De la mano, las palabras

Permitieron que viera su cadáver, que me acercara a su cuerpo para perpetuar nuestro último adiós. Estaba tendido en la mesa de la funeraria en donde lo habían arreglado, como si tal cosa fuera posible. Mi padre yacía plácido sobre una mesa metálica larga, parecida a las que hay en las cocinas industriales. Tendido, como si durmiera.

Fue justo antes de que lo colocaran dentro del ataúd.

Yo tenía nueve años y millones de interrogantes porque, lo que estaba pasando, lo que había pasado, lo que estaba por suceder, no tenía sentido. No era parte del plan ni de la historia tejida en mi cabeza de niña tejedora de cuentos. Era, en todo caso, una ráfaga de sucesos, como cuchilladas, que cortaban de tajo una vida. Hechos que escribieron una historia nueva, demasiado triste.

Lo abracé y besé y observé con fino detenimiento. ¡Cómo lo abracé! No quería soltarlo. Aún lo observo, a veces.

Buscaba en su rostro un pequeño respiro, un indicio invisible que mostrara la equivocación de todos y de todo. Sus hermosos ojos, cerrados, frondosos, no parecían muertos. Tenía raspones en las mejillas y arena en las pestañas. Un traje gris. Una corbata gris. Una camisa blanca. Elegante y guapo como cuando salía cada día a trabajar.

Pero esta nota no es sobre el funeral de mi joven padre. De él y de ese día he escrito ya suficiente, o mucho, en todo caso. Esta nota habla de las palabras y su poder salvador, las palabras y su capacidad de otorgar un poco de orden al caos inmenso que troceaba mi pequeño corazón de niña. 

Las palabras al poner sentido momentáneo al sinsentido atroz de una muerte como aquella, me enseñaron a alejarme del dolor durante valiosos instantes. A enfrentarlo con papel y lápiz.

Esa misma tarde, en casa de la amiga de mi madre que me cobijó mientras lo enterraban, hice un dibujo de mi papá. Y abajo le coloqué amor en forma de palabras.  Días después, escribí un primer poema, lo llamé “Te fuiste papá”. Rimaba y lloraba. Lloraba el papel y lloraba yo. Tenía cuatro estrofas de cuatro o cinco versos cada uno. Era un pequeño andamio de palabras con el que declaraba amor a un padre fallecido, como si quisiera colocar entre sus manos la verdad fundamental. Algo que hubiera repetido cada día si tan solo hubiera sabido que la muerte sería parte de nuestra vida.

Palabras. Pura pena y puro amor.

Mi abuelo lo mecanografió con sumo primor en la imponente máquina que reinaba en su estudio, una habitación de madera con un enorme escritorio oscuro y una vitrina-librera habitada por una muchedumbre de libros. Dudo que esos libros hayan sido leídos por completo, pero nunca sabré la verdad. A estas alturas, han muerto todos los que supieron. Todos, menos los recuerdos y las palabras magnánimas que los resucitan con su riqueza.

Mi madre no recuerda dónde quedó el poema. Lo vi en su casa hace algunos años, pero hoy se ha desvanecido. Mi madre está cansada. Debí raptarlo.

Me quedan las palabras, de nuevo. Una tras otra, como un collar de obsidiana, dibujan imágenes, elaboran secuencias, construyen una narración. La de un accidente en el mar en donde murieron cuatro personas y sobrevivimos solamente niños. La de una funeraria urbana, la del cuarto de madera asfixiado por una micro multitud de adultos, algunos ajenos ¿Qué hacían ahí alrededor de aquella mesa de metal esas personas que no eran nuestras?

Las palabras recrean la memoria, le otorgan cuerpo. Son su voz. Hilvanan con piedad la historia en el centro de mi historia. La de un padre dormido para siempre, sin sangre ni oxígeno ni movimiento. La de una niña que a los nueve años tomó en sus manos el amor a las palabras y el amor de las palabras para no perderse en tanta soledad, para no morir de tristeza cada día, para mantenerlo vivo en la cadencia de su escritura.

¿Cuándo?

La esperanza desesperada 
de volver a abrazarte,
de colocar tus manos en el corazón de las mías.

La impaciencia aguda de no saber cuándo, de nuevo,
la piel será refugio seguro.

La ilusión de abrir una puerta nueva en el tiempo
la incertidumbre de encontrar en su umbral
la misma, vieja,
necesaria prudencia de guardar distancia.

El desconcierto.

Navidad en solitario

Nunca antes estuve tan sola una tarde de Nochebuena, se siente extraño y al mismo tiempo tan cotidiano.

El silencio es un agudo estruendo que ha colocado zumbidos en mi canal auditivo.

Escucho mi sangre en marcha, viaja mente abajo tan llena de vida y deseos. Pasa de las ideas al cuerpo, ansioso de movimiento, de encuentro y descubrimiento.

Por eso es curioso. Nunca una tarde de Nochebuena había estado en modo solitario.

No cabe duda, la soledad es un hábito que se aprende bien, aún en estados de inconsciencia. Se incorpora con suma facilidad al ADN de la rutina, tanto, que a veces ni duele.

En tardes de festividad, sin embargo, no hay cabida para la indiferencia. Brota un discreto dolor por los poros de la historia personal. Un sentimiento íntimo. Precisa guardarlo, no trasladar su matiz a remedos de martirio. No son tiempos ni espacios para jugar a mártires.

