Con pasión sostenida

Recuerdo el último con lucidez inusual. Ciertos eventos permanecen dentro de la psique en una región siempre cercana, a pesar de su posición distante en la línea de mi tiempo.

Lo fumé con premeditada parsimonia. Mantuve los ojos cerrados casi todo el rato, como si observara párpado adentro lo que dejaba ir. Aquello que perdía era placer en estado puro. Vivía la etapa juvenil del descubrimiento permanente. Aún medía los rostros del mundo, placer y dolor y opciones. La piel y los sentidos conocían sus mejores amaneceres.

Cada jalón fue un beso de despedida, besos con pasión sostenida, cada golpe un hasta nunca. Un ritual celebrado con plena conciencia. Fue en un balcón abarrotado por pura soledad. Era de noche y hacía silencio.

Han pasado casi 30 años desde aquel último cigarro. Por fortuna, la vida se desmadejó sin humo, una victoria.

Lo mismo necesito hacer con el chocolate pandemia. Su dulzura me trae por la calle de la amargura, ha construido dunas imposibles en mis caderas. Me pierdo en el vicio cíclico de temblar por él, hacerle un amor devorador y odiarlo después del encuentro.

Busco, como entonces, tomar las riendas. Para darle el beso de despedida, un beso último, necesito un balcón, una noche de silencio y a la joven que sabía celebrar ritos de paso con resolución absoluta.

Sin embargo, a ella no la encuentro, ni siquiera sé dónde enterré sus cenizas.

Esta nueva encrucijada me vuelve la mirada hacia atrás. Pienso en el camino transitado, en los varios rostros del mundo ya medidos y descubro una metáfora en el dilema trivial del chocolate. Su capacidad de dominio ilumina pérdidas ocultas en esquinas convenientemente oscuras.

Aunque se lea absurdo.

Ciertos eventos permanecen dentro de la psique en una región siempre cercana. Sobre todo, si el fantasma favorito de quien fuimos es protagonista.

Umbral de otoño

Tal parece que pronto habré cruzado el umbral. El cuerpo lo anuncia con la elocuencia de sus cambios, mi espíritu lo sabe desde el día de mi nacimiento, las mareas mentales también hacen lo suyo. Encuentran un nuevo gusto a la pausa, mis urgencias empiezan a serenarse.

Surgen dudas ¿Qué sucederá con el fuego permanente que reconozco en mi interior? Acaso es necesario que arda inmenso para que el otoño no apague mi afán. Puede ser que su inquietud sea indispensable para salvaguardar el equilibrio. O, tal vez, empiece a sentir la inevitable muerte de sus llamas.

La juventud es una noción que tiende a alejarse. No abandona la memoria, se resguarda discreta para estar si se le busca, para salvar los días bajos a pulso de remembranza. Ya no impone ideales ni emite sentencias, reconoce imposible el imperio de su naturaleza.

En esa parte interior de mi entendimiento que no acepta medias verdades, me sé mujer que decae en el sinuoso sendero natural de la vida. Quiero, sin embargo, inventar una lenta decadencia, libre de sobresaltos. Quizás pido demasiado.

Los días de la estación nueva llegan con otro tipo de iluminación. Ocre y marrón, con pizcas de polvo de estrellas para procurar justas dosis de ilusión, algunas de locura, para suavizar un poco mi andar ahora que el terreno se empina.

A la mente le pido disciplina férrea, queda mucho aprendizaje en diferentes tinteros. Y los quiero todos. El manantial de ideas reconoce el nuevo tono de mi tiempo, se transforma, sin embargo no hay espacio para sequías. La fertilidad de la mente es un pacto celebrado con la vida, un acuerdo que se renueva cada día. Sin el fluido creativo no puedo sobrevivir, sin el reto neuronal no seré posible.

Este cuerpo que ha recorrido tantos paisajes, que me ha enseñado a sentir profundo, este andamiaje de agua y sangre que colocó dolor y placer sobre mi piel, está preparado para la nueva cadencia que impone la decadencia. Recibo agradecida los dibujos que trazan los años ocre. Con dignidad, me hago otoñal.

Pido al cuerpo templanza para continuar el viaje que las hormonas dictan, serenidad para aceptar destinos desconocidos, coraje para combatir lo combatible, consciencia para reconocerse envejecido.

