Por el recuerdo, para el olvido

                                   
No es asunto ligero. Se derrama como catarata, su fuerza empapa, refresca. Bailar y sentir lo que bailábamos y sentíamos cuando fuimos niñas y  jóvenes es un fenómeno. La niñez con su fantasía, la juventud con su arrebato, ambas con castañuelas y amigas y faldas de vuelos. Complicado explicar lo que nace en las piernas, en la cintura y en la mente. Sobre todo en la mente. Bailamos para recordar y bailamos para olvidar. 

Durante un breve desgarre de guitarra regresamos. Despertamos en aquel  siglo. El presente y su laberinto se duermen. En el flamenco visitamos nuestros años de antes, coloridos y prometedores, tiempos musicales que no se olvidan. Durante esos minutos somos quienes fuimos. Inventamos que lo que soñamos sucedió. Durante ese rato pequeño todo es armonía. Tan intenso y convincente, es una alegre y piadosa mentirita. Durante ese capítulo de cante y acordes y palmas vemos posibilidades. Encontramos otras rutas en el vaivén de nuestro cuerpo. El gozo es más que suficiente para esperar la próxima clase, el siguiente paso, cierto remate que electriza, un  milagro siempre nuevo que dura dos horas cada semana. Horas irrepetibles en las que  bailamos por el recuerdo y bailamos para el olvido.

Reflejo

En esta tarde que pronto se hizo noche  no es la infancia de mis hijos la que añoro. Es la mía. 

Después de bailar un poco de flamenco, de ver la imagen de mi cara y mis manos y mi falda en ese espejo, después de sentir esa guitarra que quita dolores, después de sevillanear con amigas,  ¿quién no desea volver a su primera época?

El reflejo que emana del espejo, como vapor que baila sobre una olla, es el de una mujer a medio camino. Más de cuatro décadas trazadas en su seño, en la mirada, en todos los renglones escritos sobre el rostro. Debajo de esta imagen se oculta la pequeña que igual bailaba con tacones y vuelos en el siglo pasado. En otro espejo, en otra aula, pareciera que en otra vida.

Espacio de los futuros de antes,  ¿dónde quedaste tirado? Sabrá nadie qué drenaje engulló para siempre nuestros días niños de siglo XX….

Ahoguemos la añoranza pues, con una sevillana, acaso con tres. Y con la cuarta también.
“Cántame por sevillanas pa’que vuelva la alegría…”

Nunca dije que quería ser igual

Nunca dije que quería ser igual a un hombre, si me encanta ser mujer. Me gustan los tacones, los poemas, las flores, los vestidos. Me fascina usar el pelo largo.
Bailo flamenco con clavel rojo, con labios más rojos. También salsa y me gusta que mi pareja  me lleve mientras bailamos, que ponga su mano en mi cintura, que vea mis ojos. Me encanta que me saque a bailar como en los siglos de antes.
El arte me vuelve niña. Colecciono libros, papel de escribir, cajitas y post-its de mariposas. Tengo debilidad por los adornos en forma de bicicleta. Gasto horas con olor a mantequilla en la paz de mi cocina. Soy romántica para escuchar música, para recordar, para llorar con la buena lectura, para besar.
Si de amor se trata soy romántica extrema.
Nunca prescindo del perfume ni de los aretes. Un jarrón con girasoles obra milagros en mi ánimo. Muero por la literatura, por las velas y por ratos largos de amigas y vino. Dar a luz ha sido mi privilegio mayor, alimentar a mis hijos con mi cuerpo el milagro más grande.
Nada de esto tiene que ver con ser como los hombres. Porque nuestras gracias son suaves y vaporosas, porque no en todo somos iguales.
Pero hay asuntos no negociables.
Quiero que me den la misma educación, las mismas oportunidades en condiciones de justicia única.
Que me permitan participar.
Pido no ser vista como un objeto que se usa o un paisaje que se borra o un turrón que se come. Es indigno.
Si hago buen trabajo agradezco que lo reconozcan. Si no es bueno, espero sinceridad para mejorarlo.
Quiero que aprecien mi conversación, que me escuchen, que disfruten platicar conmigo. Si les gusta lo que digo que lo reconozcan sin temor. Y si no les gusta que lo digan sin desprecio.
Quiero la dignidad que otorgan los planes y los sueños personales, que sean míos, que no se sometan a la supremacía equívoca de los de nadie más.
Quiero la ilusión de buscar metas propias, la satisfacción de alcanzarlas, templanza si no llego, el aprendizaje del fracaso. Mío, de nadie más.
Los procesos cerebrales no reconocen género. Por lo tanto, no acepto menos que respeto a mis decisiones y a mi opinión, aunque genere conflicto. Si me juzgan que no sea por mi apariencia sino por lo que llevo dentro, lo que he vivido, lo que he dado, lo que he aprendido.
Celebro al caballero que me abre la puerta, retira mi silla y me ayuda a cargar objetos pesados.
Reconozco que mi fuerza física, el espesor de mis huesos y el ancho de mi espalda nunca serán como los suyos.
Sé que sin ellos esta vida no sería fascinante. Para ellos mi respeto y admiración, que sea recíproco.
No acepto menos.