Son tardes navideñas solitarias, como cualquier tarde solitaria de cualquier mes, ratos de una rutina que, ya he dicho, se aprende bien, se aprende pronto, se debe aprender para sobrellevar con placidez la vida de silencio.

Aunque sea Navidad.

Bombas

Alguien tira bombas de iglesia a un aire en donde no hay iglesias.

Esta comarquita es puro monte. Colinas salvajes con un puñado de casas esparcidas como granos de sal en una tortilla.

Pero las bombas aúllan una tras otra, como si hubiera iglesia, como si no hubiera pandemia.

Inventan la Navidad para borrar, aunque sea una tarde de domingo, una tarde fría de un diciembre extraño, a un virus que tiene al mundo entero en vilo, un bicho que ahora no tiene más gracia que disfrazarse de otro.

Como si necesitáramos más miedos.

Extraña Navidad

Entra Navidad. Estoica, con fantasmas tomados de la mano. Mi muerto más llorado encabeza el cortejo. Trae de nuevo la muñeca bajo el brazo, empacada con primor y cuarenta años de ausencia en un moño de listón. Lo acompañan los otros, los que partieron en buen tiempo después del cansancio, siempre dulces, con los años dibujados en la ancianidad de su piel.

Llegan también los fantasmas de tiempo en un carrusel de imágenes sepia. Espejos de juventud, amores desatados, besos fuego evaporados en nubes de años. Miradas. Canciones imposibles de olvidar. Despedidas. Reencuentros.

Cuerpos infantiles derramando alegría, voces de niños que ya no lo son disipando la tristeza de las ausencias con su fantasía y la inocencia de su fragancia. Niños que sin saberlo apuntalan la celebración con fuegos artificiales para que la nostalgia no rompa la magia.

Surgen, en esta extraña Navidad, las mujeres tantas que fui, las que, en sueños, a veces, aún soy.  La pequeña con el mundo perfecto antes de la muerte, la niña triste que nunca se resignó a saberlo muerto. La adolescente que soñaba, que lloraba y fraguaba vidas paralelas con la complicidad de los libros. La fatalmente enamorada. La madre joven, inmensamente feliz.

Cada uno de los fantasmas con todas sus historias abarrotan el espacio de la víspera y no, no permiten que los villancicos enciendan estrellas.   

Invisible

El desconcierto de saberte invisible, la costumbre de saberte invisible.

La resignación a ser invisible, para no romperte, noche tras noche.

Preguntas sin posibilidad de respuesta.

¿Cuándo dejé de existir? ¿Antes o después de que se elevara el muro de indiferencia?

¿Habrá sido cuándo la juventud abandonó las formas del cuerpo, cuándo se apagó el brillo de la piel?

¿Cómo sucedió? ¿De un día a otro? ¿A paso de silencio? ¿A paso de rutina?

Invisible, inaudible, inexistente.

Mujer que dejó de ser.

Su silencio

Hay en el corazón lugares que se ocultan hasta de sí mismos.

Temen, los sitios oscuros del corazón, la tormenta del llanto.

Temen la catástrofe del dolor, la pena del vacío, temen al miedo mismo.

Por eso su silencio.

Noviembre recio

Llega recio noviembre. Con ruido, entra al epílogo de un año innombrable.

Trae viento, trae frío y una tormenta tomada de la mano.

Celebra su entrada con violencia, como si necesitáramos más angustia.

Para disimular, de repente dibuja un par de celajes. Hermosos. Gélidos.

Tal parece que al tercer día también Noviembre ha encontrado las raíces del miedo.

De muerte

Que llegue su aroma en la ventisca de noviembre, su voz, como eco de los tiempos vivos, que el tatuaje de su historia se imprima de nuevo en la tuya.

Deseo que hoy sientas en la piel la vida de tus muertos, que su presencia sea luminosa, sonora, táctil, que borre la distancia.

Que la muerte, hoy celebrada, se desentienda de su afán cotidiano, que se emborrache y olvide su condición difunta.

Que en su día los muertos vivan.

DESCALZAS

A esta especial felicidad no se retorna.

Por amor a las palabras

Sentadas en la alfombra
descalzas
mi amiga hermana y yo
desciframos canciones

quince años
        tal vez dieciséis.

Imagen fundamental
sostén de la alegría
un amuleto en la memoria.

Los 80’s, de viejo siglo
sus días inolvidables.
                  
No había tregua para el toca cintas.
Stop, rewind, forward
para adelante y para atrás, el cassette
hasta sacar todas las palabras de su corazón
hasta hacerlo temblar.
 
Cada frase de cada estrofa
desentrañada interpretada devorada
tantas canciones convertidas en papel
hoja tamaño carta
en líneas
caligrafía meticulosa.
 
Cartapacio Monte María
recordadas hasta esta noche
hasta mañana, Toda la vida.
 
Largas horas
de tardes enteras
memorizando letras
nuestras canciones del alma.
 
Y casi todas, siempre 
canciones del alma.

El cartapacio
la alfombra
amiga hermana, cuánto te extraño...
 
I can’t fight this feeling any longer
aquel amor primero, desgarrador.
 
When I was young it seemed that life was…

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