De mi alma espero sabiduría, fuerza para abrir las puertas que el nuevo camino ofrezca, fe en el futuro, entusiasmo, movimiento. Ternura, toda la ternura del universo.

Y al amor, aliento vital que me ha dado tanto y con el que todo he dado, le pido que siembre pequeñas primaveras dentro de mi jardín, como si fueran canículas de magia en mi condición de mujer otoño. Que florezcan brevemente, de vez en cuando, para apaciguar la nostalgia.

Amor deseo siempre. Para dar y darme, para no perder la dirección que dicta mi brújula, para llegar a la última estación con las alforjas llenas de besos.

Te recibo otoño, en la piel y la sangre, en mis pasos de mujer madura, en mis manos recorridas por ríos azules llenos de historias, manos siempre abiertas.

Mi mente retará tus vientos con insistencia febril, también la curiosidad. ¿Quién sabe? acaso te guste entrar a mis años que ahora son tuyos, con una niña escondida al acecho de aventuras.

Acérquese a la ventana

Acérquese a la ventana, me piden. Son las once de la mañana y estoy de turno en la oficina. Impera la metódica distancia, la ausencia a medias y el aroma de pandemia. El ambiente y el ánimo son gobernados por un silencio que empieza a ser rutina.

Extrañada, me asomo al ventanal. Estoy en un segundo piso.  Veo a través de las persianas y ahí está, con su pelito blanco, su mirada puroamor, una mascarilla enorme que le cubre casi todo el rostro y una caja de donas.

Mi madre, mi adorada madre, mi madre escapista, batiendo los brazos, saluda desde el estacionamiento como lo hace un niño en la playa cuando adivina un barquito. Con una emoción que no vi llegar, somato el vidrio para que sepa que ahí estoy. Pero no me ve porque el sol suelta un reflejo tosco sobre el cristal.

Rompo protocolo y distancia y bajo de prisa las gradas. La alcanzo y se derrumba el andamiaje que tan bien armadito he mantenido. Continuó rompiendo todo, menos el abrazo. Sin poder –o querer– evitarlo, rompo en llanto. Fue mi única visita de cumpleaños, la mejor.

Formas variopintas de amor existen, la suya es sólida, incondicional, perpetua.

¿Qué puedo decir? Soy sentimental a más no poder. Sin los hijos cerca, sin canciones ni pastel ni velitas, mi vieja con su caja de Krispie Cream no permite que el cumpleaños de su hija resbale entre este montón de días en los que nos hicimos seres solitarios.

Quedo rota, sí. Y agradecida.

En silencio, otro dolor

Llega el momento en que ya no puedes compartir dolores con tu madre. La fragilidad que los años otorgan ha tomado el hogar seguro que son su voz y su cuerpo, adivinas cansancio en el cobijo que habita en la fortaleza de su abrazo.

Dicta la naturaleza que es tu tiempo de mimarla, de cuidar con primor los detalles que construyen el bienestar que merece. Tiempos para protegerla hasta de ti misma y las penas que te abaten, si es preciso.

Andar el puente, aceptar ese rito de paso cronológico, es una lección de humildad de la vida, siempre cambiante. Una de tantas enseñanzas.

Lo atraviesas a paso lento. Sin poder evitarlo, cruzarlo siembra en silencio un nuevo tipo de dolor.

Hija de la muerte

Ni la suma de todas las imágenes que de ti guardo logran reconstruirte completo.

Siempre serás, padre, una nostálgica construcción en proceso, un rompecabezas dentro de mi memoria.

Todo tú, incompleto para la eternidad.

A veces llegas sombra, otras sonido, en algunas ocasiones sos una secuencia de movimientos tan reales que logro borrar durante instantes el túnel de los largos años.

Completarte es una especie de misión. Hoy, en esta oscuridad nueva, en este silencio, hoy, que me dolés en cada carencia, hija de la muerte, soy consciente de su naturaleza permanente.

Tu retrato grande llegó a otra pared. No fui yo, padre, quien te desterró del rincón. No comprenden las otras manos que solo yo debo tocarte.

Te veo aún, ahí estás en el nuevo sitio, casi te encuentro, casi. Nadie entiende.

Enloquezco de ira.

