Implosiona

Un frío abstracto recorre los caminos invisibles de la tarde noche. El último mes llega a la mitad. La melodía al piano, como de final de película triste, envuelve el hielo extraño de la sala.

Coloco las calcetas arco iris en mi pies helados y continúo la lectura de una historia que es desgarradora y fascinante a la vez. Memorias de una vida imperfecta escritas con magnificencia.

El frío se cala en cada rincón del cuerpo, camina sobre las ideas convertidas en imágenes tridimensionales. Desbocado, el frío entra por todos los orificios de mi rostro. Tanto, que puedo olerlo, escuchar su silbido. Tanto, que me arden los ojos.

Lo mismo hace la música sin voz, me perfora toda con la melancolía de sus acordes. El árbol de Navidad espía sobre mi hombro. Yo lo evito, nadie más está en casa y esa vieja certeza tiembla adentro de mis más profundas honduras. La soledad es un ánima, un espectro, a veces una amenaza con poder.

Si me descuido, su inercia permite que el extraño frío tome dimensiones incompatibles con los afanes de continuar y reinventar, con los deseos. Mejor volver a la historia, mejor cerrar los ojos.

De cualquier forma, una implosiona cuando las ráfagas de soledad se camuflan en la belleza. Porque hay tanta belleza alrededor. Empieza en la música, es hermosa y suave y dulce, como voces que susurran en las cuevas de un poema. Luego está la sala, vestida de Navidad y de historias, tan linda. Asomo a la ventana y la veo. La ciudad acunada en el regazo del valle, refulgente con millones de luces. Las montañas con brochazos rosa y malva la custodian. De pronto el cielo aspira los colores dejando una oscuridad solemne, como seda, como rebozo.

La implosión, alma adentro, escoge la belleza. Poco a poco la sensación solitaria se ablanda, parece almohada en casita de muñecas.

Sí, ya no duele la densidad de las ausencias.

En su lugar permanece toda la belleza, el libro, mis calcetas de arco iris.

Así sucede una vida imperfecta, pequeña dentro de la magnificencia.

Extintos

Llegas espeso, siete de diciembre, inmensamente denso, por la carga de los muchos recuerdos.

Fogatas que respondían a la algarabía infantil con risa de chispas, cuetillos como poporopos, la casa de los abuelos, los buñuelos, verdades grandes de una vida simple.

Aquellos fuegos, hoy extintos, asoman, como fantasmas, en tu ventana de calendario.

Llegas ancho, día de llamas antiguas, para que quepan tantas imágenes sepia,

Amplio, para la vasta memoria.

Sucedes inevitable, cada año, siete de diciembre.

Y me revientan en el pecho los ecos de tus viejas historias.

Sin cerrar los ojos

La pareja se despide con un besito arrebatado. Y otro, más besote, sin arrebato. Ella lo abraza fuerte y abre los ojos hasta el final de la despedida. Él no los cierra. Con pasos en la mirada recorre a otra joven, de pies a cabeza, sin interrumpir el beso.

Tras la ventana de su vehículo, una mujer observa el triángulo sin aspaviento. Ya no siente tristeza, no se indigna. Entendió hace mucho que la naturaleza humana tiene rasgos eternamente primitivos, instintivos inmunes a la evolución. Y no, ella tampoco cierra los ojos.

Casi fatal

Dentro de la imperfección cotidiana en esta vida nuestra, cometemos actos comestibles desafortunados. Casi fatales, son capaces de hacer trizas todo.

Comé una rebanada más de pastel y vas a sentir cómo el plan del macabro peso implosiona mientras el cuerpo explosiona, sumido en atónita impotencia.

Comete una h de tu texto y verás cómo tu pequeña obra, a pesar de su fundamental significado para tu breve existencia, se rompe, se enloda… te degrada.

No podés corregir, el bocado equivocado flota en el ciberespacio denunciando tu imperdonable glotonería.

Enloqueces y, de pura rabia, te comés todo el pastel. Nada queda sobre tus manteles después del arrebato.

Así las cosas, el cuerpo, el texto, tu paz y tu voluntad vuelan en mil pedazos, devorados por una mala jugada del destino.