Mujer florero

“Ella baila sola” era un dúo español que transgredía al cantar. Y en esa transgresión, cargada a veces de sarcasmo, a veces de reclamo y otras de agonía, radicaba la genialidad de su música. Era disonante, tan original.  Una melódica delicia.

“Mujer florero” fue una de sus canciones ícono. Llegó a oídos del mundo en el ocaso del siglo XX.  Una jovencita, militante de la generación que revolucionaría el futuro femenino para mejor, etiquetó a otra joven no tan joven de ser Mujer Florero. Se lo dijo con la suficiencia propia de quien recién sale de la adolescencia. Era comandante de la incipiente legión de mujeres que se comerían al mundo.  Mientras escuchaba su adjetivo, la Florero en cuestión, algunos años mayor que la legionaria, amamantaba a un bebé de meses y perseguía a su niño-huracán de 4 años por toda la casa. Al mismo tiempo. No puso mucha atención a lo que la chica más chica le decía.

Esta mamá nueva con cerebro de petunias –según la etiqueta musical– se levantaba todos los días antes de sentir luz o calor solar. Alimentaba a su bebé en una estrecha cama matrimonial al lado de su muy joven y dormido marido. Luego correteaba al de 4 años para que saltara a la ducha. Permitía que, durante el baño, el chico pintara burbujas de jabón con colorante de pastel. Mamá florero esperaba que su hijo lograra bañarse sin que, de paso, pintara toallas o dientes o dedos en su artística rutina de limpieza. Las madres creen en prodigios. Acto seguido, procuraba que niñito-huracán se vistiera y desayunara y se lavara los dientes en tiempo récord, sin botar la leche o la casa. Listos niños y lista ella, empacaba bebé y niño en dos artefactos de seguridad dentro de su camioneta Toyota. Uno era una especie de camisa de fuerza para el pequeño Houdini, el otro un porta bebé. Salían temprano.

Sí. Empezaba mal esta Mujer de Adorno. Desobediente, no se quedaba metidita en casita.

Cargada de niños, loncheras, pañalera y portafolio hacía, de lunes a viernes, el mismo recorrido. Primera parada: El preescolar en donde depositaba a pequeño Houdini, quien al llegar ya había escapado de su sillón. Segunda estación: La empresa en la que custodiaba y balanceaba recursos financieros. La acompañaba su bebé. Cabeza floreada sabía de finanzas y trabajaba. Tremenda afrenta. Que alguien diera trabajo a esta mujer, que tenía el deber de ser poco menos que un adorno y poco más que una cocinera, es un milagro. Mujer Florero además de amamantar pensaba en asuntos ajenos a los domésticos. Decidía. Resolvía. Con qué derecho, si las Cabecita de Florecitas no son capaces de hacer cálculos, mucho menos de interpretarlos. A pesar de que los temerarios propietarios confiaron en un jarrón con claveles, la empresa aún existe. Esa joven mamá  –arrogante ella– se decía profesional, solo porque –pequeñez irrelevante en su contexto– poseía un título universitario que así la acreditaba. Y porque necesitaba trabajar. ¿Qué habrá pensado? No le correspondía. El mundo en donde se ubicó, el que había escogido, es uno en donde solo los hombres piensan en seriedades y trabajo. 