De cómo los libros me ayudaron a sobrevivir

En mi familia hubo una racha de años plagados por muertes inesperadas. Casi cada año de media década de los setenta, lo terminamos con un miembro menos en la mesa familiar. Aquello no fue asunto ligero.

Empecé a ver de cerca el tren de la muerte a los seis años. A olerla y sentirla y temblar bajo el peso de sus consecuencias. En ese contexto, aprendí a observar a la gente grande cuando se paraliza por el miedo.

En la memoria, llevo a mis abuelos maternos como el epicentro de estos acontecimientos. Primero (1975) enterraron a un hijo joven, de treinta y pocos, quien además les heredó la responsabilidad de criar a sus cuatro hijos. La muerte de mi tío fue un accidente en todo el sentido de la palabra. Una avioneta que falló y cambió muchas vidas en pocos minutos.

Un año después (1976), vieron a un nieto de diez años morir a causa de otro fatal accidente. La de mi primo fue una muerte que nos sacudió a todos de mil maneras. ¿Cómo explicar que un niño desaparezca cuando su vida apenas empieza? Montaba bicicleta, mi primo. El conductor del camión no lo vio.

Poco más de un año transcurrió hasta que falleció el siguiente miembro de la familia, (1978). Otro accidente. Mis abuelos enterraban a un yerno demasiado joven, nosotras enterrábamos a un padre muy amado. Y aún faltaba.

Menos de dos años habían transcurrido desde que mi papá murió y, de nuevo (1980), mis abuelos enterraron a otro yerno. Dos de sus tres hijas quedaron viudas siendo muy jóvenes.

No exagero. La gran mayoría de sus nietos nos quedamos sin papá antes de cumplir trece años. Vaya si era de susto, éramos tantos y tan pequeños. A pesar de los pesares y de los funerales con sus inevitables consecuencias, cada pequeño hizo lo que pudo para seguir adelante. Algunos la tuvimos más fácil que otros. De alguna manera, a pesar de la orfandad, nuestra infancia nos enseñó a buscar una suerte de extraña alegría para sobrevivir, cada quien a su manera.

A mí me salvó leer. Y lo escribo así, sin temor a que suene a cliché porque no lo es. Es una verdad. La muerte de mi papá fue la tercera que azotó en aquellos años a la familia. Conocíamos el duelo. Pero nada te prepara para que suceda en el núcleo de tu vida de niña.

Ya leía. Libros infantiles de todo tipo, los clásicos aquellos que venían con un cassette narrando el cuento, “El libro de oro de los niños” y dos maravillosas ediciones entradas en años que recuerdo con especial emoción: “Cuentos del país de las nieves” y “Cuentos de Andersen”. Ambos eran herencia de la infancia de mi mamá. Leía y disfrutaba mucho de la lectura. Los libros fueron, son y siempre serán para mí una fascinación.

Recuerdo una tarde larga en la sala de esperas del hospital, en donde agonizaba mi primo. No despertaría del coma, los médicos se daban por vencidos. Los rostros de los adultos fueron una nueva revelación. Vi tanto, tantísimo dolor. Mientras hablaban en quebrado susurro, tomé un libro que llevaba en el bolsón. No recuerdo el nombre pero trataba de un mono que viajaba por todo el mundo. No sé exactamente cómo explicar la sensación. Pero esa historia de un mono con sombrero rojo, amansó el miedo.

La tristeza era de por sí ya muy pesada, el miedo a la muerte era algo nuevo. Los niños no deben morir. Esa tarde, leer me transportó por primera vez a una dimensión que amortiguó el temor. Fue la primera de muchas, hasta el día de hoy.

Muy pronto, llegó la muerte de mi padre. Fue un accidente que desencadenó, además de una tristeza devastadora, una serie de difíciles cambios. Los libros fueron remanso espontáneo ante la densidad de los acontecimientos. En aquel momento no era consciente de por qué me resguardaba en la lectura como más adelante tampoco era consciente de cómo leer fue un recurso para evadir la realidad y, a la vez, un hábito que me reconstruía. Aún me reconstruye. La consciencia sobre la importancia que tuvo la lectura en aquellos momentos llegó muchos años después.

Escribo de los años de las muertes para explicar el contexto en que los libros, gracias a su capacidad de entrar en nuestro imaginario, me sacaban de la oscuridad.

