El tiempo es finito, en los exámenes, en los proyectos, en la vida misma. Sacar de nuestras horas el mejor provecho fue parte del aprendizaje.

La piscina fue el instrumento que utilizó para educarnos en las bondades de la competencia, sobre todo la que libramos contra nosotras mismas. En las clases de natación, visto en retrospectiva, nos enseñó lo trascendental que resulta dominar el movimiento, del cuerpo, de la mente y de los propósitos.

Pero fue en un inverosímil espacio en donde Orlando Falla marcó mi vida. Guardo de esa experiencia imágenes y sonidos que, por poderosos, me han acompañado durante todos estos años. De aquellos sábados recuerdo el calor, la cantidad multiplicada de madres con niños y ancianos, las galeras. Recuerdo el tono amarillento del Mezquital, su condición de constante enfermedad. Recuerdo, hoy con especial sentimiento, al profesor Falla luciendo su uniforme de bombero.

El colegio organizaba jornadas oftalmológicas en aquel lugar de pura carencia, aulas fuera del aula para enseñarnos a servir y a encontrarnos frente a frente con la realidad del país. El profesor era figura medular en aquellas jornadas. Su liderazgo y dotes logísticas resultaban indispensables.

En una de las jornadas, una mujer me pidió que cuidara a su pequeño de 2 o 3 años mientras ella recogía a otra de sus hijas. Accedí con agrado, nos reuniríamos en el corredor principal donde se hacía cola para la consulta. Lo tomé en brazos y desanduve el paso hacia el corredor. El Profesor Falla se me acercó. Preguntó quién era el niño. Le expliqué. Con gran alarma, casi con regaño, dijo –No, Nicté, no podemos hacer eso. ¿No ves la pobreza? Estas mujeres no pueden mantener a sus hijos. Por desesperación se ven obligadas a abandonarlos así…— y señaló mis brazos.—Vamos a buscarla ahora mismo.

Tomó al niño en sus brazos y juntos caminamos durante varios minutos. Al cabo de un rato vi a la madre, caminaba con otra niña tomada de la mano. Con amabilidad, el Profesor le entregó a su hijo. Luego, más tranquilos ambos, siguió hilvanando su explicación. De todos sus argumentos, recuerdo claramente:

Es por necesidad, hay mucha pobreza. ¿La ves? Por eso estamos aquí.

¿Cómo olvidarlo?

El tiempo abre caminos en todas direcciones, pero de los lugares y personas que llevamos en las certezas fundamentales, nunca terminamos de irnos. Orlando Falla fue una de esas personas.

Cuando la vida tuvo a bien hacernos coincidir, nos saludábamos con cariño, él preguntaba siempre por la salud de mi hermana —enferma desde hace años—, incluso en redes preguntaba por ella. De la anécdota del Mezquital tuvimos oportunidad de conversar, un regalo que guardaré toda la vida.

Con admiración y gratitud lo recordaremos siempre, con inmenso cariño y pena inesperada hoy decimos adiós. Después de educar a tantos alumnos, de dar por cumplidas incontables misiones formadoras, ha emprendido el viaje hacia el lugar mejor.

Descanse en paz, querido Profesor Falla, se le extrañará inmensamente. Para su familia mi más profunda condolencia.

Nicté Serra

Bach 87

Como Sherezade

Hubo un tiempo en el que quise jugar a Sherezade. Después de leer y leer y tejer tantas historias, mi impulso era contárselas al hombre, dejarlo curioso para que quisiera escuchar mi narración la noche siguiente.

Justo antes de dormir celebraba el ritual. Lo hacía con múltiples recursos, hijos de mi imaginación.

Ilusa que es una en la habitación de la juventud. Muy pronto descubrí que a los pocos minutos, el hombre dormitaba plácidamente. Si no lo pillaba dormido, notaba cómo su mente vagaba por misteriosas lejanías. Después de todo, la mirada también es libro.

Aquel fue un breve experimento sucedido en un puñado esmirriado de noches.