No había tiempo para reflexionar. Su día empezaba y al rato volvía a empezar. Amamantaba a su siempre hambriento bebé. Atendía a su niño preescolar quien, un día amanecía creyendo ser mago y otro brujo y siempre quería volar sobre una escoba. Florero inventaba los disfraces, conseguía la escoba y lo llevaba a clase de natación. La mayoría de las tardes regresaba a trabajar. Antes de salir, extraía leche de su cuerpo para su pequeñín y fe de algún lado para ir en paz, para confiar en que brujito se quedaba tranquilo. Pedía a toda deidad que, en su ausencia, a Mini Merlín no se le ocurriera una de sus travesuras.   

Por la noche cenaba con su marido. Se enteraba de su devenir. Opinaba y contaba. Lo insólito era que, en esa época, su esposo la escuchaba. Algo andaba mal con Mujer Macetón de Gardenias, no se hacía invisible con facilidad, no como el guión demandaba. Terminada la cena, ¿qué creen? vuelta a sus asuntos de hijos. Leía algún cuento a Merlín Houdini, o lo inventaba.  Lo convencía de que dormir con su capa de mago puesta sería incómodo. El bebito mamaba, su hermano escuchaba el cuento y ella planeaba lo que haría al día siguiente.  

Cuando al fin los chicos dormían y el padre de los chicos dormitaba arrullado por la televisión, ella leía. Todas las noches. Era su momento, su gozo, su terapia. ¡Cómo se atrevía! alimentar su mente florero era inapropiado, peligroso incluso. Al final del día, sobre su cabeza no había una sola flor, ni delicadezas, solo pelo desordenado. Y si había vacío no era de neuronas ni de ideas ni de propósito. Si algo le faltaba era tiempo de descanso. O no, perdón, tiempo para convertir su cuerpo en ancha vasija y su mente en un espacio exclusivo para flores y pajaritos.Tiempo para ser una mejor mujer de adorno. Pero no sabía cómo vaciarse. Además sus circunstancias no le permitían seguir las reglas. Su cintura no se ensanchó como obligaba la florida-ordenanza. No fue un acto de rebeldía. Quemaba más energía de la que ingería. Era tanto lo que ocupaba su mente que olvidaba que lo suyo era ser Mujer Florero y que le correspondía representar su rol con propiedad. No estorbar, ni cuestionar. Recluirse en casa, andar en bata, no pensar en nada fuera de su galaxia doméstica y, con suerte,   esperar y agradecer un solo beso por semana. Lo único que logró del reglamento fue cocinar. Lo hacía por el gusto de hacerlo.  Ahí empezaba y terminaba su ser Mujer Florero. Fue un fracaso.

Fallaba en eso que el universo y las cantantes de “Ella baila sola” y la jovencita que así la bautizó esperaban de ella: Ser florero floreado, vacío y ligero, invisible, inútil e inaudible. ¡Cómo se atrevió a desobedecer! ¿Por qué no lo intentó?

De mayor yo quiero ser 
mujer florero, 
metidita en casita 
yo te espero. 

Las zapatillas de cuadros 
preparadas, 
todo limpio y muy bien hecha 
la cama. 

De mayor yo quiero 
hacerte la comida 
mientras corren los niños 
por la casa. 

Y aunque poco nos vemos 
yo aquí siempre te espero 
porque yo sin ti, 
es que yo, 
es que no soy nada y… 

Quiero ser tu florero 
con mi cintura ancha, 
muy contenta 
cuando me das el beso 
de la semana. 

Es mi sueño todo limpio, 
es mi sueño estar en bata 
y contar a las vecinas 
las desgracias 
que me pasan. 

De mayor quiero ser 
mujer florero, 
serán ordenes siempre 
tus deseos. 

Porque tu sabes 
más de todo 
quiero regalarle a tu casa 
todo mi tiempo. 