Por alguna extraña razón, recuerdo con mucha agudeza las lecturas que me acompañaron durante los meses, incluso los dos o tres años que sucedieron al fallecimiento de mi papá. “La isla del tesoro”, “Pollyanna”, la inolvidable y completa serie de “Los Siete” de Enyd Blyton, “Corazón” de Edmundo de Amicis, “Las mil y una noches” en una magnífica edición juvenil, “La cabaña del Tío Tom”, “Marianela”, los de Julio Verne, para listar algunos.

Alguien, no recuerdo quién, me regaló una Biblia Juvenil. Mentiría si dijera que me consoló la palabra en su contexto religioso. Lo que me fascinó fue el Antiguo Testamento con sus increíbles relatos y su peculiar simbolismo. El Génesis es una historia épica que devoré como si el tiempo no fuera alcanzar. Imaginen un río que cambia el agua por sangre o un sol que se detiene durante una batalla o dos mujeres convertidas en estatuas de sal. Aquello era para no soltarlo.

Es sorprendente cómo, después de tantos años, evoco las noches de larga lectura y recuerdo con lujo de detalles lo leído. Es como estar ahí. En la habitación que compartía con mi hermana, quien también leía, en mi pijama de florecitas azules, en Sodoma y Gomorra o Egipto o en el desierto. Con Sara y Abraham, con José y sus sueños.

Luego llegó “Mujercitas”. Un libro que me marcó profundamente. Encontré, o quise encontrar, similitudes entre la historia de las hermanas March y la nuestra. Sobre todo, aprendí dos asuntos esenciales: las niñas dejamos de serlo demasiado pronto y leer te viste, inevitablemente, con la piel de los personajes.

No es que los libros produzcan experiencias sobrenaturales ni tengan consecuencias extrasensoriales. Es mucho más sencillo. En aquellos tiempos en los que no tenía edad para entender que la muerte es parte de la vida ni para aceptar que la de mi papá obedecía a un orden superior, como trataban de explicar algunos adultos bien intencionados, leer fue un recurso terapéutico que me colocaba en un sitio de extraña paz.

Es simple y a la vez fascinante, la mente deja de dar vueltas a lo que ha sucedido y de forma casi visceral se transporta de historia en historia a otros mundos.

El hábito lector equipa al cerebro con una serie de habilidades muy útiles. El ejercicio de la memoria, la construcción detallada de imágenes, el enriquecimiento del vocabulario, la intimidad con el lenguaje, la ubicación mental en tiempos y espacios y, en el contexto del duelo, la capacidad para salir de nuestro drama personal, dejarlo atrás durante un rato, para entrar en la asombrosa ficción que habita un buen libro.

Cuando estamos vulnerables, la literatura es una aliada que acompaña en silencio. Nuestras emociones dan tregua, abandonan su estado de rebelión y permiten el paso de nuevas sensaciones que despiertan gracias al poder transformador de la lectura. Es un armisticio.

Un libro no borra la tristeza ni proporciona olvido. Lo que hace estupendamente bien es enriquecer nuestro aparato emotivo porque a través de sus personajes, escenarios y argumentos nos muestra que existen otro tipo de emociones, también de realidades. Aunque leer es un acto solitario, con libro en mano, jamás estamos solos.

Era apenas una niña. Sin embargo, fui capaz de reconocer la tristeza causada por la muerte en toda su magnitud. Sin saber exactamente por qué, si leía, al menos durante ese rato, sentía un alivio que hasta la fecha no cambio por nada del mundo. Sobre todo, porque después de tantos años y otros momentos críticos en los que me he aferrado a la fuerza salvadora de la literatura, tengo la absoluta convicción de que los libros son aliados fundamentales para sobrevivir, para seguir adelante.

Al principio las historias que descubría en los libros fueron vía paralela para una cotidianidad rasgada por incertidumbre y silencio.

A paso de años y muchas lecturas, mientras fui entendiendo que la vida continúa, que se vuelve a reír y a tener ilusiones, descubrí en las obras literarias otras bondades.

En el umbral de la adolescencia empecé a observar la historia de la humanidad con mucha curiosidad, a comprender que hay desgracias mil veces más devastadoras que la muerte de alguien amado. Anna Frank se encargó, con sus palabras siempre vigentes, de mostrarme tragedias más grandes.

