Con forma de mujer

Cuando nosotras escribimos
aflora rotunda nuestra condición femenina. 
Brota como centella de colores
dentro de palabras que florecen, plenas,
en el jardín de nuestro magnífico entendimiento.
En frases francas de pulso impecable, 
flota la fragancia irresistible de un perfume de mujer.
Es inevitable. 

Párrafos solitarios, 
o aglutinados por común objeto,
traen ecos de tacones que andan y sostienen. 

Entre  líneas,
palabra tras palabra
se adivinan cabellos rojos o largos, 
en movimiento salvaje.

Sonrisas cómplices alumbran como farolas,
son frases de la alianza, 
 incondicionales en cuitas de estrógeno 
o de soledad.
En poemas  íntimos 
escritos bajo el conjuro mágico de la libertad,  
aguardan deseos de cintura breve, 
muslos iluminados extienden nocturnas invitaciones al amor.
Labios rojos prometen besos que no terminan, 
frases de cristal revelan fuego, miel y astucia
en un cuerpo porcelana desnudo, 
que yace encendido bajo sábanas de seda.



En los otros versos, 
sueltos y sombríos, 
asoman penas con forma de clavel, 
dudas que bailan como si fueran faldas perturbadas, 
sílabas desconsoladas por el desencanto.
La intuición femenina, ancestral,
adivina la inminente muerte del amor.
Llora de rodillas ante las eternas  injusticias,
abatida, se quiebra en pedazos por la frustración.
 Y lo escribe, para jamás olvidar.
En oraciones que no terminan 
llega en cascadas de abecedarios, 
la imprescindible necesidad de renacer, 
de resurgir vestida con nuevo vuelo,
de dibujar con ideas impetuosas una ruta alterna,
de reescribir la leyenda y volver a empezar.
Con verso o párrafo, canción o discurso,
hablamos sobre cuánto haremos —o desharemos—
por y para nuestra femenina tradición,
sin perder cordura ni olvidar la elegancia.
Al escribir desde el centro mismo del espíritu,
declaramos verdades que solo nacen en medio de dos senos,
palabras que hablan de cierto tipo de amor.
El que provoca incendios que no queman,
maremotos que no ahogan,
relámpagos que no ciegan,
¿Lo ves? ese tipo absoluto de amor.
Callar a nuestra diosa equivale a morir en vida,
es irremediable la necesidad 
de contar historias con aplomo femenino,
un asunto tan antiguo como natural. 
Por esa misión, 
y por todas las que antes trataron y fueron silenciadas,
escribimos con tinta sangre sentencias vitalicias, 
universales,
dentro de una silueta con forma de mujer.

                                     

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