De ese fracaso, mi Sherezade interior aprendió que el papel también puede ser su rey. Y en lugar de contar historias a quien no quiso escuchar, optó por escribirlas en su cuaderno personal.

Sí. Mi princesa cuentacuentos y yo descubrimos el gozo noctámbulo y solitario de la escritura. Un hallazgo trotavidas y trotatiempos y trotamundos.

El ritual nocturno aún sucede. Con los libros tomados de la mano, clausuro la jornada, también con dispositivos o cuadernos. Son mis nuevos reyes. Amuletos para escribir historias que la lectura teje en mi interior o para inventar nuevas o para reescribir viejas.

Mientras tanto, a mi lado los ronquidos. Tal vez sueña otras historias el que no quizo escuchar. Tal vez con otra Sherezade.

Formas de perder

2012 – 2019

Me temo que la Pandemia ha cerrado este capítulo de mi vida. Y como si huyera de una sombra movediza, esquivo en mis caminitos mentales la noción de semejante pérdida.

Porque regresar a su cadencia fue una especie de salvación, un retorno a la algarabía de la infancia, a los despertares que agitaban la juventud. Volver a bailar fue atizar la llama dormida.

Queda en el aire una guitarra que solloza quedito y en el cuerpo historias cerradas.

Permanecerá por siempre en la memoria, como regalo secreto, un soniquete desenfrenado sujetado a mi cintura.

Pero no me llamo a engaño. Es una pérdida. No sé darle otro nombre.

De suave soledad

 Abre los ojos. 
Todavía reina la noche, simple y larga 
como tantas otras noches. 
Y se sabe ahí, de nuevo, solitaria en un inmenso continente 
envuelta en listones de suave soledad.

Siente cada portal de su cuerpo abierto, como madrugada. 
Ella, que desolada se perdía en la tundra de sus sábanas 
aprendió, después de tanto y después de todo,  a bien sobrevivir. 
Y a encontrar sus puertas.
 
Un silencio amable cae lento desde el otro cielo. 
Y es terso y es nuevo, este silencio 
dulce, como canción.
 
En lenta cadencia, como si bailara, sale del agua tibia de su cama. 
Va desnuda. Su piel es un manto de minúsculos luceros. 

 Ella, que apenas ayer de frío aún lloraba 
ha encontrado llamas danzando dentro de su cuerpo 
una hoguera constante le gobierna el vientre. 

Más allá de las sombras descubre a su silueta 
reflejo de vapor, esperando en el otro lado de la noche. 
Se observan a través de la ventana. 

Sabe que no. No está sola. Ya no. 
Es una certeza rotunda, regalo del sereno 
una verdad que libera y la posee toda.

Sus ojos ráfaga sonríen desde el cristal. 
Su alma habla desde el otro lado del tiempo.
 
La noche inmensa, la noche hermosa 
es espejo y ella, su mejor compañía.  

Y vos ¿dónde te refugiás?

Poseo un escondite tras una aldea de baúles poblados por el caos de mil recuerdos.

Un bean bag muy viejo que tras dos horas de sostenerme cede al peso y me aplana el trasero. Una lámpara como farol, para iluminar las sombras que cubren mi esquina. Una chamarrita anciana —suelo sentir todo tipo de frío.

Un bookseat como mini beanbag para que no se duerman mis brazos mientras leo. Y una bocina Bosse desde la que Vivaldi me alegra o me entristece.

Es una esquina invisible para ocultarme mientras desmadejo libros durante horas y horas y más horas.

Sábado y domingo. Nada más. O alguna extraña noche de viernes.

Guarnecida, a veces llego a ese sitio de cálida paz que persigo leyendo. Otras, solo asoma para luego alejarse.

Siempre perforo la historia hasta hacerla mía, eso me queda.

Mi esquina de lectura es un misterio. Procura dosis interesantes de felicidad, a veces de alivio, otras de tormento.

Y, como si adivinara, también es albergue de mi desahogo.

Entro en ella sin saber cómo saldré, si con el alma bailando bachata o el rostro como regadío.