Su diario fue un rito de iniciación a los duelos colectivos que transforman a la raza humana. La injusticia tomó otra forma en el centro de mis ideas.

Leer, como he escrito en otras columnas, me ha enseñado a llorar el dolor de otros. A veces pienso que la capacidad que tiene la literatura de tender puentes de empatía y compasión, de colocarnos en la piel de los personajes, de la historia, fue la que me ayudó a ver con menos ira las muertes que pusieron a nuestra familia a temblar.

No es un asunto de aceptación. Los libros no enseñan eso. Lo que colocan frente a los ojos de quien quiera ver, es la diversidad y cantidad de realidades que construyen y destruyen la experiencia humana. Por otro lado, aprendemos a disfrutar de la belleza que un escritor es capaz de crear con su imaginación. Descubrimos un extraordinario placer. El placer de leer.

La literatura enseña que somos apenas una partícula microscópica con una pequeña historia que se teje dentro de una mayor.

Después de tantos años, tengo la certeza de que la capacidad de mi madre para reinventar la estructura de la familia y la magia que siempre encuentro en los libros, me salvaron de caer sabrá nadie dónde.

Aquellos años nos marcaron para siempre. Los libros que me acompañaron en esos tiempos tristes, también me marcaron. Soy afortunada por eso.

Volverán los abrazos

Tantas historias han sucedido desde el día uno. Con ellas aprendemos pequeñas formas de reinventar la vida. No falta el temor, tampoco la impotencia que llega cuando nada es certero.

La pandemia ha tocado muchas vidas. Conforme avanza en su extraño ciclo, la sentimos más cerca y a pesar de su cercanía, procuramos guardar la templanza.

He visto llorar a alguien querido porque el COVID trajo muerte a su familia. También la veo hacer acopio de fuerzas para continuar su propia batalla. Y aprendo. De ella, de mi vulnerabilidad, del silencio implícito en el confinamiento. De quienes buscan formas nuevas de ganarse la vida.

Esta experiencia serpentea entre zozobra y esperanza. Mientras tanto, extrañamos personas, ritos, momentos que antes eran asunto seguro. Han quedado del otro lado de las nuevas fronteras y aguardan. Todos aguardamos.

Cuento el tiempo porque cada día que termina simboliza uno menos.

Volveremos a abrazarnos.

Temores reales

No le temo a las canalladas que provoca el paso del tiempo. Me tiene sin cuidado tener que usar lentes para leer. Ciertas partes del cuerpo le pierden la partida a la fuerza de gravedad. Ni modo, se caen. Tampoco me importa mucho. La cara se arruga, el pelo se destiñe y francamente nada trágico pasa con estas gracias de la edad y su peculiar sentido del humor.

Pero sí hay asuntos del paso de la vida a los que temo, pérdidas que he visto y me aterran. No puedo pensar que mi mente se irá llevándose consigo los recuerdos, la imaginación, la creatividad. Eso sería devastador. Perder la facultad de asombro también asusta. No quiero dejar de maravillarme ante cosas simples que resultan grandes como un amanecer en el mar, la luna llena o la piel de un bebé. Necesito seguir sintiendo la emoción que regala la música, la delicia del buen recuerdo, la sensación de un helado sobre la lengua. No puedo perder la conexión con la gente, ni el gozo de las buenas conversaciones, ni la fortuna de tener alguien a quien ver a los ojos, entendernos sin hablar y reír al mismo tiempo.

Temo vivir sin abrazos o sin besos, sería espantoso caer en el síndrome del aislamiento. Lo he visto. Me da miedo que la apatía invada mi ánimo y no puedo ni imaginar vivir en un entorno de indiferencia. Quiero envejecer con poesía en el alma, poesía todos los días, oportunidades para trabajar mejor y aprender siempre todo tipo de novedades. Necesito seguir mi camino rodeada de libros y carcajadas. Quiero conservar la eterna capacidad de reírme de mi misma, me ha acompañado siempre, no podría verla alejarse.

Espero no perder el sentido de compasión, la salvación que obtengo con el roce de manos amadas o la osadía de empezar de nuevo después de un fracaso. Me da miedo despertar un día y descubrir que he dejado de soñar.

Son temores reales porque desconectarme de tales sentires equivaldría a perder todo oxígeno, sería morir en vida, un poco cada día.

Recuerdo de 26 de mayo 2014