Y por la noche 
te haré la cenita 
mientras ves el partido 
o alguna revista. 
Y hablaré sin parar 
de mi día casero. 

No me escuchas, 
no me miras, 
¡ay! ¡cuánto te quiero! 
Quiero ser tu florero…

Han pasado casi 2 décadas desde mi nombramiento oficial como Mujer Florero. La chiquilla que me nombró mujer de adorno ya no es tan joven. Es un mujerón, legionaria de la libertad como prometía. Y como el destino es el destino, más temprano que tarde y casi sin sentirlo, se vio también  amando y amamantando y persiguiendo a tres hijos. Sé que recuerda haberme bautizado como Mujer Florero. Ignoro si sostiene su opinión. La mía es sólida y diferente. Sin embargo aprendí que, seamos o no ornamentos, llega el día en que nos volvemos invisibles e inaudibles. A veces veo atrás y deseo haber sido, en ciertos momentos, una cabeza solo de flores, sin frustración, no haber cuestionado tanta contradicción, no haber llorado.

Pero la vida sucedió de otra manera. Sin apenas sentirlo rodaron los meses y los años. Mi entonces pequeño Merlín Houdini es un profesional consumado que siguió su vocación de color y creación. El bebito a quien tanto amamanté durante esa época de canciones pronto cumplirá 20 años. Confieso que disfruto mucho estar “metidita en casa”. Regreso del trabajo lo antes posible. Veo el atardecer y escucho música. Leo como leía entonces y como leeré siempre. Escribo. Nunca aprendí a colocarme con actitud ornamental sobre una mesa o en la esquina de una sala, y he pagado un precio por esa incapacidad. Casi todas lo pagan, lo que cambia es cómo. En mi cerebro no crecen simples flores, nunca he podido cultivarlas, ni siquiera en el jardín. En mi mente nacen y se multiplican ideas. Todos los días, muchos y muchos pensamientos. Sigo a cargo de asuntos financieros en el mismo sitio.  En un par de años cumpliré 50 y mi cintura aún no es ancha. “Ella baila sola” ya no canta.

Siempre huérfanas

Y estamos las siempre huérfanas. 
Las que hablamos con el padre muerto. 
Las que lo lloramos porque 
hizo falta vivir tanto juntos
Las que quedamos con sed de consejos, 
con vacíos en los días, 
con momentos de rescate paterno 
que no llegaron jamás
Somos mujeres que cojeamos 
porque la muerte mutiló 
nuestra extremidad paterna
Mi muleta son las letras, las palabras. 
Con ellas recuerdo, invoco. 
Escribo frases y versos para
resucitar a mi  muerto
Hay quienes usan barro 
como bastón para ahuyentar 
a la oscura tristeza. 
Inventan esculturas 
para exorcizar su ausencia
Otras  desnudan la pena
en un lienzo y sus colores. 
El pincel es la voz que habla 
al padre-fantasma, traza belleza,
dibuja pureza,  para llorarlo o 
para celebrarlo, para que vuelva
Están las que cantan y
escriben  con lágrimas 
o con ternura o con ira
melodías al padre ausente
Cada una lo busca y lo encuentra 
y lo abraza como puede. 
Nunca es suficiente, 
permanecemos mutiladas

Llega

La noche llega envuelta 
Un chal opaco la abraza, 
su oscuridad puede tocarse
se siente como lana gris perla, 
como cojines de carbón
La noche de hoy llega pronto
La noche se sabe necesaria
La noche llega sin grillos 
ni carros que aceleran, 
llega sin niños que ríen, 
llega sin conversación
La noche llega cargada de silencio
Trae melancolía en su aire
imágenes de antes, voces
olores de antorchas 
hoy apagadas
Trae sepias de lunas 
que nunca se repitieron
y nunca volverán
La noche trae lágrimas que caen porque sí
Trae enredados listones 
de luz urbana
de luz de estrellas 
de brillo lunar a medias
La noche trae color
azul pitaya verde
suficiente para sentir
oscuridad y silencio
llanto y color
La noche es vida 
la noche es muerte