De la mano, las palabras

Permitieron que viera su cadáver, que me acercara a su cuerpo para perpetuar nuestro último adiós. Estaba tendido en la mesa de la funeraria en donde lo habían arreglado, como si tal cosa fuera posible. Mi padre yacía plácido sobre una mesa metálica larga, parecida a las que hay en las cocinas industriales. Tendido, como si durmiera.

Fue justo antes de que lo colocaran dentro del ataúd.

Yo tenía nueve años y millones de interrogantes porque, lo que estaba pasando, lo que había pasado, lo que estaba por suceder, no tenía sentido. No era parte del plan ni de la historia tejida en mi cabeza de niña tejedora de cuentos. Era, en todo caso, una ráfaga de sucesos, como cuchilladas, que cortaban de tajo una vida. Hechos que escribieron una historia nueva, demasiado triste.

Lo abracé y besé y observé con fino detenimiento. ¡Cómo lo abracé! No quería soltarlo. Aún lo observo, a veces.

Buscaba en su rostro un pequeño respiro, un indicio invisible que mostrara la equivocación de todos y de todo. Sus hermosos ojos, cerrados, frondosos, no parecían muertos. Tenía raspones en las mejillas y arena en las pestañas. Un traje gris. Una corbata gris. Una camisa blanca. Elegante y guapo como cuando salía cada día a trabajar.

Pero esta nota no es sobre el funeral de mi joven padre. De él y de ese día he escrito ya suficiente, o mucho, en todo caso. Esta nota habla de las palabras y su poder salvador, las palabras y su capacidad de otorgar un poco de orden al caos inmenso que troceaba mi pequeño corazón de niña. 

Las palabras al poner sentido momentáneo al sinsentido atroz de una muerte como aquella, me enseñaron a alejarme del dolor durante valiosos instantes. A enfrentarlo con papel y lápiz.

Esa misma tarde, en casa de la amiga de mi madre que me cobijó mientras lo enterraban, hice un dibujo de mi papá. Y abajo le coloqué amor en forma de palabras.  Días después, escribí un primer poema, lo llamé “Te fuiste papá”. Rimaba y lloraba. Lloraba el papel y lloraba yo. Tenía cuatro estrofas de cuatro o cinco versos cada uno. Era un pequeño andamio de palabras con el que declaraba amor a un padre fallecido, como si quisiera colocar entre sus manos la verdad fundamental. Algo que hubiera repetido cada día si tan solo hubiera sabido que la muerte sería parte de nuestra vida.

Palabras. Pura pena y puro amor.

Mi abuelo lo mecanografió con sumo primor en la imponente máquina que reinaba en su estudio, una habitación de madera con un enorme escritorio oscuro y una vitrina-librera habitada por una muchedumbre de libros. Dudo que esos libros hayan sido leídos por completo, pero nunca sabré la verdad. A estas alturas, han muerto todos los que supieron. Todos, menos los recuerdos y las palabras magnánimas que los resucitan con su riqueza.

Mi madre no recuerda dónde quedó el poema. Lo vi en su casa hace algunos años, pero hoy se ha desvanecido. Mi madre está cansada. Debí raptarlo.

Me quedan las palabras, de nuevo. Una tras otra, como un collar de obsidiana, dibujan imágenes, elaboran secuencias, construyen una narración. La de un accidente en el mar en donde murieron cuatro personas y sobrevivimos solamente niños. La de una funeraria urbana, la del cuarto de madera asfixiado por una micro multitud de adultos, algunos ajenos ¿Qué hacían ahí alrededor de aquella mesa de metal esas personas que no eran nuestras?

Las palabras recrean la memoria, le otorgan cuerpo. Son su voz. Hilvanan con piedad la historia en el centro de mi historia. La de un padre dormido para siempre, sin sangre ni oxígeno ni movimiento. La de una niña que a los nueve años tomó en sus manos el amor a las palabras y el amor de las palabras para no perderse en tanta soledad, para no morir de tristeza cada día, para mantenerlo vivo en la cadencia de su escritura.